Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Cuando llego, Gabriel aún no ha llegado, así que me toca esperar.

Sinceramente, no sé por qué se le ocurrió que citarme en el restaurante de los papás de mi ex era una buena idea.

No había vuelto desde que terminamos.

Así que mi cita, para este momento, ya lleva dos puntos menos.

—En serio, no puedo creer que estés aquí —dice Susan y, por su mirada, me está juzgando.

No dudo que haya estado esperándome para ser ella quien nos atienda.

—Solo es una cita —respondo, mientras busco una mesa.

Mi mesera está más entretenida haciéndome preguntas que atendiendo a su comensal.

—Sí, una cita que realmente me preocupa. No sé por qué estás haciendo esto.

Tiene una mirada que no entiendo.

¿Qué sabe ella… que yo no?

—Susan, por favor. Ya llegó —digo al ver que Gabriel entra.

—Te hablo luego, cuando vuelva para preguntar qué van a ordenar —se despide, sin dejar de burlarse.

Me arrepiento tanto de haber aceptado.

Gabriel tiene lo suyo, eso lo admito, pero… no. No logra despertar en mí ningún sentimiento. O, al menos, ninguno nuevo.

Me siento incluso una mala persona. No tiene ni medio minuto de haber llegado y ya estoy pensando en que, si tuviera la oportunidad, saldría corriendo.

No es feo, pero…

Mensaje de Susan:

Hubieras visto tu cara. Si no

entendió por tu gesto, está perdido.

La ignoro.

—¿Qué te gustaría comer? —pregunta Gabriel.

Intenta ser atento.

—Creo que pediré un postre —respondo.

Recuerdo que una vez mi mamá me contó que, en una cita incómoda, pidió postre para terminar rápido. Puede que funcione.

—Una elección un poco extraña. Te puede doler el estómago… postre no come postre.

Sonríe.

Esto está siendo más incómodo de lo que pensé.

El Gabriel amigo me agrada; este tipo, no tanto.

—¿Cómo estuvo tu día? —pregunto, intentando ignorar su extraño comentario.

—Pésimo, hasta que te vi.

No sé cuál sea mi gesto, pero recuerdo que Theo dijo que tengo subtítulos en la cara. Ojalá Gabriel también sepa leerlos y se dé cuenta de lo incómodo que está siendo todo esto.

Mensaje de Susan:

¡Vamos, Coco!

¡Beso, beso!

No sé si tengo ganas de reír o llorar. Pero tampoco puedo salir corriendo, así que mejor guardo mi celular.

—¿Desde hace cuánto conoces a Theo? —pregunto.

Es lo único que se me ocurre.

—Desde pequeños, al igual que a Bruno. Nuestras mamás eran amigas.

—¿Y lo siguen siendo aún?

—Sí. Mi mamá siempre habla con la mamá de Bruno, incluso salen a veces.

—¿Y por qué no con la mamá de Theo?

Frunce el ceño.

—Creí que sabías.

—¿Qué cosa?

—La mamá de Theo murió cuando Brisa era una bebé.

—No lo sabía —respondo, helada.

No tenía ni idea. Lo siento tanto por Theo y Brisa.

—No lo vayas a comentar. Si no lo sabías, es porque él no quería que lo supieras.

—¿Puedo preguntarte algo más?

—Si es sobre mí, encantado —responde, con una sonrisa que no me gusta.

Me incómoda. Puedo notar que le molesta que hable de Theo.

—¿Qué van a ordenar? —pregunta una de las meseras.

Por suerte, no es Susan. Agradezco que haya enviado a alguien más.

—Quiero un helado de almendras y una malteada de fresa, por favor —digo de inmediato.

—¿Y tú? —le pregunta a Gabriel después de tomar mi orden.

—Un pastel de chocolate y una gaseosa de cualquier sabor, gracias.

—Enseguida les traigo su orden —dice antes de alejarse.

—No sabía que te gustara la almendra.

No solemos hablar mucho, así que es obvio que no lo sabía.

—Sí, el helado de almendras es mi favorito.

—¡Wow! Yo moriría si pruebo ese helado.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué?

—Soy alérgico a la almendra. Si la como, me pongo como un pollo gordo.

