Capítulo 17
La ausencia de William es notoria. Lo fue el viernes, lo fue el fin de semana y lo es hoy.
Aunque el día apenas comienza, el ánimo de Susan me lo recuerda.
Es su hermano, y si para mí ya es extraño no verlo, imagino que para ella lo es aún más.
Su cara lo dice todo, y me siento como una mala amiga al no poder o querer indagar sobre sus sentimientos.
Pero si lo hago, no solamente sus sentimientos quedarían expuestos, también los míos.
No es algo que quiera, mucho menos después de todo lo que pasó. No quiero saber si hay más cosas que ignoro y que nunca mencionó.
—Creo que tu novio te quiere hablar —dice Susan. Su tono es extraño.
Clara y yo nos vemos. Es obvio que no se siente bien.
Veo a Theo y me lanza un papelito.
No me senté a la par de él porque, antes de la clase, Clara y yo acordamos no dejar sola a Susan. Pero ninguna de las dos sabe muy bien qué hacer para animarla.
—Lo tengo —dice Clara, y me lo pasa.
«El sábado vamos a ir a la poza. ¿Quieres venir?», leo.
—Silencio, por favor —dice el profesor.
Dos minutos después, Theo me tira otro. Esta vez logro atraparlo.
«Novia mía, dame atención»
Me causa gracia.
Y un tercero. Este solamente dice:
«¿Y entonces?»
—Deberías responderle antes de que el maestro se dé cuenta —dice Susan.
Clara me voltea a ver nuevamente. Por su tono de voz, parece que estamos en un velorio.
—Sí, contéstale —me anima Clara, con un gesto de «Susan, nos va a regañar».
—Pero… ¿cuál poza? —dudo. No sé de qué habla.
—Ya verás —susurra Clara.
Tardo unos segundos en decidirme, pero al final me animo. Nunca he escuchado hablar de la poza. No sé qué es, pero no pierdo nada con ir.
Anoto mi respuesta en el reverso del último papel y, en un momento en el que creo que el profesor se ha distraído, se lo lanzo a Theo, quien está atento para recibirlo.
—Señorita Devon, le voy a pedir de favor que pase al frente a resolver los ejercicios que están en la pizarra, ya que ha estado poniendo mucha atención el día de hoy —dice el profesor con un tono irónico.
—Perdone, profesor, pero la culpa de que la señorita Devon esté distraída es mía. He estado tirándole papelitos prácticamente toda la clase. Así que, si me permite, me gustaría resolver los ejercicios yo —dice Theo.
Ni siquiera me ha dado tiempo de reaccionar cuando él ya está de pie.
—Si es así, no le veo el caso de que pase al frente, señor Fedrick.
Sé que es un excelente alumno en esta materia y estoy seguro de que resolverá perfectamente los ejercicios que están en el pizarrón.
Así que, considerando la falta de respeto de ambos al estar jugando en mi clase como si fueran dos niños, les dejaré una tarea en conjunto que espero me la entreguen el próximo lunes.
Y, señor Fedrick —lo mira seriamente—, no siga distrayendo a su compañera —advierte.
Theo se sienta tranquilamente, y yo me quedo anonadada por lo rápido que pasa todo.
—Creo que esta vez sí te envidio, Coco —dice Clara.
—¿Por qué?
—Por el novio que tienes. Incluso mi hermano te hubiera dejado morir sola, aunque hubiera sido culpa de él —aclara Susan.
—Eso es cierto. Incluso Bruno se hubiera quedado callado.
—Pero eso es porque Bruno no habría sabido cómo ayudarte. Capaz y lo pasan, y resuelve los ejercicios peor que tú —bromea Susan.
Tanto Clara como yo sentimos alivio al escucharla. Hasta ese momento, nos parecía que estaba molesta.
—Es mi última advertencia. La próxima pediré que salgan del salón —advierte el profesor en general.
Suficiente para que nos quedemos calladas.
La acción de Theo, las palabras de Susan y las de Clara me dejan pensativa.
Especialmente porque es cierto: William era dulce y atento conmigo, pero dudo mucho que hubiera tenido el valor que tuvo Theo de levantarse y defenderme.
William fácilmente me habría dejado pasar al frente a resolver los ejercicios que no entiendo y me habría consolado al final.
O, en todo caso, hubiera pasado conmigo al frente, pero ambos habríamos hecho un desastre.
Me causa gracia solo pensarlo. Y me pierdo en ese pensamiento durante un buen rato.
—¿Y entonces? Ya no leí tu respuesta —pregunta Theo.
La clase ha terminado, y me arrastra a una realidad en donde William ya no está y lo de pasar juntos al pizarrón queda solo en mi imaginación.
—¿No leíste mi respuesta?
—El profesor habló antes y ya no sé ni en dónde quedó. Por lo de la tarea no te preocupes, yo lo hago. Fue mi culpa —dice.
—Gracias, y gracias por salvarme. Y sí, sí voy.
—¿A la poza? —curiosea Susan.
—Sí. Puedes venir con nosotros si quieres —responde Bruno, quien también se ha acercado.
Claro, él solo busca a Clara.
—¿Qué día?
—El sábado, después de mediodía.
—No, no puedo. Tengo que ayudar en el restaurante.
—Igual tienes algunos días para pensarlo bien. Si se te antoja y puedes, nos avisas. Nosotros pasamos por ti o le dices a Coco, que también tiene auto —responde Bruno.
El maestro de Historia entra, así que Theo tiene que irse de inmediato. Lo sigo con la mirada hasta que sale del aula.
—Cuidado con la baba —dice Clara.
