Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 4 El encuentro con Sofía
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4 El encuentro con Sofía

Se sentó en la última fila del aula número 7 del departamento de Arqueología. Habría unas cuarenta personas sentadas escuchando atentamente la disertación que, sobre una tarima de madera, realizaba una joven profesora de no más de treinta años. De mediana estatura, pelo oscuro recogido en una cola de caballo, ojos grandes y negros, ligeramente maquillada, nariz pequeña y respingona. Vestía de forma informal: pantalón vaquero, camisa blanca abierta, zapatillas deportivas y chaqueta sport.

Pablo quedó impresionado por su belleza.

De no ser por la posición que ocupaba en el aula y por la pasión con la que exponía, habría pensado que se trataba de una alumna más.

Hablaba de pueblos fenicios que arribaron a las costas del sur de la península ibérica y, más concretamente, de su iconografía religiosa de influencia egipcia. Acompañaba sus palabras, potentes y apasionadas, con imágenes proyectadas en un visor de diapositivas: yacimientos arqueológicos, símbolos orientalizantes, fragmentos de historia enterrada.

Por un momento, se sintió cautivado por la dulzura y a la vez por la contundencia de la oratoria de aquella chica, del énfasis que ponía en cada palabra o gesto que hacía. Daba igual si lo que decía era verdad o mentira, para ella era lo más importante en ese momento.

Y eso le fascinó.

Terminada la clase, Pablo esperó a que el aula quedara vacía. Se acercó lentamente al estrado. La joven recogía sus libros y láminas sin percatarse de su presencia.

─Hola, soy el sargento Torres. Tú debes ser Sofía, ¿verdad? ─ preguntó, casi afirmándolo.

─Sí… soy yo. Hola ─respondió ella, visiblemente sorprendida.

Por un instante quedó paralizada.

─Quizá debería haberte llamado antes de venir ─sugirió Pablo, en todo de disculpa.

─No… no, está bien. Es solo que no esperaba que respondiera tan pronto a mi carta. No estoy acostumbrada a que me escuchen.

Hizo una breve pausa.

─De hecho, en los últimos años… nadie me hace caso.

Había algo de melancolía en su voz.

Sofía lo observó con detenimiento. Era alto, moreno, joven… aunque con esa madurez que no dan los años, sino la vida. Sus facciones, suaves en apariencia, escondían una firmeza casi obstinada. Y en sus ojos marrones, enmarcados bajo unas cejas pobladas, había algo difícil de nombrar: una calma densa, como la de quien ha visto demasiado… y ha aprendido a callarlo.

Bajó la mirada tras unos segundos temiendo que pudiera leer en ella sus pensamientos.

─Pues aquí me tienes ─dijo él─. Dispuesto a escucharte. ¿Tienes tiempo?

─Tengo una reunión de claustro más tarde. Un par de horas, como mucho.

─Perfecto. ¿Te apetece que hablemos tomando un café? Aún no he desayunado.

─Sí…pero, si no te importa, prefiero que sea fuera de aquí.

Bajó un poco la voz.

─Lejos de miradas indiscretas. Ya sabes… la universidad es como una gran familia.

Pablo esbozó una leve sonrisa. Sabía perfectamente lo que eso significaba.

Caminaron hasta un pequeño café situado a un par de calles de la universidad. La mañana era fría. En el cielo se acumulaban nubes grises, amenazantes. Algo inusual para esa época del año. La primavera en Huelva solía ser cálida y suave.

Se sentaron dentro, junto a la ventana. Pablo, instintivamente, eligió la silla desde la que podía ver la puerta.

─No sé muy bien por dónde empezar ─dijo Sofía─. Tampoco sé qué conocimientos tiene usted de arqueología.

─Para empezar, no me hables de usted ─respondió él─. Me llamo Pablo. Y, en cuanto a arqueología… lo justo: películas, artículos de prensa y poco más. Pero dime… ¿qué es lo que te preocupa? ¿Por qué están en peligro esas estatuillas?

Sofía respiró hondo.

─Es algo complejo de explicar. Y lo peor es que no dispongo de pruebas.

Lo miró.

─Y para un científico, eso lo es todo.

─No te preocupes. Casi todas las investigaciones empiezan así. Datos sueltos e indicios que posteriormente habrá que ir uniendo y consolidando en pruebas, como tú dices.

─Hace menos de una semana ─continuó Sofía─, un alumno mío me habló de un déballage clandestino de obras de arte.

─Perdona… ¿déballage?

─Ah sí, disculpa Es un término que usan los marchantes coloquialmente para referirse a las ventas a pie de calle. Libros, cuadros… y, en ocasiones, piezas arqueológicas.

Suspiró levemente.

─Acuden compradores de muchos países. Sobre todo norteamericanos, debe ser, es una opinión mía, que es debido a que en su pais que adolecen de una historia tan rica y antigua como la nuestra, y por eso buscan como buitres, piezas históricas que adornen los estantes o paredes de sus residencias de lujo, pero como te digo, esta es una opinión muy personal.

Pablo sonrió condescendiente, como lo haría un sacerdote que escucha una confesión, estaba intrigado escuchando la voz de Sofía, que definitivamente le había cautivado.

─Pues bien, dicha subasta o como la queramos llamar, tuvo lugar en Sevilla, hace un par de días ─continuó Sofía─. Mi joven alumno, Miguel, estuvo presente en ella. Es un apasionado de los libros antiguos.

Se inclinó un poco hacia Pablo.

─Y alguien le habló de un marchante que quiere sacar a subasta dos piezas de bronce.

Pablo no dijo nada.

─Dos dioses fenicios ─añadió ella─. Hallados en Huelva hace décadas por un pescador onubense, y que alguien había decidido vender a través de alguna casa de subastas. También le dijo su amigo que las mismas poseen un enorme valor en el mercado negro.

─Las mismas estatuillas ─murmuró Pablo.

─Sí. Las mismas. Y no solo eso ─continuó─. Ya fueron fotografiadas en 1944, en una publicación del Museo Arqueológico Alemán de Madrid.

─Entonces existen ─dijo Pablo.

─Siempre han existido. Solo que alguien se ha encargado de que desaparezcan.

─Tengo que serte sincero ─dijo Pablo─. Es un tema sumamente interesante. Pero quizá no soy la persona más adecuada para resolver este caso.

Sofía negó con la cabeza, con más firmeza de la esperada.

─Precisamente por eso. ─lo miró a los ojos─. Porque no eres de aquí. He pedido ayuda a mucha gente. Y todos… me han cerrado la puerta.

Pablo no respondió.

─Gente muy influyente. Desde el director del Museo hasta el gobernador civil, incluido tu simpático capitán Gil-Vadillo.

─Necesito toda la información que puedas darme. Fotos, artículos, revistas, todo. Y quiero hablar con tu alumno, dices que se llama Miguel, ¿verdad?

─Miguel. Sí. Te lo agradezco enormemente, eres la única persona en la que puedo confiar. Te prepararé un dossier con todo lo que he ido recopilando estos años y le diré a Miguel que hable contigo.

Sus ojos brillaban.

─En verdad te lo digo Pablo, son unas piezas valiosísimas, no solamente para mí, sino para todos. Llevo años sabiendo de su existencia, pero jamás he estado tan cerca de ellas como ahora.

Pablo la observó en silencio. Había algo en su mirada. Algo limpio. Pero también… algo peligroso.