Capítulo 21
Entramos a clases y allí está Theo.
Mi corazón se tensa un instante, pero, por una razón que ni yo entiendo, no me siento junto a él.
En cambio, parezco un perrito asustado, escondiéndome detrás de Susan, como si ella pudiera protegerme de mis propios nervios.
Lo miro.
Se encoge de hombros.
Y me invade una oleada de vergüenza.
No es inseguridad, es solo que… no sé.
Me gusta tanto que siento que me veo ridícula.
¡Ay, Coco! ¿En qué momento pasó todo esto?
Durante toda la clase no dejo de observarlo. Por primera vez me encanta Física, y no es precisamente por el profesor ni por lo que sea que esté escribiendo en el pizarrón: es por él.
Está sentado delante de mí y solo puedo ver su cabellera… y hasta eso me gusta.
¡Estoy loca!
Me gusta hasta su pelo.
—¿Qué dijo, señorita Devon? —pregunta el profesor.
Siento las mejillas arder.
«Balbuceas sin darte cuenta», recuerdo las palabras de Theo.
—Nada, profesor… o bueno, sí. Es que no entendí la última parte. Me confundí un poco —respondo, intentando disimular.
Parece que funciona, porque el profesor vuelve a explicar sin problema.
Cuando la clase termina, Theo voltea a mirarme, pero yo finjo no verlo. Sigo haciéndome la desatendida hasta que noto que ya salió del aula.
—¿Por qué lo estás evitando? —pregunta Clara, acercándose.
Bruno no vino hoy. De lo contrario, probablemente se habría quedado con él.
—¿Es por lo mismo que te pasó cuando te hiciste novia de William? —pregunta Susan.
Recuerdo muy bien que lo evité porque me daba vergüenza.
—No, no es por eso —respondo con sinceridad—. Creo que tengo miedo de que me diga que fue un error. Y que solo lo hizo para darle celos a Karla. Siento un nudo en el estómago solo de pensarlo. Tengo miedo de no ser su novia.
Me sorprende escucharme decirlo en voz alta.
Lo que sentí por William fue real, lo sé. Pero nunca entendí por qué con él sentía vergüenza. Está bien, nunca había tenido novio, pero me gustaba desde siempre y pasamos un mes conociéndonos. Que me pidiera que fuera su novia era algo que deseaba.
Con Theo, apenas llevamos unas semanas hablando. Jamás me había planteado la idea de que me pidiera ser su novia. Pero ahora, después de lo que pasó, tengo miedo de no serlo.
Todo esto me confunde. Sé que no estoy enamorada… pero sé que lo quiero.
¿O acaso esto ya es amor?
Estoy enloqueciendo.
No puedo estar sintiendo tanto por alguien con quien apenas hablaba hace unas semanas.
Pienso en todo eso hasta la hora del almuerzo.
—¡Cosset! —grita Gabriel.
Corre hacia nosotras desde el otro lado del pasillo.
—Se me había olvidado de que él fue tu cita el sábado —dice Susan, más avergonzada que yo.
—Igual ya pagué lo que ordenamos, por si acaso —respondo.
Le escribí ayer, justo por eso. No es que no me dé pena por Gabriel, pero tampoco le mentí. O bueno… él ya sabía todo, incluso antes que yo. Eso me dijo.
¡Estoy siendo muy mala!
—Hola, ¿pasó algo? —pregunto cuando ya está frente a mí.
Y ahora sí, me siento mal por él.
—Necesito que vengas conmigo, por favor.
Se ve apurado.
—Tenemos clase —respondo, confundida.
—Es el almuerzo —aclara, y me deja aún más perdida.
—Es que… tenemos algo que hacer —dice Clara, saliendo en mi defensa.
No está al tanto de todo, pero colabora.
—Sí, Coco me va a ayudar con algo —añade Susan.
—Si es por lo del sábado, no se preocupen. Hacen bonita pareja —dice.
Supongo que se dio cuenta.
—¿A dónde quieres que vaya? —pregunto.
—No te puedo decir, pero… confía en mí, por favor.
No me queda de otra que hacerlo. Es lo mínimo que puedo hacer por él.
Lo sigo hasta la portería de la cancha de fútbol, prácticamente al otro extremo de la escuela.
¿Me trajo para vengarse de mí?
—Gabriel, no entiendo qué hacemos aquí.
—Ya lo verás. Quédate un momento, por favor —dice, muy sonriente, y se va corriendo.
Me siento como una tonta. No hay nadie cerca. Llovió anoche, así que el campo está lleno de agua, y quienes se atreven a jugar lo hacen del otro lado.
Aun así, me quedo. Lo peor que puede pasar es que Gabriel no regrese.
—Hola, ¿cómo estás? —saluda Theo.
¿Dónde estaba?
¿Detrás del árbol?
—Hola, hola —mis manos se enfrían—. Bien… estoy esperando a Gabriel.
—Lo sé. Yo le pedí que te trajera hasta acá —responde con los brazos hacia atrás, como si escondiera algo.
—¡Ah! ¿Cómo? ¿Por qué?
—Sorpresa —dice con una leve sonrisa mientras me muestra un ramo de flores. De varios tipos y colores.
—Gracias.
Estoy paralizada. Electrificada.
—¿Cómo sigues? ¿Estás mejor? —pregunta con un gesto de preocupación.
—Sí, sí. Estoy mejor.
Estoy en shock. ¿Me quiere?
—Sé que el sábado ya no pudimos hablar bien y ayer tampoco era el momento adecuado. Tampoco me gustó mucho la idea de hacerlo aquí, pero no quiero darle más largas a la respuesta que sé que estás esperando.
