Capítulo 23
Hay personas que conoces sin saber qué tan importantes llegarán a ser en tu vida.
Aún no sé qué tan importante será Theo para la mía, pero no me queda duda de que ya lo es. Y mucho.
William fue mi primer novio. Fue especial. Me enamoré de él y lloré cuando se fue.
Sin embargo, Theo se está convirtiendo en algo más que mi novio: también es mi amigo.
Y la complicidad que tengo con él, pese a lo distintos que somos, no la he sentido con nadie más. Ni siquiera con William.
Lo he descubierto durante cada día de la semana que hemos compartido. Incluso cuando no lo veo, lo sigo descubriendo.
—Mamá, quedé en ir al canopy con los chicos hoy —digo.
Es sábado por la mañana. Está en la sala leyendo. Mi papá y el tío Gael salieron temprano.
—Yo también quiero ir —dice Marcos.
Aún está desayunando. Creí que no estaba prestando atención.
—No sé qué decirte, Coco. Sabes que tu papá planeó que hoy fueras con él y Gael a acampar.
—Sí, pero lo dijo recién ayer. Ya había dicho que sí cuando él me avisó, y la otra semana posiblemente nieve.
—Yo tampoco quiero ir a pescar —se queja Marcos.
Fue un plan que salió de la nada.
—¿Quién dijo que irían a pescar? —pregunta mi mamá.
Al igual que yo, tenía entendido que solamente se trataba de ir a acampar.
—Mi papá está usando la gorra del pez —responde.
Ni mi mamá ni yo lo habíamos notado.
Ambas reímos.
Mi papá solo usa esa gorra cuando, en efecto, su plan es ir de pesca.
—Sabes que ni a Marcos ni a mí nos gusta ir a pescar. Es más, ni a ti te gusta. Y esta vez mi papá tiene al tío Gael para que le haga compañía. Realmente no queremos ir.
—Y el agua debe estar muy fría —se queja Marcos.
—Lo sé, pero tengo turno hoy. Se quedarían solos y no sé si su papá esté de acuerdo.
—Mamá, no importa. Casi siempre estamos solos y Cosset me cuida bien. Déjame ir con ella, por favor —suplica Marcos.
Y para que me llame «Cosset», quiere decir que está hablando con mucha seriedad.
—Está bien, pero la próxima vez díganme desde antes.
—Yo no dije nada porque dijo que iríamos a acampar. Pero hoy se puso la gorra —sale en mi defensa Marcos.
Cuando algo no le gusta, se basta con argumentos.
—¿Están listos? —pregunta papá.
Recién va regresando. El tío Gael viene detrás de él.
No tardamos mucho en discutir sobre el cambio de planes y, realmente, gracias a la intervención del tío Gael, mi papá acepta no solo que no vayamos con él, sino también dejar que Marcos vaya conmigo y mis amigos.
No era algo que estuviera en el plan, pero tampoco tengo corazón para negarme.
Como sea, Theo ya había dicho que Brisa iría, así que, de cierta forma, eso ayuda.
Solo me preocupa su reacción cuando Marcos se entere de que Theo es mi novio.
Dudo mucho que Theo le vaya a tolerar sus majaderías.
—¡Hey, Theo, tu novia llegó! —exclama Clara.
Y ahora sé perfectamente que Marcos ya sabe todo.
—Hola, Marcos —saluda Theo. Es bastante discreto en su saludo.
—¡¿Theo es tu novio?! —pregunta, sorprendido.
Tarda unos segundos en procesarlo.
—Sí, él es mi novio —respondo, un poco nerviosa.
—Espero que no te moleste y, más bien, me des permiso de ser el novio de tu hermana —agrega Theo.
Lo dice con un tono natural; en ningún momento intenta ser más amable de lo que suele ser.
—Lo pensaré —responde muy serio—. ¿Y Brisa?
—Anda por allí —responde Theo, señalando a la pequeña.
Marcos no dice más y va a saludarla.
Me basta eso para saber que no se lo tomó tan mal; de haber sido así, ya se habría quejado.
El parque está a media hora del pueblo y, al estar en un punto más alto, el frío cala con fuerza.
Sin embargo, el paisaje lo compensa todo.
Pagamos el tour de doce cables y realmente no sé en qué estaba pensando cuando acepté. Supongo que cumplir una semana de novios con Theo —si cuento desde el sábado— no me dejó pensar bien.
Más que en la altura, solo pensé en estar juntos. Ahora lo estoy padeciendo.
