Capítulo 30
—¡¿Qué más quieres, Coco?! ¡¿Qué más?!
Los gritos de mi papá llenan mi habitación como un eco que rebota en las paredes.
Ha pasado una semana desde el accidente; justo hoy me dieron de alta. La fractura del brazo no fue tan grave, ni la de los dedos del pie, pero el golpe en la cabeza y la pérdida de conciencia me mantuvieron en el hospital más tiempo del que hubiera deseado.
Nevó casi toda la semana. No cayó tanta nieve, pero sí la suficiente para que solo Clara fuera a visitarme.
Según me dijo, ahora que William no está, quitar la nieve del restaurante y de la casa de Susan no ha sido tarea fácil, y por eso no fue a verme.
Tiene sentido.
Clara ha sido la que más ha estado conmigo estos días. Hoy también vino a verme. Pero mi papá escuchó cuando le pedí que le dijera a Theo que lo amo.
Al menos fue cortés y esperó a que se fuera para reclamarme.
La situación es complicada, y lo sé. Marcos ya salió de cuidados intensivos, pero su diagnóstico no es el mejor, no para un niño como él.
Hay un poco de esperanza; eso fue lo que me dijo mi tío Gael. Aún no lo he visto y, conociéndolo, puede que me haya mentido. Pero elijo creerle.
—Fue un accidente, papá. Un accidente —insisto, intentando mantener la voz firme—. ¿Por qué sigues culpando a Theo de algo que, en todo caso, fue mi responsabilidad? O, más bien, culpa del hombre que conducía el otro auto.
Hasta donde sé, se dio a la fuga.
—Un accidente que pudo costarte la vida, Cosset, y que le está costando la vida a Marcos —dice, y comienza a llorar—. Coco, si te digo que te alejes de ese muchacho, es simplemente porque quiero lo mejor para ti y porque tengo miedo de que te lastime aún más de lo que ya lo ha hecho.
—Fue un accidente, papá —no tengo más que decir.
Me duele lo que está pasando. Me duele verlo así, tan roto, tan perdido. Pero no fue más que eso: un accidente. Un lamentable accidente.
Me mira con amargura y sale de mi habitación.
Me siento mal.
Conozco muy bien los sueños de Marcos: quiere ser futbolista, o al menos es lo que siempre respondía cuando alguien le preguntaba qué quería ser de grande. Y ama correr y hacer deporte.
Y me duele saber que ahora está en una cama de hospital, sin poder moverse y sin saber cuándo podrá volver a caminar, en lugar de estar en la clase de Miss Gordon, en sus entrenos de fútbol o siendo el árbol número tres de alguna obra del pueblo.
Pero también conozco la historia de Theo, y me parece muy injusto que mi papá quiera que cargue con la culpa de algo que, sé muy bien, no fue su culpa. Suficiente tiene con estar detenido por la situación de su licencia.
Hasta donde sé, el vehículo que iba en contra de la vía solo nos sacó del camino. Mi falta de experiencia al volante hizo que girara demasiado y termináramos cayendo por el peñasco. El auto dio varias vueltas antes de quedar empotrado contra un árbol.
Estos días he recordado muy poco; la mayoría de las cosas las sé porque mi tío Gael me las ha contado.
Pero lo que sí sé es que Theo fue el primero en sacarnos del auto.
No sé si es un sueño o parte de un recuerdo, pero cuando cierro los ojos lo veo: su rostro lleno de preocupación, las lágrimas cayendo, su voz temblando mientras me pedía que no cerrara los ojos.
Y son esos mismos recuerdos los que hacen que no me dé por vencida.
Tengo que verlo. Necesito verlo.
Sé muy bien que mi tío Gael no accederá a llevarme, así que espero a que mi papá se vaya al hospital para llamar a Bruno. Le pido que pase por mí para que me lleve a ver a Theo.
Mi tío Gael acepta a regañadientes, pero eso me basta.
Cuando Bruno llega, en compañía de Clara, ambos me ayudan a bajar las gradas y a subir al auto. Tengo una bota ortopédica en el pie izquierdo y el brazo del mismo lado está enyesado, por lo que se me complica caminar y necesito ayuda.
