Capítulo 5
Nunca he sido amiga de las fiestas. La primera vez que fui a una, bastó para saber que no era lo mío: demasiadas personas, bebidas que aún dudo si eran legales, humo por doquier, y la música tan alta que apenas podía escuchar la voz de la amiga que me había invitado.
No necesité una segunda vez para convencerme de que nunca más iría a una.
Pero, de hecho, esta fiesta me gusta.
La música no está tan alta, no hay bebidas raras —no sé si es por el frío o por el respeto a los padres de William y Susan—, quienes, por cierto, han sido los primeros en hacerme sentir parte de algo. Eso ya es mucho.
Son pocos los que fuman, y no puedo evitar pensar que tal vez eso también tenga que ver con el pueblo. Aquí todo se sabe tarde o temprano, y supongo que eso basta para que algunos cuiden sus pasos.
Entonces, lo noto.
Theo me observa, mientras hablo con Susan y William desde la otra esquina donde está con su grupo —los únicos con una pinta rara, pero no lo suficiente como para no encajar—. No está haciendo nada más que observarme.
Sé que es a mí.
—¡Te ves muy guapa! —exclama Susan.
Parpadeo y regreso mi atención a ellos, tratando de seguirles la conversación. Aun así, siento cómo Theo sigue observándome desde el otro lado.
—Estaba pensando lo mismo —agrega William.
Sus palabras hacen que mis mejillas ardan.
—Creo que necesito más de esto —dice Susan con una sonrisa traviesa, señalando su taza, y se retira, dejándonos solos.
Tendré que probar ese chocolate. Se ve bastante espeso y ya va por su tercera taza. También tienen sidra caliente.
De haberlo sabido, le habría pedido eso a William.
Pero ignoraba que era una fiesta sin alcohol… y bueno, considerando mi experiencia anterior, el agua fue lo mejor que se me ocurrió.
—Tranquila, no te voy a comer —bromea William notando mis nervios.
—No, no… es eso… —respondo entre dientes, intentando recuperar la compostura.
Pero no hay nada que pueda decir que borre la vergüenza de haberme sonrojado.
—Creí que las chicas de ciudad eran más…
Se detiene, piensa mejor lo que va a decir, y le da un sorbo al vaso que tiene en la mano.
Me gustaría saber cómo terminaba esa frase, pero algo en mí prefiere no preguntar. Supongo que intuyo el final.
Y, en caso de que mis papás me hayan dado permiso de venir a la fiesta con la intención de que deje de quejarme por la mudanza, debo admitir que lo están logrando.
De hecho, ahora me pregunto si se mudaron para que yo estuviera más a gusto. Porque, siendo sincera, soy la que mejor se ha adaptado.
Así que, lo que sea que William quisiera decir sobre las chicas de la ciudad, empiezo a dudar que eso se aplique a mí.
—¿Puedo saber por qué eres amable conmigo? —cuestiono, aún un tanto sonrojada.
William —incluso bebiendo su sidra— se ve lindo.
—¿Por qué no tendría que serlo?
Es solo que… de todos aquí, soy a quien menos conoces.
—Pero nos hemos estado conociendo, y no creo que el no conocer a alguien sea un impedimento para ser amable.
Si Theo pensara igual, tal vez tendría un mejor concepto de él. No solo nunca es amable, sino que ahora parece que yo soy su mayor entretenimiento.
¿No le han dicho que es de mala educación observar tanto a una persona?
—¡Aquí llegó el pájaro en el alambre! —exclama Susan.
Está bastante animada, tanto que por un momento dudo que solo esté bebiendo chocolate. Me las ingenio para probar lo que bebe.
Está delicioso.
Sin duda alguna: es el exceso de azúcar lo que la tiene así. Creo que comienzo a entender cómo funcionan las fiestas aquí.
No se queda mucho tiempo. Enseguida se va nuevamente.
—Mi hermana está un poco loca, ignórala.
Río con su comentario.
—Me agrada.
—¿Te gusta la locura, entonces?
