9 El funcionario enlazado
Pablo se miró el reloj. Eran casi las cinco y media de la tarde. El sol aún resplandecía sobre las vidrieras del auditorio de la plaza de Las Monjas, proyectando una luz cálida y difusa sobre el banco donde había quedado con el antiguo funcionario del consulado inglés.
La plaza hervía de vida. Niños corriendo sin rumbo aparente. Madres entregadas a conversaciones intrascendentes. Algunos ancianos paseaban plácidamente evitando palomas y niños…
─Hola… usted debe ser el sargento Torres.
Pablo alzó la vista.
Un hombre mayor, encorvado por los años, sostenía de la mano a una niña de unos cuatro o cinco años.
─Sí, soy yo. ¿Y usted es Juan de la Seca?
─El mismo.
Sonrió levemente.
─Perdone que le citara en este lugar… pero, como puede comprobar, ejerzo de abuelo a jornada completa.
La niña tiró de su mano.
─Este es su reino ─añadió con un leve gesto de mano hacia la plaza─.
─Ningún problema ─respondió Pablo─. Es un sitio precioso.
Se sentaron. El anciano lo hizo con cierta dificultad.
─Bien, usted dirá. ¿En qué puedo ayudarle?
─Como le comenté por teléfono ─comenzó Pablo─ estoy investigando su etapa como enlace del Gobierno con el Consulado de Inglaterra. Me consta que participó en las gestiones sobre el caso del oficial inglés aparecido ahogado en la playa de Huelva, allá por 1943, ¿estoy en lo cierto?
El anciano lo miró en silencio durante unos segundos. Después suspiró.
─Hace mucho tiempo de eso… ─respondió casi con melancolía─. Y sí, me tocó vivirlo a mí. Un episodio desagradable para unos, pero plenamente afortunado para otros. Hay quien dice que cambió el curso de la historia, que gracias a ese engaño, las tropas aliadas empezaron a mermar la moral de los nazis. Pero… dígame, ¿qué desea saber exactamente sobre aquel suceso?
─Usted, aparece en las crónicas de la época junto al entonces teniente de navío don Mariano Pascual de Pobil, juez instructor de Marina, que llevó a cabo el levantamiento del cadáver, en presencia del vicecónsul británico don Francis Haselden, en la playa de La Bota, ¿cierto?
El anciano se encogió de hombros.
─Pues sí, así es. Por aquel entonces, yo trabajaba de enlace para el consulado inglés. El vicecónsul británico me llamó aquella mañana. Yo le servía de intérprete. No hablaba apenas español… ni conocía la provincia.
─¿Recuerda al fotógrafo que realizó las instantáneas para los periódicos del momento?
─Cómo olvidarlo. Valdini. Un viejo tramposo.
─¿Está vivo? ─preguntó sorprendido Pablo.
El anciano sonrió sin humor.
─Claro que sí. La mala hierba nunca muere.
─¿Sabe dónde puedo encontrarlo?
─No exactamente. Sé que anda por la costa. Punta Umbría. Da clases de fotografía a chavales.
Sonrió con sarcasmo.
─Supongo que la edad ablanda… o que la conciencia aprieta.
─¿Sabían en el consulado británico que pasaba información a los alemanes?
El anciano lo miró directamente a los ojos.
─¡Claro muchacho, lo sabíamos todo de todos! Huelva era una ciudad pequeña y, en aquella época, se convirtió en la Lisboa de España.
Bajó la voz.
─Espías, diplomáticos, militares… todos jugando la misma partida.
─¿Y Klauss? ─preguntó Pablo.
─Ah… Klauss…
El anciano sonrió con cierto desprecio.
─No tuvo tanta suerte. Pero sobrevivió. Desapareció un tiempo… fue ridiculizado… incluso su amigo Valdini se burló de él en público. Pero volvió. Y no le fue mal.
─¿Sabe dónde vive?
─No. Era discreto. Demasiado. No como Valdini.
─Me ha sido de gran ayuda.
─Siempre es un placer ayudar a la Benemérita.
Hizo una pausa.
