Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 1 De camino al sur
5%

1 De camino al sur

Todo ocurrió hace ya algún tiempo, en una época en la que todavía se podía soñar y volar con la imaginación, cuando aún existía algo más allá de internet, los teléfonos móviles y los sistemas de navegación por satélite.

Esta historia comienza cuando Pablo Torres, un sargento de la Guardia Civil, perteneciente a la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Comandancia de Bilbao, es destinado a Huelva. Corría el año 1990.

Venía huyendo del frío del norte, del humo negro y maloliente de las chimeneas de las fábricas, del terror de las sombras que te hielan el corazón cuando pasan junto a ti, de la sensación de hastío que lo cubre todo, de un hogar destrozado por la desidia y la monotonía, de las miradas desafiantes y odiosas de la gente, de la oscuridad, de la lluvia mezquina y penetrante, del dolor que te devora las entrañas cuando asistes impotente al funeral de amigos y compañeros, y de las preguntas sin respuesta.

Y, a sus cuarenta y poco años, Pablo había decidido empezar una nueva vida, lejos de todo aquello.

De camino a su nuevo destino, mientras observaba el paisaje, verde y húmedo, impregnado como una capa de barniz por el rocío de la noche anterior, a través de la ventanilla del Talgo 200, pensaba que aquel tren, lejos de ser su caballo alado, era más bien un madero en mitad de un naufragio, al que se aferraba esperando no hundirse con el resto del barco y que, con suerte, lo llevara muy lejos del lugar donde había quemado sus últimos años de vida. Donde lo había perdido todo. Como si se hubiera apostado su vida a un número en la ruleta… y, por supuesto, hubiera salido otro.

─Señor, ¿le apetece café? ─preguntó la camarera del tren, pero Pablo seguía absorto en sus pensamientos, los cuales iban más lentos que el resto del mundo.

─Señor, ¿se encuentra bien? ¿Le ocurre algo? ─seguía preocupándose la joven camarera.

Finalmente, Pablo volvió en sí, como si emergiera de un sueño profundo. Sus ojos, hasta entonces ausentes, se posaron en los de la joven. La belleza serena de la chica pareció aliviar, siquiera un poco, la tensión que los atenazaba.

─Ah, sí, por favor, póngame un poco más de café ─aceptó el ofrecimiento sin apartar la mirada de la joven─. ¿Queda mucho para llegar a Madrid?

─Me parece, si no me equivoco, que unos cinco minutos, más o menos, señor ─respondió con amabilidad la camarera.

Pablo conocía bien Madrid. De pequeño viajó muchas veces con su padre, en busca de la mejor fruta, que, según decía él, era la de Mercamadrid. Muchas veces le dijo: «Hijo, en Madrid encuentras todo lo que buscas, y, no lo olvides, también lo que no buscas». Nunca entendió por qué su padre le decía eso, hasta unos años más tarde, cuando tuvo que vivir largas temporadas en esa ciudad por motivos de su trabajo. Entonces pudo conocer las dos caras opuestas de aquella increíble ciudad. Por el día, bulliciosas avenidas repletas de tiendas y comercios, acogedoras cafeterías, exuberantes parques y majestuosos edificios; pero, por la noche, se desplegaba un oscuro laberinto de secretos, con callejones que escondían puertas de negocios ilegales donde se traficaba con todo lo imaginable: obras de arte robadas o falsificadas, armas, drogas, etc. En esos ámbitos, la ley era un simple rumor y la supervivencia pertenecía a quien dominara el arte del engaño.

Por aquel tiempo, vivían en Jaén, en un céntrico barrio del casco antiguo, en la plaza de San Bartolomé, junto a la iglesia del mismo nombre, una de las más antiguas de la ciudad del Santo Reino. Pablo recordaba bien sus calles adoquinadas y duras, sus gentes amables, en su mayoría burgueses venidos a menos, debido principalmente al éxodo masivo de sus habitantes hacia las zonas industrializadas de las grandes ciudades. También recordó, con ilusión infantil, la casa que había justo enfrente de la suya, un edificio bastante conocido en la ciudad por su desgraciada historia.

La llamaban «la casa del miedo», debido probablemente a que varios actos luctuosos tuvieron lugar entre sus gruesas y húmedas paredes. Grandes ventanales fantasmagóricos, tras los que se agitaban cortinas harapientas y volátiles, acentuaban aún más ese halo de misterio y terror, lo que dio lugar a bastantes historias de espíritus y fantasmas. Sin embargo, Pablo, siendo un niño y despojado de todo temor, entraba con frecuencia por uno de los respiraderos del sótano, intentando descubrir qué misterios albergaba aquella singular morada.

Nunca llegó a ver nada que se saliera de lo cotidiano: muebles viejos tapados por amarillentas y polvorientas sábanas, candelabros fastuosos, ahora tristes y apagados, inmensos cuadros destartalados de paisajes y campiñas, etc. Sus amigos siempre se quedaban fuera esperándolo, privados del valor necesario para acometer semejante aventura. Después, él les contaba que había visto sombras moverse en la oscuridad y objetos que se movían por sí solos, alimentando de este modo las fantasías y los miedos interiores de sus compañeros de correrías, que, boquiabiertos, escuchaban con atención los relatos de su amigo. Disfrutaba viendo sus caras de asombro y espanto ante sus invenciones espectrales.