—¡Ay, no! ¿Cómo crees? —exclamo.
Ambas se ríen.
—Es tu novio, es normal que te guste —dice Susan mientras saca algo de su mochila.
¿Gustarme?
—Señoritas, silencio, por favor —pide el maestro Loza, y nos silencia a las tres.
Una sensación que no entiendo se queda en mi cuerpo. Como si fuera un nerviosismo extraño que no reconozco. Se disipa en el momento en que el profesor nos sorprende con un examen corto.
Por lo demás, es un día extraño. No malo, pero curioso. Vuelvo a reír y a bromear con las chicas como lo solía hacer antes de mi ruptura con William.
Como si hubiese sido necesario soñar que William había muerto para darme cuenta de que cualquier cosa es preferible con tal de que él esté bien. Y, según las palabras de Susan, lo está.
Saberlo lejos no es lo que más deseo, pero me alivia de cierta forma. Lo sigo extrañando, pero ya no lo añoro.
Es como si ese dicho que dice de «si lo amas, dejarlo ir y, si vuelve, es tuyo» hubiese hecho nido en mi mente y en mi corazón.
—Mamá, el sábado unos amigos de la escuela van a ir a la poza —digo apenas llego a casa—. No sé bien qué es ni dónde queda, pero ya dije que sí. Igual quiero saber si me das permiso.
—¿Cuáles amigos?
—Gabriel, Bruno, Clara, Susan, Theo y otros que no conozco aún muy bien.
— ¿Theo? ¿Quién es Theo?
Frunce el ceño.
—Un compañero de la escuela: Es amigo de Clara y Susan también.
—Sí, está bien. Si van chicas, no tengo ningún inconveniente.
—Gracias —digo, y subo corriendo las gradas.
—¡Coco! —me llama.
—¿Sí? —me detengo de rompón.
—Te he escuchado mencionar mucho a Theo estos últimos días y me gustaría saber qué pasa.
Me sorprende que lo diga. No suelo hablar de él en casa. ¿Acaso lo he mencionado sin haberme dado cuenta? No lo creo. Lo recordaría.
—Somos amigos —respondo sin ningún problema.
No tengo nada que esconder.
—¿Amigos? No me gustaría que me estuvieras mintiendo.
—No tengo por qué. Solamente somos amigos. Estamos en una época moderna, mamá, y te aseguro que es posible tener una amistad con alguien del sexo opuesto.
Quizás estoy omitiendo que estamos «dejando que las personas crean que somos novios» pero es justamente porque somos amigos. No estoy mintiendo al respecto.
—De acuerdo.
Me ve fijamente, como si quisiera encontrar otra respuesta en mi mirada, pero no. La única verdad es esa: Theo y yo solamente somos amigos.
—Cosset —dice, y ahora bajo las gradas por completo—. Escuché que estás de novia con ese muchacho. Tú dices que solamente son amigos, pero me gustaría que seas sincera conmigo como lo has sido siempre.
—Estoy siendo sincera contigo. Solamente somos amigos, y sabes perfectamente que yo misma te lo contaría de no ser así. ¿Por qué te lo ocultaría?
—Tal vez porque sé que no hace mucho que terminaste con William y también porque no he escuchado buenos comentarios sobre él.
—Mamá, sabes que no soy ese tipo de hija.
—Lo sé, pero soy tu mamá y me preocupo. No quiero que cometas errores, y mucho menos por despecho. Solo ten cuidado, por favor.
—Lo tendré —le hago una mueca para que se ría—. Y no te preocupes, sí.
—Me da mucho gusto verte contenta y, sobre todo, que la etapa de llorar ya esté quedando atrás.
—A mí también, mamá. A mí también me da mucho gusto que esa etapa esté quedando atrás —digo.
En el fondo, sé que tampoco es tan así.
***
El sábado llega en un abrir y cerrar de ojos. Susan me avisó que sí va, así que yo soy la encargada de pasar por ella.
Cuando llego, es algo extraño.
Es la primera vez que entro a su casa desde que terminé con William y me resulta fácil sentir su ausencia.
Ahora entiendo un poco mejor lo que dice Susan cuando habla de extrañarlo.
Ya no hay cosas por allí que sepa que dejó él. O, al menos, es lo que recuerdo. Las veces que vine a comer con ellos había zapatos suyos en la entrada o una chaqueta amarilla que usaba cuando llovía. Yo bromeaba con él porque parecía policía de tránsito con ella.
—Ya estoy lista, perdón por hacerte esperar —dice Susan.
—No te preocupes, no he esperado tanto.
—Es la primera vez que vienes a casa desde que terminaron —comenta.
Hubiese agradecido que no lo mencionara.
—¡¿Sí?! Es cierto, no había caído en cuenta de eso —sonrío.
Tampoco es que me pese tanto, pero no deja de ser complicado.
—Cosset, solo quiero que sepas que ya sé que no estás con Theo.
Me sorprende su comentario.
—Supongo que no me lo habías dicho porque soy la hermana de William, y lo entiendo. Así que, sea lo que sea, sabes que puedes contar conmigo.
Estoy avergonzada. Es mi amiga y no me gusta que sepa que le he estado mintiendo.
—No te quería mentir, Susan. ¿Cómo lo supiste?
—En realidad, no me mentiste. La verdad siempre estuvo allí. Me percaté de eso desde el día que sucedió lo de los papelitos. Clara y Bruno, se nota que son novios. Tú y él, aunque sí están juntos, creo que no lo están de esa manera. Aún.
—¿Aún? —cuestiono.
¿Por qué dice eso?
—Cosas mías —responde con cierta picardía y me abraza.