Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Hay un lema en mi familia: hacer siempre lo que el corazón te diga.

Y en este momento, estar aquí —sintiendo el frío helado que se intensifica con la velocidad de la moto— es justo lo que mi corazón me indica.

—Sujétate bien —dice Theo.

Pretende que lo abrace, pero eso no es algo que me dicte el corazón. Así que, aunque me resulta más incómodo, prefiero sujetarme de su chaqueta sin rodearlo con los brazos.

—Hay algo de ti que me agrada —dice.

Tiemblo al escucharlo, y no es por el volumen de su voz, que resuena por encima del viento. Más bien, he oído tantas cosas sobre él que no me da confianza.

Sigo sin entender por qué acepté.

—¿Sí?

Siento temor de lo que pueda responder.

Es una pelea interna entre la tranquilidad de estar haciendo lo que el corazón me dicta y el miedo de haber sido demasiado atrevida.

Vamos, Coco… Es la primera vez que sales con un chico y terminas con otro; no es tan malo. Además, a Theo lo conoces de la escuela. No creo que te haga algo malo.

¡Claro que sí es malo! Esto no está bien…

—Sí, no sé bien por qué, pero me agradas.

Veo una mueca como si sonriera a través del retrovisor.

—Con eso no respondes a mi pregunta.

—Es solo que no soy bueno explicando cosas.

—Te entiendo, aunque mi problema es que no soy muy buena descifrando cosas.

Sonrío.

A este punto, si él no es bueno explicando y yo no soy buena captando, con dificultad nos entenderemos. Río de tan solo pensarlo.

Como sea, nuestra conversación no pasa de eso y lo agradezco. Especialmente porque, de haber personas en el camino, fácilmente se habrían enterado de nuestra charla por lo fuerte que estábamos hablando.

—¿A dónde vamos? —pregunto al notar que se desvía de la carretera.

Es un sendero entre el bosque.

—Ya lo verás.

Su respuesta hace que mi corazón se acelere. Es un camino desconocido, lejos de todo. Tampoco es que hay mucho que hacer en el pueblo, pero… ¿Por qué se desvió?... ¿Adónde me lleva?...

—¡REGRESA, POR FAVOR! —grito con fuerza y lo aprieto con todas mis fuerzas.

Estoy exaltada. Nos hemos desviado de la carretera y, si de por sí la calle ya es solitaria, no quiero saber cómo será el camino o qué habrá al final.

—¡¿Qué te pasa, mujer?! —pregunta un tanto alterado tras frenar de golpe.

Mi corazón palpita con fuerza, quizás mucho más fuerte que cuando casi me atropella. Tengo miedo de no saber cuáles son sus intenciones y por qué me está llevando a un lugar solitario.

—Llévame a mi casa, por favor —digo.

Tampoco quiero continuar para averiguarlo.

—¿Qué pasa? —pregunta con un tono de voz amable.

Se ve confundido.

—Nada, es solo que…

—No te voy a hacer nada por si eso pensaste. Déjame explicarte adónde vamos —me interrumpe.

Se ve sincero, pero he visto muchos documentales en donde las cosas comienzan así, y no terminan bien. No puedo confiar en él.

—Ya es tarde, llévame a mi casa, por favor —pido nuevamente.

No responde, pero es claro que está decepcionado y confundido por mi reacción. Me siento mal por eso, pero no puedo negar lo que estoy sintiendo.

Mi mente grita: «Peligro».

—Sujétate bien.

Lo dice con cierto tono de decepción que me avergüenza.

Quizás yo he exagerado todo, así que no sé qué decir, pero mi corazón late con fuerza.

Hay un cóctel de emociones que no termino de entender.

Es como si mi mente gritara peligro , pero mi corazón me reprochara por no haberme atrevido a descubrir qué había al final de ese extravío.

Como si perdiera algo importante, sin siquiera entender qué.

Es así durante todo el camino de vuelta.

—Lamento el malentendido —dice apenas llegamos a mi casa.

Me bajo de la moto de inmediato.

—Perdón —digo, devolviéndole su casco.

Estoy muy apenada. Ahora que ya estoy más tranquila, me siento como una tonta.

—Déjalo así, esto fue un error.

Se coloca el casco y se va.

Me siento triste al verlo alejarse, y ahora tengo la sensación de que realmente cometí un gran error. Pero tampoco puedo negar que el miedo que sentí fue justificado. Nunca me dijo adónde íbamos, y quizás habría ayudado —aunque tampoco lo dejé explicarse cuando lo intentó—. Cosset, metiste la pata.

Aun así, siento algo que no entiendo, un sentimiento que no logro descifrar, como si… como si… hubiera perdido algo importante sin saber qué.

—Oh, ya llegaste —dice mi papá, que acaba de salir de casa a revisar el correo—. Es mejor que entres, no falta mucho para que comience a llover —agrega desde el pórtico.