Los primeros tres cables estuvieron bien: cortos y poco altos.
El cuarto ya me hace temer un poco por mi vida… y la de Marcos.
Ya escuché al guía decir que, poco a poco, son más largos y altos.
Si mi mamá supiera adónde traje a Marcos, me mataría sin dudarlo.
—No tengas miedo, Coco, no te va a pasar nada —dice. Está muy relajado, al igual que Brisa.
Está claro que son niños y no miden el peligro.
—Qué bueno que Susan no vino. No me la imagino haciendo esto —dice Clara.
Ella y yo somos las más conscientes.
Salta Brisa, luego Marcos, Clara, Bruno… y yo quedo al final. Al igual que Theo, quien salta antes que yo como si fuera Tarzán.
Supongo que lleva mucho tiempo haciendo esto.
¡Está loco!
Pero más loca estoy yo, porque verlo saltar es la motivación que necesito para hacerlo también.
Eso sí, lo veo sonreír… con esa sonrisa burlona suya. Supongo que mi cara de susto lo dice todo.
Se ve tan guapo.
Te estás enamorando, Coco, te estás enamorando.
En el próximo cable ya no siento tanto miedo, pese a que es más alto y largo. Pareciera que el anterior me dio un shot de adrenalina.
—En verdad debo estar muy loca para aceptar hacer esto por amor —dice Clara antes de volver a saltar.
La entiendo a la perfección.
Bruno va detrás.
—¿Quieres que vaya primero otra vez? —pregunta Theo.
—No. Creo que ya soy lo suficientemente valiente para hacerlo yo —digo en un arranque de valentía.
Veo el vacío y luego lo miro a él.
El chico que nos guía podría no estar, y nada cambiaría: escucho sus indicaciones, pero es Theo quien realmente me guía.
Salto.
Y esta vez, disfruto aún más el salto.
Me siento libre.
El viento me acaricia, me envuelve y, por un momento, me suelto y grito, como si ya no quedara rastro de la chica que, en el cable anterior, aún temía.
Estoy extasiada.
Así sigue cada salto hasta que terminamos el recorrido.
—Me caes muy bien, Theo. Muy bien —dice Marcos.
Nos hemos sentado a tomar sidra caliente. Durante el recorrido nos dio hasta calor, pero ahora sí se siente hasta necesaria.
Marcos está feliz. Disfrutó muchísimo. Era otro que parecía Tarzán en cada salto.
—Tú también a mí —responde Theo mientras cuida que Brisa no se queme—. Especialmente porque Brisa me ha dicho que eres bueno con ella. Así que te agradezco que cuides a mi hermana.
—Yo cuidaré a Brisa, pero prométeme que tú también vas a cuidar a mi hermana —dice Marcos.
Me sorprende ver esa pizca de madurez… que se pierde con la frase siguiente:
—Aunque al principio Brisa me caía muy mal. Pero ahora somos buenos amigos.
—Aunque no lo creas, algo así fue lo que me pasó a mí con Coco —bromea Theo.
Ambos sonríen con una complicidad que no entiendo, pero me agrada.
—Bueno, si quieres, también puedes ser mi amigo… por ahora.
—Claro que sí, pero ¿por qué dices «por ahora»? —pregunta Theo, un tanto confundido.
—Porque después seremos cuñados, cuando seas el esposo de Coco. Mi mamá me dijo que el esposo de Coco será mi cuñado —dice, y le da un sorbo a su sidra de manzana.
Siento la cara arder.
¿En qué momento se le ocurrió decir eso?
—¿Y te gustaría? —pregunta Theo.
—Mmm… tal vez sí.
—¡Van a ser esposos! —exclama Brisa, y le da un sorbo a su sidra.
Intento buscar refugio en los ojos de Clara, pero parece estar aún más extasiada por esa conversación tan extraña.
—Saben, nosotros ya nos vamos. Bruno tiene que llevar a su mamá a hacer las compras de la semana y queremos aprovechar el tiempo —dice.
Sé muy bien que lo hace para dejarnos solos. El gesto de confusión de Bruno la delata.
Theo se despide de Bruno y, luego de que se van, por fortuna la charla ha quedado atrás. Ahora solo somos dos personas con hermanitos pequeños bebiendo sidra caliente.
—Sabes, quiero enseñarte a manejar la moto —dice Theo.
Agradezco el cambio de conversación, pero no, no, no, gracias.
—No, no lo creo —digo.
Sonríe.
