Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Con eso de no podernos ver tranquilamente, celebramos cada día.

Según me dice, después de Año Nuevo comienza a nevar más, así que los viajes en moto tendrán que parar porque la nieve tapa el camino y el asfalto suele congelarse.

Lo sé bien: es el aviso que más marca mi carro.

Al menos esta semana hemos tenido suerte. No ha llovido ni nevado.

Marcos estaba deseando que al menos hoy nevara, y yo no. Supongo que soy la culpable de que su deseo no se haya cumplido.

—¿Cómo van las cosas con tu papá? —pregunto apenas llegamos.

Durante la semana hemos hablado poco del tema, pero lo único que ha dicho es que todo va avanzando.

—Con un poco de suerte, espero que mejor cada día.

Coco —me da un poco del chocolate caliente que tiene en el termo—.

No me gusta que tengamos que vernos de esta manera.

¿Estás segura de que no quieres que vuelva a intentar hablar con tu papá, o al menos con tu mamá o tu tío?

—pregunta—. Me sentiría más cómodo yendo a recogerte directamente a tu casa.

Sabe que no les agrada y que no quieren que lo vea. No le he dicho que quieren que termine con él.

—No, no. Ha pasado muy poco desde que se enteraron de lo nuestro, así que dudo mucho que acepten ahora. Quizás con mi tío, pero no creo que se quiera involucrar.

—Por cierto, creo que ya sé quién es. Ayer pasé por la ferretería, después de que nos vimos. Estaba hablando con Blass. Supongo que era él porque le encontré un poco de parecido contigo. Tiene el pelo oscuro como tú. Y este lunar también lo tiene —toca uno que tengo en la mejilla derecha.

Es pequeño, tanto que incluso ya lo había olvidado. No sé cómo es que él lo recuerda. El de mi tío sé que es más grande, pero el mío… debe observarme mucho para saberlo.

—Por cierto, tengo algo para ti —dice, sacando una pelotita de su chaqueta.

—¿Una pelota? —cuestiono.

—Ayuda con el estrés. Me dijiste que Física te estresa; ya te dije también que te voy a ayudar para que mejores, pero mientras tanto, creo que esto servirá. Feliz Navidad.

—¿Lo dices en serio? —pregunto, y no sé cuál sea mi gesto, pero estoy sorprendida.

—No sabía qué regalarte —se carcajea—, pero prometo que la intención es real.

—Lo sé, no te preocupes.

—Es en serio, no soy bueno con los detalles. Incluso busqué en internet una lista de ideas para regalar, pero todas me parecieron cosas innecesarias. Y no me gusta regalar más de lo mismo —dice, sin mirarme.

—Y lo hiciste bien —lo veo a los ojos—. Nunca me habían regalado una pelotita antiestrés —río—. Digo, le regalaron una a mi papá cuando cumplió cuarenta y siete, así que recibir una a los diecisiete me parece bien —bromeo.

—Lo siento —me abraza con cuidado de no botar lo que queda del chocolate.

—Te quiero, Theo. Ya sin bromas, es un lindo regalo.

Además, creí que mi regalo ya me lo habías dado cuando me prestaste tu ropa, porque no la he devuelto.

Y no solo eso, aún tengo el gorro que me diste el día que fuimos a la poza y que, si soy honesta, no tengo ganas de devolver.

Feliz Navidad —sonrío, mientras lo abrazo.

No me gusta saber que yo no pude regalarle nada.

No tengo dinero como para poder comprarle algo y tampoco soy buena con las manualidades.

Aunque sí lo intenté, pero la cajita de fotos que quise hacer quedó horrible y no funcionó.

Al menos Theo sabe cuál era mi intención porque le enseñé fotos del desastre.

—¿Quieres más chocolate? —pregunta.

Ya queda poco.

—No, gracias. Pero sí quiero algo —digo con picardía—. Quiero practicar un poco más —señalo la moto.

—Estás extasiada con eso —sonríe—, pero no… En el taller es diferente. Aquí no creo que sea buena idea.

Guarda el termo.

—Por favor, solo un poco. Ya dijiste que después de Año Nuevo no será seguro hacer viajes porque nieva más, y supongo que con eso te refieres a venir hasta acá. Así que hoy podría ser mi última oportunidad.

—Coco, realmente no creo que sea seguro. No tienes mucha práctica.

Me ve con esa expresión de duda que conozco bien.

—Solo un rato, ya casi será hora de volver. Por favor —suplico—. Si me ves insegura, me la quitas.

Suspira.

—Está bien, confío en ti. Pero ve despacio —me da el casco—. No, no, Coco, no es una buena idea.

—Por favor, solo un poco —insisto, y me pongo el casco.

Me ve con fastidio, pero cede.

