Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 8 Tarde con Sofía
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8 Tarde con Sofía

Llevaba un día sin hablar con ella… y a Pablo le parecía una eternidad. Sentía la necesidad de escuchar su voz, cálida y serena. De perderse en aquellos ojos negros, intensos, en cuyas pupilas creía adivinar su propio reflejo.

En la Comandancia no había hecho demasiados amigos. Las tertulias en la cantina empezaban a resultarle monótonas y aburridas, siempre hablando del trabajo, de los horarios, y por supuesto del jefe.

Con Sofía era distinto. Con ella… todo parecía tener sentido. Podía pasarse horas escuchándola. Observando cómo hablaba de su trabajo, de los objetos hallados en excavaciones, de aquel yacimiento romano en Isla Saltés donde dirigía el proyecto.

Aquella tarde, sentados en la terraza del restaurante Bonilla, en el muelle de Levante, contemplando los últimos rayos de sol reflejarse en la ría de Huelva, de un gris plateado, casi hipnótico, con las montañas de sal marina al fondo, fue uno de los mejores días para Pablo desde hacía años.

─Pablo, cuéntame, ¿has podido hablar con tu amigo de Madrid? ─le preguntó Sofía rescatándolo de sus pensamientos.

─Sí. Hablé ayer con él. Y la verdad es que tenemos un buen aliado. No te imaginas la cantidad de contactos que maneja.

─Me dijiste que es propietario de un librería, ¿verdad?

─Sí. Se llama librería “Santacana”. En la calle de los Libreros. ¿La conoces?

─Creo que sí. En algunas ocasiones he paseado por esa calle. Es famosa por sus librerías, me encanta.

─Algún día te lo presentaré. Es un tipo genial.

─Sí. Por supuesto. ¿Y qué te ha dicho?

─Bastante. Conoce la Abwehr… y también el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid. Tiene algún amigo allí, o algo así. Si Valdini dejó rastro… lo encontrará.

Sofía apoyó los codos sobre la mesa.

─Pablo… ¿crees que las estatuillas continúan en Huelva?

Él no respondió de inmediato. Miró el agua. Las luces comenzaban a reflejarse en la superficie.

─Creo que sí. Y si no es así… también lo averiguaremos.

Sofía lo observó con intensidad.

─No te imaginas lo importantes que son. Como dijo el profesor Faramiñán, son la clave para confirmar la teoría de que Tartessos no fue un pueblo que se impregnó de la cultura orientalizante, sino que fue, según defendimos en mi tesis junto al profesor, fue un pueblo de origen fenicio. No fueron simplemente comerciantes llegados de otras lejanas tierras, sino que fundaron colonias para de esta forma facilitar el comercio, por eso creo que dichas divinidades, Anath y Reshef, fueron traídas en sus barcos por marinos y comerciantes fenicios en sus viajes a Occidente.

─Entonces eso lo cambiaría todo, ¿verdad? ─preguntó Pablo sin tener claro el propósito de Sofía.

─Efectivamente. Mi tesis doctoral versó sobre esta hipótesis, y como comprenderás me faltó lo más importante para un científico, poder demostrar con hechos y pruebas fehacientes lo que defendía en mi tratado sobre los Fenicios y su influencia en los pueblos del sur de la península, no es descabellado pensar que fuera así, de hecho a lo largo de la historia podemos ver episodios similares, como el del navegante egipcio Wen-Amón, que en el siglo XI a.C., en su viaje a Fenicia, se hace acompañar de una estatua de Amón-del-Camino, en representación del dios que lo envía a comerciar con esas tierras, Amón-Re. También sabemos que, una estatuilla arcaica, hecha de cerámica, de la diosa Afrodita, salvó a unos afligidos marineros, que navegaban a bordo del “Siracusia”, navío griego diseñado por Arquímedes, de un naufragio seguro en el mar Egeo.

Hizo una pausa. Sus ojos brillaban.

─Colonias. No comercio ocasional. Y esas estatuillas… Anath y Reshef… podrían demostrarlo. Serían pruebas. Reales. Tangibles.

─Y valiosas ─apuntó Pablo.

─Mucho. Además con la tecnología actual podríamos analizar el bronce. Determinar su origen y confirmar la teoría. Pero sin ellas…

No terminó la frase.

─Lo entiendo ─dijo Pablo─. Y entiendo el riesgo. Pero esto no es fácil.

─Lo sé ─respondió Sofía, casi en un susurro─. Pero presiento que siguen aquí.

Pablo asintió.

─Y por eso las encontraremos. Ayer estuve en la biblioteca pública. Encontré nombres. Gente relacionada con el caso del oficial inglés.

Sofía se tensó levemente.

─¿Y?

─Uno de ellos sigue vivo. Un antiguo funcionario. Trabajó como enlace con el consulado británico. Estuvo allí. En la playa. Y en el traslado del cadáver.

─Pudo ver a Valdini.

El sonido lejano de una sirena de policía rompió el silencio.

─Hablaré con él ─añadió Pablo─.

─Perfecto Pablo. No sabes cómo te agradezco todo lo que estás haciendo ─dijo Sofía mientras se acercaba a él y lo besaba en la mejilla. Pablo se quedó inmóvil, no se lo esperaba y no supo reaccionar, se sonrojó y bajó la mirada.

─Perdona si te ha molestado ─dijo Sofía disculpándose.

─No… ─respondió él─. No es eso. Es solo que… no me lo esperaba.

Sofía sonrió levemente.

Pablo se sentía como un adolescente ante su primer beso, había retrocedido mil años en el tiempo, y su corazón palpitaba con tanta fuerza, que temió que Sofía pudiera oírlo. Era verdad, no se lo esperaba. Y quizá por eso le gustó tanto. Porque no recordaba la última vez que algo hermoso le había ocurrido sin avisar.