Capítulo 34
La mudanza ha llegado en un abrir y cerrar de ojos.
Nos vamos mañana, y lo agradezco.
Justo hoy he venido a la escuela a despedirme y a recoger mi papelería, porque mi tío Gael, quien lo haría, tuvo que quedarse en casa con Marcos porque tuvo una crisis esta mañana.
No se mueve, pero grita con todas sus fuerzas.
Soñó que estaba jugando fútbol y, cuando despertó y no pudo moverse, los gritos comenzaron. Es demasiado para un niño como él.
Dijeron que está deprimido y lo creo.
Llevo ocho días siendo testigo de cada crisis.
Todas se detonan por diferentes razones:
El sabor de la comida, la decoración de su cuarto, el no poder moverse, no ir a la escuela, no poder jugar ni siquiera videojuegos.
En fin, siempre tiene razones y cada razón es válida.
Así que que la mudanza sea mañana me alivia. Especialmente después de que la psicoterapeuta dijo que un cambio le haría bien.
Apenas he entrado a su cuarto y, cuando lo he hecho, rara vez me habla. Parece un fantasma.
Agradezco tanto cuando grita porque es la única forma de escuchar su voz, pero es algo muy egoísta de mi parte, porque no es lo mejor para él.
No cuando lo hace porque no quiere ir a terapia.
Y no lo culpo.
Debe ser horrible no poder moverse, pero sí ser consciente de que te cargan como si fueras un costal de papas. Por más que me lo imagine, estoy segura de que, aun así, no alcanzo a dimensionar lo que siente.
Así que mi tío solo me trajo a la escuela y se regresó a casa para quedarse con él. No estaba en mis planes, pero ayuda que ya puedo caminar sola con la ayuda de la muleta. Fue cuestión de práctica, después de todo, y de que ya no me doliera tanto el pie.
—Hola —saluda Susan, recién salgo de la dirección.
Es la primera vez que la veo. Lleva el pelo trenzado, tal y como la conocí en el restaurante.
—Me dijo Clara que te vas. También me dijo que era un secreto —dice, nerviosa.
—Sí —respondo, un tanto confundida.
No sé cómo reaccionar. Sé que me ha estado enviando fotos de todos sus apuntes y han sido de gran ayuda, pero jamás llamó o fue a visitarme. No la he visto desde el accidente y, sinceramente, dudo de si lo habría hecho de no haber venido yo a la escuela.
—Sé que no te he visto y me disculpo por eso —dice de inmediato, rompiendo la tensión de mis pensamientos—. Solo quiero que sepas que te quiero mucho y lamento que te tengas que ir.
—Está bien.
No tengo nada más que decir.
—Perdóname, Coco —dice, casi como una súplica.
Me ve directo a los ojos y tiene un gesto de tristeza que no esperaba.
—No tengo nada que perdonarte —respondo, aún más confundida.
Me sorprende escucharla.
—Te culpé, Coco. Te culpé por el accidente —confiesa.
Está al borde del llanto—. Y me siento muy mal por eso.
No tenía el valor de verte a la cara porque, al principio, sí creí que eras la culpable —baja la mirada—.
La última vez que hablamos te dije que me sentía cansada de tener que mentir por ti.
Así que, cuando me enteré de lo que pasó, te culpé —me mira fijamente—.
No soy una buena amiga, Coco. Perdóname por eso.
Cuando me di cuenta de lo equivocada que estaba, seguí sin tener el valor de verte.
Por eso solo te enviaba mis apuntes. Ni siquiera quise faltar a la escuela más de un día cuando operaron a mi mamá porque sabía que, si no te los enviaba yo, nadie más lo haría.
Sabemos que Clara o Bruno no son muy confiables —medio sonríe.
Yo también lo hago.
—De verdad lo siento, Coco. Lo siento porque, en el fondo, sé que estaba celosa de tu relación con Theo. Y sé que los celos no son parte de ser una buena amiga —dice, un tanto avergonzada.
—No tengo nada que perdonarte, Susan. Eres mi amiga —la abrazo—. Y te quiero mucho. Es gracias a las fotos de tus apuntes que no he perdido tanto. Eres una buena amiga, no lo dudes.
