Capítulo 22
—¡Buenos días! —exclamo con entusiasmo.
Mi mamá está en su cuarto, arreglándose para ir al hospital. Anoche no la sentí llegar.
—Buenos días. ¿Y esa sonrisa mañanera? —pregunta, como si el simple hecho de verme le alegrara el día.
—Estoy feliz.
—¿Así? ¿Puedo saber por qué?
—Creo que te lo contaré después —sonrío—. ¿Y mi tío?
—Está bien —sonríe—. Debe estar durmiendo. Ya sabes cómo es. Anoche llegamos antes de la medianoche, pero ya estabas dormida —dice mientras se acomoda el cabello.
—Sí, estaba cansada. ¿Y mi papá? No lo he visto desde ayer.
—Está en el hospital. Vino anoche, saludó a Gael y tuvo que volver.
—¿Hubo algún problema?
—No, ninguno. No te preocupes, por eso.
—Por cierto, ¿cuánto tiempo se va a quedar mi tío?
—No lo sé, aunque no creo que sea por mucho tiempo. No es un lugar que le agrade.
Supongo que le bastó ver el camino para tomar esa decisión. A mí me pasó lo mismo.
—Me imagino. Lo saludaré cuando regrese entonces. Y Marcos, ¿va a ir a la escuela hoy?
—No. Se merece el día libre.
—Aunque no se lo mereciera, dudo mucho que se vaya a levantar —bromeo—. Le diré a Clara que pase por mí, así mi tío puede usar mi auto si lo necesita. Estará con Marcos, todo puede pasar.
Conozco bien a mi hermano y, obviamente, a mi tío.
—Gracias, Coco.
Le devuelvo la sonrisa, pero una pequeña punzada de culpa me atraviesa.
Sé que una parte de mí quiere ser amable, sí, pero la otra…
la otra solo piensa en que, si Clara me lleva, puedo pedirle a Theo que pase por mí a la escuela cuando salga.
Así tengo una excusa para verlo sin que se note tanto.
De lo contrario, no sé si lo vería hoy, que es martes.
Por suerte, mi plan funciona. Clara acepta llevarme y Theo responde a mi mensaje enseguida. Dice que sí, que puede ir por mí… y, además, me invita a salir con él.
Acepto sin pensarlo.
***
El tiempo en la escuela se me hace eterno. Cuento los minutos, deseando que suene el timbre. Por primera vez entiendo a Clara con eso de que siempre cuenta los minutos para ver a Bruno. Y, en cuanto suena el timbre, corro al parqueo.
Ahí está Theo, esperándome.
—¿Puedo saber adónde vamos? —pregunto, con mucha curiosidad.
—Te quiero llevar al lugar al que quería llevarte la primera vez que te subiste a mi moto y te asustaste. ¿Te parece?
—Sí. Sí. No sabes cuánto me he lamentado por ese día.
Subo a su moto como toda una experta.
—Ya no importa. Es cosa del pasado —dice mientras me acomodo.
Veo a Clara y a Susan, que no se resisten a hacerme gestos de porristas. Por una u otra razón, no me molesta, así que solo les sigo el juego y levanto la mano para despedirme. Y, a diferencia de cuando salía con William, esta vez no me importa que todos nos vean. De hecho, me encanta.
Es como si quisiera gritarle al mundo: Es mío.
¡Estoy loca!
Hace frío, más de lo normal. Ha llovido y, aunque sé que la moto no es precisamente el medio más seguro en lugares como este, me siento segura. La Coco que gritaría «¡peligro!» está de vacaciones.
Cuando tomamos el desvío a la calle de terracería que me asustó, esta vez todo es distinto.
La primera vez me aterrorizó, pero ahora entiendo el paisaje. Theo me da una seguridad que ni siquiera mis papás me han dado. Y eso me hace sentir culpable.
¿Cómo puedo sentirme tan cómoda con alguien que apenas conozco?
Sin embargo, disfruto de la vista y evito pensar demasiado.
Estoy con él.
Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, me sorprendo. Estamos sobre una montaña. Hay bastantes nubes, pero aun así se alcanza a apreciar la ciudad a lo lejos.
Es una vista hermosa.
