Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 3 La misteriosa carta
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3 La misteriosa carta

A la mañana siguiente caminó desde el hotel, ubicado en el centro de la ciudad, hasta la Comandancia, situada junto a la centenaria plaza de toros de la Merced. Aquel detalle no pasó desapercibido para Pablo. Pensó: «Tiene su gracia: dos edificios contiguos y emblemáticos de la ciudad unidos geográficamente. En ambos se han realizado magníficas faenas y se han tenido que lidiar, cada una a su modo, con “miuras” de distinto pelaje y trapío. Los calabozos, a modo de corrales donde aguardan las fieras antes de someterse al yugo del interrogatorio, es decir, a la muleta, donde el torero puede salir a hombros de la plaza o con los pies por delante de la enfermería. En nuestro caso es igual, de nuestra hábil o torpe investigación depende, en gran medida, que ese asesino, ladrón o proxeneta pase a engrosar las listas de presos y se baje por un tiempo de la locomotora de la sociedad o, bien, queden campando a sus anchas entre nosotros».

La mañana era fría y húmeda. Empezaba a amanecer y apenas había gente en las calles. La ciudad comenzaba a desperezarse lentamente y las primeras luces del alba se reflejaban en el suelo adoquinado, aún mojado por la lluvia de la noche, con brillos metálicos.

Se sentía relajado paseando por aquellas estrechas y silenciosas calles, liberado de ese temor pegajoso y paralizante llamado miedo, que durante tanto y tanto tiempo fue su némesis. Y no sin razón, pues en más de una ocasión tuvo que asistir al levantamiento del cadáver de algún compañero y realizar la posterior investigación para intentar descubrir y detener a esos malnacidos y cobardes asesinos. No sin antes tener que visitar a las familias de las víctimas, siendo el infame portador de las malas noticias. A veces, no hacía falta ni hablar. La expresión de su cara, mezcla de dolor y rabia contenida, era interpretada al instante por la viuda, la novia o el hermano del compañero perdido, y bastaba con un abrazo amargo y eterno que, de ningún modo, consolaba, pero que, en ese momento, era la única medicina para el alma rota en mil pedazos.

Ahora, sin embargo, se encontraba frente a la puerta de su nueva vida. Bajo el pórtico de la entrada, una figura uniformada bajita y rechoncha se apostaba tras la puerta de cristal antibalas. Se trataba del guardia de puertas, que abandonó su actitud pasiva y caminó unos pasos hasta su encuentro.

─Buenos días, caballero, ¿qué desea? ─preguntó mientras realizaba el preceptivo saludo militar.

─Hola, buenos días, Soy el sargento Torres ─respondió Pablo, mostrando su identificación policial.

─¡A sus órdenes, mi sargento! Estaba informado de su llegada. El capitán me dijo que hoy vendría usted y que le acompañara a su despacho, ya que él no puede atenderle. Según me dijo, está en una reunión con el gobernador civil de la provincia.

─Muy bien, le sigo.

Ambos empezaron a caminar y a adentrarse en el interior de aquel vetusto cuartel. Atravesaron un pequeño patio de estilo andaluz, adornado con macetas de flores de diferentes colores.

El lugar se parecía más a una corrala de vecinos que a un edificio policial. Había una cafetería, una barbería, un salón de recreo… y varias puertas más cuyo contenido Pablo no alcanzó a adivinar.

Finalmente, llegaron a una puerta donde rezaba el cartel: «Oficina de Investigación – Policía Judicial».

─Aquí es, mi sargento. Este es su despacho. Si necesita algo, sobre la mesa tiene un listín telefónico de todas las dependencias de esta Comandancia. ¡Ah! Se me olvidaba… también dejaron esta mañana un sobre cerrado para usted.

─Perdón… ¿cómo dice? ─preguntó, extrañado.

─Sí. Una joven lo dejó en la entrada antes de que usted llegara. Nos pidió que se lo entregáramos personalmente.

─¿Y no dijo quién era? ─volvió a preguntar al guardia, cada vez más sorprendido.

─No, eso fue todo.

Pablo se quedó pensativo junto a la puerta mientras el guardia se alejaba.

Miró fijamente la mesa. Sobre ella descansaba el sobre.

«A la atención exclusiva del sargento Torres»

Se sentó y lo cogió. Lo examinó externamente. Encendió un flexo que había encima de la mesa de su despacho junto con otras varias cosas, y lo puso a contraluz. Posteriormente se lo llevó a la nariz para oler su contenido. «Nada sospechoso», pensó.

