Capítulo 28 #2
—Sí, Coco, es lo que quiero. Para comenzar…
con lo de Karla ya sabes la mitad de la historia.
Sabes que fuimos novios, que incluso hablamos de casarnos —asiento—.
El problema con el anillo fue antes. Tuve un altercado con un policía que quiso aprovecharse de ella, y lo golpeé.
Pero en lugar de denunciarme, él me extorsionó.
El anillo de mi mamá era lo único de valor que tenía, así que lo empeñé para pagarle.
—¿Por qué no lo denunciaste con el papá de Clara?
Es el jefe de la policía.
—Clara, no era novia de Bruno aún, así que no éramos cercanos.
Y ya había tenido muchos problemas… Se me hizo fácil empeñarlo para pagar —responde mientras ve el anillo con nostalgia—.
Tenía planeado recuperarlo, pero cuando volví me dijeron que habían entrado a robar a la casa de empeño y el anillo se había perdido.
Por eso me fui con Karla: no quería darle la cara a mi tía y decirle que había perdido el anillo de mi mamá.
Lo demás ya lo sabes: me dejó y se fue. Acabas de escuchar su explicación al respecto.
Igual tuve que regresar y contarle a mi tía lo del anillo. No salió tan mal después de todo.
—Me alegra que lo tengas de vuelta —digo.
—Yo también… El tema con mi papá… —traga saliva—.
No lo recuerdo bien; todo fue tan rápido.
Brisa acababa de nacer, tenía casi un mes de nacida.
Mi tía Carmina había venido unos días para ayudar a mi mamá con Brisa.
Mi abuela Esperanza, la mamá de mi papá, ya estaba mal de salud y no podía.
Así que, cuando todo pasó, decidió quedarse a vivir con nosotros.
Incluso su esposo la dejó porque no estuvo de acuerdo.
Fue muy difícil para todos, especialmente porque sabemos que mi papá es inocente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo vi a la persona que la mató. Era de noche, así que no le vi el rostro.
Tenía doce años y estaba escuchando música.
No recuerdo por qué, pero salí al balcón, y entonces la vi forcejeando con alguien.
Solo vi que peleaban y, de la nada, mi mamá cayó al suelo.
Cuando mi papá llegó… fueron minutos, Coco.
Ella estaba tirada en el patio. Mi papá se bajó del auto y la levantó.
Yo estaba en shock, pero vi todo desde mi balcón.
Se llevaron a mi papá como a un criminal y, aunque di mi testimonio sobre lo que había visto, nadie lo tomó en cuenta.
Incluso dijeron que yo me había confundido.
Pero sé muy bien que no fue mi papá. Su único error ese día fue haber bebido.
—¿Por eso no bebes?
Solo asiente, y ahora me queda claro que esa es la razón.
—Condenaron a mi papá a veinticinco años —se le hace un nudo en la garganta—.
Mi abuela Esperanza murió un año después.
Y hoy… —sonríe, con los ojos llenos de lágrimas, sin importarle que estemos en el centro y que lo vean llorar—, hoy, después de ocho años, por fin está libre, Coco.
Gracias a su buena conducta y a otros términos legales que no entiendo del todo, logró salir.
Por primera vez en ocho años voy a volver a tener a mi papá en casa.
Y, por primera vez, Brisa va a poder abrazarlo.
—Me gustaría mucho conocer a tu papá —digo, abrazándolo.
Tengo un nudo en la garganta.
—Él también te quiere conocer a ti.
—¿Le has hablado de mí? —pregunto, limpiándole la mejilla.
—Mucho, cuando he podido. Eres especial para mí, así que debía contarle sobre ti.
Por mucho que intenta mantener la compostura y no dejarse caer, lo conozco.
Está pasando por algo muy grande.
Quiere ser discreto, así que prefiero no preguntar más allá de lo que él ha querido contarme.
Es una situación complicada; lo que me acaba de contar es difícil de asimilar, incluso para mí.
No quiero imaginar lo que ha sido para él todos estos años… para toda su familia, en realidad.
Porque todos han sufrido. Todos tuvieron que hacer sacrificios.
Ahora lo admiro más, más que a nadie.
Y detesto que mi papá sea parte de esas personas que simplemente lo juzgan por lo que creen saber, sin conocer la verdad ni todo lo que ha tenido que soportar.
Quizás sí, el comportamiento de Theo no es el más amistoso, pero tiene razón: la sociedad le dio la espalda cuando más lo necesitaba.
Así que no busca caerle bien a nadie ni impresionar a nadie.
Simplemente es él.
Y con eso me basta.
A mí me basta.
