Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 6 El profesor Faramiñán
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6 El profesor Faramiñán

─Hola, Pablo, soy Sofía.

─Buenos días, Sofía. ¿Qué tal estás?

─Bien, te llamo para preguntarte si has averiguado algo… y si has podido hablar con Miguel.

─Sí, hablé con tu alumno, pero no me aportó mucho más. La persona con la que habló se niega en rotundo a hablar conmigo.

Hizo una breve pausa.

─Ayer estuve revisando archivos antiguos de la época en la que se hallaron las estatuillas, y he visto algo interesante.

─Cuéntame.

─Valdini. El fotógrafo italiano. Trabajaba para una revista cultural alemana… espera… consultó sus notas, “Geschichte”.

─Sí…

─Y estaba bien relacionado con la inteligencia alemana ubicada en Huelva. Más concretamente, con un tal Klauss.

Silencio.

─¿Klauss? ─repitió Sofía─. Ese nombre me suena…

Pensó unos segundos.

─Sí… lo he oído antes. Un antiguo profesor mío, que actualmente da clases en la Universidad de Sevilla. Fue quien inició en su día la búsqueda de las estatuillas, trabajamos juntos algunos años, fue mi director de tesis, después se marchó a Sevilla.

─¿Sigues teniendo contacto con él?

─Por supuesto. Somos grandes amigos, me ayuda bastante cada vez que lo necesito…ha sido como un padre para mí. La semana que viene voy a verlo. Hemos quedado para comer y devolverle algunos libros que me prestó para un trabajo.

─Perfecto. Pregúntale si puedo hablar con él.

─Se me ocurre algo─ interrumpió Sofía─. Vente conmigo. Comes con nosotros. Te va a encantar conocerlo, es un entusiasta de la historia. Una de esas personas que desbordan ilusión y sabiduría a pesar de sus años, parece un joven ávido de conocimiento, o como él mismo dice:

“Nunca se es viejo para amar, nunca se es viejo para aprender…ni lo bastante viejo para vivir”.

─Está bien. Te acompaño a Sevilla.

La primavera empezaba a imponerse. El aire estaba cargado de olores dulces, entre ellos el embriagador perfume del azahar, presente en cada rincón.

Grupos de guiris deambulaban de aquí para allá, absortos por la sobrecogedora belleza de la ciudad. Se encontraban junto a la catedral de Sevilla, en una calle estrecha, adornada con macetas que colgaban de las fachadas. Dentro de un pequeño restaurante, alejado de las miradas de los turistas, aguardaban la llegada del profesor.

Sentados junto a una ventana. Con dos copas de vino blanco. Y una conversación en suspenso.

Cuando entró por la puerta, Sofía se levantó como un resorte y se abalanzó sobre él, abrazándolo con una familiaridad casi filial.

Era un tipo alto y delgado, de cabello y barba blanca, larga y descuidada con elegancia. Vestía traje marrón y sombrero Panamá de ala ancha. En la mano izquierda llevaba un viejo y desgastado maletín marrón de cuero, sobre cuya tapa frontal destacaba un curioso grabado apenas perceptible, una especie de símbolo geométrico desgastado por el paso del tiempo, imposible de identificar a simple vista. En la derecha sostenía una pipa de madera con boquilla de marfil. Parecía uno de esos caballeros que se niegan a abandonar su siglo. Un hombre de otra época.

Ambos intercambiaron unas palabras en voz baja. Luego miraron hacia Pablo.

─Pues bien ─dijo Sofía─, Pablo, este es el famoso profesor don Alfonso Faramiñán.

─Sofía, lo de famoso te lo puedes ahorra ─interrumpió él con una media sonrisa.

─Es un placer conocerle, profesor ─dijo Pablo─. Sofía me ha hablado mucho de usted.

─Sí, es una buena chica, pero un tanto exagerada en sus opiniones sobre mí. No se crea todo lo que le diga, fue mi alumna y está muy agradecida ─dijo mientras miraba a Sofía con ternura.