—Me gusta lo diferente.
—Eres muy tímida —dice, viéndome fijamente.
Tiemblo al escucharlo.
No suelo considerarme una persona tímida.
Que lo diga me preocupa.
—¿Y eso es bueno o malo?
Intento recobrar la compostura. Eso sí, trago saliva; tengo la boca seca.
—Normal —dice, y vuelve a darle un sorbo a su vaso—. Me voy a terminar toda la bebida y tú no has tomado ni un solo trago de agua.
—Lo siento —digo y bebo de inmediato.
—Hey, tranquila. No lo dije para que bebieras. Beberás cuando lo tengas que hacer y ya.
—Gracias.
—¿Por qué dices gracias? —pregunta, frunciendo el ceño.
—No lo sé.
Vuelve a sonreír. Se ve muy divertido.
Mis manos están temblando, y no es por el frío.
Es la primera vez que hablo tanto tiempo con un chico que me gusta y no sé cómo reaccionar o qué hacer. ¡Me estoy comportando como una tonta!
Intento mirar hacia otro lado para distraerme un poco, y mi mirada se cruza con la de Theo, quien la aparta de inmediato. Sigue al otro extremo de la fiesta, pero pareciera que algo le causó gracia.
—No me digas que te gusta Theo —pregunta una chica de la nada.
—¡No! —replico de inmediato—. ¿Tú quién eres?
¿Cómo se atreve a preguntarme algo así enfrente de William?
Especialmente cuando la única razón por la que lo volteé a ver fue porque William me estaba poniendo nerviosa. No voy a negar que Theo no es feo, pero al menos a mí no me gusta.
—Lo siento, lo siento. Mi nombre es Clara, soy amiga de Susan, nos hemos visto en la escuela. Creí que me ibas a recordar —dice, muy sonriente. Su risa es cálida y amigable.
Claro que la he visto antes, hablamos en la clase de Historia. Siempre está sonriendo y tiene una gracia natural que hace que difícilmente caiga mal.
Su rostro es ovalado, con pómulos bien definidos que acentúan sus ojos almendrados, de un café oscuro intenso. Tiene una mirada muy vivaracha, y su cabello, aunque es corto hasta los hombros, es tan liso y brillante que pareciera de un anuncio de shampoo.
Le queda perfecto con la forma de su rostro.
Aunque no es muy alta, tampoco lo necesita.
Su voz es tan escandalosa que, sí o sí, volteas a verla.
Así que, cuando le pregunté «¿Quién eres?», fue más una manera decorosa de no decirle metida.
—Sí, lo sé. Estoy un poco distraída, perdón. Y mucho gusto —respondo a su saludo.
—¿Te gusta Theo? —pregunta William.
—No, claro que no —me arde la cara de vergüenza—. Es solo que desde que llegué ese grupito no se ha separado, y me dio curiosidad.
Es lo único que se me ocurre decir.
Tampoco voy a contar que ha estado observándome prácticamente desde que llegué.
—Ellos siempre han sido así, a excepción de Bruno que es más amiguero —dice Clara.
—Eso es porque tiene una razón —bromea William y le da un leve empujón.
—¡Ya lo sé! —exclama, ruborizándose.
Me queda claro que le gusta.
—Es mi novio —confiesa.
—Perdón, pero… ¿quién es Bruno?
No pienso quedarme con la duda.
—¡Ah, es cierto! No lo conoces, ven, te lo presento —dice.
Prácticamente me hala con ella, sin darme opción a negarme.
Volteo para ver a William, quien solo se queda observándonos con una sonrisa de oreja a oreja, y luego lo pierdo de vista entre unas cuantas personas.
—¡Amor, amor! Te quiero presentar a alguien —dice Clara—. Mira, ella es Cosset, una amiga de Susan… y amiga mía desde hoy en adelante.
—Hola —saluda el tal Bruno.
Sus ojos son negros, y su pelo, corto. Tiene una complexión media, ni muy delgado ni muy robusto.
