Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 35
96%

Capítulo 35

Hoy es el día.

Fue una noche larga, aún había cosas que empacar pese a que mi papá no va a viajar con nosotros.

Sé bien que no es una decisión fácil para él, mucho menos cuando siempre ha sido quien se encarga de todo.

Sin embargo, el tiempo es importante, así que dejar a mi tío Gael a cargo es parte de esa tanda de decisiones que ha tenido que tomar últimamente por el bien de Marcos.

No tengo ni la menor idea de a dónde iremos o en dónde viviremos.

No he preguntado y tampoco se han tomado la molestia de hacérmelo saber. Lo sabré cuando lleguemos al aeropuerto y vea mi boleto, pero sinceramente lo prefiero.

Prefiero no saber nada.

Especialmente después de anoche.

Cumplí la promesa que le hice a Clara y pensé en lo que me dijo. Especialmente en lo que dijo que escuchó decir a su papá. Don Fermín es una persona sabia y que lo haya dicho él tiene un peso aún más fuerte.

Conozco a Clara, y por la precisión con la que lo dijo, no dudo de que memorizó cada palabra.

Pero ahora dudo de muchas cosas, sobre todo de lo que pasó ayer con Theo.

Tiene razón, fue una despedida cruel y llena de silencios cuando debió ser al contrario, pero más que eso…

me siento molesta con mi papá, porque ha puesto un peso sobre mis hombros que no debería cargar.

Si alguien como don Fermín lo entiende, ¿por qué él no?

Porque sí, si yo fuera la culpable estaría en prisión y no lo estoy.

Tampoco me siento eximida de culpa, porque sé bien que, si tuve mucha responsabilidad en todo, si no hubiera salido esa tarde todo sería diferente. Pero también sé que, si hubiera sido más comprensivo, las cosas también hubieran sido distintas.

—Cosset, tu amiga ya llegó —dice mi tío, mientras hala la última maleta que falta.

Mi mamá y Marcos ya están en el auto.

—Gracias —digo, saliendo con cuidado.

Aún soy un poco torpe al bajar las dos gradas del pórtico.

—Recuerda que siempre puedes pedir ayuda —dice mi papá, ayudándome.

Me sujeta del brazo.

—Gracias —respondo en seco.

—Bueno, nosotros ya estamos listos —agrega mi tío Gael.

Aprovecho que se concentra en ir con mi mamá y Marcos, para ir con Clara.

—Cosset, dame un momento, por favor —dice mi papá, antes de que suba al auto.

Me quedo esperando.

—Cuídense mucho, por favor —le dice a mi tío, después de despedirse por quinta vez de ellos—. Gael, cuídalos bien por favor —insiste.

Sé muy bien que, de no ser porque aún tiene cosas que resolver en el hospital, sería el primero en ir con nosotros.

—Sabes que no tienes de qué preocuparte, hermano —responde mi tío con total tranquilidad.

Lo abraza, luego sube al auto y se van.

—Gracias por llevar a Coco, Clara. Manejen con cuidado, por favor —dice acercándose.

Es la primera vez en tanto tiempo que lo vuelvo a escuchar llamarme Coco.

Se siente bien.

Clara insistió en acompañarnos al aeropuerto en compañía de Bruno. Y dado que don Fermín dio autorización, no le quedó de otra que aceptar.

—De nada, y claro que sí, usted no se preocupe —responde—. Te espero en el auto —me dice.

Si hay algo que he aprendido de Clara, es que es muy prudente y considerada.

—Avísame cuando llegues, por favor —dice entregándome un celular—. Supongo que querrás mantenerte en contacto con tus amigos, y es bueno que tengan tu número. Intenté que conservaras tu número antiguo, pero pasaron varios días, así que ya no se pudo recuperar.

—Gracias, papá —digo.

No es algo que esperaba. Es más, hasta se me había olvidado.

—Eché la caja con el cargador en tu mochila hoy en la mañana, no quería que se me olvidara dártelo.

—Gracias —digo nuevamente.

No sé qué más decir.

—Ven, dame un abrazo —dice y me hala hacia él.

No lo había abrazado hace tiempo. Incluso había olvidado lo que se sentía.

—Sé que las cosas no han estado bien, pero recuerda que siempre serás mi hija y solamente quiero lo mejor para ti —dice sin soltarme.

Pero es justamente lo que acaba de decir: «solamente quiero lo mejor para ti».

Lo que hace que mi corazón lo culpe.

Porque en su afán de hacer lo que creía correcto me terminó arrastrando al pozo en el que estoy ahora.

Mi corazón lo culpa de haberme dejado a merced de su juicio, cuando muchas decisiones las tomé por sentirme asfixiada.

Y lo culpa aún más porque jamás se ha disculpado.

—Te veo pronto, papá —digo alejándome con cuidado, y subo al auto.

Lo veo, y sé que está triste.

Aun así, no me conmueve.

—Es tu papá, Coco, y siempre lo será —dice Clara.

—Lo sé —suspiro—, es solo que hay cosas que por más que intento entenderlas, simplemente no puedo.

—Espero llegue el día en el que entienda que ni tú ni Theo tuvieron la culpa de nada —dice.

—Yo también, después de todo, creo que este tiempo lejos puede que nos ayude de algo. Por cierto, ¿y Bruno? —pregunto.

—Está esperándonos en el camino. Ya sabes cómo es. Eso sí, ya le advertí que el día que nos casemos tiene que llegar dos horas antes —bromea.

Su comentario me da gracia.

