11 Los dioses del mar
El camino hasta El Rompido transcurrió en silencio. No era un silencio incómodo, sino de esos que aparecen cuando las piezas empiezan a encajar… y uno intuye que, al final del hilo, no hay respuestas, sino consecuencias.
Sofía se sentía eufórica. No paraba de mirar a Pablo con la certeza íntima de haber encontrado al hombre adecuado para recuperar aquellas insignes figuras, cuyo estudio podría demostrar su teoría: que fueron dioses fenicios traídos por marinos mercantes en sus barcos, a modo de protección, en sus peligrosas y arriesgadas travesías por el Mediterráneo.
Pero en el fondo, ya no era solo ciencia. Quería recuperarlas para la Humanidad. Para que no murieran encerradas en una caja fuerte. Para que alguien, dentro de cien años, aún pudiera mirarlas… y admirarlas.
─¿Conocen a un pescador llamado Manuel Pastrana? ─preguntó Pablo nada más entrar en un pequeño bar de la localidad de El Rompido. Varios hombres en la barra se giraron lentamente hacia él. El murmullo se apagó como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. Nadie respondió.
Entonces Sofía intervino.
─Disculpen… es muy importante hablar con él. Si pudieran ayudarnos…
Un hombre, sentado en una mesa al fondo, en penumbra, levantó la vista y dijo.
─Me temo que llegan tarde… demasiado tarde. Murió hace algo más de dos años. Mala cosa… larga y jodida enfermedad.
Sofía insistió.
─¿Era “El Lillo”?
─Aquí todos nos conocemos, señorita. Y a los muertos también. Pero si tienen tanto interés… hablen con su viuda. Cinta. Dos calles más abajo.
Bajaron por una calle estrecha que parecía desembocar en el mar. Olía a sal, a red húmeda y a vida gastada. Macetas en las fachadas. Cubos con peces. Redes amontonadas. Mujeres vestidas de negro cosían en silencio, como si remendaran algo más que las viejas redes.
─Buenas tardes… ¿Cinta? ─preguntó Pablo.
Una de ellas señaló sin levantar la vista. Sentada en la puerta de una casa, una anciana miraba el mar. No lo observaba: lo recordaba.
Se acercaron despacio.
─Buenas tardes, Cinta… ¿podemos hablar con usted? ─dijo Sofía con suavidad.
─Depende… ¿quiénes son y qué quieren? ─respondió la mujer, seca, sin mirarlos.
─Queríamos hablar con su marido… sobre algo de hace mucho tiempo.
La mujer soltó una sonrisa amarga.
─Pues van tarde.
─Encontró unas estatuillas en el mar… ¿verdad?
Silencio.
─Sí… ¿y qué?
─Podrían estar a punto de venderse ilegalmente. Soy sargento de la Guardia Civil. Y mi deber es impedir que eso ocurra.
La mujer lo miró por primera vez. Sus ojos eran dos pozos sin fondo.
─¿Y cree usted que yo tengo algo que ver con eso? Mire mi casa… míreme a mí… Lo único que quiero es morirme y reunirme con mi Manué.
Su voz se quebró. Les hizo un gesto para que pasaran.
La casa era pobre, casi desnuda. Como si el tiempo hubiera pasado por allí sin dejar nada que valiera la pena conservar.
Cinta comenzó a hablar.
─Fue una mañana de abril… Manué salió temprano. No podía dormir. Y volvió… demasiado pronto. Sacó del cesto dos figuras cubiertas de algas. “Mira lo que he sacado del agua, se me quedaron enganchá en las redes nada más lanzarlas al mar. ¿Qué crees que son?”, me dijo.
Yo me quedé sin habla. Aquello no eran objetos… eran algo más. Al tocarlas… sentías paz. No sé explicarlo, pero te cambiaban por dentro. Desde ese día todo mejoró en nuestras vidas. Pesca abundante. Dinero. Porvenir. Éramos felices. Cada noche les encendía una velita… aunque no la necesitaban. Brillaban solas.
Pablo intercambió una mirada con Sofía.
─¿Y qué ocurrió para que las perdieran? ─preguntó Pablo.
El rostro de la anciana se endureció.
─Todo fue culpa de aquel alemán gordo y presumido. Engañó a mi Manué. Le cegó con su maldito dinero. Yo traté de convencerlo de que no necesitábamos nada más, de que éramos felices viviendo así, pero no me hizo caso, primero vinieron unos hombres para hacerles fotografías, nos pagaron bien, pero la segunda vez que vino fue para llevárselas…y también se llevó nuestra suerte.
─¿Cuánto les pagó?
─No lo sé. Nunca quise saberlo. ¿Cuánto vale un hijo? Manué dejó de pescar. Montamos un restaurante cerca de aquí, pero fracasó. Para colmo hubo un incendio y mi marido quedó lisiado de un brazo. Nuestras vidas cayeron en desgracia. Con el tiempo perdoné a mi marido. Él siempre buscó lo mejor para nosotros, pero…
─¿Recuerda el nombre del alemán? ─preguntó Sofía.
─No es que no lo recuerde, nunca me lo dijeron. Vinieron tres hombres. Uno de ellos tenía acento alemán, otro traía una cámara de fotos colgada del cuello y el tercero no habló en ningún momento.
─¿Recuerda su aspecto?
─Poco. Gafas… de un solo ojo.
─¿Un monóculo?
─Eso debe ser. No sé cómo le dicen ─confesó la mujer.
Pablo asintió con la cabeza. Otra pieza encajaba.
─Gracias, Cinta.
Cuando ya se marchaban, la mujer habló.
─Sargento...
─Sí. Dígame.
─Si las encuentran… me gustaría verlas por última vez. Quisiera pedirles perdón por haberlas vendido. Solo eso. No me quedan muchos años de vida y antes de partir hacia la otra vida quisiera quedar en paz con los dioses del mar.
─Se lo prometo. Si las encontramos yo me encargaré personalmente de que pueda verlas ─dijo Sofía mirándola a los ojos.
Al salir de la vivienda, el mar golpeaba la orilla con fuerza y el viento arrastraba arena fina por la calle. Pablo encendió un cigarrillo.
─Un alemán. Un italiano. Un fotógrafo. Un monóculo. Años cuarenta. Huelva.
Sofía lo miró y dijo:
─Klauss y Valdini.