Se nota que está tan confundido como yo.
Supongo que eso de «amiga mía desde hoy en adelante» nos sorprendió a los dos.
—Al parecer vas a ser parte de la colección de Clara —bromea otro de los que están allí.
Sonrío al escucharlo casi por obligación, especialmente cuando todos los demás se ríen.
Aunque me parecen amables, existe la posibilidad de que se estén burlando.
—¿Tú quién eres? ¿De dónde te conozco? —cuestiona otro.
Es el único del grupo que, al parecer, está ebrio… o a punto de un coma diabético.
Con esta gente ya no sé ni qué pensar.
—Es la chica nueva —dice Theo, observándome fijamente.
Todos hacen una bulla.
—¿Cómo es que lo sabes? ¿Cómo es que Theo sabe sobre la existencia de la chica nueva? —pregunta otro del grupo, fingiendo un timbre de voz gracioso.
Me alivia que haya preguntado exactamente lo que yo quiero saber.
—Porque es la chica a la que le di el pelotazo cuando jugábamos, ¿cierto? —responde sin dejar de verme.
—Sí…
Su mirada me reta a responder algo más, pero el mismo chico que inició la conversación me interrumpe.
—Con todo respeto, pero estás muy bonita —agrega.
Theo solamente se da la vuelta y se va.
—Por favor, Bruno, llévate a Joel ya. Está demasiado ebrio —dice Clara y se despide de su novio. Parece indignada—. Vamos, Cosset. No le hagas caso. Es el único bobo del grupo. Siempre carga una botella de alcohol… es un alcohólico —se queja.
Al menos ahora ya sé que no es que le vaya a dar un coma diabético.
Me alivia alejarme.
Aunque fueron amables, no son del tipo de chicos con los que me agradaría relacionarme.
Aunque la sensación de querer saber más de Theo se me clava como una espina en la mano.
—¿Cómo te fue? —pregunta William—. Te traje un bocadillo.
Se acerca apenas nota que nos hemos alejado del grupo de los Pos . Me queda claro que él no es amigo de ninguno.
—Gracias —digo mientras recibo con gusto lo que me da—. Bien, aunque fue extraño.
Supongo que debió ser un poco incómodo.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, te veías algo así. Aunque Clara tampoco te dio ninguna oportunidad para negarte.
—Eso quiere decir que estuviste observándome.
—Un poco —responde, sonriendo.
Si William supiera lo mucho que me gusta, tal vez pensaría mejor sus respuestas, para no seguir alimentando las ilusiones y fantasías que construyo en mi cabeza desde el primer día en el que lo vi… y que yo misma termino rompiendo después.
Bueno, creo que ilusionarme y desilusionarme solita es una de mis cualidades ocultas.
Hasta hoy, me ha ahorrado varios sufrimientos.
Aunque, a este punto, sé que no le soy indiferente y lo que me dijo Susan es verdad: le intereso como algo más que una amiga.
Puede que ya no haya necesidad de desilusionarme esta vez.
—Creo que ya es hora de que me vaya —digo, viendo el reloj.
Es casi media noche.
—Si me das un momento, voy por las llaves del auto y yo mismo te llevo —dice.
No me puedo negar, y todas las mariposas de mi estómago se alborotan; William es muy lindo.
Mientras espero, observo alrededor. Ya varios han comenzado a irse. Theo es uno de ellos, porque ya no lo veo por ningún lado.
De pronto, allí está nuevamente William, tan lindo como siempre.
Coco, concéntrate. No puedes hacer el ridículo.
De camino a casa hablamos poco. William, por momentos, parece un chico con determinación, pero ahora se muestra un tanto despistado, como si no pudiera hablar y manejar al mismo tiempo.
—Gracias por traerme. Me divertí mucho, y creo que esta ha sido la mejor fiesta a la que he ido en toda mi vida —digo apenas llegamos. No puedo ocultar mi emoción.
No solo me ha traído a casa, sino que también se ha bajado para abrirme la puerta del auto.
Es un caballero.