Mi tío solamente nos observa desde la puerta. Sabe que aún tengo dolor; ayer nevó, y el frío hace que todo sea más complicado. Pero nada se compara con la necesidad que tengo de verlo. De ver a Theo.
Necesito saber que está bien.
—Perdón, pero no te puedo dejar pasar —me dice la oficial a cargo apenas llegamos.
Es rubia, de ojos color miel. La he visto algunas veces, pero es la primera vez que la tengo tan cerca.
Mi tío Gael nos siguió en su auto, pero se quedó afuera esperando.
—Es mi amiga. ¿Por qué no puede pasar? —cuestiona Clara, manteniendo ese tono amable y social que tanto la caracteriza.
La oficial la conoce bien; es amiga de su papá. Según me dijo, ellos no tuvieron ningún problema en pasar a verlo.
—Fedrick está involucrado con el caso de la familia Devon. ¿Eres Devon, no es así? —me pregunta.
Asiento.
—Por eso no puede pasar —añade, mirando a Clara—. Lo siento, cariño, pero no puedo dejar que pase a verlo, ni siquiera si tuviera el permiso de un adulto —dice con amabilidad.
—¿Yo sí puedo? —pregunta Bruno.
—Chicos, esta es una estación de policía. Si los dejé pasar a ver a su amigo la otra vez es porque los conozco, pero tengo que seguir las reglas. Lo siento, no puedes pasar a verlo —repite, mirándome.
—¿Qué caso con la familia Devon? —pregunto.
Hasta donde sé, Theo está detenido por lo de su licencia vencida. No entiendo qué tiene que ver mi familia con esto.
—Papá —dice Clara al ver llegar a don Fermín—. ¿Por qué Theo sigue detenido? ¿Y por qué Cosset no puede pasar a verlo? —pregunta, tan sorprendida como yo.
Don Fermín voltea a ver a la oficial con cierto desasosiego. Como si ella hubiera dicho algo que no debía.
—Lo siento, es una Devon. Sabes que no puede pasar, y mucho menos si queremos que Fedrick se vaya a casa pronto —agrega la oficial.
—¿De qué habla, papá? —cuestiona Clara nuevamente.
Bruno y yo solo nos miramos, más confundidos que antes.
—Tu papá está denunciando a Theo por lesiones culposas, por el accidente que tuvieron —dice.
He tratado muy poco a don Fermín, pero siempre me ha parecido una persona empática.
—¿Lesiones culposas? Pero fue un accidente, Theo no tuvo nada que ver. No entiendo, ¿cuáles lesiones? Él también salió herido, y no fue su culpa —digo.
—Aunque Theo no manejaba el auto, él es mayor de edad y estaba con ustedes cuando ocurrió el accidente. Tu papá lo acusa de haber influido en que salieran y presentó una denuncia por las lesiones de Marcos.
—¿Y hasta cuándo va a estar aquí? —pregunta Bruno.
—Eso no lo puedo decir. La investigación sigue abierta y, por ahora, Fedrick tendrá que permanecer aquí mientras se determina qué ocurrirá con su situación.
Además, tu familia ha pedido que no tenga contacto contigo.
Por eso es mejor que te mantengas alejada mientras se aclara todo —agrega la oficial.
Frunce el ceño al decirlo, como si me culpara de algo.
—Lo mejor es que se vayan, muchachos —dice don Fermín.
Estoy anonadada con todo lo que he escuchado.
—Coco, es mejor que nos vayamos. Recuerda que tu tío está afuera —dice Clara.
—Sí, está bien. Vámonos —digo, saliendo de la estación.
Mis pies pesan como plomo. Me cuesta entender todo lo que está pasando, cómo mi papá puede ser capaz de denunciar a Theo de algo de lo que no es responsable.
Pero más que nada, me duele estar tan cerca y no poder verlo.
—Mira, ¿ese no es don Adrián? —pregunta Bruno recién salimos, y sale corriendo.
Está discutiendo con mi tío Gael.
Clara me ayuda a caminar lo más rápido que la férula me lo permite.
—¡Te dije que no te metieras con mi familia! —grita don Adrián.
Está exaltado.
