Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Ya lo sé, pero es que

extraño a William.

¡¿Qué?! ¿Cómo que lo extraña?

Se encienden todas las alarmas en mi cabeza.

¿Por qué?

¿Por qué Susan está diciendo que extraña a William?

Se fue Coco. Pero te cuento

todo con más detalles mañana.

No puedo hablar de eso ahora.

Descansa, te quiero mucho

¿Qué le pasa? ¿Cómo se le ocurre decirme eso y dejarme con la duda?

Yo también te quiero, Susan.

Descansa tú también

No sé lo que está pasando y tampoco puedo insistirle en estos momentos. Sea lo que sea, es mi amiga y quiero que se sienta apoyada, no ahogada.

Mi cabeza da muchas vueltas. Siento una presión en mi pecho, como si el corazón se me fuera a salir.

¿Cómo que se fue? ¿A dónde? ¿Qué es lo que está pasando?

Estoy muy confundida. Tengo muchas ganas de llamarle y preguntarle, pero si lo hago, o incluso le pregunto a Clara, se darán cuenta de que William aún me interesa y eso sería echar a perder lo que he logrado estos días gracias a nuestra mentira con Theo.

Así que solamente me toca esperar.

—Cariño, Coco, despierta, hija.

—¿Qué pasó, mamá?

Estoy desorientada. No recuerdo en qué momento me acosté.

—Te quedaste dormida, nena —dice con voz suave.

—¿Pasa algo? —pregunto, dudosa. Su actitud es extraña.

Siempre suele ser dulce y paciente, pero hay algo en su tono que me inquieta.

—Temo que hoy no vas a poder ir a la escuela.

—¿No? ¿Por qué?

—Lo que te voy a decir es un poco duro, pero tienes que ser fuerte.

—Me estás asustando. ¿Qué pasó?

—Por si no recuerdas, tu papá se quedó anoche en el hospital, atendiendo una emergencia, y…

Sus ojos se llenan de lágrimas.

—¡¿Está bien mi papá?!

Mi corazón comienza a acelerarse.

—Sí, cariño, él está bien.

—¡¿Y entonces?! Mamá, en serio me estás asustando.

—William murió ayer, hija.

—¡¿Qué?! ¿Qué estás diciendo?

Estoy helada. No puedo creer lo que estoy escuchando.

—Lo siento mucho, Coco —me dice, mirándome con lástima.

Mis manos están frías. No sé qué pensar, qué decir.

¿Muerto? William no puede estar muerto.

Me cuesta respirar. Me siento atrapada, encerrada.

—¡Tengo que ir a verlo, mamá, tengo que ir a verlo! —grito.

Es un grito que sale de lo más profundo de mi ser.

Salgo corriendo.

Mi mamá viene tras de mí, pero es mi papá quien me contiene al bajar las escaleras.

Caigo al suelo y todo comienza a nublarse.

No puedo respirar.

—Necesito verlo —suplico.

Un nudo me oprime el pecho, pero no puedo llorar.

El camino se me hace eterno. Y la vida en el pueblo parece tan gris como lo está mi corazón en este momento. Cuando llegamos a su casa, hay muchas personas afuera, todas vestidas de negro. El restaurante está cerrado. Yo ni siquiera me cambié, pero eso no importa en nada.

Entro hecha pedazos. Todo parece irreal. No puedo creer que esto esté sucediendo.

Los padres de William y Susana visten de negro, están llorando y, frente a ellos, hay un ataúd.

—Lo siento —digo apenas.

Sus rostros reflejan mi propio dolor. Saben lo mucho que lo amé.

—Él te quería mucho, hija —dice su mamá.

Es un dolor que las dos podemos comprender.

Veo el ataúd y es una mezcla de emociones difíciles de explicar. Quiero acercarme, comprobar que todo esto es una mentira, pero también tengo miedo de hacerlo y confirmar que es verdad.

Pero no necesito acercarme para saberlo. La fotografía de William y el ambiente de dolor lo confirman: William ha muerto.

—Esto es para ti —dice Susan. También está devastada. Se acerca con una carta en la mano—. La dejó especialmente para ti.

No sé qué decir, qué sentir. No tengo fuerzas para abrirla, pero al mismo tiempo es la única manera que tengo en este momento de poder sentirlo cerca, de escapar de esta realidad que me está matando.

Me alejo un poco. Con dificultad, la abro y la comienzo a leer:

Cosset, mi Cosset:

Lamento mucho que tengas que leer esto. Hubiese deseado no tener que escribirla nunca, pero si lo estás haciendo es porque yo ya no estoy contigo, y sé que mereces una respuesta a todas tus preguntas.

Hubiese querido cambiar todo lo que hice mal, pero era complicado para mí.

Hay cosas que no están en nuestras manos, y esta fue una de ellas.

Lamento no poder tener la dicha de verte otra vez, de abrazarte o besarte.

Y lamento mucho haberte roto el corazón, pero no tenía el valor para revelarte la verdad.

