Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 12
29%

Capítulo 12

—¡¿Qué te pasa?! —exclamo.

Hace tiempo que no hemos hablado, y ahora, de la nada, aparece y me tapa los ojos. Cuando voy por Marcos después de clases, Brisa siempre me saluda, pero Theo ni siquiera me dirige la palabra.

—Por favor, por favor, perdóname —suplica.

—¡¿Qué te perdone qué?!

—Amor, por favor —dice con una voz suave.

Me estoy volviendo loca. ¿Me está tomando el pelo?

—¿Amor? —No entiendo nada—. ¡¿Estás loco o qué te pasa?! —exclamo confundida, y con eso basta para que todos nos volteen a ver—. ¿Estás drogado? —pregunto sutilmente, intentando mantener la compostura.

Mis manos tiemblan, y por primera vez no es por el frío, sino por la confusión. Tener a Theo tan cerca me descoloca; realmente me preocupa que esté drogado.

—¿Puedes seguirme la corriente, por favor? —pregunta suplicante, casi temblando.

Se ha acercado mucho más a mí, lo suficiente para notar su expresión de pánico.

¿Acaso tiene miedo? ¿De qué?

—Lo siento, Theo, pero no comprendo.

Me abraza y ahora estoy completamente perpleja.

¿Qué está pasando?

—La chica, la chica que está cerca de la mesa en donde está la comida, es mi ex —dice.

Veo a una chica rubia que habla con un amigo de William.

—¿Y eso qué? ¿Qué es todo esto?

Ni siquiera somos amigos.

—No quiero que me vea solo. Por favor, sígueme la corriente.

Su voz se quiebra, y de pronto se convierte en un reflejo de mis propios miedos. Entonces lo entiendo: no está drogado, solo quiere fingir que no está solo.

¡Dios, yo sería su…!

Estoy confundida. Lo entiendo, pero no estoy dispuesta a prestarme a algo como esto… o bueno, no lo estoy hasta que veo a William.

Antes de que Theo apareciera, deseaba desaparecer. Así que ya no me parece tan mala idea.

—No quiero que me vea solo —repite.

Coloca sus manos sobre mis hombros y me mira fijamente.

Me electrifica de una forma que no comprendo.

No sé qué responder. Tampoco quiero confesar lo que siento, así que simplemente sonrío. Y es suficiente: él entiende que es un sí.

—Dime algo que me haga reír —dice.

Me sostiene la mirada, intensa, aunque según él está fingiendo estar enamorado.

—¿Para qué? No soy un payaso.

Aun así, sonríe con eso.

—Gracias. Lo sé, sé que no eres un payaso, pero quiero que te rías.

No pretendo que me vean solo, pero mucho menos quiero que me vean acompañado de alguien que claramente está sorprendida y que tiene una cara de susto peor que la mía.

Y mucho menos cuando, según el numerito que acabo de dar, se supone que acabo de reconquistarte.

Por una u otra razón, logra que sonría. Aunque no estoy segura de si es una sonrisa real o producto de los nervios y el pánico que me provoca la situación, pero funciona.

Caminamos un poco para alejarnos de los demás y me toma de la mano. Es una sensación extraña. Theo es atractivo, muy atractivo , pero la sensación no tiene nada que ver con su físico. Es más, ni siquiera con William, pese a que lo vi voltear a vernos.

—Gracias por hacer esto —me susurra al oído.

—Gracias a ti.

Aprieto mis labios y sonrío; estar con él, de alguna forma, me da tranquilidad.

Noto que la rubia nos mira, y por su expresión está claro que no le gusta. William también voltea a vernos unas cuantas veces, igual que los demás, especialmente después del espectáculo que acabamos de dar.

Desearía que, ahora que me ve con otro, hiciera algo… pero, aparte de ese gesto de disgusto que reconozco en su rostro, no hace nada más, y simplemente sigue hablando con sus amigos.

—Lamento que tu relación con el señor bien portado haya terminado. ¿Quieres tomar algo? —pregunta con un tono amable.

Es la primera vez que puedo decir que Theo Fedrick es amable conmigo.

—Sí… Solo que si vamos a fingir esta noche que somos algo, prefiero que no hablemos sobre eso, porque voy a llorar.

—Vamos, no seas dramática.

Ríe cuando lo dice.

—Es en serio.

—No, no, no… No ahora, vamos por las bebidas mejor.

Pone sus manos sobre mis hombros y me guía hacia la mesa.

—¿Puedo saber por qué haces esto? Digo, entiendo que yo lo haga, pero me cuesta entender que tú lo estés haciendo —baja la mirada—. Perdón que lo pregunte, es solo que… me cuesta creer que alguien como tú recurra a este tipo de cosas.

—¿Alguien como yo?

Su semblante cambia.