El paisaje ya parece prepararse para recibir el invierno y la época navideña ya empieza a sentirse en el aire.
No sé si sea por eso, pero me encanta.
—Discúlpame. Creí que se vería mejor, pero es por el clima —dice mientras me abraza.
Estoy temblando y no me había dado cuenta.
Creo que estaba tan embelesada con la vista que ni siquiera lo sentí.
—¿Bromeas? Es perfecto. Me encanta. Gracias por traerme.
—Creí que no te iba a gustar mucho. Sé que no te gusta el frío y aquí se suele sentir más. Pero es prácticamente un mirador.
—Lo irónico es que parece que ni lo siento —sonrío.
—Eso parece —me abraza aún más.
Es un abrazo que busca cobijarme, darme calor.
—Theo, ¿puedo saber por qué no fuiste a la universidad?
Hay muchas cosas que no sé de él, y eso es lo primero que me gustaría saber. Es lo que me pregunto desde que lo conocí y supe que era uno de los alumnos mayores.
—Muchas veces me hice esa misma pregunta. Hoy creo que fue porque, de haber ido, no te habría conocido —bromea.
—Hablo en serio.
—Yo también. Créeme, hay algo de verdad en eso.
—Lo sé, pero… me gustaría saber la historia completa —digo con sinceridad—. Especialmente porque el profesor de Física dice que eres un genio y, aun así, repites su clase.
Theo baja un poco la mirada, pero no dice nada, así que continúo.
—Y el profesor Fritz, el de Arte, comentó que, si no fuiste a la universidad, fue porque no quisiste. Siempre te pone de ejemplo… y eso que no estás en su clase.
Veo cómo su expresión cambia poco a poco, como si se tensara.
—Él dijo que cada año repruebas Física solo para poder volver a tomar la clase y seguir en el equipo de fútbol, porque necesitas estar inscrito en la escuela para pertenecer.
Y que la escuela te lo permite porque eres bastante bueno…
y porque entienden tu situación —digo, cuidando mis palabras.
Especialmente en esa última parte. No quiero decir nada que no deba.
Recuerdo que la vez que lo dijo no presté demasiada atención porque estaba con William. Aunque sí me llamó la atención el tema de la edad, William me explicó que los equipos de los pueblos vecinos estaban en las mismas condiciones, así que nunca había sido un problema.
En ese momento no pensé más en el asunto… pero ahora estoy con Theo y sí que me interesa saber su versión.
Hay un pequeño silencio. Luego, Theo sonríe con cierta incomodidad.
—Wow… más que una clase de Arte, parece una clase sobre mi vida —responde con una sonrisa torcida que me deja claro que hablar de esto no es algo precisamente cómodo para él.
—Fue solo una vez que mencionó lo de la clase de Física y lo del equipo de fútbol, pero sí suele ponerte de ejemplo muy seguido, al igual que el profesor Loza. Si no quieres contarme, está bien —añado. Tampoco quiero presionarlo.
—Vivo solo con mi tía y Brisa. Mi mamá murió cuando ella era una bebé —recuerdo que Gabriel me lo contó—, y mi papá tuvo que irse casi al mismo tiempo por otras circunstancias.
Parece que esa parte todavía le afecta.
—La cosa es que, cuando se me presentó la oportunidad de ir a la universidad, mi tía estaba enferma y no podía dejarla. Así que decidí no ir en ese momento y comencé a trabajar en el taller.
Me limito a escuchar.
—Cuando mi tía mejoró, decidí que tampoco iría.
El dinero que gano ayuda en la casa y, si me hubiera ido, habría hecho falta.
Mi tía trabaja, pero encargarse de la casa y de Brisa no es tarea fácil.
Tampoco habría sido justo dejarla sola —suspira—.
Así que simplemente tomé la decisión de quedarme.
Y aproveché la oportunidad que tenía para seguir en la escuela y hacer lo que me gusta: jugar fútbol.
Hago lo que me gusta, y estoy cerca de ellas.
—Ahora te admiro más —sonrío—. Gracias por contarme.
Theo es mucho más de lo que pensé.
Aprieta los labios, pero es demasiado humilde como para decir algo.
