Capítulo 16
Mi papá siempre dice que las mejores cosas suceden cuando menos lo esperas, y que las malas a veces llegan porque no tuviste paciencia para esperar las buenas.
Y en este instante, no sé si abrazar a Theo es algo bueno o malo, pero sí sé que me hace sentir aliviada.
—¿Qué haces? —pregunta.
Me aleja después de un momento, como si la dosis de empatía que usó para corresponder mi abrazo se hubiese terminado.
—Perdón, perdón.
Me abalancé a abrazarlo, aunque nunca lo había hecho.
Ni siquiera llevamos muchos días conociéndonos.
Ha compartido sus papas conmigo y, en la fiesta, nos tomamos de la mano.
Pero fuera de eso, nunca habíamos tenido contacto físico…
Bueno, excepto aquella vez que me subí a su moto, o en la misma fiesta. Pero todo eso fue premeditado.
—No te preocupes, me sorprendiste, fue eso —dice—. ¿Estás bien?
—Sí, disculpa. Es solo que… —suspiro—. Tuve una pesadilla. Soñé que William se había muerto y…
Mi voz se quiebra.
—Tranquila.
Esta vez es él quien me hala y me abraza.
Es un abrazo extraño.
Supongo que está tratando de consolarme, pero por la forma en la que lo hace, también parece que estuviera acariciando a un perro.
Supongo que no es algo que suele hacer. El rudo Theo me está tratando como a un cachorro, pero lo agradezco.
Lo agradezco, porque noto perfectamente que está haciendo lo mejor que puede.
—¿Entonces sí son novios? —pregunta Gabriel—. Dijiste que solo eran amigos y no es lo que parece.
Nos alejamos inmediatamente y veo a Theo. Se suponía que no le diría a nadie.
—Te lo voy a explicar —me dice—. No, no lo somos —le responde a Gabriel.
Y ahora estoy molesta. Se suponía que no íbamos a decirle a nadie la verdad. Así que me alejo.
No quiero estar cerca de un mentiroso.
—Se estaban dando muestras de cariño, por eso lo creí —ríe Gabriel detrás de mí.
No entiendo por qué me está siguiendo ni por qué me lo está diciendo a mí. Lo he visto algunas veces en la escuela, y el día en el campo de fútbol, pero no somos amigos.
—Coco, sé que dijimos que a nadie… pero él no aplica —lo señala.
—Exacto, ya sabes el lema de «La gente cree lo que quiere, creer», ¿cierto? Bueno, eso no aplica para mí. Lo conozco, sé cuándo miente —defiende a Theo.
—¿Es solo él o alguien más sabe? —pregunto.
Me detengo de golpe. Es lo único que me interesa saber.
—Solo él —responde Theo, con resignación.
—Por cierto, te estaba acariciando como si fueras un gato.
—Eso no es cierto —refuta Theo.
Lo hace de una forma que me causa gracia.
Me está cayendo bien.
—Claro que sí. La estabas acariciando como a un gato —insiste.
Olvidé mi mochila, así que regreso al auto por ella. Ellos se van a hacer no sé qué. Supongo que tienen clases. O al menos Gabriel sí; él es alumno de jornada regular.
De camino a mi salón, no dejo de pensar en lo que dijo Gabriel «la estabas acariciando como a un gato». Eso quiere decir que lo hizo peor de lo que yo creí.
Cuando entro al salón, veo a Susan en el lugar de siempre. Clara está con ella. Siento tranquilidad al verlas. Es una confirmación de que todo está bien. Y, lo más importante: William está bien.
Aunque me queda la duda de por qué me envió el mensaje diciéndome que se sentía sola y que William se había ido. ¿A dónde?
Tampoco puedo preguntar, así que las saludo como siempre y me siento a la par de ellas.
—Como hoy Theo no tiene clases, sí se sienta con nosotras —bromea Susan.
Me da gusto verla tranquila.
—Eso no es cierto. Al contrario, esa es Clara —respondo, en tono de broma.
—Justo me estaba diciendo eso a mí también —se defiende.
Le causa gracia.
Y es cierto. Ella suele estar prácticamente todo el tiempo en compañía de Bruno. Incluso han ido a castigo juntos en algunas ocasiones. Creo que por eso no solemos ser muy unidas; casi no compartimos.
—Por cierto, Susan, me quedé preocupada por tu mensaje. ¿Estás bien? —pregunto.
Es mi amiga, me preocupa. Así que tampoco puedo ser indiferente.
—Sí, todo bien —responde, pero su respuesta no me convence.
—Díselo, ya está con Theo. No creo que le preocupe —dice Clara.
Y ahora estoy preocupada.
—Es que William se fue a vivir con mis tíos y lo extrañaba. Ayer fue el primer día sin él en la casa y lo sentí extraño.
—¡¿Se fue? ¿Por qué? ¿Y la escuela? —cuestiono.
Me es imposible disimular.
—Tengo exactamente las mismas preguntas —dice Clara.
También se ve interesada, así que eso me hace sentir aliviada. No soy la única preocupada.
