Capítulo 32
Un toc, toc en la ventana me despierta a la mañana siguiente. Veo el reloj y son las diez de la mañana.
Hay dos platos de comida sobre el escritorio; supongo que el tío Gael los subió antes de irse, pero estaba tan dormida que ni lo sentí. Al voltear, veo a Theo al otro lado de la ventana, trepado al pino.
¿Cómo puede estar allí?
Me levanto lo más rápido que puedo y me apresuro a abrir la ventana. Lo hago tan rápido como el brazo y la bota del pie me lo permiten.
Theo tiene el brazo lastimado. ¿Por qué no se cuida?
—Hola —dice, muy sonriente.
—Tienes que cuidarte ese brazo —lo regaño recién entra.
—Está bien, no te preocupes. No te he visto en días y tampoco te he podido localizar, y hoy vine dispuesto a verte sí o sí. Cumplimos cuatro meses de novios, por si lo habías olvidado, y como regalo vine a traerte esto —dice, sacándose de debajo de la camisa un folder.
Lo reviso y es información de más universidades y becas.
—Theo…
—Las aplicaciones las puedo hacer yo porque no son tantos datos. Lo de las becas no, porque… también tiene que ir información de tus papás. Vine para que llenemos algunas. ¿No has desayunado? —pregunta al ver la comida.
—Estaba durmiendo. Tú me despertaste. Anoche no pude dormir bien porque me molesta mucho el brazo y no tuve cuidado cuando fui al baño, y me lastimé el pie —digo.
No sé si estoy molesta, indignada o feliz de verlo aquí.
—Lo siento. ¿Estás mejor ahora?
—Sí, gracias. Mejor dame un abrazo —digo, sonriendo—. Feliz cumplemes.
No me puedo resistir. Estoy feliz de verlo.
—Creí que estabas molesta conmigo —dice, mientras me abraza—.
Sé que estoy fastidiando mucho con lo de las universidades, pero sabes que hay un tiempo límite para llenar aplicaciones, y no sé si ya tienes alguna respuesta positiva.
Además, estás perdiendo muchos días por esto, así que al menos quiero hacer algo para poder apoyarte con eso.
Te juro que si pudiera hacer algo para ayudar a Marcos, también lo haría.
—Lo sé, no tienes por qué decirlo —lo conozco bien, y sé que dice la verdad—. Mi tío me explicó mejor lo de su lesión y, aunque no vaya a ser rápido, me alivia saber que en algún momento podrá volver a caminar. Y no, no estoy molesta contigo. Es solo que… —lo veo—. No quiero ni pensar —suspiro.
—Bien, igual debemos ponernos a trabajar. Las solicitudes y aplicaciones no se van a llenar solas. ¿Quieres que caliente tu comida primero? Creo que ya está fría —pregunta, y por su gesto sé muy bien que no tengo opción.
Me es imposible no sonreír mientras espero que regrese. Es como sentir que la primavera se coló a mi habitación, y amo esa sensación.
Cuando vuelve, aprovecha para ir llenando algunas aplicaciones que estaban incompletas mientras yo desayuno. Solo me habla para preguntarme datos.
—Cosset, te aceptaron —dice, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡¿Qué?!
—Es una carta de bienvenida —responde, mostrándome la pantalla.
Me sorprende el nombre: Universidad del Sur.
Es la universidad a la que apliqué cuando recién acababa de llegar al pueblo.
—Olvídalo, está muy lejos de aquí —me quejo.
—Lo sé, pero también sé qué es una muy buena universidad y te gusta el calor —dice, mientras curiosea.
—Sí, pero envié la solicitud cuando no quería vivir aquí. Y ahora me gusta más el frío —rezongo.
—Coco, te acaban de aceptar. Sabes muy bien lo importante que es ir a una buena universidad y esta lo es. Además, te están ofreciendo una beca. No dudo que te vayan a responder de más universidades, pero no la deseches simplemente porque está lejos —dice, sin quitar la vista de la pantalla.
—No es porque esté lejos, es solo que, si vamos a hacer esto, lo vamos a hacer juntos. Theo —lo veo a los ojos—, no quiero ir a ninguna universidad que represente estar muy lejos de ti.
Necesito que entienda lo que estoy diciendo.
—Jamás estaremos lejos, Coco. Nos amamos y creo fervientemente que no hay distancia suficiente para separarnos. Igual podemos buscar una universidad que tenga la palabra norte en el nombre para saber que está cerca de aquí —bromea.
Consigue hacerme reír.
Aunque no lo parezca, estoy hablando en serio.
—Yo también —insiste—. Es más, ¿qué te parece si yo también lleno la aplicación? ¿Te imaginas que me acepten? No creo que sería para comenzar en otoño, pero sí en primavera o en verano. La cosa es estar juntos, ¿no? —pregunta con una sonrisa que me envuelve.
Lo quiero tanto.
Y no me parece una mala idea después de todo.
Pero entonces…
Lo veo mover el brazo que tiene enyesado y hace un gesto de dolor.
Y la realidad me golpea: esto no está bien. Ninguno de los dos debería estar fingiendo que las cosas están bien.
Veo mi cicatriz en el reflejo de la pantalla de la computadora y una ola de culpa me cubre desde el pecho y me termina abofeteando.