─Pero dígame… ¿Por qué busca a ese hombre?
Pablo dudó un segundo.
─Por unas fotografías que hizo de unas estatuillas antiguas.
El anciano no se sorprendió.
─Claro… Valdini no solo hacía fotos. Recogía información. Nombres. Fechas. Secretos. Y todo acababa en manos de Klauss.
La niña tiró de su mano.
─Abuelo…
─Ya voy, cariño.
Se levantó con esfuerzo.
─Ha sido un placer, sargento.
Pablo lo observó alejarse. Lento. Arrastrando el pasado consigo.
De vuelta en su despacho, Pablo extendió todos los datos sobre la mesa: nombres, fechas, lugares y personas. Empezó a ordenar. A intentar encajar piezas.
→ playa { cadáver oficial inglés y estatuillas.
→ fechas { abril de 1943 y ¿1942?
→ personas { Valdini y Klauss (presentes en ambas).
→ Valdini colaboraba con el servicio secreto alemán, aún vive y posiblemente está en Huelva.
Encendió un cigarrillo.
Mientras analizaba toda la información, no podía dejar de pensar en Sofía. Conocerla le había supuesto un chute de entusiasmo y vitalidad, además había recuperado una vieja amistad de su niñez al pedir la colaboración de don Faustino Santacana y había tenido la suerte de conocer a todo un sabio en historia como era el profesor Faramiñán. Aquellas personas que hasta hace unas semanas no existían en su vida, se habían convertido en su pequeña familia. Una pequeña sociedad limitada de investigadores sin fronteras o algo así; en esos pensamientos se hallaba Pablo cuando sonó repentinamente el teléfono.
─Oficina de investigación, sargento Torres.
─Torres. Soy el capitán Gil-Vadillo. Tengo que hablar con usted, suba a mi despacho.
─Sí, mi capitán.
El tono del capitán no le pareció tan afable como otras veces, pero por otra parte, no le sorprendió, en toda la comandancia era famoso por su carácter malhumorado y gruñón, así que no le dio importancia. Pablo llamó a la puerta.
─¿Da su permiso, mi capitán?
─Pase. Siéntese. Tengo que comentarle un par de cosas. ¿Cómo le va todo? ¿Necesita algo? ¿Se ha instalado ya en su nueva casa?
─Bien, mi capitán. Los compañeros me facilitan mucho la labor, y sí, ya estoy viviendo en mi nueva casa del centro.
─Bien. Me alegro. Lo otro que quería comentarle, es que me han llegado quejas. Bueno, no es la palabra correcta. Malestar, podríamos decir, porque usted ha estado interrogando a personas sobre hechos que ocurrieron hace mucho tiempo y, que nada tienen que ver con la investigación de las estatuillas. ¿Me equivoco?
─Con el debido respeto, creo que sí. Solo intento averiguar dónde están las piezas arqueológicas y, evitar que puedan desaparecer para siempre, y la línea de investigación que he abierto me ha llevado hasta esas personas, no he llegado a ninguna conclusión, simplemente hechos, lugares y personas que coinciden en el tiempo y el lugar.
El capitán lo miró fijamente.
─No todo lo que está relacionado… debe investigarse.
─Pero usted mismo me dijo que podía investigarlo, que no iba a obtener mucho, pero que me serviría para conocer un poco más de esta ciudad, no entiendo que problema hay ahora.
─Problema ninguno. Simplemente le aconsejo que se centre en las estatuillas. Y deje de jugar a espías.
Pablo no respondió.
─No olvide que está bajo mi mando. Puede marcharse.
Pablo salió del despacho con más dudas de las que llevaba cuando entró. ¿Quién o quiénes habían alertado sobre su investigación? Y, sobre todo, ¿por qué se sentía alguien molesto o preocupado por tales averiguaciones? Había tocado una tecla que a algunas personas no les interesaba que sonara y eso, lejos de amedrentarlo, le había confirmado que podría encontrarse en el camino correcto.
Ahora sí. Por primera vez desde que llegó a Huelva, tuvo la certeza de que alguien estaba intentando ocultarle la verdad.