El tiempo y la vida son así: complicados, sorprendentes.

Perdóname por haberte lastimado, por haberte dejado sin darte ninguna explicación. Pero para mí no era fácil dartela. No cuando eso implicaba ocasionarte un daño más grande, y no estaba listo para verte llorar a mi lado. Hubiera sido más de lo que podía soportar.

Porque eres lo más importante que tuve en mi vida y no podía permitir que vivieras un castigo de esta manera.

Recuerda que te amo Cosset, que te amé desde el primer día que te vi y que me hiciste el hombre más feliz de todos.

Eres la causante de mis mejores recuerdos, y cada sonrisa fue gracias a ti.

Sé feliz, Cosset. Te lo mereces.

Te amo, William.

Me amaba. Me amaba.

Tanto tiempo esperé una explicación y ahora… ya no la quiero. No de esta manera. Hubiera preferido mil veces quedarme con la duda y saberlo vivo, a recibir una respuesta de esta manera. ¿Qué clase de broma cruel es esta?

—Ya no voy a poder abrazarlo, mamá. No voy a poder volver a besarlo. Se fue, mamá. Se fue…

Su abrazo me calma, pero no alivia el dolor que me desgarra. No puedo creer que mi William haya muerto y que jamás podré volver a verlo.

Aunque me duele, verlo ahora es la única oportunidad que tengo para despedirme.

Me vuelvo hacia el ataúd y camino hacia él.

Siento que mis pies se convierten en ladrillos pesados con cada paso y, aunque sé que dolerá, lo prefiero.

No entiendo por qué me negó en vida esa oportunidad, pero tampoco puedo reclamarle.

Estoy a punto de verlo. Vacilo. Y entonces me acerco para finalmente…

Despierto.

Mi corazón está agitado.

Estoy en mi habitación. Fue una pesadilla.

El corazón me late sin parar y mis ojos están llenos de lágrimas. Comienzo a llorar con un sentimiento que mezcla el alivio de saber que solo fue un sueño con la crudeza de algo que se sintió muy real.

Son las seis de la mañana. Tengo que ir a la escuela, pero la angustia no me permite pensar bien. Estoy llorando, siento desesperación porque no logro descifrar hasta dónde fue solo un sueño y qué es real. Solo sé que William no puede estar muerto.

William no está muerto.

No, no… solo fue un sueño, Coco; un tonto sueño. Mi papá sigue en el hospital, mi mamá está en su habitación, Marcos en la suya. Todo fue un sueño, Coco, un tonto sueño. Me repito una y otra vez.

Reviso mi celular para convencerme. Tendría notificaciones si fuera lo contrario, pero, aun así, la agonía en el pecho es real.

Respiro y poco a poco logro tranquilizarme. Hasta que llega el momento de bajar a la cocina.

—¿Pasa algo? —pregunta mi mamá apenas me ve.

Supongo que no estoy tan calmada como creía.

—No, mamá. Estoy bien.

No quiero contarle. Me siento tonta.

—¿Segura? Es que te veo un poco alterada.

—Sí —me sirvo un poco de agua—. Es solo que tengo un examen corto hoy y estoy un poco nerviosa por eso.

En otra ocasión me hubiese lanzado a sus brazos para desahogarme con ella y contarle todo lo que he soñado, pero no. No siento la confianza para hacerlo. No quiero preocuparla.

—Eres muy inteligente, no tienes por qué estar nerviosa. Estoy segura de que lo vas a pasar con la nota más alta.

—Ya es tarde, Coco, date prisa —dice Marcos, apurándome desde la puerta.

—Ya voy, Marcos, tranquilo. Te veo luego, mamá.

—¿No vas a desayunar? —pregunta, preocupada.

—Me voy a comer la manzana —digo, tomando una—, y llevo dos barritas.

—Que tengan buen día, con cuidado, por favor —sonríe, aunque sé que no está feliz con lo que será mi desayuno.

Me siento culpable por no tener la confianza de contarle mi sueño. No ha hecho nada como para que no confíe en ella, pero no quiero hacerlo. Quizás ni siquiera es falta de confianza, sino vergüenza de sentirme tan vulnerable.

Cuando llego a la escuela, después de dejar a Marcos, me quedo un buen rato en el parqueo.

La sensación que me dejó la pesadilla no se ha ido del todo y necesito repetirme que solo fue un sueño. William está bien.

Un toc, toc en la ventana del auto me saca de mis pensamientos.

—¿Piensas faltar a clases?

Es Theo.

Verlo me alivia, casi como si, tras varios días en el desierto, finalmente encontrara agua. Me bajo del auto y, sin pensarlo, lo abrazo.

—Tuve una pesadilla. Qué bueno que estés aquí —digo, sin soltarlo.

Él corresponde, aunque sé que está algo confundido; lo tomé por sorpresa.

Aun así, sentir su abrazo me calma, me devuelve la paz.