Su comentario me causa gracia, aunque no es algo precisamente gracioso.

—Vinieron a comer y no me invitaron —dice Theo de repente.

Se sienta a mi lado. No lo esperaba. Aparece de la nada.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, confundida.

Aunque, por dentro, agradezco que esté aquí.

—Traje a Brisa a comprar chocolate con malvaviscos. Desde la mañana estuvo fastidiando con eso y, apenas llegué a casa, siguió fastidiando.

Brisa está recostada en el mostrador. No los vi cuando llegaron, o quizás ya estaban aquí.

—Supongo que le encanta el chocolate con malvaviscos de este lugar —dice Gabriel con un tono irónico que hasta yo entiendo.

—Algo así. Ya la conoces —responde Theo con una sonrisa que no entiendo.

Mensaje de Susan:

Si tu cita hubiera sido con Theo,

estaría de acuerdo.

Adjunta una foto que nos tomó hoy.

—Sí, la conozco muy bien —dice Gabriel.

—No más que yo —responde Theo.

Se miran como si intercambiaran algo que yo no entiendo.

No logro descifrar qué es.

—Theo, ya —dice Brisa desde lejos, con el vaso en la mano.

No me ve.

—Bueno, chicos, disfruten —se despide y se va.

Lo observo de reojo.

Es extraño. Ver cómo se va y yo me quedo con Gabriel me da la sensación de estar… con la persona equivocada.

—Lamento haberte hecho venir —dice Gabriel y suspira.

—¿Perdón?

¿De qué habla?

—Estaría ciego si no acepto que hacen una bonita pareja.

—¡¿Cómo?!

No entiendo. ¿De qué está hablando?

—De Theo y tú. Es obvio que los dos están interesados. ¿De verdad crees que trajo a Brisa por chocolate y malvaviscos aquí por coincidencia? Hay muchos lugares más cerca de su casa donde venden chocolate.

—Puede que sí, pero quizás no le ponen malvaviscos o a Brisa le gusta exclusivamente el de aquí.

Lo digo por experiencia; Marcos suele ser así.

—Lo creería si no me hubiese preguntado por el lugar y la hora en la que te vería —sonríe—.

Cosset, ustedes dos hacen una bonita pareja.

Deberían dejar de evitar lo que todos vemos y darse una oportunidad.

Se ven muy bien juntos, muy bien. Puede que hayan comenzado por otras razones, pero estaría ciego si no aceptara lo evidente.

—¿Estás loco? Theo y yo solamente somos amigos —digo, incrédula.

—Sabes que eso no es cierto —sonríe—. Es solo que creo que los dos han pasado cosas difíciles, por eso no han querido aceptar lo que sienten o ni siquiera lo han notado.

Pero he visto cómo él te ve, y he visto cómo tú lo ves a él.

Eso no es solo amistad, y lo sabes. Mi error fue pensar que esto —nos señala— podría funcionar.

—No sé de qué estás hablando, Gabriel. Theo y yo solamente somos amigos —repito.

Lo que dice Gabriel me descoloca.

Theo y yo… somos amigos. Nada más.

Es imposible que diga que yo lo veo de una manera diferente… y mucho más que diga que yo no me he dado cuenta.

¿Cuenta de qué?

—¡Ya basta, ya basta! ¡No te quiero escuchar!

Es la voz de Theo. Se escucha desde afuera. Parece que está discutiendo.

Gabriel es el primero en levantarse. Yo lo sigo.

—Es Fedrick y la muchachita esa, otra vez —alcanzo a escuchar que dice uno de los comensales.

Utiliza un tono de cierto rechazo al decir «Fedrick», específicamente.

Al menos eso hace que pocas personas salgan a ver qué sucede.

—¡Por favor, Theo, déjame explicarte! —suplica Karla.

Lo sujeta de la chaqueta y está llorando.

Brisa parece muy tranquila, bebiendo su chocolate.

Supongo que no es la primera vez que los ve.

—Karla, por favor, no te hagas esto. Todos nos están viendo —dice Theo al notar nuestra presencia.

