Capítulo 33
—Cosset, cariño… ¿estás bien? —pregunta mi mamá, despertándome.
Me mueve con delicadeza.
Me quedé dormida.
Hace tiempo que no entraba a mi habitación.
—Sí —respondo, acomodándome mejor.
Veo mi reflejo en el espejo que cuelga al lado de mi cama. Tengo los ojos hinchados.
Lloré toda la noche, hasta que perdí el conocimiento.
Sinceramente, hubiera deseado que no me despertara. No estoy lista para enfrentar la realidad.
—Sabes que puedes contarme. Eres mi hija, Coco, sé que han pasado muchas cosas, pero nunca olvides que, sobre todo, soy tu mamá —dice, acariciándome el cabello.
Me siento tan desnuda. Es como si una parte de mi añorara sentirla tan cerca otra vez. Tan aquí, conmigo.
—Yo sé que eres mi mamá, pero también sé que no me vas a entender —digo, rompiendo en llanto nuevamente.
Me abraza, y es un abrazo que me contiene.
Por un momento, vuelvo a ser esa niña que necesita a mamá.
Esa niña que se refugia en ella.
—Terminé con Theo —digo entre dientes.
Necesito sacarlo. Sé que no entenderá mi dolor, pero necesito desahogarme.
No dice nada, pero me abraza y es suficiente.
No le puedo pedir más. No cuando sé muy bien lo mal que ha estado después del accidente.
—Llora, Coco. Llora todo lo que tengas que llorar, mi niña. Llora, que aquí está mamá —dice, y sus palabras son como un dulce terciopelo que me envuelve.
Finalmente puedo llorar en su regazo y sentirla de vuelta.
¿En qué momento nos convertimos tan distantes?
¿En qué momento pasó todo esto?
Amo a Theo, lo amo. Pero hacía tanto tiempo que no abrazaba a mi mamá de esta forma que… es como si tanto dolor hubiera sido necesario a cambio de sentir esto otra vez. Su cariño.
—Perdóname, mamá. Perdóname por haberme enamorado de él. Perdóname por haberlos lastimado. Nunca fue mi intención. Perdóname por haberme enamorado de Theo —digo una y otra vez.
Claro que lo quiero, claro que lo amo. Pero también la amo a ella. Es mi mamá. La extrañaba tanto.
—Nunca más vuelvas a decir eso —me dice, viéndome a los ojos como si le sorprendiera lo que acabo de decir—.
No fue tu culpa enamorarte y no me tienes que pedir perdón por eso.
Es solo que… hay cosas que —se muerde los labios—.
Algún día entenderás, Cosset, pero no vuelvas a sentirte culpable por haberte enamorado.
Haya sido de ese muchacho o no, no tienes que pedir perdón por eso.
Su mirada me tranquiliza y es como si me quitara un peso de encima.
Una responsabilidad que no es mía.
—¡¿Qué?! ¿Ya te dieron la buena noticia? —pregunta mi tío Gael desde la puerta.
Está abierta.
—¿Una buena noticia? —cuestiono, limpiándome las lágrimas.
—Marcos está aquí. En su habitación —dice mi mamá con una sonrisa.
Sus palabras me sacuden el pecho.
Si está aquí quiere decir que ya está mejor.
—¿Puedo verlo? —pregunto.
Mi mamá voltea a ver a mi tío.
—Está dormido, pero claro que sí. Recién despierte —responde mi tío—. Supongo que no le has dicho lo demás, así que las veo luego —agrega, yéndose.
—¿Lo demás? —cuestiono.
—Sé que no hemos hablado mucho desde que sucedió el accidente, pero sé que Gael ha sido el informante.
Perdóname por eso —baja la cabeza—. Es solo que no sabía cómo lidiar con la situación de Marcos.
Sé que soy doctora, debería estar preparada para esto, pero nunca pensé que algo así pasaría con alguno de mis hijos —sonríe.
Es una sonrisa nerviosa—. La cosa es que tenemos buenas noticias.
Hay muchas probabilidades de que Marcos vuelva a caminar.
El problema es que el hospital tiene muchas limitaciones y, aunque tu papá está buscando la manera de solucionarlo, no podemos esperar. Así que… tenemos que mudarnos, Cosset.
No esperaba esa noticia y no sé cómo tomarla.
¿Mudarnos?
No me quiero mudar, pero, al mismo tiempo, acaba de decir que hay muchas probabilidades de que Marcos vuelva a caminar.
Siento alivio al saber que es por el bienestar de Marcos, para que mejore. Pero me martiriza al mismo tiempo saber que mi peor miedo se está haciendo realidad, y mucho más rápido de lo que pensé.
—¿Y cuándo nos tenemos que mudar? —pregunto.
No voy a preguntar a dónde, sea a donde sea. Sé que buscarán lo mejor para él.
—No lo sé aún —responde mi mamá. Se ve cansada—.
