Capítulo 13
El problema con los cambios es que, los busques o no, siempre tienen consecuencias. Y sean buenas o malas, hay que vivirlas.
El desayuno que me trajo mi mamá me hace pensar justamente en eso.
Antes del pueblo, antes de William, todo era distinto.
Mi vida era distinta. Ahora, aunque el frío no termina de gustarme, ya me he acostumbrado.
Incluso la vista de los árboles desde mi ventana me resulta agradable, sobre todo cuando veo uno que otro venado merodeando.
La idea de que quizás debí aceptar la invitación de Theo desde el principio se cuela en mis pensamientos. Tal vez así me habría ahorrado todo el sufrimiento que vivo ahora.
Abro la ventana y dejo que el viento toque mi rostro: hace frío. Cierro los ojos y respiro hondo. Se siente bien.
Mi corazón sigue triste, pero lo que pasó con Theo me da un poco de esperanza, o al menos me ayuda a pensar que las cosas pueden mejorar.
El vacío que dejó William sigue siendo notorio. Sé que no será fácil olvidarlo, sobre todo porque aún tengo muchas dudas. Pero, me guste o no, es algo que no puedo cambiar. Tendré que aprender a vivir con ello e intentar olvidarlo para poder continuar.
Ya no me queda otra opción.
—Coco, ¿podrías ir a recoger las pizzas, por favor? —dice mi papá.
—Sí, está bien. ¿A qué hora?
No tenía planes de salir, pero amo esas pizzas.
—Lo ideal es que salieras ya. Discúlpame, creí que yo podría ir por ellas, pero no me da tiempo —dice con una sonrisa.
—Está bien, deja que me peine y ya voy.
De camino disfruto el paisaje, amo cómo se ve el pueblo hoy. Es sábado y las calles están llenas de gente. Es otoño, así que hay decoración por todas partes.
Cuando llego, me cuesta encontrar parqueo, pero por suerte un auto se va y me deja el espacio libre.
La pizzería está repleta.
De pronto veo a Theo, es el último en la fila afuera del restaurante. Una parte de mí quiere escapar, pero volver sin las pizzas no es opción y tampoco puedo esperar a que se vaya, quién sabe cuánto tardará.
—Hola —lo saludo. Es extraño; anoche se veía más gentil.
—¡Hey! —exclama, sorprendido.
—¿Sabes si esta es la línea para recoger pedidos? —pregunto.
Es una buena manera de ser casual. Creo.
—Sí, pero uno de los hornos está en mantenimiento, por eso la demora —responde, muy tranquilo.
—¿Sabes cuánto tiempo más o menos?
—Media hora quizás. Igual pregunta por tu orden. Yo no trabajo aquí.
Si hubiese sonreído, quizás lo interpretaría como amabilidad, pero tiene razón así que lo hago.
El encargado me dice que estarán listas en veinte minutos.
De haberlo sabido, no habría salido con tanta prisa.
Salgo y no lo veo. Me alivia. Me formo otra vez en la fila... Apenas pasan unos segundos cuando vuelve a aparecer.
—¿Falta mucho? —pregunta.
Pensé que se había ido.
—Veinte minutos.
—¿Quieres? —es un chocolate.
—Sí, gracias.
¡¿Qué rayos?! ¿Por qué acepté?
Voy a parecer hambreada. Aunque el chocolate está rico después de todo.
Levanto la vista y veo a William saliendo de la tienda de souvenirs al otro lado de la calle. Nos mira, se detiene un segundo y luego sigue caminando.
—¿Sabes por qué todos esperan tan tranquilos? —pregunta Theo.
Tiene razón: nadie parece quejarse.
—Porque la pizza es rica —es lo único que se me ocurre.
—Sí, pero sobre todo porque hoy usan el horno de leña.
Eso solo pasa una vez al mes, y por eso hay tanta gente.