—Lo digo porque, si un día, por una u otra cosa, una moto es lo único que hay, me gustaría que supieras cómo se maneja. Entre más independiente seas, mejor.
Me recuerda un poco a mi papá cuando me enseñó a manejar. Dijo lo mismo.
—Sí, está bien —respondo, volteando a ver a Marcos y a Brisa.
Se levantaron de la mesa para ir a jugar a unos columpios.
—No te preocupes, los tengo a la vista —agrega.
Si algo he notado de Theo es que es un buen hermano.
Durante todo el recorrido, aunque él iba atrás, siempre estuvo pendiente de Brisa.
A pesar de que había dos chicos guiándonos —uno siempre iba adelante y el otro se quedaba de último—, él se aseguraba de que todo saliera bien.
También estuvo al pendiente de Marcos y de mí.
Así que me es fácil comprobar que todo lo que sé de él hasta ahora es verdad.
Si no fue capaz de desentenderse de su hermanita en algo así, aun sabiendo que había alguien más haciéndose responsable, imagino que tampoco pudo hacerlo cuando tuvo la oportunidad de ir a la universidad.
Simplemente decidió no ir y quedarse para cuidar a su familia.
Cuando llegamos a casa, Brisa y Marcos entran para ver televisión y estar más cómodos. Vinieron conmigo en el auto, y Theo nos siguió en su moto.
Lo observo mientras se baja.
Es increíble lo mucho que lo quiero, lo mucho que me gusta.
—¿Estás bien? —pregunta, y me trae de vuelta.
Me perdí observándolo.
—Sí. ¿Estás seguro de que voy a poder? ¿No quieres entrar para ver una película con Brisa y Marcos?
Verlo por el retrovisor, en su moto de camino a casa, me cambió un poco la opinión sobre querer aprender.
No porque no quiera hacerlo, sino porque no sé qué tan buena voy a ser para eso.
Eso sí, después de cinco minutos. Me ha convencido.
Lo primero que hace es enseñarme a familiarizarme con su peso.
Luego me explica cada cosa que tengo que saber: cómo encenderla y cómo poner las direccionales; que el clutch se aprieta con la mano izquierda para cambiar las velocidades; cómo acelerar y frenar; que el freno delantero está en la manilla derecha y debe usarse con cuidado porque frena con fuerza; que el freno trasero, en cambio, se pisa con el pie derecho; que el cambio de velocidades se hace con el pie izquierdo —primera hacia abajo, luego neutral y las demás velocidades hacia arriba; para regresar, es hacia abajo—; que para acelerar tengo que apretar el embrague y girar el acelerador, pero suave; y siempre hay que soltar el clutch poco a poco mientras acelero para que no se apague.
—Es una moto grande, pero es baja y estable, así que no te preocupes por caerte. Un poco de práctica y vas a poder manejarla bien —agrega.
Después de todo, no me resulta tan complicado retenerlo.
Subo con miedo, pero al menos ya sé encenderla y apagarla. Lo logro al primer intento.
Eso sí, es todo por hoy.
—Quiero llevarte a mi casa. Quiero que conozcas a mi tía —dice.
¿Ah? ¿Cómo?
—Lo sé, es muy rápido, pero me gustaría que conocieras bien quién soy o de dónde vengo antes de que esto siga avanzando —responde, sujetando mis manos para calentarlas un poco.
—Theo, yo…
—Trabajo en el taller con Joel. Supongo que ya has escuchado de él y lo recuerdas de la fiesta.
Solo somos compañeros de trabajo. Él fue quien me recomendó.
Y sí, no suele tener la mejor fama, y hay cosas que hace y que no comparto, pero cuando lo necesité, fue el único que me echó la mano.
Por lo demás, solo son cosas que la gente repite una y otra vez.
Es el único taller que hay en el pueblo, así que supongo que no te será difícil enterarte de dónde es —dice.
Lo hace con una honestidad que me sorprende.
No esperaba que, de la nada, me dijera algo más sobre su vida, y mucho menos la parte en la que dice que quiere que conozca a su tía.
—Gracias —digo. Es lo único que puedo decir—. Gracias por contarme más sobre ti.
—Ya te dije que te quiero —besa mis manos—. Quizás no sea el más romántico o detallista de todos, pero al menos quiero que sepas que puedo ser un libro abierto contigo.
Me ve directo a los ojos.
—Sí, quiero que me lleves a conocer a tu tía —sonrío—. Quiero conocerla.