12 Los archivos secretos alemanes
Sobre la mesa de su despacho, Pablo ordenaba y anotaba con método todos los datos que en los últimos días habían descubierto. Sabían quién encontró las estatuillas. Quién las fotografió. Y quién pudo haberlas comprado: Klauss. Pero algo no encajaba. La versión del profesor Faramiñán sostenía que las piezas seguían en manos del pescador, mientras que todo lo descubierto apuntaba en dirección contraria.
En esos pensamientos se hallaba cuando sonó el teléfono. Era su buen amigo, don Faustino Santacana.
─Pablo, mon cher ami, tengo noticias frescas sobre tu caso.
─¡Magnífico! ─respondió Pablo, incorporándose─. Porque esto empieza a parecer un puzle mal montado.
─Pues escucha con atención ─continuó Santacana─. Mi amigo del “Deutsches Archäologisches Institut” ha movido algunos hilos. No he podido acceder a los archivos clasificados, pero sí a ciertos expedientes abiertos… y he encontrado algo interesante sobre tu nombre.
─Adelante.
─Wilhelm Klauss. Más conocido como “el espía tonto”. Estudió arqueología en la Universidad de Bonn, aunque no terminó. Fue reclutado joven por el servicio secreto alemán y trasladado a Huelva cuando su padre asumió la dirección de una empresa de minerales alemana. Durante los años 40 colaboró activamente con el Instituto Arqueológico Alemán. Informaba tanto de excavaciones oficiales como clandestinas. Y muchas de esas informaciones iban acompañadas de fotografías…
─Valdini ─interrumpió Pablo.
─Exacto. Ese italiano estaba en todas partes. Pero lo mejor viene ahora ─añadió Santacana─. Tengo la dirección actual de Klauss. Sigue siendo socio del instituto y recibe periódicamente la publicación mensual que edita este.
Pablo se incorporó de golpe.
─¿Dónde?
─Cambió de nombre tras la guerra. Fue juzgado en Núremberg, pero, sorprendentemente, quedó absuelto. Su implicación se consideró irrelevante.
─¿Y ahora?
─Ahora vive bajo el nombre de Kim Kroos. Tiene una mansión junto al río Guadiana, en la frontera con Portugal. A unos pocos kilómetros de Ayamonte.
─Buen trabajo, don Faustino. Es usted más eficaz que los servicios de información de la Guardia Civil ─dijo Pablo, destilando una fina ironía.
─No sé si más eficaz. Lo que si soy es más rápido, ¿no crees?
─Me pondré enseguida en camino para hablar con él. Espero que se encuentre en el lugar que me indica.
─No tan rápido ─añadió Santacana─. Si cambió de identidad… no querrá recibir visitas, supongo.
─Lo averiguaremos.
─Ten cuidado, Pablo. Ese tipo ha sobrevivido a una guerra… y a un juicio internacional. No es casualidad.
─Lo tendré en cuenta.
─Manténme informado.
─Como siempre. Gracias, don Faustino.
Pablo colgó. Se levantó de inmediato. No había tiempo que perder. Recogió lo imprescindible y bajó al garaje de la Comandancia. Estaba a punto de subir a un vehículo oficial cuando escuchó una voz a su espalda.
─¡Torres!
Era el capitán Gil-Vadillo, que regresaba junto a varios agentes. Venían eufóricos, comentando una operación que, a juzgar por sus caras, había sido un éxito.
─Acércate un momento.
Pablo dudó.
─Mi capitán, tengo un poco de prisa.
─No importa. Chicos, este es vuestro nuevo sargento. En cuanto termine… lo que sea que tenemos entre manos, se incorporará al equipo.
Los guardias asintieron. Pablo no dijo nada.
─¿Verdad, Torres? ─insistió el capitán.
─Eso espero.
Cuando los demás se marcharon, Gil-Vadillo cambió el tono.
─Tienes una semana.
─¿Perdón?
─Una semana para cerrar el tema de las estatuillas. El lunes quiero el expediente sobre mi mesa.
─Sabe que esta investigación es importante y compleja.
─Lo importante es lo que yo diga que es importante.
Pablo apretó la mandíbula.
─Estoy cerca de algo.
─Estás removiendo cosas que nadie quiere que se remuevan ─replicó el capitán─. Y eso, Torres… siempre trae problemas. Céntrate en tu trabajo.
─Esto es mi trabajo.
El capitán se inclinó ligeramente hacia él y bajó la voz.
─No olvides bajo qué órdenes estás.