—Me alegra mucho escuchar eso, y espero que yo haya tenido mucho que ver con eso.
Su rostro se ilumina con su sonrisa.
—Sí, creo que sí. Gracias.
—¿Te veo mañana?
—Sí —digo, y caigo en cuenta: ¿mañana? Mañana es sábado. ¿Me está invitando a salir?
—Ese «sí» me da miedo.
—¿Por qué?
—Es que lo dijiste con tan pocas ganas que pensé que te había decepcionado.
—¡No! No, no, para nada.
Cosset, ¡qué te pasa! No grites. Pero… ¿cómo puede creer que me ha decepcionado, cuando fue gracias a él que la pasé increíble?
—¿Y entonces?
Luce confundido.
—Es que… es raro.
—¿Raro? ¿Dices que soy raro?
—No —río nerviosa.
¿Qué clase de conversación es esta?
—Es de noche, pero puedo ver perfectamente que te sonrojaste.
—¿En serio?
Me arde la cara.
—Sí, pero me agradas Cosset. Te veo, mañana.
Me da un beso en la mejilla y se va.
¿Dijo «mañana» otra vez?
Me quedo observándolo mientras se aleja, y una oleada de nervios me recorre todo el cuerpo. Hace mucho frío, pero no es por eso.
Es algo diferente: es como si William, esta noche, hubiese robado mi corazón por completo.
No puedes estar hablando en serio Coco.
Aunque… tampoco sería algo tan extraño. Después de todo, mis papás se hicieron novios tres semanas después de conocerse, y luego se casaron a los dos meses.
Y no fue por mi culpa. Nací dos años después. Y, según su historia, tampoco perdieron a un bebé antes de que yo naciera.
—Y bien, pequeño búho, ¿cómo te fue? —pregunta mi mamá, recién entro a la casa.
Está sentada en la sala, arropada con una cobija.
—Bien, pero creo que el búho no soy yo precisamente. No era necesario que te desvelaras por mi culpa —respondo mientras me quito los guantes, el gorro, el abrigo y la bufanda; accesorios necesarios en un clima como el de afuera.
Me acerco para darle un beso.
—No te preocupes, estaba revisando los archivos de algunos pacientes. Vi que un chico lindo te vino a dejar. ¿Cómo te fue?
—Así que estuviste espiando por la ventana —digo, sonriendo. Estoy feliz, no se lo puedo ocultar—. Me fue bien —digo, intentando no sonar tampoco tan emocionada.
—¿Es en serio? Coco, es la primera vez que llegas a esta hora —dice, mirando el reloj—.
Ya pasó de las doce, y solo me vas a decir que «bien».
Si hubieras ido a la biblioteca lo entendería, pero fuiste a una fiesta y, que yo recuerde, la última vez me llamaste para que fuera por ti.
Esta vez no pasó, así que… Cuéntame, ¿cómo te fue? —pregunta con mucha, mucha curiosidad.
Sus ojos son pequeños, pero se han hecho más grandes.
—Mamá, no exageres.
—Son las doce y media, Coco —se ríe—. ¿Qué cosa tan interesante te pasó en esa fiesta que te hizo llegar a esta hora? Quizás para otras chicas es temprano, pero te conozco, y sé que hubieras regresado antes… de no ser por lo que te sucedió y que quiero saber.
Sus ojos brillan.
—Nada, solamente que la chica que te dije que me traería no pudo hacerlo y el chico lindo que viste se ofreció a traerme.
Intento ser seria, pero me es imposible. Sobre todo, por el gesto de mi mamá.
—De verdad, no pasó nada más. Igual, ¿te puedo contar mañana todo? Es que estoy un poco cansada y aún no sé bien qué es lo que estoy sintiendo.
Al menos soy sincera con ella.
—Sí, está bien, cariño. Descansa. Te amo.
—También te amo.
Le doy un beso de buenas noches y me voy a descansar.
—¡No olvides que tienes mi apoyo si es un buen muchacho! —escucho desde las gradas.