—¡No me importa! ¡Que nos vean! ¡Que todos nos vean, me da igual! ¡Te amo, Theo, te amo! ¡Y necesito que me perdones!

¿Cómo puede decirle que lo ama?

Siento un nudo en el pecho, seguido de un escalofrío que me recorre entera.

—Ya lo hice, Karla. Ya te perdoné. Pero esto se terminó —dice, soltándose de ella—. Ya no te quiero.

Está molesto. Lo veo en su mirada. No la ve con amor, sino con desagrado.

Y, aunque me cuesta admitirlo, me alegra.

Un hormigueo me recorre por dentro.

No me gusta verla suplicarle; nadie debería hacerlo así… pero también hay una parte de mí que desea con fuerza que se aleje y lo deje en paz.

—Theo, por favor. Tienes que escucharme —vuelve a suplicar.

—Karla, por favor, vete. No te hagas esto —digo.

No sé en qué momento se me ocurre meterme.

—Tú no te metas. Esto es entre Theo y yo. Además, ¿quién eres tú para meterte en esto? —me mira con odio, y yo siento un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.

—¡Soy su novia! —exclamo.

Las palabras me salen del alma, sin pensarlo.

—¿Su novia? No, no lo creo, porque si fuera así no habrías estado en una cita con Gabriel. ¿Crees que no sé que todo es una mentira?

Tiene razón.

—Sí, es mi novia, Karla. Así que, por favor, vete y déjanos tranquilos. Brisa está aquí. No quiero que vea esto —dice Theo.

—A mí no me importa mucho, la verdad —responde Brisa.

Su comentario rompe la tensión. Nos arranca una sonrisa, al menos a Theo y a mí.

Karla, claramente, no está para reír.

—¡No, no, no! ¡Eso no es cierto! ¡No son novios! ¡Tú me quieres a mí, Theo, a mí! —intenta besarlo.

Y yo… yo siento como si me hirviera la sangre.

—Ya no más, Karla. La quiero a ella —dice, tomándome de la mano.

Una oleada de alivio me envuelve.

—La quiero a ella —repite.

Dentro de todo nuestro juego, nunca lo había escuchado decir eso.

Jamás lo había dicho.

¿Está Theo Fedrick aceptando que me quiere?

¿O solo es un acto para que Karla se aleje?

¿Y yo… qué es lo que estoy sintiendo ?

—Eso no es cierto, Theo. Sabes muy bien que no es cierto —insiste Karla.

—Sabes que puedo verte a los ojos y no mentir —le responde, sin soltar mi mano—. La quiero a ella. La quiero.

Y entonces, sin entender cómo, sucede:

Me besa.

Y una corriente eléctrica me atraviesa de pies a cabeza. Es un torbellino, un volcán despierto. Nunca había sentido algo así.

El gesto de Karla es de dolor. Nos ha visto y le ha dolido vernos.

Y yo… no sé qué pensar. No sé qué va a pasar ahora.

Me ha besado.

Nunca había sentido algo así.

Me gusta.

—Ven, yo te llevo a tu casa —dice Gabriel, y se lleva a Karla.

No se ve bien.

Los veo irse, pero, en este momento es lo que menos me importa.

Una felicidad egoísta me invade. Me siento… triunfadora.

—Y entonces, ¿quieres ser mi novia? —pregunta Theo, mirándome.

Tiene una sonrisa en sus labios.

—¡Sí, sí, sí quiero ser tu novia! —respondo, sin pensarlo.

Es como si mi corazón hablara por mí y mi cerebro fuera solo un espectador.

Me abraza.

Y un segundo beso me lo confirma: esto es real.

Lo quiero.

¡Oficialmente soy la novia de Theo Fedrick!

—Theo, ¿ya nos podemos ir? —pregunta Brisa.

Se ha terminado su chocolate.

Ambos reímos. Yo, en especial, me siento avergonzada.

Son sentimientos confusos.

—Theo —insiste.

—Creo que está cansada —digo.

El gesto de Theo me dice que está avergonzado por su hermana, y para mí es lo más lindo.

—Te escribo —dice, y se despide de mí con un beso en la mejilla.

Beso que me provoca un torbellino de sensaciones que no puedo explicar, pero que me hace sonreír como tonta.