—Tú eres el que debería haber cuidado a su hijo. Mis sobrinos no tienen la culpa de nada —responde mi tío.
No entiendo qué está pasando.
—¡Le están arruinando la vida! —grita don Adrián.
—¿Arruinándole la vida? Es mi sobrino de ocho años el que está en el hospital, sin poder caminar. No digas que somos nosotros quienes lo estamos haciendo —dice mi tío, alzando la voz.
Jamás lo había visto así.
—Me tienes harto, Gael, ¡harto! —grita don Adrián, y en un abrir y cerrar de ojos saca un arma, dispara al aire y le apunta a mi tío—. No me importa ir a prisión nuevamente por defender a mi hijo, que te quede muy claro —amenaza.
Está más que exaltado. Clara y yo temblamos.
—Hey, hey, Adrián. No hagas esto, no vale la pena —dice don Fermín, corriendo hacia él junto a otro oficial que no había visto antes.
—Sabes que me tienen harto —se queja don Adrián—. No es justo lo que le están haciendo a mi hijo, tú lo sabes —dice volteando a verlo.
Es una mezcla de dolor, indignación y cansancio lo que veo en sus ojos. Y lo entiendo: ya vivió algo parecido cuando lo acusaron injustamente, y saber a su hijo en las mismas circunstancias no debe ser algo fácil.
—Theo necesita que usted esté bien, para que pueda ayudarlo —dice Bruno.
Don Adrián baja el arma y nos mira. Su mirada se cruza con la mía de una manera que duele. Hay un grito de auxilio en sus ojos, y me frustra no poder hacer nada.
—Gael, es mejor que te vayas de aquí —dice don Fermín.
Él asiente y luego se dirige hacia mí:
—Cosset, sube al auto. Esta vez vas conmigo.
Está bastante serio y molesto.
Obedezco. No tengo otra opción, mucho menos ahora que veo cómo los problemas de mi familia y la de Theo están llegando a un punto inimaginable.
Que mi tío Gael haya discutido con don Adrián ya dice mucho, pero que su papá haya sacado un arma y le haya apuntado es más de lo que creí que podría pasar.
Especialmente porque, si se hubiera tratado de mi papá, lo entendería —sé lo agresivo que puede ser con sus palabras—.
Pero que don Adrián haya sido capaz de amenazar a mi tío con un arma es algo que no logro entender.
Supongo que es solo una muestra de lo desesperado que debe sentirse.
—Gracias por todo, Clara —digo después de que me ayuda a subir al auto. Mi tío aún no lo hace—. Si ves a Theo, dile que lo amo y que lamento mucho lo que mi papá le está haciendo.
Estoy temblando. Me siento entre la espada y la pared.
—Estoy segura de que él lo sabe, pero se lo diré —responde, cuidando que mi tío no la escuche.
Me abraza con fuerza, y contengo el llanto.
De camino a casa, me mantengo en silencio. Observo a mi tío de reojo y es claro que está molesto. Tiene un gesto que rara vez le he visto. La discusión con el papá de Theo fue algo serio, pero tampoco voy a preguntar; sé que no me gustará escuchar su respuesta.
Cuando llegamos, encontramos a mi papá afuera. Lleva puesta la bata, supongo que salió de emergencia del hospital.
—¡No, no, no! —grita mi tío, bajándose del auto, antes de que mi papá diga una sola palabra—. No pasó nada. Solamente se ofuscó al verme, eso fue todo —aclara.
—Te apuntó con un arma, Gael. Blass me llamó y me dijo que disparó; te hubiera podido matar.
—Pero no lo hizo contra mí, cálmate, Estiven.
Intento bajar del auto, pero soy torpe haciéndolo. El brazo y el pie no me ayudan. Mi papá me ve y se acerca. Está furioso.
—Lo viste, ¿no? El papá de Theo casi lo mata —dice.
—No pasó nada, y Cosset lo vio —responde mi tío, bajando la voz—. Ven, yo te ayudo. Es mejor que vayas a tu habitación y ahora sí descanses —me dice.
Me apoyo en él, y no solo físicamente.
—Espero que ahora sí te haya quedado claro que esa relación con ese muchacho no puede seguir —dice mi papá, impidiéndome el paso—.