No entiendo del todo de dónde nacen sus sentimientos, pero agradezco su sinceridad.
—Iré a visitarte siempre que pueda, te lo prometo —dice.
La abrazo con más fuerza.
Estoy consciente de que han pasado muchas cosas, pero en este momento lo último que quiero es llenarme de más dudas o reprocharle algo. Lo más sincero que tengo ahora es justamente esa amistad que espero poder conservar, aunque me vaya.
—¡Allí estás! ¡Se supone que no puedes caminar bien, pero te me perdiste en un segundo! —exclama Clara.
Está exagerando.
—¿Theo ya sabe que te vas? —pregunta Susan, limpiándose las lágrimas.
Sus palabras son como espinas en mi corazón.
Es la primera vez que escucho su nombre en días. Clara se ha mantenido al margen y no lo menciona. Es más, hasta podría jurar que incluso se encargó de que no lo vea hoy. La ausencia de Bruno me lo hace pensar.
Claro que pienso en él, cada día, cada hora y cada minuto. Pero es muy distinto escucharlo de los labios de Susan. Es como si incluso el recuerdo de la primera vez que supe de su existencia cobrara realidad en este momento, convirtiendo cada fibra de mi piel en un sentimiento vívido.
—Gabriel dijo que está en el taller —agrega Clara, viéndome con cierta mirada que sé que busca y espera una respuesta.
—No, supongo que no —respondo sin darle más vueltas al asunto.
—Al menos yo no se lo he dicho a Bruno y vaya que me ha costado —se defiende Clara—. A la única que se lo dije fue a Susan, pero porque tú me preguntaste por Coco y tenía que decírtelo —la acusa.
—Te vas mañana. Y, en tu estado, dudo mucho que puedas salir de tu casa con tanta facilidad antes de irte —dice Susan.
—¿Estás segura de que no te quieres despedir? —pregunta Clara—. No creo que Theo pueda irte a buscar. Sabes muy bien cómo están las cosas.
Parecen coludidas en hacerme dudar.
Pero es justamente ese comentario el que me recuerda todas las razones que he tenido estos días para poder controlar la necesidad que he sentido de querer verlo.
—Sí, sé muy bien cómo están las cosas. Así que sí, estoy segura de que no me quiero despedir —respondo sin dudar.
Ambas se ven sorprendidas. Supongo que no esperaban mi respuesta y aún guardaban la esperanza de que hubiera un reencuentro.
No las culpo. También lo desearía de no ser porque he visto a mi hermano cada día, viviendo las consecuencias de mis propias acciones.
Termino de despedirme de Susan y me voy con Clara.
Ambas nos mantenemos en silencio mientras caminamos hacia el estacionamiento.
Es increíble cómo, en cada esquina de la escuela, ahora queda una historia. Una historia que hoy me toca dejar atrás.
Antes de subir al auto, veo la moto: su moto. Y mi corazón se agita con fuerza. Tanto como si quisiera salirse de mi cuerpo únicamente para tocarla y decirle adiós.
Después de todo, también fue parte de nuestras aventuras y testigo de nuestro amor.
—¿Estás bien? —pregunta Clara.
—Sí, estoy bien —respondo, manteniéndome fuerte y subiendo al auto.
Mientras Clara da la vuelta para subir, volteo a verla una última vez y el recuerdo del accidente alborota nuevamente mi corazón, pero ahora desde el dolor y la desgracia.
No ha nevado, pero es como si ahora pudiera ver residuos y entendiera el peligro que siempre fue subirme con él e irnos de aventura sin medir las consecuencias.
Es como si entendiera, por primera vez, cada motivo que mi papá y mi mamá siempre tuvieron al preocuparse por mi relación.
Clara sube y se mantiene en silencio.
Amo eso de ella, esa complicidad que incluso cuando no habla me dice que me entiende.
—¿A dónde vamos? —cuestiono al ver que hemos salido del estacionamiento de la escuela en dirección contraria.
Ni su casa ni la mía quedan en esa dirección.
—Mi papá me pidió que pasara a recoger su saco a la tintorería. ¿Te molesta que vayamos antes de llevarte a tu casa?