La pizza sabe mejor. Eso sí, es todo un deporte, no sabes si te tocará una pizza hecha en el horno de leña o una en el horno normal.
Veremos qué tal te va —dice con cierta actitud que me confunde.
Es como si ya fuéramos amigos. Aunque después de lo de anoche supongo que sí, aun así, no ha mencionado nada y tampoco quiero ser la primera que lo haga.
Empiezo a fijarme, y sí en efecto: cada vez que anuncian una pizza «de leña» la gente aplaude y celebra. Cuando dicen «regular», nada.
—Fedrick, tu orden está lista —llama un empleado.
Theo entra, y desde la ventana lo veo revisarla. Por el festejo supongo que le tocó de leña.
—¿Leña? —pregunto cuando sale, aunque ya lo imagino.
—Sí —responde.
—¡Devon! —gritan.
Esa es mi orden.
Entro a recogerla, y todos parecen interesados.
Las veo y no tengo ni idea de si son de leña o regulares. Se ven normal.
—Regular —dice el chico que me las entrega.
—Suerte para la próxima —dice alguien.
Y ahora me siento como una perdedora.
—Regular —le digo a Theo, recién salgo.
Siento un alivio.
—¿Ordenaste de pepperoni? —pregunta.
—Sí, las dos son de pepperoni.
Aún no termino de asimilar lo que acaba de pasar. Jamás me había puesto tan nerviosa al recoger una orden como hoy.
—Ten, toma esta, y dame esa —dice, cambiándomela sin consultarme.
—No, no tienes por qué.
—Me dieron dos de leña. He comido estas pizzas desde niño. Tú eres nueva, debes probarla.
Si al menos sonriera, podría sentirme más…
—Gracias —sonrío.
—Te veo el lunes —dice y se va.
Y vaya que me confunde.
No puedo decir que es amable porque, aunque parece que sí, las pizzas son la muestra de eso. Su gesto parecía decir todo lo contrario y se fue tan rápido que no sé cómo interpretarlo. Aun así, le agradezco.
Subo al auto y de camino a casa me sorprendo al darme cuenta de que, entre lo de las pizzas y el deporte que han hecho en el pueblo alrededor de ellas, olvidé por completo lo que pasó con William. Y ahora ya no sé si Theo me dijo lo del horno de leña a propósito para distraerme.
Cuando llego a casa las pizzas por suerte aún están calientes, y ahora entiendo la emoción. Es algo exquisito. Aunque no hay palabras para describirlo.
Jamás había probado una pizza tan rica.
Por el resto del fin de semana todo se torna normal. Recibo unos cuantos mensajes de parte de Clara y Susan preguntando sobre mi nuevo noviazgo, pero me limito a contestar que pronto les daré detalles. Lo último que quiero es pensar en eso.
***
—¡Cosset, es tarde! Recuerda que tienes que pasar a dejar a tu hermano primero.
Es lunes por la mañana y, lamentablemente, tengo que ir a estudiar.
—Sí, sí, ya voy.
Bajo las gradas con mucha prisa.
—¿Estás bien? —pregunta Marcos.
Sé que está preocupado por mí.
—Sí, estoy bien. Igual no tienes que…
Sonrío al verlo. En todo este tiempo no ha dicho nada sobre William, pero sabe que terminamos. Cuando lloró conmigo, no le expliqué la razón, pero no es tonto, ya lo sabía.
—Te quiero mucho, mi Coco —dice de pronto, dándome un fuerte abrazo.
—Yo también te quiero mucho.
Me resulta fácil responder a su muestra de cariño.
—¿Qué es eso? —pregunta mi papá, frunciendo el ceño.
—Nada, no entiendo tu pregunta.
—Ustedes dos, a veces me dan miedo.
Ambos estamos confundidos.
—Es que normalmente los hermanos se pelean y se arañan, gritan llamando a los papás para que regañen al otro, y ustedes no.