Pasamos unos minutos más platicando, hasta que su papá aparece.
Trae solo una mochila, que parece vacía.
Theo se planta con firmeza.
La chaqueta negra de cuero que lleva puesta le da un aire de renegado, casi desafiante.
Pero entonces se limpia las manos en el pantalón, y ese pequeño gesto lo delata: está nervioso.
El papá de Theo tiene una pinta que, por un momento, me intimida.
Como si, en lugar de ser el padre de Theo, fuera un hombre peligroso —quizás me lo había imaginado más inofensivo; al menos en las fotos se veía así—. Su semblante es serio, rudo. — Con razón Theo es así—. Pero basta que abra la boca para notar que es incluso más agradable que el propio Theo.
—Tú debes ser Coco —dice, después de abrazar a su hijo.
Su voz es mucho más dulce que la de Theo.
—Sí, mucho gusto —digo.
Cualquier temor ha desaparecido. Me resulta familiar.
—Debes estar cansado. ¿A qué hora saliste? —pregunta Theo.
Lo agradezco, porque no tengo ni idea de cómo se saluda a un suegro.
Al menos me siento aliviada de que usemos mi auto. Punto para la nuera.
¡Qué estoy pensando!
De camino a su casa, don Adrián nos explica que recién salió, tomó el primer bus que encontró hacia el pueblo. Viajó aproximadamente siete horas antes de llegar.
Parece bastante relajado en todo el trayecto y un tanto orgulloso cuando Theo le enseña el taller en el que trabaja, pero, al momento de llegar a su casa, todo se tensa.
Lo veo por el retrovisor: parece un maniquí de cera.
El gesto de don Adrián es de alegría y tristeza al mismo tiempo.
No sé qué es lo que piensa, pero estoy segura de que debe ser una mezcla de libertad y desespero.
Es como si se sintiera feliz de estar de vuelta en casa, pero al mismo tiempo sintiera nostalgia de encontrar algo que no esperaba.
Supongo que, cuando se fue, su casa lucía mejor de lo que luce ahora. Y su mamá también estaba allí.
Doña Carmina sale directo a abrazarlo, y ambos lloran.
Theo se mantiene firme, pero sujeta mi mano con fuerza.
Sin embargo, es en el momento en el que Brisa se asoma que yo también sucumbo al llanto.
No lo conoce. Lo observa, pero no está segura de saber quién es.
Tiene fotos de él —ella misma me las enseñó—, pero nunca lo había visto en persona.
Es doloroso, incluso para mí, ver eso.
Es su papá, pero pareciera que está viendo su rostro por primera vez.
—Brisa, es papá —dice Theo.
Me aprieta la mano con tanta fuerza que siento que va a quebrármela, así que lo abrazo. Necesito que sepa que estoy con él.
—Hola, Brisa. ¿Cómo estás? —dice don Adrián mientras saca un osito de peluche de su mochila.
—Bien. ¿Y tú?
Se ve interesada en el osito, pero aun así no se acerca.
—Estoy bien, muy bien. Eres igual a tu mamá —dice don Adrián.
Su voz está quebrada.
—Es papá —vuelve a decir Theo.
Los ojitos de Brisa se llenan de lágrimas, pero aun así no se atreve a acercarse; más bien, corre a esconderse tras doña Carmina.
—Mi tía hizo la cena. ¿Quieres comer? —pregunta desde su refugio.
—Sí, sí quiero —responde.
Está llorando. Todos estamos llorando.
—Ven, entonces. ¿Vas a comer con nosotros, Coco? —pregunta ya más tranquila.
—No, no, tengo que ir a casa a cenar con Marcos —digo.
Claro que me gustaría quedarme, pero tengo claro que necesitan espacio. Me siento muy agradecida con Theo por haberme hecho parte de este momento, pero sé que merecen compartir como la familia que son… y como por tantos años no pudieron hacerlo.
Brisa toma la mano de doña Carmina e invita a don Adrián a pasar.
—¿Estás segura de que no quieres quedarte? —pregunta Theo.
—Sí. Te amo, Theo. Te amo mucho y agradezco que me permitas ser parte de esto.
Lo abrazo. Tiene los ojos rojos, pero sigue firme. Soy yo, en cambio, quien no puede contener la emoción.
—Déjame acompañarte a tu casa entonces, no quiero que manejes sola de vuelta.
—No hace falta, te prometo que te llamo apenas llegue. Por ahora, quédate. Ve adentro. Disfruta a tu papá, Theo… ¡tu papá está aquí! —digo.
Me abraza con tanta fuerza que siento que podríamos rompernos.