─No le he dicho nada que no sea verdad─ replicó Sofía.

─Le agradezco mucho que se haya interesado por este asunto ─continuó─. No sabe lo complicado que ha sido seguir el rastro de las estatuillas.

Hizo una pausa.

─Somos estudiosos de la historia y de los libros, en definitiva del pasado. Pero no sabemos desenvolvernos en el mundo de los vivos, con sus normas, leyes y demás requisitos ─dijo mientras esbozaba una sonrisa cómplice dirigida a Sofía.

─No tiene que agradecerme nada ─respondió Pablo─. Es mi trabajo. Y, si le soy sincero… Sofía tuvo mucho que ver.

El profesor asintió.

─Puede ser muy persuasiva cuando quiere, pero sí le digo, que no mintió al decirle que esas piezas son fundamentales para la contextualización de nuestra historia. Con ellas podríamos determinar varias de nuestras teorías, que hasta ahora están basadas en simples conjeturas y, además, poder así demostrar la influencia de los fenicios y griegos sobre los pueblos que habitaban el sur de la península. Y, más concretamente sobre la civilización tartésica.

Bajó la voz.

─Sería como encontrar… el Santo Grial.

─Cuénteme que sabe del fotógrafo y de su amigo el alemán.

─Por aquel entonces yo era un joven profesor… hablamos del año 45. Tiempos duros. Hambre. Miedo. La cultura no interesaba a nadie.

Se detuvo.

─Pero siempre hay excepciones. Conocí a Pietro Valdini en plena guerra mundial, en una cena protocolaria en casa del que era gobernador civil. Me causó buena impresión: educado, elegante, inteligente, aunque también tenía algunos defectos, entre los que se encontraban el juego y las mujeres. También se decía de él que era un informador del servicio secreto alemán.

─¿La Abwehr? ─intervino Pablo.

─Exacto. El servicio de inteligencia alemán. Tampoco nada extraño para los tiempos, todos en más o menos medida colaborábamos con algún bando político; tenga en cuenta que eran años muy convulsos para el mundo.

─Y de ahí su relación con Vilhelm Klauss, que por aquel entonces era el Jefe de dicho organismo en Huelva, aunque creo que hubiera preferido no serlo ─dijo el profesor Faramiñán jocosamente.

─¿Por qué lo dice profesor?

─¿Conoce la historia del cadáver inglés en la costa?

Pablo negó.

─Abril de 1943 ─continuó el profesor─. Los ingleses dejaron aparecer el cuerpo de un infeliz súbdito inglés, haciéndolo pasar por oficial de la Royal Marine, con documentos importantes referentes al desembarco de tropas aliadas en lugares distintos a los previstos por los nazis y, de este modo, lograr desplazar los regimientos alemanes hacia otras zonas, quedando vulnerable el lugar concreto por donde atacarían realmente, que no era otro que Sicilia.

Pablo permanecía inmóvil escuchando al profesor, estaba alucinando con la historia, y de vez en cuando dirigía una mirada de incredulidad a Sofía, que esta devolvía asentando con la cabeza, como certificando todo aquello que el profesor Faramiñán estaba contando.

─Pero, ¿cómo pudieron caer en la trampa? ¿No se le hizo autopsia al cadáver? ─preguntó perplejo Pablo.

─Sí. Y, aunque la autopsia la hizo un buen amigo mío y excelente forense, el Dr. Emilio Cascajares, Jefe del Servicio de Medicina Legal y Forense de Huelva, este no pudo determinar si el agua encontrada en sus pulmones era procedente del mar como consecuencia del ahogamiento o bien tenía otro origen, comprenderá que por aquel entonces no había los avances técnicos con los que contamos en la actualidad ─dijo el profesor buscando con la mirada la comprensión de Pablo.

─Sí sí, lo entiendo.