Ustedes se abrazan y se dicen que se quieren mucho, así de la nada —ríe—, ¡No sé qué hice para merecer esto!
Normalmente, con su tío Gael, pasábamos la mayor parte del tiempo pegándonos pelotazos y no dándonos muestras de cariño.
O bueno, esas eran nuestras muestras de cariño.
El gesto de mi papá me da gracia. Está bromeando, pero de cierta forma tiene razón: tengo una buena relación con Marcos.
Aunque la parte en la que dice que se peleaba con mi tío Gael, no se la creo mucho, especialmente porque, si hay alguien cariñoso con su hermano, es él. De allí aprendimos nosotros.
Llego a la escuela y las palabras de Theo cobran sentido: «La gente cree lo que quiere creer»
Y para mi fortuna o —desgracia—, todos creen que soy la chica de Theo Fedrick.
Me basta con escuchar a dos chicas murmurar al respecto para saber que toda la escuela lo piensa.
—¿Por qué no me habías contado? —pregunta Susan, bloqueándome el paso afuera del aula.
—¿Qué cosa?
—No te hagas la loca, Coco. Hablo de tu romance con Theo.
—Ah, eso.
No sé qué decir.
—Disculpa que te lo pregunte, pero en serio estaba muy preocupada por ti. Especialmente porque hasta… hasta el viernes creía que aún llorabas por mi hermano, yo misma te vi hacerlo. Así que no entiendo desde cuándo Theo y tú…
—No es algo de lo que quiera hablar, no por ahora —digo.
Es la hermana de William, así que, por muy mi amiga que sea, no me da la confianza para contarle lo que realmente pasó.
—Coco, somos amigas, sabes que puedes contar conmigo —dice con un tono de niña pequeña.
—Prometo que te contaré todo, pero no hoy.
—¡Coco!
—Te lo prometo, Susan.
—Al menos dime: ¿qué tal besa?
—Señoritas, la clase va a comenzar. Entren al salón, por favor —nos indica el profesor Ruiz.
Mi salvador.
¿Cómo iba a responder eso, si ni siquiera un beso en la mejilla me ha dado?
Entro al salón y nuevamente me siento fuera de lugar. ¿Dónde me siento? Si lo hago a la par de Susan, como siempre, sé que toda la clase seguirá con sus preguntas.
Entonces, veo a Theo sentado hasta atrás y, casi por inercia, me siento a su lado.
Todos en el salón hacen un ruido que el maestro manda a callar de inmediato.
—Lamento mucho en lo que te metí —dice.
—Fuimos los dos. ¿También te preguntaron?
—Mucho. ¿Por qué crees que estoy sentado aquí? —hace una mueca—. No supe qué responder porque no sé qué es lo que dirás tú.
—¿Y ahora qué haremos?
—No lo sé, pero después de un fin de semana un poco complicado, me gusta que te hayas sentado conmigo —agrega, mirando alrededor.
Supongo que él no lidió solo con mensajes.
—Creo que me pasa igual. No tengo ganas de hablar con nadie más.
—¿Tienes clases después?
—Sí.
—Yo estaré entrenando con el equipo de fútbol, por si quieres ir cuando estés libre.
—Te busco en el almuerzo.
—Estaré pendiente —responde, y vuelve la vista hacia el maestro.
La parte que más me inquieta es la clase de Arte.
Estos últimos días han sido complicados por la indiferencia de William, pero hoy… hoy siento que no tengo fuerzas para interactuar con él. Porque si ya me dolía su distancia antes, ahora que sabe lo de Theo, sé que me va a doler más.
Ver a Theo me distrae, me sorprende lo atento que es en clase. Anota prácticamente todo, y no solo eso: lo hace con un nivel de detalle que me desconcierta. Incluso me avergüenza por no prestar tanta atención como él.
¿Por qué escribe con lapicero azul? ¿No tendrá negro? ¿Se le habrá perdido? William siempre usa lapicero negro.
