Capítulo 29 #2
—Sí, creo que sí. Aunque, siendo sincera, no creo que sea buena idea seguir saliendo sin permiso. O al menos no cuando hay probabilidad de lluvia. Theo se está mojando mucho —respondo, sin quitar la vista de la carretera ni de él.
—Podemos venir todos en el auto, como lo hacemos siempre —dice, mientras ve por la ventana.
Lo veo por el retrovisor.
Le gusta la lluvia.
—Sí, sí, creo que sí. En verdad me preocupa que se enferme —insisto.
Me siento culpable de haberle pedido que viniera por su cuenta y no haberme percatado de que iba a llover. La última vez que vinimos, justamente porque sabemos cómo es el camino, vino con nosotros en el auto.
Siempre ha sido así cuando salimos con Marcos y Brisa.
—¿Sabes? Miss Gordon me dio una estrella hoy porque le ayudé a cuidar el salón cuando tuvo que salir al baño. Dijo que desde mañana voy a ser el alumno encargado de mantener el orden porque lo hice bien.
—¿Tú? Pero si tú eres bien travieso —bromeo.
Me causa gracia escucharlo. ¿Acaso está loca la señorita Gordon? O quizás los demás niños son más traviesos que Marcos.
—No tanto, hay un niño nuevo que…
La voz de Marcos es interrumpida por el chirrido de una bocina.
Un escalofrío me recorre la espalda. En una curva, un auto viene en contra de la vía.
Veo cómo Theo cae de su moto, y yo intento esquivarlo.
Entonces, todo se vuelve resplandeciente.
Un zumbido agudo invade mis oídos y el mundo se desdibuja en blanco…
***
—Coco, ¡qué bueno que despertaste! —dice mi mamá.
Su voz suena aliviada, pero rota. Tiene unas ojeras bien marcadas.
Mi papá también está aquí.
Me duele todo el cuerpo; me pesa, como si me hubieran cubierto con concreto húmedo.
Un olor penetrante a desinfectante me abruma.
La luz blanca del techo me hiere los ojos.
El corazón me late tan rápido que parece fuera de control.
Miro a mi alrededor y me percato de que estoy en el hospital.
Intento moverme, pero un dolor seco me detiene. Tengo el brazo izquierdo enyesado.
—¡¿Y Marcos? ¿Y Theo?! —pregunto exaltada. Mi voz tiembla —. ¡¿Están bien?!
—Tranquila, no te alteres —pide mi mamá.
—Te dije que ese muchacho no te convenía —dice mi papá.
Está al borde del llanto. Nunca lo había visto así: con los ojos vidriosos, las manos temblando.
—Estiven, no es el momento, por favor —agrega mi mamá; su voz suena cansada.
—¿Y entonces cuándo? —reclama él, alzando la voz—. Marcos está luchando entre la vida y la muerte, ¡¿cuándo quieres que lo diga?!
Siento un nudo en la garganta, tan apretado que apenas puedo tragar. Mi estómago se contrae; una punzada me atraviesa el pecho. No puedo creer lo que acaba de decir. Marcos. Mi pequeño Marcos. Luchando entre la vida y la muerte. Volteo para ver a mi mamá y me lo confirma con la mirada.
—Está en cuidados intensivos, pero confiamos en que todo va a salir bien. No te preocupes ahora, tú también debes recuperarte —dice, fingiendo una mueca que intenta parecer sonrisa.
—¿Y Theo? —pregunto.
También necesito saber si está bien.
—¿Es en serio, Cosset? —cuestiona mi papá, incrédulo— Después de todo lo que pasó.
¿Todavía sigues preguntando por ese tipo?
¿Qué más quieres, ah? Tienes una fractura en el brazo y algunos dedos del pie rotos, y tu hermano está delicado.
Esto no fue un simple raspón, Cosset, fue un accidente grave.
¡¿Qué más quieres que pase?! —pregunta con tal frustración que su voz me atraviesa.