—Sí, tú. Tienes fama de ser el chico malo: fuerte, popular, el capitán del equipo de fútbol.

—La gente cree lo que quiere creer, Coco.

Me sorprende que me llame así, pero me gusta. William siempre me decía «Cosset», y escuchar que él me diga «Coco» se siente diferente… se siente bien.

—Disculpa que te diga así, pero Brisa siempre lo dice y Marcos… creo que me acostumbré. Sé que solo te llaman así las personas cercanas.

—Está bien, me gusta. Dime, Coco. Pero mejor explícame, ¿a qué te refieres con eso de que la gente cree lo que quiere creer?

—Primero dime: ¿chocolate o ponche?

—Ponche, por favor.

Sirve dos vasos y, de pronto, es todo un caballero. Vaya que estoy muy sorprendida.

Nos alejamos de la gente y nos sentamos en unas sillas en el jardín. No sé si es mi ropa, pero no siento frío.

El ponche está delicioso.

—¿Me vas a decir a qué te refieres con eso de que la gente cree lo que quiere creer? —insisto.

—La gente siempre cree lo que quiere creer. No importa cuál sea la verdad; cuando ya decidieron qué pensar, difícilmente cambian de opinión. Es solo eso.

—¿Es lo que pasa contigo?

—En algunos aspectos.

—¿Por ejemplo?

—Es cierto que soy el capitán del equipo de fútbol.

También es verdad que soy uno de los alumnos mayores de la escuela.

Pero no creo que sea malo, ni todo lo demás que dicen de mí.

Tampoco tengo a unos padres con una billetera grande para presumir.

Y cuando tu novia te deja por otro, la mejor opción es dejar que la gente diga y piense lo que quiera.

Es más llevadero, y te ahorras problemas.

A veces, es mejor parecer el lobo que la oveja.

—¿Eso es lo que te pasó?

Me doy cuenta de inmediato de que pregunté una tontería; claro que eso fue lo que sucedió.

—Mejor dime, ¿cómo está Marcos?

Sabe muy bien cómo cambiar de tema.

—Bien, él está bien. Es muy amigo de tu hermanita, por lo que he visto.

—Sí, Brisa me ha dicho que son muy buenos amigos.

—Me da gusto conocerte, Theo.

—A mí también. Mucho gusto, Cosset. Lo siento, ignoro tu apellido —dice con una sonrisa muy dulce—. Quizás lo supe en algún momento, pero ahora no lo recuerdo.

Es la primera vez que lo veo sonreír.

—Devon. Cosset Devon.

—Mucho gusto, Cosset Devon.

—Mucho gusto, Theo Fedrick —digo con una sonrisa.

—No esperaba que supieras mi apellido.

Parece sorprendido.

—Sí. Sé muchas cosas sobre ti —respondo mientras mis mejillas arden de inmediato. No debí decir eso.

—¿Así? —se muestra interesado—. ¿Qué es lo que sabes?

—Que eres popular… creo.

Soy una tonta.

—Entonces no sabes nada —asiente con la cabeza y frunce el ceño—. Como te dije, la gente siempre cree lo que quiere creer, y lo malo es que lo repiten… y los demás terminan creyéndolo.

—¿Puedo saber quién eres, entonces?

—Eso lo descubrirás con el tiempo.

— ¿Esa es una invitación a…?

¡Dios! Jamás he sido tan espontánea con tanta naturalidad.

¿Por qué me siento tan relajada con él?

—A que me ayudes, si te parece, a que la gente… la rubia —corrige— no se dé cuenta de que aún duele —responde, dándole un pequeño sorbo a su vaso.

Verlo me hace recordar la fiesta con William. Aunque, a diferencia de él, Theo es más varonil, con pinta de macho alfa.

Me agrada.

Por alguna razón, me hace sentir protegida.

—Creo que también iba a pedir eso —sonrío y bajo la cabeza. No es algo que me haga sentir orgullosa.

—No valen la pena, Cosset Devon —dice, sujetándome el mentón.

—Aun así, duele.

—Sí, eso sin dudarlo —me ve directo a los ojos—. ¿Te llevo a tu casa?

—Por favor.

—¡Hey, Theo! Esta no me la sabía —dice Bruno, acercándose.

Se ve bastante impresionado.

—¿Qué cosa?

Se pone de pie.

—No conocía a tu novia.

—La conocías, pero no sabías que era mi novia —dice Theo, tendiéndome la mano para que yo también me levante.

—¡Me gusta! —exclama Bruno.

Se aleja, y puedo jurar que fue a buscar a Clara.

—Creo que es mejor que nos vayamos antes de que empiecen a preguntar detalles y no sepamos qué decir —agrega, observando alrededor.

