7 El anticuario Santacana
De regreso a Huelva, sentado en el asiento del copiloto junto a Sofía, Pablo sintió una extraña y agradable sensación de bienestar. Por un instante, tuvo la impresión de viajar junto a Maite. Pero no la Maite de los últimos años. Sino la de antes. Cuando aún creía que era la persona más importante de su vida. Antes de que todo se rompiera. Antes de que aquel médico, con voz neutra y mirada cansada, les dijera que no podrían tener hijos. Que su vientre jamás acogería una vida. Uno de los momentos más duros de sus vidas. El instante exacto en el que un sueño… se hizo añicos.
Después vino el norte. La distancia. El silencio. La depresión de Maite. Y su propia cobardía.
Pablo apretó ligeramente los dedos sobre las rodillas. Él no supo ayudarla. Se refugió en el trabajo. Como hacen los hombres que no saben enfrentarse a lo que duele. Y cuando quiso darse cuenta… ya no quedaba nada que salvar.
Ahora, sin embargo, estaba allí. Sentado junto a Sofía. Escuchando una canción de Sabina en la radio. Y, por primera vez en mucho tiempo… pensando en el futuro.
Sofía hablaba de historia, de símbolos, de dioses del pasado. Y Pablo, sin darse cuenta, comenzó a sentir algo peligroso: ilusión.
Ese caso debía resolverlo. No solo por trabajo. Sino por ella. Le había devuelto algo que creía perdido. Encendió un cigarrillo. Miró por la ventanilla. Y tomó una decisión. Definitivamente ayudaría a Sofía a encontrar esas estatuillas. Costase lo que costase.
Ya de regreso en su oficina, Pablo descolgó el teléfono, y marcó el número de la librería Santacana. Cerró los ojos. Y, de pronto, volvió a ser un niño acompañando a su padre a la librería de don Faustino. El olor a papel viejo. La humedad. El incienso, siempre de iglesia. Las lámparas colgantes, suspendidas como por hilos invisibles. Cuadros colgados en los pocos espacios que quedaban libres en las paredes de aquel angosto pasillo. Y al fondo… como siempre…don Faustino. Sentado tras su mesa, con su lámpara de flexo encendida, su lupa de aumento en una mano y en la otra un lápiz. Analizando libros como si fueran cadáveres sobre una mesa de autopsias.
De repente sonó la voz del anticuario.
─Librería Santacana, dígame ─contestó con voz pausada.
─Don Faustino… soy Pablo. Pablo Torres. El hijo de…
─No me digas más, muchacho ─interrumpió─. Sé perfectamente quién eres.
Hubo una breve pausa.
─Eres el hijo de José Joaquín, el frutero de Jaén. No sabes cuánto me alegro de oírte. ¿Cómo estáis todos?
Pablo sonrió levemente.
─Todos estamos bien… salvo mi madre, claro.
─Sí…─murmuró Santacana─. Fue un golpe duro. Era una gran mujer.
Pablo carraspeó un poco.
─Le llamo porque necesito ayuda.
─Dime, muchacho ─respondió el anticuario─. ¿Sigues siendo picoleto?
─Sargento, sí.
─Bien… eso explica el tono. ¿En qué lío te has metido ahora?
Pablo esbozó una leve sonrisa.
─Es una historia larga.
Y comenzó a contarla. Cuando terminó, al otro lado del teléfono solo se escuchó un suspiro.
─Mon Dieu… ─exclamó Santacana─. Has pasado de perseguir asesinos… a convertirte en todo un Indiana Jones.
─Algo así.
─Y quieres que yo…
─Que mueva sus contactos en Madrid. Busco a dos hombres.
─Dime.
─Pietro Valdini. Fotógrafo italiano.
─Ajá…
Y Vilhelm Klauss. Diplomático alemán.
Hubo un silencio distinto. Más denso.
─Espera un momento ─dijo Santacana─. Déjame coger papel.
Se escuchó un leve arrastre.
─Ahora sí… continúa.
Pablo explicó todo con detalle. La Abwehr. Las fotografías. Las estatuillas. El cadáver. Cuando terminó, Santacana no respondió de inmediato.
─Valdini… ─repitió en voz baja─.
─Sí.
─Ese nombre no me gusta.
Pablo frunció el ceño.
─¿Lo conoce?
─Digamos… que lo he visto antes. Está bien. Haré algunas llamadas.
Su tono volvió a ser el de siempre. Sereno. Profesional.
─El Instituto Arqueológico Alemán no es precisamente un lugar fácil… pero aún me deben algunos favores.
─Gracias por su ayuda. Sabía que no me fallaría.
─¡Jamás! Además, sabes que disfruto como un niño con estos temas.
─Muy bien, manténgame informado de sus averiguaciones, un abrazo.
Colgaron.
Pablo se quedó mirando el teléfono. En su cabeza comenzaba a tomar forma una idea. Y si Valdini y Klauss seguían vivos… quizá ellos también estaban buscando las estatuillas.