Se ve concentrado revisando la correspondencia, así que supongo que por eso no me va a hacer más preguntas.

—Ya voy —digo, apenas reacciono.

Lo sucedido con Theo me ha dejado muy pensativa, tanto que ni siquiera siento el frío.

—Coco, esa serie está buenísima —dice Marcos cuando entro y me ve.

La calefacción de casa me da un golpe de realidad. No sé cómo no lo noté: mis manos están prácticamente congeladas.

—Preparé chocolate caliente —agrega mi mamá.

Agradezco que esta vez no estén saltando sobre mí con sus preguntas curiosas. No sabría qué responder, porque ni yo misma entiendo qué fue lo que sucedió.

Me quedo en la sala con ellos, viendo la buenísima serie de la que habla Marcos, mientras tomo una taza de chocolate caliente.

Es sábado y está permitido desvelarse un poco.

Aunque, siendo sincera, me resulta difícil prestar atención a los capítulos.

Un sentimiento de culpa se ha apoderado de mí, y no puedo dejar de pensar en lo sucedido con Theo.

Tal vez me iba a llevar a un restaurante, igual que lo hizo William; tampoco conocía la ruta por la que William me llevó.

Realmente me siento muy mal por lo que pasó, aunque mi reacción fue lógica, tampoco era un camino que pareciera muy transitado.

Después de dos o tres capítulos, prefiero subir a mi habitación bajo la excusa de estar cansada por la noche anterior, pero no es hasta la una de la mañana cuando logro conciliar el sueño después de recibir un mensaje de William que hace que me olvide de absolutamente todo lo sucedido con Theo y me devuelve a lo importante, él.

***

—¡Cosset! ¿¡Cómo te fue con mi hermano?! —pregunta Susan a primera hora del lunes—. Estuve a punto de ir a buscarte a tu casa, pero hubo mucho trabajo en el restaurante y escribirte no era opción. Necesito ver tu mirada.

—Primero déjame entrar al salón —digo, sonriendo.

Me escabullo como puedo. A veces, me hace sentir incómoda.

Es la primera vez que me gusta mucho un chico…

y este trae a la hermana incluida, que, además, es mi amiga.

Al menos me puedo dar por bien servida de que mis papás hayan estado de turno ayer y no me hayan preguntado mayor cosa; supongo que decidieron darme mi espacio, cosa que no me sorprende: siempre saben ser prudentes cuando la situación lo requiere.

Además, supongo que el gesto de mi cara cuando llegué a casa no era de emoción.

Al entrar, veo a Theo. Está con sus amigos. No sé si volteó al vernos o si ya lo estaba haciendo desde antes de notarlo, pero se ve más interesado en nosotras que en sus amigos.

—¡Cosset, somos amigas! —exclama Susan.

Si antes no nos había escuchado, no dudo que ahora sí lo haya hecho.

La efusividad de Susan no ayuda.

—Estuvo bien —digo, intentando buscar mi lugar.

De reojo veo a Theo. Sigue pendiente... ¿acaso no puede disimular?

—¿Bien? —pregunta Susan. Pareciera que toda la energía que tenía se le fue con mi respuesta.

—No sé qué más decir.

No sé… es como si no quisiera que Theo escuchara.

—Bueno, no sé… Tal vez que estuvo genial o algo así. Pero «bien»… bien está todo.

—Susan, no puedo decir más que eso. Estuvo bien y lo disfruté —digo, mirándola a los ojos.

Es lo mejor que puedo decir.

—Al menos ese «lo disfruté» suena mejor.

Volteo para mirar a Theo, pero me da la espalda y se sienta en su lugar. ¿Qué fue eso? ¿Fue por lo del sábado? ¿O por lo que supongo acaba de escuchar?

—No me vayas a salir con que te gusta Theo —dice, un tanto desmotivada.

—Claro que no. Ya te he dicho que no.

Veo cómo los hombros de Theo se encogen. No sé si ha escuchado, pero si lo ha hecho… al menos ahora ya lo sabe.

Aunque no entiendo por qué siempre me lo preguntan. ¿Acaso no se puede voltear a ver a alguien?

—Buenos días, chicos —saluda una maestra.

La he visto antes por los pasillos. Supongo que el profesor de Física no va a llegar. Al menos podré respirar tranquila. Especialmente porque, por lo que veo, la maestra no tiene intenciones de enseñar, pero tampoco quiere ruido.

Sacar mi libro y ponerme a leer sería una opción… pero conociendo a Susan, se las va a ingeniar para preguntar cosas. Así que mejor apoyo la cabeza en los brazos. Si piensa que estoy dormida no me interrogará.

—Hey, ya terminó la clase. Voy al baño —dice Susan, después de despertarme.

Estaba tan cansada que realmente me dormí.

Me levanto un poco confundida. Veo a algunos saliendo del salón. Y oh, sorpresa: allí está William, con una hermosa rosa roja.