—La va a continuar allá. Ya pidió su traslado y el director le dijo que, si mucho, tarda una semana en que lo aprueben.
—Al menos tendrá una semana de vacaciones —agrega Clara.
—Coco, ¿puedo preguntarte algo sin que te moleste? —pregunta Susan.
—Sí.
—¿Te sigue interesando, aunque sea un poco, William?
No esperaba que me preguntara eso.
—Sí, supongo. Tú sabes que siempre lo quise mucho y le tengo aprecio —digo, sin darle muchas vueltas, aunque tampoco es algo fácil de responder.
William me sigue interesando, pero de cierta manera, la pesadilla que tuve anoche me hace sentir que prefiero saberlo lejos a saberlo muerto.
Un papel que lanza Theo interrumpe la conversación.
No vi en qué momento entró al salón.
—Comprendo. Igual, ahora estás con Theo —responde Susan.
Sonríe al decirlo, pero es una sonrisa incómoda.
—Tú sabes que terminé con William porque él así lo quiso, no porque yo lo deseara —digo, mientras recojo el papelito que lanzó Theo y lo guardo.
—Lo sé. Igual pienso que fue lo mejor, porque haces una bonita pareja con él —dice, mirando a Theo.
—¿Puedo saber por qué se fue? —pregunta Clara.
—Mi tío le consiguió media beca en la escuela en la que trabaja para que juegue básquetbol, y el equipo de esa escuela tiene más oportunidades en caso de que quiera seguir jugando cuando vaya a la universidad.
—No sabía que le gustaba tanto jugar básquetbol como para querer una beca —digo.
—Yo tampoco sabía —agrega también Clara—. Al menos a ti debió habértelo dicho —dice, mirándome.
—No, nunca lo mencionó —respondo, y en este punto ya no sé qué pensar.
Un nuevo papel de Theo vuelve a interrumpir la conversación. Pero estoy anonadada. William jamás me dijo que jugaba básquetbol, y mucho menos que le interesaría una beca.
—Deberías leer lo que dice, debe ser urgente —dice Susan, refiriéndose al papel.
Lo agradezco porque logra que me concentre en otra cosa.
No tienen nada escrito, pero finjo que sí.
—Las veo luego, chicas —digo.
Aprovecho que la profesora de esta clase suele ser bastante tolerante para moverme a la par de Theo.
—¿Sigues impresionada por lo de la pesadilla? —pregunta apenas me siento a su lado.
—No —me acomodo en el escritorio y lo veo—. Me dijo Susan que William se mudó con sus tíos y ahora va a jugar básquetbol, pero yo no sabía que le gustaba.
No sé qué pensar.
—Supongo que le pareció que no era importante decírtelo.
—Tal vez, pero me sorprende que no lo hiciera.
—¿Qué es lo que te molesta realmente?
—Creo que es el pensar que quizás no lo conocía y todo lo que viví con él fue más un pasatiempo para él que una relación real.
Theo suspira despacio. Supongo que no sabe qué decir.
—Coco, a veces hay personas que no se conocen ni siquiera ellas mismas. Quizás por eso no te lo dijo. Tal vez fue algo que no sabía que le gustaba y recién lo ha descubierto.
—Pareciera que estoy escuchando a mi papá.
—No es eso. Sabes que no soy amigo del señor bien portado, pero tampoco creo que merezcas creer que su relación fue un pasatiempo. Creo que nadie lo creería.
—¿Por qué estás tan seguro?
Sonríe, como si fuera a decir algo que no debería.
—No estoy seguro, pero escuché a Marcos quejarse varias veces de él. Así que supongo que fueron bastante cercanos, y eso no es algo que se pueda fingir.
—Justo eso es lo que me desconcierta —suspiro, aunque me causa cierta gracia saber que Marcos se estuvo quejando—. Pero ya no hablemos de lo mismo. Mejor dime, ¿qué estás haciendo aquí? Nunca te había visto entrar a esta clase.
—La maestra me pidió que viniera. Parece que necesita un favor con algo después de la clase. Así que vine para ejercer un poco de presión. Y tampoco me hace mal recordar un poco de esta materia.
—¿Extrañas ser estudiante de tiempo completo?
—A veces. Por ejemplo, en clases como estas, en donde al profesor le importan un cacahuate los alumnos, sí. En la clase del profesor Loza no, gracias. Ni de chiste.
Sonrío con lo que dice, y me sorprende ver lo fácil que me resulta hablar con él. Tan natural, tan genuino. Hace unas semanas jamás lo hubiera imaginado.
—Theo, puedes venir, por favor —pide la profesora.
—Mi turno, te veo mañana.
Sale con ella y ya no lo vuelvo a ver en todo el día.
Es hasta en la noche, cuando me cambio, que encuentro el papel que guardé. Lo tiro, creyendo que está en blanco, como lo estaba el segundo que me lanzó y abrí en clase. Pero luego de unos segundos, la curiosidad me gana, así que lo recojo y lo abro.
«No te acaricié como a un gato. Nunca fue así»