1 De camino al sur #2
En una ocasión llegó a solicitarle sus servicios, nada más y nada menos, que el mismísimo Carlo Orsi, un experto marchante milanés, posiblemente el más famoso y respetado de todo el mundo. Santacana contaba la historia una y otra vez a sus amigos más cercanos, de cómo una anodina mañana de invierno lo vio entrar en su tienda: un tipo alto, elegante y refinado, de maneras exquisitas, que, con un marcado acento italiano, lo saludó y le pidió ayuda.
─Lo reconocí nada más entrar; lo había visto en multitud de ocasiones en revistas y publicaciones sobre subastas. Nunca olvidaré aquel encargo: un supuesto cuadro de Bronzino, pintor italiano del siglo XVI, que se encontraba en poder de una familia madrileña y que querían ponerlo a subasta. Pero, harto de buscar referencias en vano sobre él, alguien le recomendó visitar a don Faustino Santacana.
Y no se arrepintió de recurrir a él. Gracias a la minuciosa investigación que llevó a cabo, pudo encontrar información muy valiosa y fidedigna sobre el cuadro y sobre la familia que lo poseía, y así, finalmente, pudo subastarse en la prestigiosa casa Christie's por el precio de cuatro millones de libras. Don Faustino fue gratamente recompensado por su trabajo e incluso recibió un diploma, que lucía orgulloso junto a su escritorio, de la casa de subastas en agradecimiento por sus servicios.
─Próxima parada: Chamartín ─se escuchó a través de los altavoces del vagón.
Miró su reloj de muñeca para confirmar la puntualidad del tren y recordó que el expreso de Andalucía salía dentro de una hora y media.
─Así que, don Faustino, me va a perdonar que no le visite como hacía con mi padre cuando era más joven ─susurró para sí mismo mientras se incorporaba de su asiento azul y cogía una maleta no muy grande del compartimento de equipaje.
─Por favor, póngame un whisky con hielo.
Había decidido tomar un trago en la cafetería de la estación mientras esperaba la salida del siguiente tren.
Sacó del interior de su chaqueta de cuero un arrugado paquete de cigarrillos Lucky Strike y se encendió uno. Dando largas y profundas caladas, empezó a pensar cómo sería su nueva vida en Huelva. Recordó que una vez conoció en Madrid a una joven muchacha que era de un pueblecito de la costa onubense.
─¡Punta Umbría! ─chasqueó los dedos, en claro síntoma de alivio al recordar el nombre del pueblo, aunque no tuvo la misma suerte con el de la chica.
Lo que sí recordaba era que bailó y bebió hasta altas horas de la madrugada, y que amaneció junto a ella en una estrecha cama de sábanas de color de rosa que olían a suavizante de melocotón, en un pequeño apartamento del barrio de Malasaña, que compartía, al parecer, con otra chica, estudiantes de medicina ambas, o eso pensaba.
Solo recordaba de ella su piel suave y aterciopelada, y que su mirada ingenua de adolescente que le hizo sentirse mal consigo mismo. No por haber hecho el amor con ella, ni siquiera por la diferencia de edad, que era bastante, sino por lo que ella pudiera haber sentido por él.
Porque él no sintió nada.
Solo había sido un cuerpo hermoso sobre el que descargar la frustración acumulada durante años. Un intento desesperado de convencerse de que seguía vivo. De recuperar una autoestima que hacía tiempo había empezado a resquebrajarse a costa de las ilusiones de una muchacha que quizá había confundido una noche con el principio de una historia.
Todo aquello vagaba por su mente cuando dejó su cabecita, que descansaba sobre su pecho, sobre la almohada, y salió de la habitación dejando una pequeña nota manuscrita sobre la mesita:
Tenía prisa y no te quise despertar,
espero que algún día podamos volver
a vernos y que no me guardes rencor.
Eres una chica maravillosa...
Un beso, Pablo.
En aquella época, su matrimonio no pasaba por una buena racha, como casi siempre. Las ausencias de casa por motivos de trabajo eran cada vez más frecuentes, y su mujer cada vez se interesaba menos por dónde había estado o que había hecho.
Últimamente, solo le preguntaba:
─¿Cuántos pantalones te pongo en la maleta esta vez? ¿Me llamarás tú o tu compañero Jacinto? Como de costumbre, por otra parte.
Los años habían hecho mella en su relación, y el entorno frío y sombrío de Bilbao no ayudaba, desde luego. Hacía meses que no se reía junto a Maite y ya no recordaba la última vez que sintió algo al hacerlo con ella.
Y no la culpaba.
Sabía que él había contribuido, de manera decisiva, a que ese fuego se fuera apagando lentamente. Le dolía ver cómo Maite se afanaba en remover las cenizas para mantener vivo el fuego.
Pero dos no se aman si uno de ellos no quiere.
A través de los cristales de la cafetería veía pasar los rostros de la gente. Estaba lloviendo. La gotas resbalaban como lágrimas sobre el cristal, distorsionando las figuras de los transeúntes apresurados bajo sus paraguas. Las luces blancas y rojas de los coches se reflejaban en el asfalto mojado, y por un momento creyó estar de nuevo en Bilbao.
Un sudor frío recorrió todo su cuerpo. Su mano derecha comenzó a temblar y, a duras penas, consiguió llevar el cigarrillo hasta su boca. Aspiró profundamente y exhaló el humo con alivio, como si expulsara de su interior aquella desagradable sensación.
Por la megafonía de la estación escuchó como avisaban de la próxima salida del expreso de Andalucía y pidió la cuenta al barman.
Salió de la cafetería con un gesto preocupado. Aquella sensación de estar de nuevo en la ciudad que lo había destruido le inquietaba.
¿Cuánto había perdido allí?
¿Cómo puede una persona perder tanto sin ni siquiera apostar?
Subió de nuevo al tren y se acomodó en uno de sus asientos reclinables, dispuesto a echar una cabezada, a ver si conseguía alejar aquellos pensamientos.
Cuando despertó, miró por la ventanilla. Grandes desfiladeros recortaban su silueta sobre el azul añil del cielo. Torrentes de agua discurrían salvajes y libres, algunas nubes blancas se enredaban en las cumbres como prendadas de finos hilos invisibles, y pequeños cortijos blancos salpicaban las laderas pronunciadas.
No había duda, se encontraba atravesando Despeñaperros. La Puerta de Andalucía.
─¿Qué le sirvo, señor? ─preguntó el camarero del vagón cafetería, cuando entró en él y se sentó en uno de sus taburetes.
─Una cerveza, bien fría, por favor.
Ya le quedaba poco para llegar a su nuevo destino. Una sensación extraña recorría su cuerpo: una mezcla de ilusión contenida, como la de un niño la víspera de Reyes, y desconfianza ante lo desconocido.
Pero, en el fondo, sabía que había hecho lo correcto.
Había roto con todo.
Lo que no sospechaba era que esa nueva vida que le esperaba… también estaba cargada de sorpresas.