Lo hago, y parezco una experta. Todos los días que he ido al taller han valido la pena. Tanto, que el mismo Theo acepta —sin discutir— que maneje hasta la calle asfaltada. Eso sí, se sube conmigo como si yo fuera una niña chiquita.

Todo va de maravilla… hasta que salimos del camino de terracería.

Apenas las ruedas tocan el asfalto, algo falla.

Y, en un parpadeo, la moto derrapa.

Siento el tirón brusco del manubrio, el rechinar del metal y el cuerpo de Theo girando instintivamente hacia el mío. En el último segundo, mete el brazo entre mi cuerpo y el pavimento, como si pudiera amortiguar mi caída con el suyo.

El suelo se nos vino encima como una ola.

Todo ocurre muy rápido.

No parece nada grave, por suerte.

Eso creo… hasta que siento el ardor en la rodilla.

Mi pantalón está rasgado y, debajo, la piel enrojecida y raspada.

—¡Ay, Coco! —exclama, preocupado.

Me aparta del camino de inmediato. Ni siquiera se preocupa por su moto ni por él.

—No es nada, solo es un raspón —sonrío.

Es lo único que me queda.

—¿Estás segura de que estás bien? Estás sangrando.

Se mantiene serio.

—Theo —lo veo a los ojos—, tranquilo. Estoy bien. Es solo un raspón.

Me duele un poco, pero no es para tanto.

—¿Segura? —insiste.

—Sí. Lamento lo de tu moto —digo, al verla tirada en el suelo—. Espero que no se haya dañado.

—No, no, no creo. No te preocupes por eso —dice, y se gira para levantarla.

Al inclinarse, noto cómo un hilo rojo cae al suelo.

Es sangre.

—Theo… tu mano.

Me apresuro a revisarlo.

—No es nada —dice, como si no le doliera.

Su mano está llena de tierra y, justo por debajo de la muñeca, tiene un corte.

Metió el brazo para que yo no me golpeara. Y, por la dirección de la herida, debió golpearse con uno de los palos secos que hay en el borde del camino.

Su chaqueta es de cuero, así que supongo que ayudó a que no tenga más golpes. O, al menos, no visibles.

Por suerte a la moto no le ha pasado nada y podemos regresar a casa sin mayor dificultad. Eso sí, Theo maneja con mucha precaución, y me preocupa que lo haga porque le duela la mano o tenga más heridas que yo no vi.

Cuando llego, no corro con suerte: mis papás están en la casa.

Apenas entro, notan mi pantalón roto y el raspón. Y, por sus caras, me queda claro que vieron cuando Theo me dejó.

—Fue un accidente —digo de inmediato.

—Dijiste que ibas con Susan. ¿Por qué mentiste? Mira cómo vienes —dice mi papá.

Sé que está enojado.

—Fue un accidente —es lo único que se me ocurre responder.

—¿Un accidente? Es Navidad, Coco. Mira cómo vienes.

—Papá, no exageres. Es solo un raspón, no fue nada grave —digo, quitándome el abrigo.

—¿Un raspón? —señala otro que tengo en el brazo.

Mi blusa tiene manchas de sangre. No lo había notado.

—¡Ya basta, Coco! ¡Basta! —grita, perdiendo la cordura.

Sus gritos me taladran la cabeza. Mi mamá se mantiene en silencio.

—Fue un accidente, papá. No te preocupes. No fue nada —bajo la cabeza cuando lo digo.

No sé qué más decir.

—¿Nada? ¿Qué esperas? ¿Matarte?

Lo he sacado de quicio.

—Claro que no. Es solo que no fue nada grave —digo—. Y fue mi culpa: yo insistí en que me dejara manejar la moto. Es más, hasta él se golpeó por cuidarme.

—¿Y ahora lo defiendes? —su gesto es de desconcierto—. Coco, te está poniendo en peligro. ¿No te das cuenta?

—No, no lo estoy defendiendo . Solo estoy diciendo lo que pasó, y Theo no me está poniendo en peligro. Es más, me dijo que no, y yo insistí hasta que lo convencí. Fue un accidente, papá, y estoy bien. Ya te dije, son solo raspones —lo miro a los ojos.

No estoy mintiendo.

Tampoco voy a dejar que culpen a Theo de algo que sé perfectamente que no tiene la culpa.

—No quiero que sigas viendo a ese tipo. Cosset, no sé si es rebeldía, pero, hija... no está bien que te comportes así —dice, con cierta decepción.

—Lamento mucho decepcionarte, pero lo amo, papá. Lo amo —lo miro a los ojos al decirlo—. Y si tan solo lo aceptaras o te dieras la oportunidad de conocerlo, todo sería distinto.

No quiero llevarle la contraria, pero no estoy dispuesta a ceder. Especialmente cuando sé muy bien que no tiene la razón.

—¡¿Ahora me vas a culpar a mí?! —pregunta, sorprendido.