—Hola. Es para ti —dice, sonriendo.

—Gracias —digo, recibiéndola y acomodándome en el escritorio.

No puedo creer que esto esté sucediendo.

—Perdona lo del sábado. Me hubiera gustado que terminara diferente, pero mi papá en serio me necesitaba.

—No te preocupes. Te lo dije ayer cuando me escribiste disculpándote. Todo está bien, y únicamente importa lo que sí pasó.

Presiono los labios. ¿Por qué dije eso?

—Como sea, quiero remendar eso —dice William, recargándose sobre mi escritorio.

—¿A qué te refieres?

Está muy cerca.

—Quiero que el próximo sábado tengamos una cita formal, así que no hagas planes.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Perdón —vuelve a sonreír—. Creo que lo dije mal. ¿Te gustaría tener una cita conmigo el sábado?

—Sí, sí —sonrío emocionada, aunque intento disimular un poco.

El rechinido de un escritorio nos distrae por un momento. Es Theo. Ha hecho semejante relajo al salir del salón.

—¿Entonces quedamos el sábado?

—Sí, el sábado está bien.

Recojo todas mis cosas y, en un impulso, me dispongo a salir. No entiendo por qué necesito hablar con Theo, pero siento que, si no lo hago ahora, no voy a dejar de darle vueltas a lo que pasó el sábado.

—¿Te vas? ¿No tienes clase ahora?

—Sí, pero… discúlpame, William. Es solo que necesito arreglar algo importante.

Lo digo con tanta seguridad que hasta me sorprende. Como si seguir a Theo lo fuera. Pero es algo que siento con tanta necesidad… que simplemente me voy.

Lo alcanzo al cruzar el campo de fútbol. Siempre usa una chaqueta de cuero y una pequeña mochila colgando de un hombro, que da la impresión de estar vacía. Pese a eso, sigue sosteniendo unos libros con el otro brazo. A veces también usa un gorro negro; hoy lo ha olvidado.

—¡Theo, espera! —grito.

Lo he hecho más de una vez.

—¿Necesitas algo? —pregunta y se detiene.

Mira hacia otro lado, como si no quisiera verme, lo que me permite observarlo desde otro ángulo: es guapo.

—Quiero disculparme contigo por lo que pasó el sábado. En verdad, estoy muy apenada —digo. Es lo menos que puedo hacer.

—No tiene importancia. Olvídalo —responde como si realmente no le importara lo que acabo de decir.

—Lo siento, pero no puedo olvidarlo… sé que metí la pata —sonrío, nerviosa.

—No importa. Que la pases bien —dice, dándose la vuelta y siguiendo su camino.

¿En serio, vas a ser así de grosero?

Lo sigo.

—¿Qué pretendes que te diga? —pregunta y voltea, esta vez me mira fijamente.

—No lo sé.

Estoy temblando. Su mirada es tan intensa que me hace sentir electrificada por completo. Es una sensación muy distinta a la que he sentido estando con William.

—Lo que pasó es solo la muestra de que no tenemos nada en común. ¿O quieres dar otra vuelta en moto? Por tu cara, creo que no —dice, y se va.

Me deja sin ninguna posibilidad de responder.

Pero tampoco puedo evitar quedarme observándolo. Me siento feliz por lo que ha sucedido con William, pero Theo… Theo me causa una sensación muy extraña.

—No es que quiera ser metido, pero… ¿por qué seguiste a Theo? —pregunta William.

Mis hombros se entumecen al escucharlo, y con dificultad volteo hacia él.

—Necesitaba arreglar algo —respondo entre dientes.

—No vayas a creer que te estoy vigilando. Es solo que saliste tan rápido que dejaste este cuaderno en tu escritorio, y antes de que se perdiera, quise entregártelo.

—Gracias, William.

El nervio sigue muy dentro de mí. Se salió de su clase solo para dármelo. Son emociones completamente diferentes.

—De nada. También quería verte.

Sonrío al escucharlo. Es increíble cómo logra que me olvide absolutamente de todo. Tenerlo enfrente me da la sensación de estar frente a un carrito de algodones de azúcar… y yo amo esos puestos.

—A mí también me gusta verte —digo.

—Gracias —responde, un poco tímido.

Fácilmente puedo culpar al frío. Es como si el chico decidido que me invitó a una cita con él el sábado hubiera desaparecido, dejando en su lugar a un William que me hace sentir que yo tengo el control.

—¿El sábado, entonces? —pregunto.

Es mi manera de sacarnos del silencio incómodo.

—Sí, así es. El sábado —dice, y se va.

Como si irse de golpe fuera su manera de mantenerme entretenida. No sé si es su objetivo, pero al menos logra hacerme sonreír como tonta.

Como sea, me gusta, me gusta mucho.

¿Qué estás haciendo, Coco? ¿Cómo pudo preocuparte Theo cuando tienes a un William?, me cuestiono, mientras observo la rosa que William me regaló.