—Por cierto, cuéntame de tu tío. Ayer medio lo mencionaste. Estabas emocionada. Por eso me sorprendió que me escribieras para que fuera por ti; creí que querías pasar la tarde con él.
—Sí, lo quiero, pero ahora me gusta pasar tiempo contigo.
Y, aunque no lo creas, no lo he visto. Me quedé dormida, así que no lo vi cuando llegó, y hoy todavía no se había despertado.
Ya lo veré cuando llegue. Por cierto, ¿sabes?
Cuando vivíamos en la ciudad, durante un tiempo vino a vivir con nosotros y todos creían que él era mi papá.
—Ah, ¿sí? ¿Por qué?
—Lo que pasa es que, según mi mamá, me parezco a mi abuela y mi tío Gael se parece a ella. Así que, por obvias razones, quienes nos veían pensaban que él era mi papá.
—¿Y Marcos a quién se parece?
—A mi mamá, definitivamente. En físico y en carácter. Marcos suele fastidiar, pero es cosa de su edad. Por lo general, es muy dulce. Y mi mamá es así; rara vez se molesta.
—Tú no eres así —sonríe—. Ayer te molestaste cuando no quise ganar el oso por ti.
—No, no lo soy —sonrío—. Quisiera, pero no. De carácter me parezco a mi papá. He escuchado eso siempre, pero tampoco es que sea tan enojona —siento mis mejillas arder.
—Igual no me importa si lo eres. Así te quiero.
Me vuelve a abrazar.
Siempre escuché a Clara hablar sobre su relación con Bruno. Siempre ha dicho que es mágica y que se pierde en sus besos. Mi relación con Theo, más que en besos, se está comenzando a basar en largas conversaciones. Y eso es lo que la está haciendo mágica.
No necesito besarlo mucho para quererlo. Y cuando lo hago, cada beso es especial y sabe al primero.
Nos quedamos en el mirador menos de una hora. Hubiera deseado quedarnos más tiempo, pero Theo debe regresar al taller y yo tampoco le avisé a nadie que me iría con él. Así que no puedo abusar.
Aprovecho cada segundo del camino de vuelta a casa para abrazarlo, porque ya lo extraño.
Cuando llegamos, noto enseguida que mis papás están allí. Los dos autos están estacionados afuera, así que me bajo rápido de la moto y corro hacia la casa.
—¡Tío! —exclamo al entrar y encontrarme con mi tío Gael.
Me da mucho gusto verlo.
Marcos está en la sala, con el televisor encendido, jugando Mario Kart. Conociendo al tío Gael, sin duda alguna han pasado toda la mañana jugando videojuegos.
—¿En dónde estabas? —pregunta mi papá—. Te llamamos, pero enviaba directo al buzón —añade desde la cocina mientras revisa un documento.
—Siempre está pendiente por si ocurre una emergencia —me dice mi mamá.
Ambos se ven relajados, aunque sé que no lo están del todo.
Reviso mi teléfono y está apagado. Olvidé ponerlo a cargar y seguramente se quedó sin batería cuando iba de camino al mirador con Theo.
—Coco, preparé pizza y me quedó deliciosa —dice mi tío Gael.
Su comentario rompe la tensión.
Mi papá ya salió de trabajar, pero mi mamá sigue de guardia; solo vino a la casa para almorzar con nosotros.
Me siento mal por haberme perdido la comida en familia. Supongo que por eso me llamaron.
Aun así, no puedo evitar sentirme feliz por el momento que viví con Theo.
Subo a mi cuarto para poner a cargar mi celular y, unos minutos después, mi mamá entra.
Tiene su bolso con ella, así que supongo que está a punto de irse.
—Lamento no haber podido estar en el almuerzo —digo—. Prometo que no vuelve a pasar.
—No te preocupes, lo entiendo. Solo vine para despedirme y darte un beso. Sé que ya no eres una bebé, pero sigues siendo mi bebé. Sabes que siempre puedes contar conmigo y con tu papá —dice con dulzura, mirándome fijamente.
Sé que quiere saber más.
—Lo sé, mamá —digo y la abrazo.
Y, por algo que ni yo misma entiendo, todavía no siento la tranquilidad de contarle sobre Theo.