Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 2 Llegada a Huelva
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2 Llegada a Huelva

Hacia las seis y media de una lluviosa y templada tarde de primavera, llegó a la estación de ferrocarril de Huelva. Había hecho la última parte del viaje prácticamente solo en el vagón, salvo con una ancianita de rostro adorable, a la cual ayudó a bajarse del tren, ya que, como ella misma le dijo:

─La artrosis también viaja conmigo. Muchas gracias, hijo, que Dios te bendiga ─sentenció la anciana.

─No hay de qué, señora, lo hago con mucho gusto.

La mirada de la anciana le recordó a su madre y sintió un profundo desaliento al pensar en ella. Había muerto hacía dos años y no pudo acompañarla en sus últimos días. El cáncer la había destrozado por dentro y por fuera, y ella le pidió a su padre que no le avisaran hasta el último momento. No quería que su Pablito, como ella lo llamaba, la viera agonizando y sufriendo. Quería que la recordara alegre y feliz, como había discurrido toda su vida.

Y así lo hizo su padre.

Mentiras piadosas de su padre y de su madre, diciéndole que la quimio iba bien y que el cáncer remitía. Mentira. No le llamaron hasta unas horas antes de morir. Le costó perdonar a su padre, pero con el tiempo entendió que simplemente cumplió con los deseos de su madre… y que, quizá, fue lo mejor.

Pablo cogió su maleta y salió de la estación, un edificio antiguo, pero muy bien conservado, de estilo neomudéjar, con evocaciones árabes, como los arcos de herradura que daban acceso a ella.

Guardaba todo el encanto de esas antiguas estaciones donde, años atrás, se mezclaban despedidas y llantos entre los emigrantes que partían y los familiares que ya añoraban su ausencia. Gente que desaparecía entre la niebla y el humo de esas viejas locomotoras de carbón, encargadas de transportar un cargamento tan especial e intangible como eran los sueños y anhelos de miles de personas, dispuestas a dejarlo todo y a sacrificar todo su mundo conocido en busca de una mejor vida o, simplemente, a dejar atrás un pasado que les atormentaba.

Pablo se sintió como uno de esos viajeros. Con rumbo a lo desconocido. Con las páginas del libro de su vida en blanco, con la necesidad de volver a llenarlas de sentimientos e ilusiones perdidas.

─¡Taxi, aquí, por favor!

Levantó la mano, llamando la atención de un taxista, que dormitaba en su coche, pero que reaccionó al instante poniendo en marcha el vehículo.

─¿A dónde le llevo, caballero? ─preguntó el taxista con voz grave.

─Al Hotel Tartessos, por favor ─respondió Pablo mientras ojeaba una pequeña nota escrita sobre un callejero de la ciudad.

─¿Viene usted por lo del festival de cine? ─volvió a preguntar el taxista.

En esas fechas se celebraba en la ciudad el Festival de Cine Iberoamericano. Películas de gran calidad y peso cinematográfico y todo eso, aunque, en realidad, solo las veían unos pocos. Aún así, servía para promocionar la imagen de una pequeña ciudad que aspiraba a ser conocida y cosmopolita sin renunciar a sus verdaderas raíces y a su cultura.

─No. Solo vengo para quedarme.

─Ah, pues ojalá sea por mucho tiempo. A esta ciudad casi nadie viene a quedarse ─dijo el taxista─. Turistas, sí. Por el sol y la playa. Pero pocos permanecen más de una semana.

─Sí, eso espero yo también, que sea por bastante tiempo.

Encendió un cigarrillo.

─¿Le importaría dar un pequeño rodeo para ver algo de la ciudad?

─¿Importarme? ─rió el taxista─. No tengo nada mejor que hacer esta tarde. Si quiere, le hago un pequeño tour, como le hago a los turistas que me lo piden.

─Perecto.

El taxista lo llevó a ver los lugares que, a su juicio, eran más emblemáticos.

Primero, el barrio Reina Victoria, aunque él prefería llamarlo como siempre lo habían conocido en la ciudad, el barrio Obrero. Se trataba de un conjunto ecléctico de casas unifamiliares de marcado estilo anglosajón que la compañía minera Río Tinto construyó para sus empleados a principios del siglo XX.

A Pablo no le hizo mucha gracia esta primera visita, pues le recordó la Ciudad Jardín de Bilbao, conocida como Loruri. Construida y diseñada inspirándose en la corriente urbanística británica de ciudad jardín. Y por un momento pensó que no podría escapar jamás de su pasado.

Después pasaron junto a la Casa Colón, edificio emblemático donde tenía lugar el Festival de Cine que le había mencionado antes, a continuación el ayuntamiento; la coqueta plaza de las Monjas; y, finalmente, la calle Martín Alonso Pinzón, donde se encontraba el hotel.

─Pues ya hemos llegado, ahí tiene usted el Hotel Tartessos. Son quinientas cincuenta pesetas, caballero.

─Aquí tiene. Quédese con la vuelta.

─Gracias a usted ─respondió el taxista, sonriente, mientras sacaba del maletero su exiguo equipaje.

Apenas llevaba consigo algunas cosas personales que pudo salvar del naufragio, poca cosa, si tenemos en cuenta todo lo que había dejado tras de sí.

Un sueño construido sobre falsas esperanzas que, como un sedante, adormecían la realidad. Hasta que todo se vino abajo. De repente. Sin aviso.

Y lo peor no era eso. Lo peor era que no sentía nada. Ni pena. Ni rabia. Solo vacío.

Subió un par de escalones hasta el hall del hotel, donde un hombrecillo delgado y avieso le esperaba dentro dispuesto a cogerle la maleta.

─Le estábamos esperando, señor Torres. Su tren llegó hace más de una hora. Pensamos que quizá se había perdido.

─No, he tardado más porque pedí al taxista que me diera una vuelta por la ciudad, quería ver algo más, no se preocupe.

─Muy bien, señor. Aquí tiene la llave de su habitación. Es la número 13, está en la primera planta. Me he tomado la libertad de subirle algo de cena a la habitación. Supuse que tendría hambre.

─Perfecto ─respondió Pablo─. Estoy hambriento. En el tren se come fatal. Muchas gracias... ¿señor..?

─Emilio, y espero que todo sea de su agrado ─respondió el conserje.

Pablo nunca había sido supersticioso. Pero de nuevo las puñeteras casualidades, odiaba el 13, por varios motivos, pero el principal era que había sido destinado a Bilbao en el BOGC¹ nº 13, un 13 de junio de 1985.

Y desde entonces…Las casualidades dejaron de parecerle casualidades.