Capítulo 26
Me levantan el castigo hasta el sábado, pero nada cambia: sigo vigilada, juzgada, como si cada respiro estuviera bajo examen. He tolerado sus regaños toda la semana. Y ahora, ni siquiera mi mamá se salva de mi enojo, aunque haya sido ella quien me devolvió el celular y las llaves de mi auto.
Nunca dice nada, y su silencio también me molesta. Y cuando habla, parece que solo intenta convencerme de que mi papá tiene razón o pretende arreglar cosas que claramente él no quiere arreglar.
«No quiero verte con ese muchacho»
Lo ha repetido tantas veces que siento que me lo ha taladrado en la cabeza; lo escucho aun cuando no está.
Theo vino a hablar con él el jueves. Ni siquiera salió. Se encerró en su habitación como si fuera un niño pequeño, dejando a Theo parado en el pórtico. Mi mamá no estaba, así que tampoco pudo hablar con ella, y mi tío Gael prefirió no intervenir. Aunque lo escuché interceder por nosotros, diciendo:
—Dale la oportunidad. No sabemos cómo es.
Pero ni eso funcionó.
Es como si mi papá tuviera una lucha más grande: una lucha entre el orgullo y la necesidad de imponer su voluntad, más que por las razones que dice tener.
***
—¿Estás segura? —pregunta Susan.
Al único lugar al que me han dado permiso de ir es a su casa, y eso bajo el pretexto de que tengo un trabajo en equipo y hoy es el único día en el que vamos a poder reunirnos.
—Sí. Te prometo que no me tardo mucho, solo quiero saludarlo. No lo he visto mucho esta semana y lo extraño —digo, apelando a la indignación que sintió cuando le conté todo.
Apenas vi a Theo el miércoles y ayer en clase. En la tarde nevó, así que no pude salir, aunque hubiera podido hacerlo. Y el jueves, cuando fue a mi casa, apenas lo saludé. Tampoco he podido hablar con él porque no tenía mi celular, así que no me ha quedado de otra.
—Está bien, pero no tardes, por favor. No quiero que tu mamá se dé cuenta y piense que soy una mentirosa.
—Gracias, Susan —brinco sobre ella y le doy un fuerte abrazo.
Salgo lo más rápido posible.
Nunca estuvo en mis planes tener que pedirle a una amiga que mintiera por mí o ponerla de pretexto para ver a un novio.
Pero, como bien dicen: los nunca eventualmente llegan.
Y hoy puede ser mi única oportunidad. La próxima semana es Navidad, comienzan las vacaciones y difícilmente podré verlo hasta Año Nuevo.
Cuando llego al taller, allí está él.
Está cerrado, pero sigue trabajando. Según me comentó ayer en la escuela, todo va bien con lo de su papá, así que quiere trabajar todo lo que pueda, para ahorrar y tener dinero extra por si algo se presenta.
Justo por eso me molestó lo que le hizo mi papá. Se salió de su trabajo para ir e intentar hablar con él, y él solo lo dejó esperando.
—¡Hey! ¡¿Qué haces aquí?! —exclama.
Salto sobre él para abrazarlo.
Es lo único que necesito: abrazarlo.
—Sé que estás ocupado, pero me dieron permiso de ir a casa de Susan. Dejé el auto allí y, como ya sé venirme en bus, aquí me tienes. Sé que estás trabajando, pero quería verte —lo beso.
—Te voy a ensuciar, tengo grasa.
—No me importa. ¿No tienes frío? —pregunto.
Apenas lleva puesta una playera negra.
—He estado intentando arrancar esta moto y creo que hice mucha fuerza porque me dio calor —señala.
—Por cierto, ¿puedo intentar encender la tuya? Digo, tampoco es que haya venido solo a interrumpirte —sonrío, con cierta coquetería que hasta a mí me sorprende.
¿En qué momento comencé a ser así?
—Claro que sí. Solo con cuidado, por favor. No quiero que te lastimes.
—No lo haré. He pensado toda la semana en las indicaciones. Incluso las escribí el miércoles en la clase de Arte. Dicen que la información da poder, así que espero que eso me ayude a manejar bien —digo con una sonrisa.
Theo también lo hace y regresa a lo suyo. Aunque noto que me ve de reojo.
Después de tres intentos lo consigo e incluso llego a acelerar un poco.
—¡Hey, hey, cuidado! —dice Theo, acercándose para sostenerme.
Por la rapidez con la que lo hace, está claro que ha estado pendiente de mí, por muy concentrado en sus cosas que haya parecido.
—Es solo poco a poco, no de una vez. Y recuerda usar el freno del pie, no este —me señala la manija.
Me ayuda a dar la vuelta y luego me deja un espacio para que lo vuelva a intentar. Esta vez consigo incluso levantar los pies.
Soy yo la más emocionada, pero dos aplausos de su parte ya es mucho. Y el hecho de que me deje más tiempo es señal de que voy por buen camino. Theo no dice gran cosa, pero por instantes me mira con un gesto de no puedo creer que estés aquí y sonríe cuando lo hace. Luego vuelve a lo suyo.
Así paso quizá media hora, hasta que logro dar el recorrido completo dentro del taller. No es muy grande, pero tiene el espacio suficiente para que ahora sepa cómo controlar la moto. Eso sí, todavía no consigo mantener los pies arriba por completo.
—Suficiente por hoy —digo, bajándome.
—Creo que tendré que ir comprando un casco extra —advierte.
—O una moto extra —sonrío.