—No. Al contrario, creo que es un poco de respiro —digo.
Aprieto los labios al instante.
¿Cómo puedo ser tan egoísta?
Puedo salir porque puedo moverme pese al yeso y a la férula. Pero Marcos no. Él sigue en cama y depende enteramente de que mi papá o mi tío Gael lo muevan.
Cada árbol, cada hoja me lo recuerdan.
Hablando sin parar desde el asiento trasero mientras yo conducía.
Fueron tantas veces que me parece poco creíble que ahora solamente sea un recuerdo.
—Mira, allí está —dice Clara, sonriendo al ver a Bruno.
Hemos llegado a la tintorería.
Mi corazón se agita de tal manera que pareciera que me va a dar un infarto.
Está parado junto a su auto, pero no está solo.
Está con Theo y Brisa.
—Clara… —digo, casi como una súplica.
—Sabes que soy tu amiga. Te quiero, respeto cada decisión que has tomado porque he estado allí. Sé lo que el accidente le causó a tu familia y a Marquitos, pero… sé muy bien que, si no hago esto, me voy a lamentar toda la vida —dice Clara antes de bajarse del auto.
La escucho y tiemblo.
—Coco, no se lo dije yo. Supongo que se enteró por alguien más —agrega, abriendo la puerta del auto—. Brisa se quiere despedir de ti —continúa, mientras me ayuda a bajar.
Estoy temblando.
—¡Coco! —grita Brisa recién me bajo del auto.
Corre hacia mí y me abraza.
Está feliz de verme y yo lo estoy también.
—Hola —digo, correspondiendo su abrazo.
—Ya no me pude despedir de Marcos —dice con cierta tristeza, típica de su edad—. Theo y mi papá me dijeron que no está bien, así que le dibujé esto. Se lo puedes dar, por favor —pide, entregándome una hoja.
Es un dibujo de un niño jugando fútbol.
—Claro que sí. Yo se lo daré. Gracias, Brisa.
—Estuvo insistiendo mucho en que debía darle el dibujo a Marcos —dice Theo, acercándose.
Escuchar su voz es como…
Estoy congelada.
Quisiera correr a abrazarlo, pero… no puedo.
—Ven, Brisa. Acompáñame a la tintorería —agrega Clara, tomándola de la mano—. Ya regreso —dice, viéndome y saludando a Theo.
Bruno va con ellas.
—Gracias. Espero que le levante el ánimo —digo, viendo el dibujo.
Intento sonreír, pero no puedo.
—Te amo, Coco, te amo —su voz se quiebra—. Sé que no te puedo pedir que no te vayas, pero… al menos no lo hagas sin dejar de luchar. Yo sé que aún podemos seguir luchando por nuestro amor.
Lo veo, y quisiera poder decir que sí, pero no puedo. No puedo.
— Sabes muy bien lo que ha pasado…
—Lo sé —me interrumpe—. Lo sé muy bien, y sé que estoy siendo muy egoísta al decirte esto, pero… Coco, no puedo dejar que te vayas sin antes luchar por ti. Por nuestro amor, por lo que tenemos, porque no hicimos nada malo. Lo sabes muy bien.
No digo nada.
Por mucha verdad que haya en sus palabras, no sé qué decir. No sé qué puedo decir sin que sea egoísta.
Correría a sus brazos sin dudar y seguiría desobedeciendo a mis papás si no supiera lo que eso ocasionaría, pero ahora lo sé.
El recuerdo más fehaciente de lo que ha pasado y de las consecuencias de mis decisiones es Marcos.
Así que simplemente me quedo muda.
Ante un Theo que suplica que no me dé por vencida.
—Es que ya no se trata de lo que tú y yo sintamos, Theo.
Sé que nuestro amor fue real y es real, pero…
también es cierto que nuestro amor lastima a los demás.
Y yo no quiero vivir sabiendo que mi felicidad es el dolor de los demás, y mucho menos que es el dolor de mi familia.
No quiero y tampoco puedo. Perdóname, por favor —digo, conteniendo el llanto.
Es como si mis lágrimas se hubieran esfumado y solamente quedara un vacío.
