Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

A muchas personas les gusta el frío. Yo todavía no entiendo cómo. Ahora mismo llevo varias capas: ropa térmica, suéter, abrigo y unas botas altas que me hacen sentir como el Gato con Botas… y, aun así, sigo congelada, pero al menos el paisaje del pueblo lo compensa un poco.

Cada día es como vivir en un episodio de Virgin River, mezclado con Las Chicas Gilmore en Stars Hollow.

—¿Qué sucede, cariño? —pregunta mi papá—. No entiendo si estás preocupada o quieres reírte.

—No puedo con el frío. Creo que ya viste esto —digo, señalando mi atuendo tras subir al auto.

El que se quiere reír es él, no yo.

—Creí que ya te estabas acostumbrando —responde con ese tono suyo que lo delata: quiere saber algo más.

—¿Por qué lo dices? —pregunto, porque lo conozco bien.

—Por la rosa —sonríe—. ¿Quién te la dio? —añade, frunciendo apenas el ceño.

Si no lo conociera, pensaría que le molestó.

—Es solo un regalo. No vayas a comenzar, por favor.

—¡¿Qué?! No he dicho nada. Solo pregunté quién te la dio. Mi pequeña hija tiene novio —murmura entre dientes.

—Aún no —respondo con una sonrisa.

—¿Aún no? Tú solita te quemaste —se carcajea.

Una llamada me salva de seguir soportando sus bromas.

Y solo puedo pensar en él: William.

—Cariño, creo que tendrás que ir a recoger a Marcos —dice después de colgar.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Tengo que regresar al hospital. Hubo una emergencia, así que necesito que me lleves primero y luego vayas por tu hermano.

—Papá, yo nunca he manejado aquí. Esta mañana incluso había una alerta de congelamiento.

—Lo sé, pero no tienes que preocuparte por eso. Coco, es una emergencia. Marcos comenzó hoy sus entrenamientos con el equipo de fútbol, así que saldrá más tarde, te va a dar tiempo de que manejes tranquila —dice.

Tampoco puedo negarme. Por su cara, está claro que sí es una emergencia.

Él conduce hasta el hospital y, al llegar, apenas se despide: se baja y entra corriendo. Me paso al lado del piloto.

Comienza mi aventura.

Después de todo, no es tan complicado.

Llego justo cuando Marcos está terminando su entrenamiento.

Corre hacia el auto, bien abrigado. Aunque entrenaron en el gimnasio techado, sale sudado, y si algo nos enseñó mamá es que los cambios bruscos de temperatura no son buenos, así que por eso su abrigo.

Me gusta ver que Marcos lo tenga presente.

Ya en casa, empiezo a preparar algo de comer. Supongo que Marcos comió en la escuela, pero el entrenamiento seguro le dio hambre; no habló de otra cosa en todo el camino. Cuando vivíamos en la ciudad, era un constante: mis papás trabajaban turnos largos y yo terminaba alimentándolo.

Hola.

Leo un mensaje de William.

Tengo ganas de responder, pero… allí está el gran «pero».

¡William me gusta! Y mucho.

Pero también me gusta estar sola, de cierto modo, y…

—Te complicas mucho, Coco —dice Marcos de pronto.

—¿De qué hablas? Además, no tienes por qué meterte.

—Sí tengo, y más cuando se trata de mi comida.

—¿Qué? —pregunto confundida.

—El sándwich, solo ponle queso y ya. No lo pienses tanto —dice con un gesto que no sé bien cómo interpretar.

—Ah… sí, claro. Lo siento —digo, mientras termino de ponerle la rebanada de queso, cierro el sándwich y se lo doy.

Por un momento creí que hablaba de mi dilema… aunque no fuera así, tiene razón.

Me complico mucho.

Pienso demasiado.

Paso toda la tarde en la sala con él, viendo una serie que nos ha gustado a los dos. Es la misma que intenté ver el sábado, pero hoy sí he puesto atención. También intercambio algunos mensajes con Susan, quien me está contando sobre un nuevo chico que le gusta. Y otros tantos con William.

Y es en eso —en ese ir y venir de palabras, emojis, silencios y respuestas— donde se siente bonito saber que alguien piensa en ti.

Así pasa toda la semana después de la escuela.

El sábado, William llega a mi casa justo a la hora acordada el día anterior. Mi atuendo no es nada formal, sobre todo en comparación con el esmoquin que él usa. Eso me halaga. Significa que, para él, esta cita es muy importante.

Y justo ahora me arrepiento de no haberle hecho caso a mi mamá de usar el vestido que me sugirió.

—Señorita —dice, haciendo un leve saludo cuando me abre la puerta del auto.

—Sí... si no te molesta, puedo subir a cambiarme rápido —digo.