O terminas con él definitivamente, o me encargo de mandarlo a él y a su papá a prisión por un buen tiempo —lo dice con una frialdad que me da miedo—.
Yo no quiero hijos muertos, Cosset; con lo de tu hermano es más que suficiente.
Así que haré lo que tenga que hacer para cuidarlos.
Su mirada me aterra.
Estoy fría. No sé qué contestar. Jamás imaginé escuchar a mi papá decir algo así; mucho menos mirarlo a los ojos y sentir que no lo conozco.
—Está molesto. No tomes personal lo que acaba de decir —susurra mi tío Gael mientras me sostiene del brazo y me ayuda a subir hasta mi habitación.
Estoy helada, en shock.
Amo a Theo, pero no he dejado de amar a mi familia. Amo a Marcos, y me odio por lo que está viviendo.
Me siento tan perdida, como si estuviera muriendo por dentro.
No dejo de pensar en lo que pasó. Ya vi de lo que puede ser capaz el papá de Theo por defender a su familia, y ahora sé de lo que puede ser capaz mi papá por proteger lo que él cree que corre peligro.
Y no sé qué hacer.
O quizás sí, y el problema es ese: no quiero hacerlo.
Pienso en eso toda la noche.
Y de madrugada, finalmente, tomo una decisión.
—Papá —digo.
Lo busco en su habitación, con dificultad.
Mi mamá sigue en el hospital, supongo que cuidando a Marcos.
—¿Qué quieres, Cosset? —pregunta, molesto.
Como si escucharme le irritara.
—Te voy a obedecer, papá. Ya no me voy a acercar a Theo, pero necesito que retires cualquier cargo que hayas puesto contra él, para que salga libre hoy mismo.
Y quiero que me prometas que no harás nada para perjudicar a su papá.
Sé que lo que hizo no estuvo bien, pero debe estar muy preocupado por Theo, por lo que le están haciendo…
y ya escuchaste a mi tío: no pasó nada —digo.
Aunque intento no llorar, la emoción me rebasa.
—Ese es el problema, Cosset. Que sigues creyendo que yo soy el malo —dice, con decepción—. Así que, antes de que tomes una decisión creyéndome el malo de esta historia, quiero que veas primero a tu hermano.
—¿Me vas a llevar a ver a Marcos? —pregunto.
Me entusiasma la idea. Hasta hoy, no he podido verlo.
—Sí. Quizás eso es lo único que necesitas para entender la situación —responde, con cierta molestia.
De camino al hospital, hay un silencio que me perfora los oídos.
Incluso cuando llegamos, no me dirige la palabra.
Solo lo escucho hablar con las personas necesarias para que me dejen pasar a verlo.
Mi mamá tampoco me habla, pero su mirada es distinta: más de angustia que de enojo.
Y cuando entro…
La realidad me golpea.
Marcos está postrado en la cama.
Aunque está despierto, su mirada está vacía.
Le hablo, pero parece que no me escucha.
No es solo que no puede moverse; es lo que ocurre en esa pequeña cabecita lo que me parte el alma.
No hay una sola sonrisa, solo lágrimas secas.
Es hasta este momento en el que soy consciente de la gravedad de todo.
Es mi hermano, mi hermanito.
El niño que cargué en mis brazos cuando tenía nueve años.
Y ahora… parece un vegetal.
—¿Ahora lo entiendes? —pregunta mi papá.
No puedo contener el llanto, porque sí.
Lo entiendo.
Y me odio por eso.
Me odio porque ahora puedo ver lo que le he hecho a mi familia, a mi hermano… y lo que le he hecho a Theo.
—Solo prométeme que Theo saldrá libre, por favor —suplico—. Él no le hizo esto, se lo hice yo.
Siento tanto dolor. Tanta angustia. Tanto todo.
—Solamente queremos lo mejor para ti, hija. No queremos volver a arriesgarnos a que algo más grave que esto suceda —dice mi mamá.
Su voz es cálida y me abraza.
Pero, aunque lo haga, sé que no me entiende.
No entiende lo que siento, porque para ellos Theo sigue siendo el culpable.
Y yo sé que no lo es.
Pero también los entiendo.
Porque Marcos no merece estar así.