Encendió un cigarrillo y dio un par de caladas profundas, mientras intentaba adivinar quién podía haberle enviado aquello.

En ese preciso momento sonó el teléfono que estaba justo delante de él y descolgó:

─Oficina de Investigación, sargento Torres, dígame.

─¿Torres? Bienvenido. Soy el capitán Gil-Vadillo. Disculpa que no te recibiera, pero tuve que venir a tratar un asunto delicado al Gobierno Civil.

─A sus órdenes mi capitán. No importa. Fui bien atendido por el guardia de puertas.

─Hoy no podremos vernos. He quedado a comer con unas personas, pero mañana a primera hora, sin falta, nos vemos en mi despacho.

─Perfecto. Mientras tanto, iré conociendo las instalaciones y a los compañeros.

─Ah, eso. Tus hombres están ahora mismo inmersos en una operación importantísima contra el narcotráfico. Durante algún tiempo trabajarás solo. Pero sin problema, tómate tu tiempo para adaptarte a la ciudad y a tu nuevo destino, a tu ritmo, ya lo he hablado con el jefe.

─Muy bien, mi capitán, como usted ordene. Hasta mañana entonces.

─Una última cosa… ¿te has alojado ya?

─Sí, he alquilado un ático a poca distancia de aquí, en la plaza de La Merced. Me lo están pintando. En unos días me trasladaré allí. Mientras tanto, estoy hospedado en el Hotel Tartessos.

─Me parece perfecto, pero sabes que aquí hubieras tenido pabellón de cargo a tu disposición ─replicó el capitán.

─Sí, sí, pero prefiero vivir fuera del cuartel, si no le importa.

─Ah no, ni mucho menos, lo decía por ayudar. Vale, pues hasta mañana ─concluyó el capitán.

Después de colgar el teléfono, Pablo dirigió de nuevo la mirada al sobre que yacía en su mesa y que, finalmente, decidió abrir.

En su interior encontró una carta y un recorte de periódico de una publicación antigua. En él aparecían unas estatuillas de aspecto antiguo, y podía leerse en el pie de foto:

«Estatuillas fenicias del s.VII a.C.».

Dejó el recorte sobre la mesa y cogió la carta, y empezó a leer.

«Estimado sargento:

Hace ya algún tiempo que estoy intentando conocer el paradero de unas piezas arqueológicas de incalculable valor para el conocimiento de la historia de la civilización de Tartessos. Se trata de dos figuras de bronce dedicadas a dos divinidades fenicias, datadas entre los siglos VIII y VII a.C.

Fueron descubiertas, al parecer, a principios de los años cuarenta por un pescador de Huelva. Sin embargo, hay algo más. Algo que escapa a mi entendimiento. Algo, o alguien, que se interpone como un muro infranqueable entre las estatuillas y yo.

Sé que acaba de llegar a esta ciudad, y es por eso mismo por lo que recurro a usted. No sé cómo decirlo, pero en esta ciudad hay demasiados intereses y me temo que personas con mucho poder están tras ese muro. Es como una tela de araña que lo cubre todo.

Recientemente ha ocurrido algo que pone en peligro la recuperación de las piezas. Y es por eso por lo que debemos actuar rápido, sin demora.

Por favor, póngase en contacto conmigo lo antes posible. Mi nombre es Sofía Benavente. Soy profesora del Departamento de Arqueología de la Universidad de Huelva.

Gracias»

─¡Madre mía…!, ¿Qué demonios es esto? ─se preguntó, en voz alta.

Era un recién llegado. Un astronauta que acaba de ser enviado a la Estación Espacial Internacional; un colono que pisaba por primera vez tierra extraña…, y, de pronto, alguien le pedía ayuda desesperadamente. Le apremiaba a descubrir algo sumamente importante para la humanidad; pero él no tenía ni idea de arqueología, ni de historia, ni de fenicios ni de tartessos. Todo le sonaba un poco a las novelas de misterio como las que leía junto a su madre en el desván de la casa vieja.

Pero, en definitiva, disponía de tiempo, como antes le había adelantado su capitán. Y, en el fondo, la idea de investigar el paradero de esas importantes estatuillas, le pareció atractiva. Hasta ese momento, su vida profesional había estado marcada por delitos miserables: violaciones, robos, asesinatos, homicidios… y lo peor de todo, suicidios de compañeros que no soportaban la presión brutal de vivir con el miedo constante, de no poder llevar una vida normal como el resto del mundo. Que te maten es una canallada, pero quitarse la vida… eso, eso es lo peor de lo peor, hay que estar muy destrozado por dentro para llegar a ese extremo. Pablo nunca llegó a tener esos pensamientos, pero si estaba harto de dejar caer las llaves del coche para observar los bajos del mismo, por si habían dejado alguna bomba lapa; de cambiar continuamente de itinerario para ir a la compra, al cine, o donde fuese; de tender ropa perteneciente a otros trabajos (limpieza, telefónica, correos, etc…), por eso y por más razones, decidió que quería romper con todo aquello, empezar una nueva vida lejos del humo negro y maloliente que todo lo impregnaba, de ese txirimiri constante y perpetuo que te calaba hasta el alma.