Me preocupa que piense que para mí la cita no es importante.

—No hace falta. Así estás hermosa. Te ves muy linda.

—¿Tú crees?

Miro mi atuendo: jeans celestes, zapatos cerrados y un suéter.

Nada especial.

—Sí, claro —responde con una sonrisa.

No insisto. Aunque quisiera, tampoco sabría qué ropa combinaría bien con la ropa térmica que llevo debajo. Hoy no hace tanto frío como otros días, pero sigue siendo necesaria para mí.

Esa fue, en realidad, la razón por la que me negué a usar el vestido.

Antes de entrar al auto, alcanzo a ver a mis papás pegados a la ventana, observándonos descaradamente.

Por un segundo me da un poco de pena… pero después sonrío. Estoy segura de que ellos también están felices. Y es bonito poder compartir algo así con ellos.

—Me pones nervioso —dice, mientras conduce—. Eres muy linda. Estoy seguro de que pondrías nervioso a cualquiera.

—En mi defensa, fuiste tú quien pidió que yo estuviera aquí —bromeo.

—Para serte sincero… era mi mejor deseo —responde, sonriendo de nuevo.

Sus palabras me provocan un cosquilleo leve en todo el cuerpo.

—Tú te ves muy guapo —digo sutilmente.

Quiero que sepa que sus halagos son recíprocos.

—Ya lo sé, ya lo sé —responde, haciéndose el galán.

—¡Estás loco!

—Sí, quizás sí… pero estoy seguro de que soy un loco que te gusta.

—Eso no lo puedo negar —sonrío, sin quitar la vista de la carretera.

Ignoro si volteó a verme, pero me pareció escuchar una bonita risa.

Tengo permiso hasta las doce, como si se tratara de Cenicienta.

Y me encanta saber que tenemos varias horas por delante para conversar y conocernos más.

Claro que ya hemos convivido bastante: en la escuela, en la fiesta y en la primera cita…

Pero esta es la primera vez que vamos a estar solos, sin interrupciones.

Y eso, simplemente, es hermoso.

Para mi sorpresa, hemos llegado al restaurante de sus papás y está cerrado; lo han cerrado exclusivamente para nosotros dos, y al entrar, pareciera que estoy en una película.

Hay pétalos de rosa esparcidos por el suelo y las luces cálidas crean un ambiente mágico. Me va a pedir que sea su novia, no tengo dudas.

Aunque por toda la decoración, parece que no solo quiere eso, sino también que me case con él.

—¿Te gusta? —pregunta con cierta inseguridad mientras me ayuda a sentarme.

Es un caballero.

—Es perfecto —respondo, maravillada por cada detalle.

Incluso la mesa está decorada con velas y flores.

La conversación fluye de una manera natural. Ambos reímos con cada anécdota y siento que cada vez lo conozco más y me gusta. Me gusta su sentido del humor.

Realmente disfruto mucho su compañía.

Y en un momento, su expresión cambia. Se aclara la garganta y me mira con una sonrisa en los labios.

—Hay algo que quiero preguntarte —dice con una mezcla de nervios y determinación.

Mi corazón se acelera. Sé lo que va a preguntar, pero no puedo evitar sentir una emoción intensa.

—Dime —respondo con suavidad.

—Sé que no ha pasado tanto tiempo, pero desde que nos conocimos la hemos pasado increíble. Realmente estoy muy feliz de haberte conocido, así que… —está nervioso—. ¿Quieres ser mi novia?

Siento como si algo me electrificara todo el cuerpo. Jamás me había sentido así.

Estoy sonriendo como tonta y, sin dudarlo, respondo:

—Sí, claro que sí.

William sonríe aliviado.

¿Acaso creía que existía la posibilidad de que dijera que no?

—Te prometo que voy a hacerte muy feliz.

No tengo dudas; no miente. Y desde ya me está haciendo muy feliz. Haber esperado a tener un primer novio ha valido la pena. William hace que haya valido la pena.

Pareciera incluso que todo se detiene alrededor. Me va a besar, será nuestro primer beso, mi primer beso.

Y de pronto, todo se convierte en una sensación extraña.

El beso es especial, pero no de la manera en la que siempre lo había imaginado o lo había visto en las películas románticas. Es lindo, aunque también simple.

Ver la sonrisa de William me hace pensar que quizás idealicé tanto el momento que terminé arruinándolo, por lo que prefiero no darle mayor importancia.

Además, estoy tan nerviosa que no dudo haberlo estropeado yo misma. Nunca había besado a nadie como para saber qué se suponía que debía hacer.

La única verdad es que el sueño, el anhelo de ser algo más con William… ahora es real.

¡Somos novios! ¡Por fin, tengo novio!

William es mi novio.

Coco, ya tienes novio.