—Sabes que no tengo nada que perdonarte porque te entiendo. En medio de todo, te entiendo —baja la mirada—. Pero recuerda que siempre estaré esperando por ti —me ve a los ojos—. Siempre, Coco . Siempre estaré para ti —suspira—. Cuídate mucho, por favor, y cuida muy bien a Marcos —dice.
Y me vuelvo a quedar muda.
Pero sé que él sabe que lo amo.
Clara y Bruno salen de la tintorería y caminan hacia nosotros.
—¿Nos podemos ir? —pregunto, recién la veo.
—Sí, sí, claro —responde, prácticamente corriendo hacia mí para ayudarme a subir al auto.
Por su expresión, supongo que esperaba que sucediera otra cosa.
Theo se queda observándome, sin moverse. Casi como si aún esperara una respuesta de mi parte o siquiera un gesto de cariño.
Pero no puedo. No puedo corresponderle y no puedo creer que yo esté siendo capaz de hacernos esto.
—Clara, maneja con cuidado, por favor. Y cuídala, cuídala —dice Theo.
Lo alcanzo a escuchar perfectamente y sé que no lo hizo con esa intención.
Ese es el Theo que conozco, el Theo que siempre me ha cuidado, el que siempre se ha preocupado por mí.
El que me quiere.
Y es el Theo al que estoy dejando ir.
Las lágrimas comienzan a brotar sin poder controlarlas en el momento en que veo que se va junto a Brisa en el auto de Bruno.
—¿Estás segura de lo que estás haciendo? —pregunta Clara—. Sé que no te puedes negar a mudarte, pero… no creo que sea necesario que ustedes dos terminen, o al menos no de esta manera. A los dos los está matando esa decisión. Si no, mírate cómo estás.
—Es que desde el accidente las cosas ya no se tratan sobre mí, Clara. Marcos solo tiene ocho años y… no me gusta lo que le hice.
—Pero no fuiste tú, tonta. No se lo hiciste tú. ¡Fue un accidente! Ni tú ni Theo tuvieron la culpa —me reprocha.
—Es que tú no sabes lo que es ver a Marcos perdido, sin hablar, sin sonreír, sin nada.
Y tampoco lo que es ver a mis papás preocupados, sin dormir.
Ver a mi mamá llorar casi todos los días y sentir la mirada de mi papá de desilusión.
Quizás esta no sea la mejor decisión, pero es que no se me ocurre otra para poder tener un poco de paz.
—Cosset, yo sé que lo que sucedió es algo muy grave.
No soy tonta. Lo entiendo. Pero… no fue tu culpa.
No importa lo que tu papá diga, ni tú ni Theo tuvieron la culpa.
Incluso mi papá, que es policía, lo sabe.
Todo lo que hiciste fue porque estabas enamorada.
Si mi propio papá lo dice es porque todos lo vemos.
—¿Tu papá?
—Sí. Memoricé muy bien lo que dijo. Incluso desearía tener tan buena memoria con las capitales de los países, pero escuché perfectamente lo que le dijo a mi mamá el día que llegó a la casa después del problema con tu tío y el papá de Theo.
Se lo dijo a mi mamá: «No entiendo por qué no entienden que solamente son jóvenes que están enamorados.
Ninguno de los dos hizo nada malo. Conozco a Fedrick y sé que es muy centrado.
No le confiaría la reparación de las patrullas si no lo fuera.
Y esta chiquita… Toto, Coco —incluso lo imita muy bien, me hace sonreír en medio del llanto—, no sé cómo es que le dice Clara.
Es bastante centrada, es lo que me ha parecido las veces que la he visto.
Y es lo que dijo Emilio cuando estaba de novia de su hijo.
Creo que Devon se dejó llevar demasiado por las habladurías que hay en el pueblo y no supo separar los conflictos familiares» —termina de imitar a su papá—.
Así que, si lo dijo mi papá, que es policía, tiene sentido.
Yo sé que no vivo contigo y que hay cosas que, aunque quiera entender, no puedo hacerlo, pero, Cosset, solo quiero que pienses en eso —dice con nostalgia.
No respondo. Tan solo lloro.
—Prométeme que pensarás en lo que te acabo de decir, ¿sí?
Asiento.