Hace una pausa.
—Lo que pasó el sábado es algo que estaba guardando. No lo había hecho antes porque no estaba seguro de cuál sería tu reacción, y no quería arruinar lo que ya tenemos. Tu amistad es valiosa para mí y lo sigue siendo.
¿Qué digo?
—Por eso, quiero preguntarte con sinceridad: ¿tu respuesta fue por lo que realmente sientes o solo porque Karla estaba allí y pensaste que era lo correcto en ese momento? Si fue por eso, prefiero que me lo digas ahora.
No titubea, pero sus manos, metidas en los bolsillos del pantalón, me hacen pensar que está un poco ansioso o nervioso.
¿Quiere decir que Gabriel tenía razón?…
Quizás estaba tan asustada de dejar a William atrás —o tan aferrada a su recuerdo— que me negué a la posibilidad de involucrarme de nuevo con alguien. Y ni siquiera me di cuenta en qué momento Theo se convirtió en lo que representa para mí: felicidad.
Algo que deseo.
Pero lo que más me sorprende es que él también tenía miedo. Tenía dudas. Pensaba que tal vez yo solo había dicho que sí para ayudarlo.
Verlo así… dudando… me estremece.
—No voy a mentir sobre mi respuesta. Fue impulsiva, Theo.
Muy espontánea —su rostro se tensa—. Pero la verdad es que estoy feliz de que lo hayas preguntado y de que mi respuesta haya sido un sí.
Si soy honesta, yo tenía miedo de que me dijeras que solo me lo habías preguntado para darle celos a Karla —digo.
No me importa que conozca mis inseguridades.
Entonces sonríe.
Es una sonrisa dulce, serena… como si estuviera hecha solo para mí. Me transmite calma, ternura… y algo más que no sé explicar.
Me hala hacia él y me abraza. Sus brazos rodean mi cintura y, poco a poco, lo siento más cerca.
Me estremezco.
Estoy exaltada. Dentro de mí se agita un sinfín de emociones y sensaciones que él despierta. Es algo mágico. Algo que jamás había sentido… ni siquiera con William.
—Lo que voy a decir quizás suene un poco extraño, pero… estoy loco por ti —dice.
Y me da un beso tan tierno que me hace sentir querida.
Lo que tuve con William fue real, pero terminó.
Y aunque no sé en qué momento sucedió todo esto, la intensidad de lo que vivo ahora me da la tranquilidad de saber que estoy haciendo lo correcto.
Sentir su abrazo me hace sentir tranquila. Segura… feliz.
Además, huele muy bien. A chocolate.
—Gracias por las flores —digo, viéndolo a los ojos.
—No suelo ser muy detallista. No se me da mucho —dice, algo apenado—. Así que no te acostumbres. Y tampoco sabía cuáles te gustaban, así que…
Sonrío.
—Es bueno saberlo. Ahora sé que tengo que guardarlas bien porque esto vale oro —bromeo—. Gracias por decirme.
Su rostro se ilumina con otra sonrisa.
Y ahora es como si yo también pudiera leer sus gestos… como si tuviera subtítulos solo para mí. Este, por ejemplo, me dice que está feliz.
Sé que somos diferentes. Ambos lo sabemos. Pero quizás, justamente por eso, esto funciona.
—¿Te gustaría salir conmigo esta tarde? —pregunta, tomando mi mano.
—Me encantaría.
Theo sigue siendo un misterio para mí.
Aún no sé mucho sobre él. Pero me basta con que me tome de la mano y me vea a los ojos para saber que puedo confiar en él.
Como si fuera una invitación a descubrirlo.
Como si Theo, simplemente, fuera Theo.
***
—Tienes suerte de tener a alguien como él —dice Karla.
Me la encuentro en el parqueo al salir de clases.
—Lo sé —respondo y sigo caminando.
No quiero quedarme a hablar y tampoco entiendo qué está haciendo aquí.
Por suerte, Susan y Clara me ayudaron a guardar el ramo en mi mochila. No quiero pensar qué habría pasado si lo hubiera visto.
—No, no lo sabes —dice con nostalgia—. Pero cuando lo descubras, te darás cuenta de que realmente tienes mucha suerte.
—¿Puedo saber por qué terminaron? —pregunto, deteniendo el paso.
Theo me contó muy poco. Confío en él, pero también aprendí con William a no creer ciegamente. Así que quiero estar abierta a todas las posibilidades.
—Porque fui tonta —suspira con dificultad—.
Supongo que Theo ya te dijo lo que pasó.
Y hay algo que debes saber sobre él: no miente.
No es bueno mintiendo. A veces es un defecto, pero la mayor parte del tiempo es una virtud.
Así que lo que te haya contado… es la verdad —me mira con firmeza—.
Si quieres un consejo, nunca vayas a creer lo que dicen de él. No es cierto. Theo es más que eso.
Sus ojos se llenan de lágrimas. Es claro que le duele.
Siento pena por ella. Supongo que así debí verme yo cuando William se fue; sé perfectamente lo que se siente.
Sin embargo, en medio de su dolor y por la razón que haya sido, le agradezco lo que acaba de decir.
Cuando llego a casa, no hay nadie: Marcos se fue con mi mamá al aeropuerto —a dos horas de aquí, si bien les va— para recoger a mi tío Gael. Y mi papá está en el hospital.
Saco el ramo de flores y busco un jarrón en donde ponerlas. Después, me lo llevo a mi habitación. Me cambio y, una hora después, Theo pasa por mí, tal y como quedamos.
Amo subirme a su moto y, por primera vez, poder abrazarlo con toda libertad.