13 Frente a frente con Klauss
Frente a aquella impresionante mansión de lujo, ubicada en un paraje recóndito al oeste de la provincia de Huelva, nadie habría imaginado que su propietario fue un antiguo espía alemán cuya metedura de pata en uno de los engaños más asombrosos de la historia marcó, quizá sin saberlo, el principio del fin del Tercer Reich.
La finca estaba rodeada por una valla metálica cubierta de arbustos Varias hectáreas de terreno silencioso. Una robusta puerta de hierro herrumbroso custodiaba el acceso. Pablo detuvo el coche, bajó y pulsó el timbre.
─¿Quién es y qué desea? ─preguntó una voz femenina, con marcado acento alemán.
─Soy sargento de la Policía Judicial de la Guardia Civil. Mi nombre es Pablo Torres. Deseo hablar con el señor Vilhelm Klauss.
Pasaron unos segundos hasta que la voz volvió a oírse.
─¿Y sobre qué asunto desea hablar con el señor Klauss?
─Es referente a unas estatuillas arqueológicas halladas en los años cuarenta en Huelva.
Otro silencio. Más largo esta vez.
─Puede pasar. El señor Klauss le recibirá.
La puerta se abrió con un leve zumbido. Ante él aparecía un camino que ascendía entre encinas y alcornoques. Dos hileras de cipreses guiaban la vista hasta la mansión, situada en lo alto de una suave colina.
Bajo el porche, aguardaba Klauss. Anciano. Corpulento. Inmóvil en su silla de ruedas. De pelo cano, semblante serio y de facciones rígidas, casi petrificadas, no hubiera resultado difícil deducir su origen teutón. A su lado, una chica rubia, de treinta años, ojos ojos azules, mirada vigilante. Posiblemente la dueña de la voz que había escuchado a través del telefonillo. Nada en ella sugería docilidad.
─Buenos días. Soy el sargento Torres. Perdone que no le haya llamado avisándole de mi visita, pero me ha sido imposible encontrar su número de teléfono en la guía, ni en ningún otro lugar.
─No tengo.
─¿Perdón?
─Que no tengo teléfono. Prescindí de él hace años. Quien no quiere ser encontrado, no deja rastro. Mi hija es mi único enlace con el mundo exterior. Ahora dígame, ¿qué desea de este viejo inútil?
─Investigo el paradero de unas estatuillas fenicias del siglo VIII a.C. Halladas por un pescador en Huelva hace cincuenta años. Creemos que pueden estar en peligro.
─¿En peligro? ¿A qué se refiere?
─De ser subastadas en el mercado negro y desaparecer para siempre.
Klauss lo observó con detenimiento.
─Han pasado cincuenta años. ¿Qué le hace pensar que siguen aquí?
─Información reciente.
─Y bien, llegados a este punto, ¿qué tengo que ver yo en todo esto?
─He hablado con el señor Pietro Valdini. Me ha confesado que usted lo llevó hasta la casa del pescador. Que él iba con los ojos vendados. Y que había una tercera persona.
Klauss no respondió de inmediato.
─Beatriz, déjanos solos.
─Pero, papá…
─Tranquila, no pasa nada. Bitte.
La mujer dudó un instante, pero entró en casa. Klauss hizo un gesto a Pablo para que se sentara junto a él.
─¿Fuma?
Pablo aceptó.
─No me dejan ─añadió Klauss con una sonrisa seca─. Ni fumar, ni beber, ni vivir. Esta casa es una cárcel cómoda. Pero dígame… ¿cree usted que me quedé con esas estatuillas?
─Eso intento averiguar.
─¡Por supuesto que no! ─replicó con brusquedad─. Fuimos, fotografiamos las piezas, pagamos a la familia y nos marchamos. Posteriormente las publicamos en la revista de arqueología del Deutsches Archäologisches Institut. Fin de la historia.
─Usted tenía interés en la arqueología.
─Lo tengo. Pero no soy un ladrón. Y menos a estas alturas de mi vida.