Tu papá está hablando con unos amigos. Necesitamos buscar el mejor hospital para él, pero espero que en unas dos o tres semanas, si mucho.
No podemos esperar más. Cuanto antes comience con las terapias, mejor.
Y por lo de tu escuela no te preocupes. Gael fue ayer a hablar con el director para saber qué podemos hacer para que te puedas graduar.
Me sorprende que pese a todo lo que está pasando, tengan tiempo para preocuparse por eso.
—Gracias, mamá. Por cierto, ¿recuerdas la Universidad del Sur? Me aceptaron —digo.
No sé por qué lo hago. Quizás solo busco darle un poco de paz.
—Te felicito, Cosset. Es justo la universidad a la que querías ir —dice.
Sonríe, pero me llamó Cosset.
Aunque me felicitó.
—Sí, y no solamente eso. Me están ofreciendo una beca.
—Una buena noticia después de todo.
Sonríe.
Pero es una sonrisa extraña y lo entiendo.
¿Quién puede sonreír en estos momentos?
***
Clara fue la primera en enterarse de la noticia y, por su reacción, noté que se sintió aliviada de ya no tener la misión de encontrar una silla de ruedas. Aunque también sé que lo dijo para hacerme sentir menos mal y darle un poco de humor a la noticia.
Prometió guardarme el secreto y confío en que así sea.
Lo de la escuela es fácil de solucionar. Para bien o para mal, el accidente hizo que tuvieran ciertas consideraciones con mi caso, así que es un dolor de cabeza menos.
Lo que no lo es es tener a Marcos de vuelta en casa.
Tres días han bastado para poner todo de cabeza y convencerme de que la mudanza es necesaria.
Tiene citas a diario con el fisioterapeuta y la psicoterapeuta, por lo que bajarlo es una odisea.
Mi tío Gael propuso, después del primer día, cambiarlo al cuarto de él, en el primer nivel, pero Marcos se negó rotundamente. Fue como volver a escuchar sus berrinches de cuando tenía cuatro años, pero esta vez solo grita; no se mueve.
Su cerebro está en perfecto estado, pero su cuerpo no.
Verlo no es nada fácil.
Aunque le agradezco que no me culpe, no lo soportaría.
—¿Quieres más? —le pregunto.
Siempre le ha gustado la gelatina y ahora es de las cosas que más come. Al menos en eso sí puedo ayudar.
Bastó que mi mamá dejara la gelatina sobre la cama para poder dársela.
Que Marcos no se mueva y yo solo pueda usar la mano derecha es un cruel chiste de la situación.
—¿Qué te parece si dejo la boca abierta hasta que me canse y tú solo dejas caer la gelatina, como si regaras una planta? —pregunta.
Sonrío al escucharlo.
Al menos su sentido del humor por momentos vuelve, o es lo que creo.
—¿Y Theo? —cuestiona.
Trago saliva.
—Debe estar estudiando —digo, sin darle tantas vueltas al asunto.
—Coco… —suspira—. ¿Crees que algún día pueda volver a jugar pelota con Brisa? —pregunta.
Me quedo muda por unos segundos. Más aún cuando veo que se le escapan algunas lágrimas que mojan su mejilla.
—Claro que sí. Ya lo verás —respondo, con un nudo en la garganta, mientras le doy una cucharada de gelatina.
Ese es su estado la mayor parte del tiempo.
Al menos hoy me dijo lo que piensa y sé por qué llora.
Todo esto solo ha hecho que me dé cuenta de cosas que ignoraba o a las que les daba poca importancia.
Cuando nos mudamos y vi la casa, supe que era lo que mis papás siempre habían soñado.
Ahora nos mudaremos por el bienestar de Marcos.
Pero nos vamos dejando sus sueños atrás.
Son los sueños y planes de mis papás y Marcos los que también se están quedando.
No solamente he perdido yo. Han perdido ellos.
Cuando aceptaron el trabajo en el pueblo, dijeron que lo hacían para poder compartir más tiempo en familia. Pero ahora solo hablan sobre ofertas de empleo que les permitan ganar más dinero para poder cubrir todos los gastos que el seguro no cubre.
Nunca he aportado nada de dinero en casa, así que ignoro muchas cosas.
Pero jamás los había escuchado hablar tanto de dinero como lo hacen ahora.
Incluso a mi tío Gael lo he escuchado hablando sobre la posibilidad de encontrar un despacho.
Y es justamente eso, esas pequeñas conversaciones y comentarios que escucho, lo que hace que los días sean más llevaderos.
Extraño a Theo. Más que nunca lo extraño.
Pero sé que tomé una buena decisión. Una decisión egoísta con mis sentimientos, pero a favor de mi familia.
Es lo menos que puedo hacer después de todo lo que ocasioné.
Solo lamento haber lastimado a Theo con mis decisiones, pero era Theo o ellos.
Y aunque mi corazón siempre lo va a elegir a él…
La razón me grita: familia.
Y es lo que estoy haciendo, escuchando a la razón.