Hasta la forma en la que se acomoda en el escritorio es diferente. Está atento a la clase; William, en cambio, ya se hubiera distraído.
No se parecen en nada.
Ni en los gestos. Ni en la voz. Ni en la forma de mirar.
Theo es atractivo, sí, pero no es William.
—No nos compares, es claro que no somos iguales —dice de pronto volteándome a ver.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Lo que estás haciendo.
—No te entiendo.
—Llevas toda la clase viéndome como si fuera una cosa extraña.
No soy tonto, sé que me estás comparando con el señor bien portado, pero te aseguro que no te servirá de nada.
Y las únicas similitudes que vas a encontrar son que los dos somos hombres, tenemos dos ojos, una boca, y una nariz. Nada más que eso.
—¿Cómo lo sabes?
La manera en la que me lo dice me da curiosidad. ¿Cómo lo sabe?
—Recuerda que he estado en tu situación. Y también hice lo mismo contigo —responde, sin dejar de ver el pizarrón.
—¿Conmigo?
—Sí, pero no funcionó. Y me decepcionó. No quiero que te pase lo mismo. Y si ya lo hiciste… solo te puedo decir que las cosas pasan por algo.
—No entiendo la parte de que ya lo hiciste conmigo. ¿Cuándo?
—Cuando llegaste, me pareciste linda. Tenía quizás dos meses de haber terminado con ella. Verte me resultó agradable, de lejos. Porque el día que intenté acercarme a ti, no estoy seguro, pero puedo asegurar que pensaste que te iba a hacer algo malo.
Suelto una carcajada al escucharlo, pero es de nervios por su sinceridad. Sé muy bien de qué habla.
—Silencio atrás —dice el profesor, volteándonos a ver.
—Me gustaría que me explicaras bien eso de la comparación que hiciste conmigo —digo en voz baja.
—Solamente que comencé a buscar puntos que tuvieses en común con Karla, mi ex, para ver si eras una opción —responde, bajando él también su timbre de voz.
—¿Una opción?
—Sé que suena feo, no te molestes.
—Silencio atrás, por favor —agrega nuevamente el profesor.
No me queda de otra que hacer silencio y quedarme con la duda, antes de que me pase al pizarrón a resolver un ejercicio. Física no es mi mejor materia, y tampoco he estado prestando atención, así que pasar al frente fácilmente sería una muerte segura.
Lo que sí puedo deducir es que ya es algo pasado, por lo relajado que habla del tema.
El timbre suena quince minutos después.
—¿Hablamos después? —pregunta Theo, mientras termina de guardar las pocas cosas que sacó.
Yo me quedo en el mismo lugar, porque mi próxima clase es en el mismo salón.
—Creo que sí.
—Un «creo que sí» no me sirve, ¿es un sí o un no?
No me gusta que lo ponga en duda.
—No.
—Está bien —responde. Toma sus cosas y se va.
De haber sido William, no me hubiese respondido de esa manera, o bueno, no el viejo William.
Me quedo observándolo hasta que sale del salón y luego observo a Susan. Me preocupa que quiera sentarse conmigo para interrogarme, porque no sé qué decirle, pero está hablando con un compañero y eso me alivia.
Así que solamente me quedo en mi lugar, tranquila, esperando que inicie la segunda clase como todos los lunes, y aunque intento evitarlo sigo divagando en mis pensamientos.
Y es que los dos son tan diferentes. Theo tiene un cuerpo atlético y William es delgado.
En los ojos tampoco se parecen. Los ojos de William son grandes y grises; y los de Theo son más pequeños y café oscuro.
El pelo de William es castaño claro y el de Theo, negro.
Incluso hasta en la voz son diferentes. La de Theo es grave, y su sonrisa…
la sonrisa de William es linda. La de Theo es…
recuerdo bien esa sonrisa que vi en la fiesta... Su sonrisa es dulce.
¿Por qué estoy pensando en eso?