Pablo sostuvo la mirada.
─Nunca lo hago.
─Más te vale.
Pablo subió al coche y arrancó.
La actitud del capitán hacia él era cada vez más agresiva. Tenía la sensación de estar molestando a alguien importante con su investigación. Algo oscuro había detrás de todo aquello y estaba dispuesto a descubrirlo, fuese lo que fuese.
Uno de los guardias de la puerta detuvo el vehículo de Pablo a la salida del garaje y se dirigió a él.
─¡Sargento Torres! Hay alguien esperándole en su despacho. Dice que tiene que hablar con usted. Que es muy importante.
─¿Quién?
─No lo ha dicho… pero viene de lejos.
Minutos después, abría la puerta de su oficina.
─Profesor Faramiñán… qué sorpresa.
─No podía esperar ─respondió el profesor, estrechándole la mano─. Tenía que verle en persona.
─Dígame.
─Se está preparando algo grande. Una subasta clandestina en Sevilla.
─¿Está seguro?
─Lo suficiente como para venir hasta aquí sin avisar.
─¿Qué se subasta?
El profesor lo miró.
─Piezas antiguas. Muy antiguas. Aparecidas hace años… en Huelva.
─Las estatuillas.
─Eso parece. El déballage tendrá lugar en algún lugar discreto de Sevilla. Se han citado posibles compradores de distintos países, o más bien sus representantes. Nadie da la cara.
─Es una información muy valiosa, profesor, pero convendría averiguar algún dato más, un nombre, un lugar concreto, etcétera…
─Va a ser complicado, Señor Torres. Es un mundo muy hermético y la discreción es una de sus máximas premisas.
─¿Precio estimado?
El profesor esbozó una leve sonrisa.
─Si lo que dicen es cierto… puede ser una de las subastas más altas de los últimos años. Y le aseguro que ha habido subastas de objetos muy, pero que muy caros. Si mal no recuerdo en la década de los 80 se produjo un expolio masivo en la zona de Aratis en Aragón. Decenas de cascos celtíberos, conocidos como “Los Cascos Celtíberos de Aranda de Moncayo” fueron expoliados y sacados ilegalmente del país. Durante décadas se vendieron y subastaron de forma ilícita en el mercado negro internacional, hasta que el Estado español logró recuperar varios de ellos en subastas europeas a través del Ministerio de Cultura.
─Algo había oído.
─Pues bien. Se dijo que fueron vendidos a diferentes compradores por todo el mundo y que los beneficios pudieron alcanzar varias decenas de millones de pesetas.
─Vaya, es increíble.
─No tanto ─replicó Faramiñán. No les importa pagar ese dinero si lo que compran es único. Y, en el caso de las piezas arqueológicas se auna todo: historia, belleza, exclusividad, y en algunos casos, su supuesto poder místico. Ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, a multitud de objetos se le han atribuido cualidades fuera de lo común, tenemos numerosos ejemplos, como la leyenda del Santo Grial, al cual se le atribuyen propiedades curativas y rejuvenecedoras al que beba de su copa. El arca de la alianza, donde supuestamente se guardaron las tablas que Dios entregó a Moisés, que otorga a su poseedor un poder absoluto sobre los demás. La mesa del rey Salomón, donde se haya escrito el verdadero nombre de Dios, etcétera…
─Profesor… ¿usted cree en todo eso? ¿En el supuesto poder de las estatuillas?
Faramiñán sonrió.
─Yo creo en el ser humano… y en su necesidad imperiosa de creer en algo. Y en lo que está dispuesto a hacer por poseerlo.
Se dirigió hacia la puerta.
─Debo irme. Quiero ver a Sofía antes de regresar a Sevilla.
Se detuvo un instante.
─Por cierto… tiene suerte.
Pablo lo observó con curiosidad.
─¿En qué sentido?
─En cómo ella le mira.
─Profesor…
─Y usted a ella ─añadió con una sonrisa leve─. Ahí si veo verdadera magia…
─Hasta pronto profesor…
Pablo se quedó pensativo. Por todo lo que le había dicho el profesor Faramiñán. Pero lo que más lo descolocó fue lo que le dijo sobre Sofía y su forma de mirarla, ¿tanto se le notaba? y ¿sería cierto que ella también sentía algo por él? Bueno eso tenía que ser algo que descubriría con el tiempo, lo importante era ahora salir cuanto antes en busca de Klauss, había demasiadas preguntas sin respuestas y el tiempo se agotaba.