Su padre era transportista. Tenía un pequeño camión y se dedicaba al transporte de frutas y verduras. Era el encargado de llevar, dos veces a la semana, el preciado género al viejo mercado de San Francisco, ubicado en el centro de Jaén, donde lo repartía entre los distintos tenderos del vetusto edificio.

Algunas veces lo acompañaba y lo ayudaba a descargar las mercancías, aunque la mayor parte del tiempo se encontraba en casa, leyendo libros de aventuras y misterio en un gran desván que coronaba la vieja vivienda construida en el siglo pasado y que sus abuelos maternos habían dejado en herencia a su madre. Una mujer culta y delicada que, padecía una rara enfermedad reumática que la mantenía casi todo el día sentada en un anticuado sillón de piel marrón, ubicado junto a uno de los grandes ventanales del salón, siempre con un libro entre sus suaves manos blanquecinas.

De su afición a la lectura se contagió Pablo ya desde pequeño. Le gustaba sentarse sobre la alfombra, apoyando la cabeza en el regazo de su madre, y escuchar cómo fluían, de su afable boca, palabras que brotaban de las páginas de aquellos maravillosos libros.

Le enseñó, aparte de otras muchas cosas, a viajar con la imaginación, a conocer otras culturas, a escuchar las voces y pensamientos de otras personas, y a abandonar, aunque solo fuera por unos instantes, la vida cotidiana y monótona que los mantenía presos en aquella casa decadente.

En otro tiempo, sí había sido una residencia señorial, de lujosos salones y fantásticas habitaciones, pero el trabajo de su padre apenas daba para comer toda la familia, y su madre fue deshaciéndose de objetos de valor para colaborar con los gastos. Pese a todo, su madre era feliz, porque había encontrado el amor junto a su padre, un buen hombre, sencillo y humilde, pero que no poseía más que sus manos para trabajar.

En algunos de los viajes que hacía junto a su padre a Madrid, este le llevaba a visitar a un buen amigo y cliente suyo: don Faustino Santacana.

Se trataba de un personaje peculiar. Tendría ya cerca de ochenta años y era conocido en el gremio de libreros y anticuarios con el sobrenombre de «El Buscón», apodo cariñoso que sus colegas y la gente que lo conocían usaban para referirse a él, y que le venía como anillo al dedo, no por haber leído en reiteradas ocasiones tan famosa e ilustre obra de Francisco de Quevedo, sino por ser un pícaro y avispado comerciante a la hora de tratar y negociar la compraventa de libros, especialmente cuando se trataba de ejemplares escasos y antiguos, que no viejos. También se movía, de vez en cuando, en el mundo de las obras de arte y las piezas arqueológicas, aunque en menor medida. Su padre le llevaba, ocasionalmente, una caja de la mejor fruta que había adquirido esa misma mañana, y él le correspondía con algún libro interesante, que posteriormente regalaba a su esposa, quien lo agradecía enormemente, dado su interés por la lectura.

Pablo pensó por un momento en visitar a don Faustino y así recordar aquellos momentos entrañables en los que, junto a su padre, entraba en aquella vieja y destartalada librería, donde se hacinaban cientos y cientos de libros antiguos, cubiertos de polvo y atiborrados de conocimiento. Ante la mirada de un niño, parecían agolparse unos sobre otros, en una batalla silenciosa por sobrevivir, por no languidecer en aquellas baldas carcomidas, esperando que algún cliente reparara en ellos y los devolviera a la vida.

Al final de aquel estrecho y claustrofóbico pasillo se encontraría don Faustino, con sus redondas gafas metálicas y su pelo canoso y alborotado, tras una mesa de madera que parecía la que hubo de utilizar Cervantes, cuando escribió aquel Quijote, iluminado por la luz de una sencilla lámpara de flexo y atrincherado tras torres de libros que aguardaban ser valorados y catalogados por él.

Lo cierto es que su fama de sabio librero era muy conocida y, por ello, era consultado muy a menudo por todo tipo de gente, sobre todo por compañeros suyos, que le requerían para que les asesorase sobre algún libro, sobre la conveniencia de comprarlo o no. También estaban entre sus clientes varias galerías de arte, que precisaban de sus servicios para tasar o catalogar una obra antes de salir a subasta, y que, en muchas ocasiones, recurrían a él cuando sus trajeados y elegantes sabuesos, expertos marchantes, no habían sido capaces de encontrar referencias fiables sobre algún libro u obra de arte en concreto.

Pese a que don Faustino no era muy entusiasta de trabajar para esos «tiburones de la cultura», como él los llamaba, estos eran generosos con su maltrecha cuenta corriente cada vez que les facilitaba valiosa información acerca de algún libro antiguo, lo que ayudaba a inflar su precio en la subasta.