No sé qué responder, y aunque lo supiera, lo mejor que puedo hacer es irme a casa. Así que le tomo la mano, en señal de que estoy de acuerdo en irnos de allí. Eso sí, antes me aseguro de pasar por la mesa de regalos para dejarle el mío a Clara.

—Prometo que esta vez no haré nada que te dé miedo —dice con una sonrisa.

Veo su moto y me causa gracia.

—¿Entonces? ¿Te subes?

—No tengo otra opción —digo, mientras me pongo el casco.

—No sé si eso es un halago, pero igual tampoco hay mucho que pueda hacer.

Está bastante sonriente.

Justo cuando me estoy subiendo a la moto, veo a William mirándonos.

Es como si algo golpeara mi corazón, y trato de ignorarlo.

Estoy confundida: su manera de comportarse me duele, pero tener a Theo cerca —aunque todo sea mentira— hace que el dolor se sienta más llevadero.

¿Por qué nos ve? ¿Acaso le importo? Aunque, en realidad, tampoco son preguntas de las que quiera respuestas.

O eso creo hasta que toda seguridad se esfuma conforme nos alejamos.

Ver a William observándonos y saber que se queda atrás no es fácil.

No estoy lista para dejarlo; por un momento siento el deseo de bajarme de la moto, pero recuerdo que esa decisión ya no me pertenece.

Él eligió todo, y yo ya no quiero hacer nada para cambiarlo.

Lo único que me queda es sujetarme de Theo para no caerme, y cerrar los ojos para que el viento seque las lágrimas que el dolor provoca.

No los vuelvo a abrir hasta que llegamos a mi casa.

—Gracias por lo de hoy —dice Theo.

Se baja de la moto para acompañarme hasta el pórtico.

—A ti, por tomarme en cuenta en tus planes. Creo que, sin querer, yo también encontré una solución a mis problemas —digo, bajando la mirada—. ¿Qué se supone que vamos a decir o a hacer ahora?

Alzo la vista y lo miro directo a los ojos. Me pone nerviosa, pero necesito saber.

—Nada, no tenemos que hacer nada.

—No entiendo.

—Como te lo dije, la gente cree lo que quiere creer; así que no hará falta nada más para que piensen que estamos juntos.

—Sigo sin comprender.

—Cosset —dice mi papá abriendo la puerta—, es hora de entrar, jovencita.

No saluda a Theo. Me sorprende. Supongo que es extraño verme llegar con otro chico cuando no hace mucho que William y yo terminamos.

—Ya voy —respondo.

Mi papá cierra la puerta sin decir nada más.

—Fue un gusto, Cosset Devon —agrega Theo, y se va.

Asiento con la cabeza para despedirme y entro en la casa.

—¿Quién es ese muchacho? —pregunta, viendo a Theo por la ventana.

—Un amigo, papá.

—Deberías ir a dormir. Es muy tarde —dice serio. Supongo que está cansado, porque no son ni las diez.

—Sí, estoy muerta de sueño, y creo que tú también. Feliz noche, papá.

Las sensaciones que me recorren son extrañas. El saber que ahora tengo a un cómplice que no es Marcos, alguien con quien podré enfrentar la situación de otra manera, me da cierta calma.

Pero también estar nuevamente sola en mi habitación me devuelve de golpe los recuerdos de William y la soledad que siento desde que terminamos. Incluso reviso mi celular con la esperanza de encontrar un mensaje suyo, pero no… no hay nada. Ni uno solo, ni siquiera por error.

—Buenos días, Coco —saluda mi mamá, entrando a mi habitación.

—Buenos días.

—Quise consentirte, así que subí el desayuno.

—Gracias.

Me incorporo en la cama para poder comer lo que me ha traído.

—Tu papá me dijo que anoche te vino a dejar un chico nuevo.

—Sí.

—¿Quieres hablar sobre eso?

—No, no es importante.

—Está bien, solo recuerda que un clavo no saca a otro clavo.

—Mamá. Solo es el hermano de Brisa, la amiga de Marcos. Lo encontré en la fiesta; William estaba allí, y Theo me trajo a casa. Por eso no les llamé para que fueran por mí.

—Según tenía entendido no eran amigos.

—No, no lo éramos, pero ya ves… las cosas cambian. William ya no me habla y Theo se ha vuelto bastante agradable.

—Sí, eso pasa —responde pensativa.

No dice nada más y sale con un gesto de preocupación. Yo tampoco insisto: no quiero una conversación que no estoy lista para tener. No tengo ganas de explicarle que anoche acepté fingir ser la novia de Theo para que nadie notara que estaba a punto de llorar. Porque eso era lo que iba a pasar.

Si él no me hubiera tapado los ojos en ese momento, no habría podido contenerme.

Eres muy tonta, Coco, muy tonta por no olvidarlo, pienso. Y, aun así, por primera vez en semanas, sonrío al recordar ese instante en el que Theo me cubrió los ojos.