10 La revelación de Valdini
Al día siguiente, Pablo decidió buscar a Valdini. Sofía no dudó en acompañarlo. Se dirigieron al ayuntamiento de Punta Umbría. La información facilitada por el exfuncionario era precisa. Demasiado precisa. En pocos minutos dieron con él. Valdini estaba en un edificio anexo. Dando clases. Un pequeño grupo de chavales lo escuchaba en silencio mientras proyectaba diapositivas de paisajes. Hablaba de luz. De encuadre. De tiempo. Parecía inofensivo.
Pablo llamó suavemente a la puerta.
─Perdone… ¿es usted Pietro Valdini?
El anciano alzó la vista por encima de sus gafas.
─Supongo que sí. No creo que encuentre a otro italiano viejo en muchos de kilómetros a la redonda.
Las risas estallaron en la clase.
─Nos gustaría hablar con usted.
─¿Y ustedes son…?
─Sargento Torres. Guardia Civil. Y ella es Sofía.
En ese momento toda la clase quedó en silencio. Las risas se tornaron en miradas de asombro e incredulidad. Incluso el propio Valdini dudó un segundo antes de responder.
─¿La Guardia Civil?... ¿Qué desean de mí?
─Preferiría explicárselo en un lugar más tranquilo.
─Por supuesto, además ya estaba terminando la clase por hoy.
Recogió sus libros y apuntes y los guardó en una cartera de cuero negro. Despidió a todos los chicos y los emplazó para el día siguiente. Pidió a Pablo y Sofía que lo siguieran hasta una pequeña habitación situada en los sótanos del ayuntamiento donde tenía su despacho.
─Perdonen el desorden…
La habitación se encontraba repleta de libros y cuadernos. Antiguas máquinas fotográficas, incluso un caballete de pintura y objetos variados adornaban un par de gavetas metálicas. Recuerdos de un pasado que no quería desaparecer. Tuvo que retirar algunos libros que descansaban sobre las sillas para poder ofrecer asiento a su inesperada visita.
─No se preocupe ─dijo Sofía amablemente.
─Gracias, joven, ¿cómo era su nombre?
─Sofía.
─No sabía que la Guardia Civil tuviera agentes tan bellas entre sus filas ─dijo Valdini mientras la observaba con admiración.
─Ah no. No soy Guardia Civil. Soy profesora de arqueología en la Universidad de Huelva.
El rostro de Valdini volvió a su expresión anterior de asombro, pensó que hoy era el día de las sorpresas, y ambas presentaciones lo habían desconcertado totalmente.
─Bien… un sargento y una arqueóloga.
Sonrió con ironía.
─Estoy intrigado. ¿Les apetece una copa?
Sacó una botella de “Jameson”.
─El médico me lo tiene prohibido… pero de algo hay que morir.
─No, gracias ─respondieron ambos.
Valdini se sirvió. Bebió. Los miró.
─Estoy listo. Disparen.
Pablo no rodeó el asunto.
─Queremos que retroceda cincuenta años. Y nos cuente algo acerca de las famosas estatuillas fenicias del siglo VIII a.C., que usted mismo fotografió para la revista “Geschichte”.
Valdini dejó el vaso en la mesa.
─Ah… eso. Ya se lo conté todo a sus compañeros.
─Sí, he leído su declaración, pero no cuenta apenas nada. Solo que le vendaron los ojos, que le acompañó un arqueólogo alemán, cuyo nombre no recuerda, y que no sabe el nombre del pescador que las tenía en su poder. Demasiado poco.
Valdini lo miró fijamente.
─Hace más de medio siglo, y mi memoria ya tiene más oscuros que claros…
─Las estatuillas están en peligro ─intervino Sofía─. Podrían desaparecer.
─Lo entiendo. Pero ya les he dicho todo lo que sabía.
─¿Recuerda a Klauss? ─preguntó Pablo.
El efecto fue inmediato. Valdini levantó la mirada bruscamente. Bebió. Se ajustó las gafas sobre su nariz, hundiéndolas en sus diminutos ojos miopes.
─Sí… claro que lo recuerdo. Fuimos amigos.
─¿Fueron? ─preguntó Sofía.
─Lo somos… supongo. Hace tiempo que no sé nada de él.
─¿Colaboró con los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, señor Valdini? ─preguntó Pablo.
Valdini golpeó la mesa con el vaso.
─¡No!
Silencio.
─Tenía amigos en ambos bandos. Yo trabajaba. Nada más.