—Theo no tuvo la culpa, papá. Fue un accidente —digo sin dudarlo—. Ni siquiera iba con nosotros en el auto.
La presión en mi pecho se intensifica. Respiro con dificultad.
No recuerdo bien lo que pasó, solo destellos… pero sí sé que él no tuvo la culpa. Y tengo que decirlo.
—Marcos no va a volver a caminar, Cosset. Cuando despierte de cuidados intensivos, si es que lo hace, no va a volver a caminar. ¿Ahora sí lo entiendes? —pregunta.
Me ve con frialdad.
Tiemblo. El frío me penetra hasta los huesos.
Volteo para ver nuevamente a mi mamá, esperando que lo que mi papá acaba de decir no sea real, y que se trate únicamente de una pesadilla, pero sus lágrimas me confirman todo. Ya no tengo dudas, es real.
No sé qué decir. Fue un accidente, pero… ¡ Oh, Dios! Marcos ama correr, ama jugar fútbol. Miss Gordon recién le dijo que va a ser el encargado de mantener el orden . No es posible que no vaya a poder volver a caminar. No es cierto, no es cierto.
Necesito ir a verlo. Intento moverme, pero cada músculo me grita.
Un dolor agudo recorre mi columna. Y entonces, la realidad me golpea: aunque pudiese moverme, no puedo verlo.
No entiendo cómo es que está tan mal si yo estoy bien.
Intento levantarme nuevamente, pero un dolor me taladra la espalda y me detiene.
Finalmente, entiendo lo que mi papá me acaba de decir.
Tengo un collarín, un brazo enyesado, una férula en el pie y un parche justo en medio de las dos cejas, que no había notado.
Mi papá sale de la habitación al ver mi reacción. Está molesto, y no lo puedo juzgar.
—¿Y Theo? —pregunto asustada, viendo a mi mamá—. ¿Él está bien?
Mis labios están secos. El corazón me golpea el pecho con fuerza. Temo su respuesta. No sé si quiero oírla. Yo misma lo vi caer de la moto, y me acaban de decir que mi hermano está grave. Pienso lo peor.
—Tiene solo una fractura en un brazo, fue algo sin complicaciones y… está en prisión —responde mi mamá tras un suspiro.
Por primera vez, su tono no es dulce.
—¿Preso? ¿Por qué? Theo no tuvo la culpa, mamá —digo; las palabras me salen con dificultad.
—Conducía con la licencia vencida. Así que, apenas lo atendieron y vieron que todo estaba bien, se lo llevaron detenido. Pero ya no tienes que preocuparte por él. No más, Cosset, por favor.
Miro el reloj; son las diez de la mañana. Estuve inconsciente bastante tiempo.
—Pero fui yo quien conducía, mamá. Un carro se nos atravesó —es lo único que recuerdo, pero ella me mira con un gesto de incredulidad que me atormenta—. Si hay alguien aquí culpable de lo que está pasando con Marcos, soy yo. Theo no tiene nada que ver —digo.
Me arde el pecho. Hay tantos sentimientos: culpa, dolor, preocupación, rabia, miedo, tantas cosas sucediendo al mismo tiempo que no puedo describirlas. Aun así, entre todas ellas, solo quiero que sepan que Theo no hizo nada.
—Quizás no directamente, Cosset, pero estoy de acuerdo con tu papá en que esa relación está destruyendo nuestra familia. Si no, mírate… y piensa en tu hermano —dice y sale de la habitación.
El silencio que deja al irse me retumba en los oídos y me aplasta el pecho.
Entonces lo entiendo. Todo. El olor a hospital, el collarín, el yeso, el silencio de mis padres. No es una pesadilla. Es real.
No puedo contener el llanto y estallo.
No puedo imaginarme a Marcos sin poder caminar, debatiéndose entre la vida y la muerte. Y tampoco a Theo en prisión, mucho menos ahora, cuando su papá acaba de salir.
No puedo entender cómo es posible que mi mamá diga eso. No recuerdo bien lo que pasó, pero sé que fue un accidente.
Un accidente.