─No creo que las tenga ─dijo Pablo─. Pero sí que sabe algo.
Klauss dejó escapar una risa breve.
─Yo sabía muchas cosas. Entonces. Antes de que los ingleses decidieran convertirme en un imbécil histórico.
─Se refiere al engaño del oficial inglés.
─Me destruyeron. Mi carrera, mi nombre… todo. Después de la guerra desaparecí. Y el mundo hizo lo mismo conmigo.
─Pero… tengo entendido que no le fue nada mal en los negocios.
─Continué la labor de mi padre al frente de la empresa familiar. Nada más.
─¿Quién es Kim Kroos?
El rostro de Klauss se tensó.
─Veo que viene bien informado. Sargento Torres.
─Intento hacer bien mi trabajo.
─Como puede comprender, no se lo puedo decir.
─Era mi seudónimo cuando escribía artículos sobre arqueología. No estaba bien visto que un oficial alemán dedicado a la causa del Tercer Reich perdiera el tiempo en escribir artículos sobre cosas del pasado. Lo verdaderamente importante era construir una nueva Alemania para nuestros hijos. Esa era mi misión, captar información, elaborarla, analizarla y posteriormente remitirla a la Alta Comandancia del Ejército Alemán, más conocido como la Wehrmacht, pero todo eso supongo que ya lo sabrá.
─Hay algo que aún no sé ─insistió Pablo─. ¿Quién era esa tercera persona que les acompañó?
─Me va a permitir que no se lo diga. Prometí no decirlo. Y, como comprenderá, soy un hombre de honor. El secreto morirá conmigo, o si lo prefiere, puedo apelar a mi incipiente demencia senil para no acordarme.
─No es necesario. Solo lo preguntaba por si él sabe algo más del paradero actual de las piezas.
─Le aseguro que no. Hablo con él a menudo y hace tiempo que este tema ni lo mencionamos en nuestras tertulias.
─Tengo otra duda, señor Klauss, su amigo Valdini también estuvo presente en el levantamiento del cadáver del supuesto oficial inglés.
─Sí.
─¿Quién informó a quién?
─Nadie. Ambos lo supimos por otros canales.
─Otra duda, si me permite: ¿por qué no sospechó que lo del oficial inglés era una burda mentira? Según el informe de la autopsia realizada por el doctor Cascajares, había discrepancias entre la data de la muerte y algunos documentos hallados en poder del difunto.
─Quería creerlo. Esa es la verdad. Quería destacar ante los ojos de nuestro Führer. Y la ambición hace ciego incluso al que presume de ver en la oscuridad. Me he maldecido por aquello miles de veces. Todavía oigo en mi cabeza los gritos y lamentos de miles de compatriotas que murieron por mi culpa. Si me hubiese dado cuenta a tiempo, hubiera sido un gran éxito en mi carrera militar. Habría pasado a la historia como un héroe nacional, como lo fue Vasili Záitsev, el francotirador soviético, pero…
─¿Qué rango tenía entonces?
─Teniente. Jefe de la sección de la Abwehr en Huelva.
─¿Quién era su jefe en Berlín?
─Se está desviando usted del tema de las estatuillas ─dijo Klauss de forma tajante.
─Sí. Tiene razón. Simple curiosidad. Si necesito volver a hablar con usted…
─Deje su tarjeta a mi hija. Ella decidirá si merece respuesta. Yo ya no decido casi nada.
Pablo se levantó.
─Gracias por su tiempo.
─No me dé las gracias. No sé si le he ayudado. A mi edad ya nos sé distinguir cuándo digo la verdad… y cuándo simplemente cuento una mentira que he repetido demasiadas veces.
─Eso tendré que averiguarlo.
─Todos acabamos averiguando algo ─murmuró Klauss─. Aunque casi siempre demasiado tarde.
Pablo se alejó hacia el coche con una certeza incómoda: Klauss no había dicho todo. Pero tampoco había mentido del todo.
Y eso, en su experiencia, era mucho más peligroso.