14 El inquietante mensaje
Cuando Pablo regresó a la Comandancia, el guardia de seguridad de la entrada llamó su atención:
─¡Mi sargento! Hay aquí un joven que pregunta por usted. Trae un mensaje y no ha querido dárnoslo; dice que debe entregárselo en mano.
─Está bien, ¿dónde se encuentra?
─Lo está esperándolo fuera, en la esquina de arriba. No ha querido entrar. Y, si le digo la verdad, no tiene muy buena pinta… ¡Tenga cuidado!
─Sabré cuidarme, no se preocupe.
Mientras subía por el lateral de la fachada de la Comandancia, Pablo pudo observar a un joven de aspecto desgarbado, que parecía haber salido de una viñeta de Mortadelo y Filemón. No tendría más de dieciocho años. Rapado y con tatuajes en ambos brazos, se encontraba subido en una motocicleta de cross, envuelto en una nube de humo gris procedente de un cigarrillo que mantenía oculto en el hueco de su mano derecha, mientras miraba con cierto nerviosismo a ambos lados de la calle, como si alguien pudiera estar vigilándolo.
Pablo se plantó frente a él.
─¿Es usted el sargento Torres?
─Sí, soy yo.
─Vengo de parte del maestro Valdini. Me pidió que le diese esto ─dijo el joven mientras sacaba de su chaqueta de cuero negro un sobre cerrado y lacrado con cera roja.
─¿Está bien? ¿Le ocurre algo? ─preguntó Pablo, un tanto confuso.
─Sí, está bien… solo que me dijo que se lo diese en persona, que nadie más podía ver el sobre.
─¿Eres alumno suyo en el taller de fotografía?
─Sí, señor. El señor Valdini es muy bueno y nos intenta ayudar a buscarnos un futuro.
─Seguro que sí. Gracias por traérmelo.
─De nada… Ahora le recuerdo, usted estuvo en su clase el otro día, con una chica.
─Así es. Salude al maestro Valdini de mi parte.
El joven lo miró fugazmente y pegó una fuerte patada a la palanca de arranque de la moto, saliendo como alma que lleva el diablo y dejando tras de sí una espesa niebla con olor a gasolina y aceite quemado.
«No debía hacerle mucha gracia acercarse a un cuartel de la Guardia Civil», pensó Pablo.
De regreso a su oficina, sacó el sobre del bolsillo de su chaqueta y lo observó con intriga. Se preguntaba qué podía contener y, sobre todo, por qué Valdini se lo enviaba ahora. Apenas habían pasado dos días desde que hablaron con él.
Una vez dentro del despacho, se quitó la chaqueta y dejó el sobre encima de la mesa. Se sentó y lo abrió ayudándose de un abrecartas dorado de estilo árabe que le había regalado su mujer años atrás; era de las pocas cosas que conservaba de su vida anterior, de lo poco que pudo salvar.
Extrajo una pequeña nota manuscrita que decía:
«Estimado Señor Torres:
Necesito hablar con usted. Es muy importante. Tengo la obligación moral de contarlo antes de que sea demasiado tarde para mí.
En muestra de mi buena fe y de mi decidida intención de colaborar en todo lo que pueda para ayudarles a resolver el enigma de las estatuillas arqueológicas, le envío esta fotografía. En ella aparecemos Klauss, yo y una tercera persona. Se trata del hombre que nos acompañó aquella noche para fotografiar las piezas.
La encontré casualmente revisando mis cosas. Es una de la pocas fotografías que guardo y que no está hecha por mí.
Espero impaciente su visita para saldar esta deuda que tengo con mi conciencia.
Atte. P. Valdini»
Tras la carta se encontraba la citada fotografía. Era una instantánea antigua, de color sepia. En ella podían verse tres hombres jóvenes, elegantemente trajeados, posando delante de la fachada de un edificio bastante antiguo. A Pablo el lugar le resultaba extrañamente familiar, aunque no lograba reconocerlo.
El hombre del centro debía ser Klauss: alto, fornido, de pelo rubio y traje claro. A su derecha aparecía Valdini, mucho más joven, moreno, con traje oscuro y nariz aguileña. A la izquierda de Klauss estaba el desconocido: un tipo bien parecido, alto y moreno, con traje oscuro también, de bigote prominente y mirada inquietante.
Le dio la vuelta a la fotografía buscando alguna pista más, pero únicamente encontró el sello del laboratorio que la reveló: “Fotógrafos Sánchez e Hijos. Huelva, 1943”.
Pablo permaneció un buen rato observando la fotografía en silencio. Había algo en aquel tercer hombre que no terminaba de encajarle. No sabía si era la expresión de su rostro o la forma en que parecía mirar directamente al objetivo, como si temiera que algún día alguien volvería a contemplar aquella escena.
En esos pensamientos se hallaba cuando sonó el teléfono. Era Sofía.
─Hola, Pablo, ¿qué tal estás? Quería saber si has descubierto algo nuevo.
La dulce voz de Sofía logró sacarlo momentáneamente de aquella extraña sensación.
─Bien… encantado de escucharte. Precisamente estaba pensando en llamarte.
─Eso suena interesante.
─Valdini quiere volver a hablar con nosotros. Dice que es importante. Y me ha enviado una fotografía antigua.
─¿Una fotografía?
─Sí. En ella aparecen Klauss, Valdini… y una tercera persona.
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
─¿La persona que los acompañó aquella noche?
─Eso parece.
─¡Dios mío, Pablo… eso puede cambiarlo todo!
─Eso mismo he pensado yo.
─Si quieres, podemos comer juntos. Acabo de terminar mi última clase y ya no tengo nada más por hoy.
─Perfecto. Mejor hablamos en persona. Además quiero enseñarte la fotografía.
─¿Dónde quedamos?
─Si te parece bien, quedamos a las dos en el restaurante del puerto, ¿te gusta?
─Sí, sí. Me encanta ese sitio ─respondió entusiasmada Sofía.
Cuando colgó, Pablo volvió a mirar la fotografía una vez más antes de guardarla en el bolsillo de su chaqueta. Entonces sintió un leve escalofrío. Creyó reconocer el edificio que aparecía al fondo de la imagen. Y de algo estaba seguro: Aquella fotografía no había llegado a sus manos por casualidad.