Sé muy bien que ha estado planeando su boda desde siempre.

—No está con Theo, ¿cierto?

Después de lo de ayer, prefiero preguntar.

—No, aunque hubiera sido una buena idea.

No respondo.

Una parte de mí anhela verlo.

Es como si todo lo que pensaba ayer se hubiera borrado, y hoy solo quisiera correr a abrazarlo. Pero no quiero hacer algo que no deba, no cuando sé bien que hay una realidad que no puedo ocultar.

—Es tu último día aquí y no sé cuándo volverás —dice Clara, mientras toma el desvío hacia el centro—.

Ya te despediste de la escuela y de los maestros, pero dudo mucho que te hayas podido despedir del pueblo.

Tengo la esperanza de que en algún momento volverás, pero en caso de que no sea así, quiero que lo recuerdes muy bien —sonríe—.

Además, tu tío va a manejar despacio, así que ya lo alcanzaremos después.

—Gracias, Clara —suspiro.

Veo la cafetería, la primera a la que fuimos cuando recién llegamos.

La pizzería. Está llena, supongo que es el anhelado día. Y es como vernos allí, formados en la fila esperando nuestra orden, pero más que eso, esperando ser afortunados de que nos tocara una de leña.

La ferretería de don Blass. Se ve movimiento y ahora sé que era el lugar favorito de mi tío. Hizo una buena amistad con él.

Veo el centro, y recuerdo muy bien cuando conocí a don Adrián. Pasé por allí tantas veces, que es increíble que ahora le esté diciendo adiós.

Y luego, el restaurante de los papás de Susan.

Sonrío al verlos.

Susan y sus papás están afuera, en compañía de Bruno y Gabriel.

—Se querían despedir de ti —agrega Susan, recién Clara aparca y baja el vidrio.

Me ayuda a bajar.

—Sabes que aquí siempre tendrás una familia y un lugar en donde comer siempre que quieras —dice don Emilio. Doña Sara lo secunda.

Les agradezco por todo, por todos sus detalles, y luego entran de vuelta al restaurante.

Nunca me había sentido tan querida.

Cuando me mudé al pueblo no quería hacerlo porque siempre creí que estaba dejando mi vida en la ciudad, pero es ahora cuando me doy cuenta de que no, es aquí en donde la estoy dejando.

Sería muy distinto si las razones para mudarme fueran diferentes, de serlo.

No sería tan doloroso, porque sabría que volvería.

Sabría que el ofrecimiento de don Emilio al decirme que siempre tendré un lugar en donde comer cuando quiera sería una posibilidad, pero no, no sé cuándo podré volver y ni siquiera sé si lo haré.

Es la incertidumbre de no saber qué pasará lo que me hiere.

—Ahora ya sabes que no siempre hay tanto frío, y eso que falta el verano, hace bastante calor —dice Gabriel.

—Tampoco es que haga bastante calor, pero te gustaría —corrige Susan.

—Un día, ustedes se van a casar —bromea Clara con una sonrisa de oreja a oreja.

—Te quiero mucho, cuídate, ¿sí? Y me voy porque esta ya va a comenzar con sus cosas —se despide Susan.

No puedo evitar sonreír. También lo he pensado, y ahora lamento no poder verlo si en caso sucede.

—Recién estés ubicada nos dejas saber y te iremos a visitar —dice Gabriel.

Me despido de él con un abrazo.

Y luego de unos minutos volvemos al auto.

—¿Estás segura de que te vas a ir así? —me cuestiona Bruno, antes de subir al auto—.

Sabes que no me gusta meterme en la vida de los demás, pero…

Theo es mi amigo, y sé que entiende las razones que tienes para haber terminado con él, pero no creo que merezca una despedida como la de ayer, se lo dije a Clara —ella asiente—.

Sabes muy bien todo lo que ha vivido, y te quiere.

Tú lo quieres. No te estoy diciendo que regreses con él, porque sé que ahora es algo difícil, pero merecen despedirse con cariño, no haciéndose sentir culpables uno al otro por quererse—dice. Jamás había hablado tan decidido.

Y cada palabra que ha dicho ha agitado mi corazón.

—Cosset, no tienes idea de cuándo lo volverás a ver. ¿Realmente quieres que el último recuerdo que tengas de él sea el de ayer?

No sé qué responder, porque sé que tiene razón.

Las ganas de verlo me están consumiendo, y tengo que hacerlo. No sé cuándo lo haré después de hoy, es más, ni siquiera sé si lo volveré a ver.

—¿En dónde está? —pregunto.

Siento el corazón latir a mil por hora.

—En el taller.

Trago saliva.

—Llévame, por favor, llévenme a verlo. Tengo que verlo, tengo que decirle que lo quiero —respondo. Parece una súplica.

Los ojos almendrados de Clara brillan, extasiados, como si esa hubiera sido la única respuesta que esperaba escuchar, y Bruno sonríe de una manera que jamás lo había visto hacerlo.

Mientras mi corazón parece que fuera a estallar. Es como si después de tantos días por fin lo escuchara.

Observo el paisaje: es verde y el asfalto está húmedo.

Cada minuto se siente una eternidad, y siento como si estuviera muriendo. Como si estuviera corriendo tras el amor, esperando no perderlo.

Es una mezcla de sensaciones que no logro comprender del todo. No sé qué haremos, no me puedo quedar, pero… sé lo que le diré: le diré que lo amo, que no estoy dispuesta a perderlo porque hacerlo significaría darme por vencida ante lo que siempre luchamos. La verdad, nuestra verdad.