Miro el reloj y sé que falta poco para que pase el bus que me lleva de regreso a casa de Susan.
—¿Ya te vas? —pregunta, limpiándose las manos llenas de grasa.
—Sí. No quiero poner a Susan muy nerviosa si tardo mucho.
—Está bien, yo te llevo.
—Theo, no quiero interrumpirte. Sé que estás ocupado; solo vine para verte un rato… y aprender a manejar moto. Realmente fue más por la moto —bromeo.
—No me importa. La moto también te quería ver —dice antes de besarme—. Y no me interrumpes, la casa de Susan está cerca; llegaremos en menos tiempo que el bus.
¿Cómo no amarlo?
***
Unos cuantos días bastan para que conozca todas las excusas posibles para convencer a mis papás de que me dejen salir de casa. No sé en qué momento encontré la valentía para hacerlo, pero es como si la adrenalina de escapar pesara más que cualquier otra cosa.
Al menos el lunes y martes, ir a casa de Susan fue mi mejor pretexto para verlo.
El miércoles no funcionó, porque se dieron cuenta, así que me tocó utilizar el pino que está junto a mi ventana y salirme por ahí.
El jueves, la pizzería fue mi salvación.
Ayer logré escabullirme un rato de la plaza del pueblo mientras Marcos participaba en la actividad que organizaron para celebrar Navidad. Él fue una oveja.
Y hoy… hoy es una reunión con amigos, en la que también estará Susan.
Aquí tengo que agradecerle al tío Gael, que intervino para que aceptaran dejarme ir.
Ayer mi papá me regañó pese a que usé a Susan de excusa por el tiempo en el que no me vio, así que, de no haber sido por mi tío, difícilmente habría aceptado.
No me gusta tener que mentir, pero justamente las frases «No quiero verte con ese muchacho» o «No tengo que conocerlo para saber el tipo de persona que es» son las que más me impulsan a hacerlo.
Mi papá sigue juzgando a Theo sin tan siquiera haberse dado la oportunidad de conocerlo.
Incluso cuando mi tío Gael ha intentado hacerlo cambiar de opinión, responde lo mismo.
Lo dice sin saber nada.
Sin saber que también le he mentido a Theo, porque sé muy bien que no estaría de acuerdo si supiera que les miento a mis papás solo para poder verlo. Lo comprobé el día que me salí por la ventana. Se lo conté como una gran hazaña y él me regañó.
Así que todo lo que mi papá dice, lo dice sin saber que Theo me cuida, que se queda callado escuchando todo lo que tengo que decir. Incluso lo defiende cuando yo lo acuso, sin tener idea de todo lo que realmente pasa en casa ni de lo mal que mi papá habla de él.
Y aunque lo supiera, ahora que lo conozco, sé que lo seguiría defendiendo.
Theo sabe que mis papás no están de acuerdo con nuestra relación, pero jamás ha dicho algo en su contra.
Si tan solo mi papá se diera la oportunidad de conocer a ese Theo, las cosas serían distintas.
Pero para él, Theo es un error. Un enemigo al que se niega a darle una oportunidad.
Y me parece increíble cómo, en tan pocos días, todo ha cambiado. Es como si hubiera dejado de ser su hija y ahora simplemente fuera parte de un rebaño que quiere controlar.
Si tuviera razón, le haría caso sin dudar… pero no la tiene. Theo no es quien él cree, y no me importa ser esa «rebelde» si serlo significa estar con la persona que amo.
***
—Ve con cuidado —dice mi mamá.
No se ve muy convencida.
No me gusta tener que volver a mentir, pero no me han dejado opción. Estoy segura de que, en el momento en que mencione a Theo, dirá que no.
Solo lamento que la pobre Susan sea la encargada de cubrirme. Después de que le tocó mentir ayer, cuando mi papá nos encontró en la plaza, dudo mucho que hoy, de ser necesario, lo haga de buena gana.
Creo que solo aceptó porque no le dejé opción.
—Gracias, prometo no llegar tan tarde —digo, poniéndome el abrigo.
—Ojalá sea cierto que también estará Susan —agrega, y tiemblo—.
Cosset, sabes muy bien que, al menos yo, sé que te has estado viendo con ese muchacho a escondidas.
Quizás a tu papá aún lo logres engañar, pero a mí no.
Y si no he dicho nada, es solo porque no me he enterado de nada que pueda alarmarme.
Pero no estoy de acuerdo con la rebeldía que has comenzado a tener.
Tú no eres así, hija. Aunque guardo la esperanza de que solamente sea una etapa. Eres mi hija, y te quiero.
No me gusta escucharla. No me gusta que me haga sentir que yo soy la mala.
—Gracias, mamá. Yo también te quiero —digo y salgo.
Solo dije que vería a Susan en casa de unos amigos para celebrar Navidad. No me lo dijo, pero supongo que la palabra amigos la hizo sospechar. Y sí, tiene razón: voy a verme con Theo.
Le pedí que me esperara en el campo de fútbol, para que no lo vieran y cambiaran de opinión. No contaba con que mi tío Gael usaría mi auto hoy, así que espero que mi mamá no haya notado que me vine caminando.
Eso sí, en cuanto lo veo, cualquier preocupación se desvanece y ya no me importa nada.
Subo a su moto y nuevamente me siento libre.
Tranquila.
Como si lo único que necesitara fuera a él y a su moto.
Iremos al mirador para celebrar. Hoy es Navidad y, además, cumplimos veintidós días de novios.