─¿Qué os parece si comemos y después continuamos con la conversación con un café? ─dijo Sofía, interrumpiendo─. Hace horas que no tomo nada… y supongo que vosotros estaréis igual.

─Me parece una magnífica idea, querida ─respondió el profesor con amabilidad─. Además, aquí se come de maravilla.

Una vez terminada la comida, los tres salieron caminando calle abajo, en dirección a una pequeña pero coqueta plaza, rodeada de naranjos que embriagaban el aire con su inconfundible olor a azahar. Se sentaron en una terraza. El sol comenzaba a caer con suavidad.

Pablo no tardó en retomar la conversación.

─Entonces, como usted dice… ¿el primer engañado fue el forense español?

El profesor negó levemente.

─Sí… y no. Me explico. En el informe de autopsia, el doctor Cascajares determinó que el oficial inglés había muerto por asfixia por inmersión. Y que el cadáver llevaba entre ocho y diez días muerto.

Hizo una pausa y se acomodó en la silla.

─Pero también dejó constancia de algo… incómodo.

Pablo se inclinó hacia delante.

─¿El qué?

─Las fechas no cuadraban. Entre sus pertenencias había documentos fechados días después de su supuesta muerte: un recibo bancario del 25 de abril… entradas para el teatro de Londres del día 24…

El profesor alzó la mirada.

─Y el cuerpo apareció el día 30. Existían importantes discrepancias, entre la fecha de la muerte y los documentos encontrados en su poder. Curiosamente estos datos pasaron desapercibidos para la inteligencia alemana.

─¿Qué le pasó a Klauss? ─preguntó Pablo.

─Se puede imaginar… ─respondió el profesor─. Fue objeto de burla durante años. “El espía tonto”, “el bufón alemán”…

─¿Y después?

─Se retiró. Vivió discretamente. Creo que aún sigue en Huelva.

─Sería bueno poder hablar con él ─intervino Sofía.

El profesor la miró un instante.

─Si aún quiere hablar.

Pablo no dijo nada.

─Hay algo más ─añadió el profesor, bajando ligeramente la voz─. ¿Saben quién fotografió el cadáver del oficial inglés?

Sofía y Pablo intercambiaron una mirada.

─Valdini ─respondieron casi al unísono.

─Exacto.

El profesor encendió la pipa con parsimonia. Exhaló el humo lentamente.

─Siempre estaba allí. En el lugar adecuado.. en el momento exacto.

─¿Casualidad?

El profesor negó con la cabeza.

─Llámelo como quiera. Pero a mí nunca me lo pareció.

─¿Sabe si sigue con vida? ─preguntó Pablo.

─Sé que hace unos años participó en una exposición en Madrid, en el Instituto Arqueológico Alemán. Fotografías y documentos de la Segunda Guerra Mundial.

Se encogió de hombros.

─Después… nada.

─Tengo un buen amigo en Madrid. Podría ayudarnos.

No mencionó su nombre. Pero pensaba en su buen amigo, el anticuario don Faustino Santacana.

El profesor lo observó con atención.

─En mi humilde opinión ─dijo─, Valdini y Klauss sabían dónde estaban las estatuillas. En aquellos años no ocurría nada en Huelva que escapara a su control, su poder de influencia era casi absoluto en todos los estamentos de la sociedad. Y si alguien acompañó a Valdini a fotografiarlas…

Dejó la frase en el aire.

─Tuvo que ser Klauss ─concluyó Pablo.

El profesor sonrió levemente.

─O alguien que no debía aparecer en ninguna fotografía.

El viento movió suavemente las hojas y flores de los naranjos. El aroma del azahar se hizo más intenso.

Pablo y Sofía se levantaron lentamente y se despidieron.

─Gracias, profesor.

Mientras se alejaban de la plaza, Pablo tuvo una sensación difícil de explicar. No era intuición. Tampoco miedo. Era algo más frío. Como la certeza de que alguien… ya había seguido ese mismo camino antes que él.