—Es mejor que te vayas, Theo. Creo que mi tío ya va a venir —digo, levantándome de golpe.
Me duele el brazo cuando lo hago, y el dolor se siente como alcohol en la herida.
Esto no está bien.
—No creo que vaya a venir aún. Es temprano —mira su reloj—. He puesto atención y sé que suele regresar después del mediodía —responde, levantándose también, bastante confundido.
—Es que tú no lo entiendes, Theo…
Intento contener las lágrimas, pero mis ojos ya se han llenado de ellas.
—¿Entender qué?
Me ve confundido.
—Esto… nosotros… —mi voz tiembla—. Theo, estamos aquí, haciendo planes, como si nada hubiera pasado. Pero sí pasó. Míranos —le señalo su yeso.
Lo miro a los ojos y lo siento clavarse en la herida.
—Esto ya no está bien, Theo. Esto ya no puede ser —puntualizo con una seguridad que le pone pausa incluso al llanto.
Theo suspira.
Por muy doloroso que sea, sabe que tengo razón.
—Sé que todo fue un accidente, pero sabes muy bien que si mis papás se enteran de que estás aquí puede haber más problemas, más de los que ya ha habido, y no quiero que eso pase. Ya no. No me lo perdonaría —digo. Me muerdo los labios para no llorar.
—Coco…
—No, Theo, no —lo interrumpo—. Ya sé lo que mi papá es capaz de hacerte y también sé lo que tu papá es capaz de hacer por defenderte, y no es justo para nadie.
—Lo sé, pero tú y yo sabemos bien lo mucho que nos queremos, Coco. Sé que lo que pasó…
—Lo que pasó fue un accidente, sí, pero Marcos está en la cama de un hospital sin poder moverse a causa de ello. ¿Puedes entenderme? ¿Cómo te sentirías tú si se tratara de Brisa? —pregunto.
Lo amo, claro que lo amo. Pero en este momento me duele más la culpa y el dolor que sé que le he causado a mi familia y al mismo Theo. Y eso, eso, es más fuerte.
—Claro que te entiendo, te entiendo muy bien, pero… Cosset, a mbos sabemos que no hicimos nada , no nos hagas esto por favor. Sé que…
—Es mi familia, Theo —lo vuelvo a interrumpir—. Y es mi hermano el que está sufriendo, mi hermanito. Dime que me entiendes, por favor —suplico.
—Es que lo hago, créeme que lo hago, pero no creo que esta sea la manera. No ahora, y mucho menos después de todo lo que ha pasado. Sé que no ha sido fácil, lo sé, pero... ¡Dios! No quiero dejarte, Coco, no quiero.
Muerde sus labios. Sé que hay muchas cosas pasando por su mente.
—Es solo que ya no puedo más, Theo, ya no…. —digo, quebrándome.
Siento tanto dolor.
—Perdóname, por favor, perdóname —sus ojos se cristalizan.
—Sabes que no tengo nada que perdonarte, lo sabes bien… Esto no es tu culpa y no es nuestra culpa —lo abrazo.
No debería, pero lo necesito.
Necesito que sepa que lo amo. Necesito que sepa que esto no lo hago por falta de amor, sino porque la culpa me está consumiendo.
—Solo prométeme que vas a ir a la universidad, por favor —dice alejándome un poco y viéndome fijamente.
Y ahora me arrepiento de lo que acabo de decir.
Aun en este momento, me pide que le haga una promesa que me beneficia a mí.
—Sí, te lo prometo —lloro—. Te amo, Theo, te amo. No olvides eso, por favor.
Estoy rota.
Tengo tanto miedo de perderlo y, sin embargo, es lo que estoy haciendo: perdernos.
—Todo estará bien, sí —dice y me abraza otra vez—. No olvides comer y no olvides revisar tu correo. Duerme bien y… recuerda que yo también te amo, Coco, te amo —dice, dándome un beso en la cabeza sin soltarme.
Es un beso puro.
Lleno de amor.
Y su abrazo es la plenitud de lo que ambos sentimos: calidez.
No quiero soltarlo, no quiero que me suelte. No quiero que se vaya, aunque sea lo correcto.
Pero, aunque me duela, es lo mejor.
No soy capaz de poner mi felicidad por encima de la tranquilidad de mi propia familia.
No, sabiendo que Marcos está en cama.
Me alejo y limpio mis lágrimas.
Theo también está llorando, pero es más reservado.
Esto nos duele a los dos.
—Cuídate, ¿sí? —me dice, y se va.
Y yo siento que me rompo.
Escucho cada paso desde que sale de la habitación, baja las gradas y la puerta principal se cierra tras él. Es como si todos mis sentidos hubieran despertado y a lo único que anhelan es a él.
Me asomo a la ventana y lo veo: dejó la moto al otro lado de la calle. Está limpiándose las lágrimas y su dolor me rompe por completo. Es como si un clavo me trancara el pecho y no me dejara respirar.
No hemos dicho que terminamos, pero lo hemos hecho. Así lo siento, como una despedida sin vuelta atrás.
No tuvimos que decirlo; ambos lo sabemos… y lo entendemos.
La computadora está en mi cama, la pantalla aún está encendida. Y ahora nuestro último recuerdo feliz es ese: la carta de aceptación de la Universidad del Sur.