Pablo asintió.
─Estuvo usted en la playa.
Valdini cerró los ojos un instante.
─Sí… Y ojalá no hubiera estado. Mis fotos… dieron la vuelta al mundo. Sirvieron para sostener una mentira.
Le temblaban las manos.
─Miles de compatriotas murieron después. Italianos… mujeres, niños y ancianos fueron víctimas inocentes de los bombardeos aliados. Lo que ustedes llaman hoy “daños colaterales”…
Sofía le ofreció un pañuelo.
─Pero usted no tuvo la culpa ─dijo Sofía, intentando aliviar su pena.
─¿Cómo que no? Mis fotos sirvieron para demostrar que el cuerpo sin vida que yacía en la playa, era en efecto el de un oficial inglés del cuerpo de la Royal Marine. Yo colaboré…
Pablo observó aquel momento de debilidad del anciano y consideró el momento oportuno para intentar tocar su fibra sensible, si es que la tenía.
─No puede cambiar lo que pasó. Pero sí lo que pase ahora.
Valdini lo miró.
─Las estatuillas… pueden ser su legado. Nada puede hacer por los que murieron en Sicilia, pero si puede hacer algo por los que viven en este mundo ahora, por jóvenes, como a los que ayuda dando clases de fotografía de forma altruista. No privándoles de que símbolos de nuestra cultura caigan en manos de millonarios coleccionistas de objetos, cuya única pretensión es adornar sus inmensos salones.
Valdini lo miraba atento a cada una de sus palabras, realmente lo había conmovido y sintió la necesidad imperiosa de colaborar con ellos, se secó las lágrimas y, tras respirar profundamente varias veces...
─Quizá… ─murmuró─ tenga razón.
Cayó desplomado y abatido en el sillón. En una mano sostenía el vaso de whisky y en la otra el pañuelo de papel que le había entregado Sofía. Por su arrugada cara se deslizaban algunas lágrimas…
─El pescador… se llamaba Manuel Pastrana. Le apodaban “El Lillo”. Vivía junto a su esposa en un pequeño pueblo de pescadores, a no más de diez o quince kilómetros de aquí. Recuerdo la casa… sin paredes. Mantas. Cuerdas y redes. Y el mar… siempre cerca.
Cerró los ojos.
─Recuerdo el sonido incesante de las olas. Su mujer sacó las estatuillas de una lata de Cola-Cao.
Sofía contuvo la respiración.
─Brillaban. Su magnetismo nos atrapó a todos. No era normal. No lo era. Improvisé un pequeño altar para realizar la fotografía. La mujer las depositó con sumo cuidado, como si se trataran de sus hijos, mientras decía: “a que son bonitas la joías, son parte de nuestra familia, desde que mi marío las encontró to ha sio felisidad pa nosotros”.
─¿Quién le llevó allí? ─preguntó Pablo impaciente.
─Klauss. Era muy aficionado a la arqueología y, aparte de su labor como espía para la Abwehr, también realizaba funciones de información para el Instituto Arqueológico Alemán en Madrid.
Sonrió con amargura.
─Yo hacía las fotos. Él… hacía las preguntas. Había mercado negro y él siempre estaba cerca.
Sofía había quedado impactada por el relato de las estatuillas y en su mente todavía intentaba recrear el momento en que Valdini contempló por primera vez la imagen de las figuras. Debió ser una sensación maravillosa y, se preguntó si algún día ella podría ser tan afortunada de tener entre sus manos aquellos dos dioses con casi tres mil años de antigüedad…
─Señor Valdini. Dice usted que las estatuillas, ¿parecían tener luz propia? ─preguntó Sofía.
─Efectivamente, querida. Fue un momento sobrecogedor. A lo largo de todos mis años de fotógrafo, he tenido la oportunidad de contemplar paisajes extraordinarios, obras de arte impresionantes, personajes increíbles, pero jamás tuve la sensación de estar frente a algo que no era de este mundo. Fue realmente algo mágico.
─¿Sabe dónde podemos encontrar a ese pescador? ─preguntó Pablo devolviendo la conversación al terreno mundano.
─Como ya le he dicho, vivía cerca de aquí.
Pablo se levantó.
─Ha sido de gran ayuda.
Valdini no respondió. Miraba el vaso vacío.
─Sargento… si encuentra esas estatuillas… no las enseñe a cualquiera. Hay gente… que lleva buscándolas toda la vida. Y algunos… no han envejecido tanto como yo.