A la mañana siguiente, Pablo se personó en el despacho del capitán Gil-Vadillo. Llamó a la puerta y, tras las presentaciones reglamentarias, este lo invitó a sentarse para tener una conversación más informal.

Hablaron largo tiempo de asuntos de trabajo, de cómo quería el capitán que funcionase la unidad, de cuáles eran las directrices y objetivos marcados por el jefe de la Comandancia, y dejándole claro, eso sí, que todo, absolutamente todo, debía de pasar por sus manos antes de salir de la Comandancia. Gil-Vadillo era de esos tipos de la vieja escuela, pensó Pablo. De esa Guardia Civil rígida, anclada en otras formas. El capitán llevaba toda su vida en Huelva y había tejido una red de amistades dentro y fuera del Cuerpo. Era muy conocido en los ambientes militares y de la sociedad onubense.

Aunque le faltaba poco para jubilarse, no se relajaba. Quería marcharse, como él mismo dijo: «por la puerta grande, como los buenos toreros». Por eso supervisaba personalmente cualquier actuación que se llevara a cabo bajo su mando. No estaba dispuesto a tirar por la borda tantos años de carrera profesional.

Pablo asentía en silencio mientras lo escuchaba. Le parecía conocerlo ya. Y, aunque se había informado previamente de todo, antes de llegar, incluido sobre el capitán, sí le sorprendió bastante la arrogancia con la que se mostraba ante él.

En un momento de la conversación, que hacía rato había dejado de interesarle, Pablo mencionó la carta.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

El capitán rompió a reír. Una carcajada seca, excesiva.

Golpeó la mesa con la palma de la mano.

─¡Veo que ya has conocido a la loca esa! ─dijo en tono burlón.

Pablo no sonrió.

─¿Cómo dice? No le entiendo ─respondió Pablo con semblante serio.

─Si hombre, no te ofendas. Esa chica vive en su mundo particular. Por aquí la conocemos bien…

Hizo una pausa, encogiéndose de hombros.

─Anda buscando unas estatuillas de bronce, de no sé que época, que según ella todavía siguen en España. Nosotros hicimos gestiones acerca del asunto y lo último que sabemos es que fueron sacadas de España hace más de medio siglo. Un tratante de arte se las compró por cuatro perras a un infeliz pescador, que las encontró en la playa de La Bota. Y ahí se acabó todo.

Pablo lo observó sin pestañear.

─Pero ella sigue muy interesada en encontrarlas ─añadió Pablo─. Y, por lo que dice la carta… tiene información al respecto.

El capitán volvió a sonreír. Pero esta vez sin humor.

─Haz lo que quieras ─sentenció Gil-Vadillo─. Pero te digo yo que es una pérdida de tiempo.

─Sí, si no le importa lo investigaré. Nunca he dejado un asunto antes de conocerlo.

Gil-Vadillo lo miró unos segundos, como calibrando su respuesta.

─Pues adelante. Además, tiempo te sobra. Ya te dije que estarás solo durante algunas semanas. Tengo a todos los chicos enfrascados en una operación de la leche, como nos salga bien va a ser un pelotazo. El mayor alijo de hachís incautado hasta la fecha en Europa. Será la guinda para mi merecido retiro ─dijo mientras se dibujaba una amplia sonrisa en su rostro.

─No se preocupe por mí ─respondió Pablo─. Pero necesitaría ver el expediente de este asunto.

─Ah, eso. Habla con Quintanilla. Es el guardia que se encarga de la custodia de todos los expedientes y las pruebas. Dile que vas de mi parte y así no te pondrá impedimentos.

─Perfecto.

─Bueno, me tengo que marchar. Ya me vas informando de tus progresos.

Y salió del despacho.

Al cerrar la puerta, se detuvo un instante en el pasillo. No sabía muy bien por qué. Pero la sonrisa del capitán, su manera de despachar el asunto y aquella extraña prisa por enterrarlo le dejaron un sabor amargo. Algo… sencillamente no encajaba.