Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 4
8%

Capítulo 4

—Hola, cariño, ¿cómo te fue? ¿Y tu papá y Marcos? —pregunta mi mamá cuando llego a casa.

Está cocinando.

—Se quedaron afuera. No sabía que ya habías llegado, pensé que llegarías tarde. Mi papá no me dijo nada.

—Fuimos al hospital y solamente nos dieron el orden de los turnos y un poco de información. Ya mañana comenzaremos con ganas. Pero no me respondiste: ¿cómo te fue?

—Bien.

Husmeo lo que cocina.

—¿Bien?

Usa un tono de picardía.

—Mamá, no comiences. Me fue bien.

—¿Qué? No estoy diciendo nada. ¿Estiven, acaso dije algo?

—No, para nada. ¿Tú escuchaste algo, Marcos? —pregunta mi papá siguiendo la risa.

Recién van entrando y se suman al fastidio.

—No, yo no —responde Marcos.

Es al único al que le creo cuando dice que no escuchó nada.

—Y ahora, ¿sí nos vas a decir por qué dices que te fue bien? —vuelve a preguntar, con una sonrisa burlona.

—No. Solo puedo decir que las clases estuvieron bien y ya.

—¡Coco, por favor, cuenta! ¿Conociste a alguien?

—¡Mamá!

—Yo no estoy escuchando nada —dice mi papá desde la sala, tratando de buscar un lugar en donde sentarse.

—Cuéntame, Coco. Eres mi hija y conozco esa sonrisa que traes, aunque quieras disimularla. Además, ese suéter no te lo había visto antes.

Por fortuna, mi papá no lo notó cuando fue por mí.

—Está bien, sí. Pero no digas nada, por favor —advierto en tono serio, aunque por dentro, salto de emoción.

No quiero que mi papá escuche.

—De acuerdo —dice con una sonrisa—, solo respóndeme algo más.

Mis oídos están muy atentos, esperando escuchar la pregunta.

—¿Está guapo?

—No voy a responder a eso —digo, sonriendo.

—Eso es un sí, creo.

—Un tal vez. Y el suéter solo me lo prestó porque fue amable —respondo enseñándole mi suéter sucio.

Mi mamá sonríe.

Me encantaría contarle todo, pero tampoco quiero hacerme ilusiones con un chico lindo desde el primer día. Si algo he aprendido de sus consejos, es que, en cosas del corazón, entre más lo repites, más ilusión te causa.

—¡Ya deja de hablar de los novios de Coco! ¡Tengo hambre! —interrumpe Marcos.

Es suficiente para que mi mamá se concentre en él y deje de hacerme preguntas incómodas.

El resto de la tarde lo aprovecho para ayudar a desempacar algunas cosas que aún quedan pendientes, y así hacer espacio para las que todavía están por llegar. También pongo a lavar el suéter de William.

No se lo voy a devolver sucio.

Por la noche, salimos en familia a conocer los alrededores. Ha comenzado a nevar, y aunque la nieve no es mucha, alcanza para que el pueblo se sienta más vivo con algunas personas afuera.

—¿Está bien si se quedan aquí por un momento? Solo queremos ir a la farmacia a comprar antigripales —dice papá.

Aunque pregunta, su tono de voz no nos da otra opción.

—Coco, te encargo a tu hermano.

—Sí, mamá —asiento.

Marcos se queda conmigo.

Estamos en el parque, y es la primera vez que vemos nevar. Y los pocos copos bastan para que disfrutemos la experiencia, y el gorro de Marcos se ponga blanco.

—Te queda bien el color blanco —dice William.

No sé de dónde apareció, pero lo agradezco.

No uso gorro, así que debe de referirse a los copos de nieve que, con seguridad, se han quedado en mi pelo.

Marcos sigue jugando, sin prestarle atención.

—Gracias.

No puedo creer que esté aquí.

¿Acaso me está siguiendo?

—No sabía que te llamabas Coco —dice, sonriendo.

—No, no, me llamo Cosset. Coco es algo de familia.

—Suena bien.

Vuelve a sonreír, y siento cómo mi corazón se acelera.

—¿Qué haces aquí?

—Me tocó ir a la tienda. Venía cruzando el parque cuando te vi y pensé en acercarme. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? ¿Salieron a ver la nieve como todos?

—Algo así, aunque no contábamos con que nevara y estamos esperando a mis papás, fueron a la farmacia.

—Sí, no suele nevar para estas fechas. Es algo extraño. ¿Te gusta el frío?

—No exactamente, al contrario.

—Ahora me agradas más, porque a mí tampoco me gusta.

—¡¿No?!

Dudo.

—¿Por qué te sorprendes?

—Vives en un lugar frío.

—Lo sé, pero eso no tiene nada que ver. Sigue sin gustarme. Quizás algún día me acostumbre.

Se encoge de hombros.

—Sí, yo también.

—¡Coco, ¿puedes empujarme?! —grita Marcos.

Necesita ayuda con el columpio.

—Sí, ya te ayudo.

—Bien, ¿te veo mañana en la escuela, cierto?

—Sí… eso creo.

—Ojalá ese creo sea verdad.

—Trataré —sonrío.

—¡Coco, apúrate!

—¡Ya voy, no grites!

***

Cuando llego a la escuela al otro día, ya estoy más relajada. Me dispongo a buscar a William para devolverle su suéter y agradecerle su cordialidad. Y, para ser franca, la emoción ya bajó.

No lo sé, es como cuando ves algo bonito en una tienda y te emocionas, pero luego te das cuenta de que no lo necesitas tanto como pensabas.

Durante las dos semanas siguientes, las aguas se calman un poco; las tareas de la escuela demandan todo mi tiempo.

Y, si tengo tiempo de sobra, Marcos lo aprovecha al pedirme que juegue con él.

También aprovecho para comenzar a llenar aplicaciones de admisión, especialmente la aplicación de la Universidad del Sur.

Con un poco de suerte, me aceptan y el próximo año ya no estaré aquí.

Cuando llega el camión de la mudanza, hay mucho que hacer y organizar, así que me mantengo ocupada.

El entusiasmo que sentí por William el día que lo conocí ha disminuido. Durante los días que llevo en el pueblo, he estado compartiendo un poco con él y con su hermana, y por alguna razón, conocerlo tal cual es ha hecho que me baje de la nube en la que yo sola me subí.

Sus padres son los dueños del restaurante y de otros locales en todo el pueblo.

Él trabaja —o, mejor dicho, ayuda— en el restaurante al igual que Susan de vez en cuando.

Estudia y tiene la suficiente gracia para llevarse bien con todos.

Además, es lo suficientemente atractivo para que varias estemos interesadas.

Nada más.

Y mi teoría sobre el pueblo cada vez resulta más certera: es muy, muy, muy aburrido. Incluso, si tuviera que mencionar la actividad más divertida que hay, diría que es aguantar el frío.

Al menos disfruté mi cumpleaños dentro de estas dos semanas; ahora sí, tengo diecisiete.

—¡Oye, Cosset! Esta noche vamos a tener una pequeña reunión en casa, por si quieres venir —dice Susan.

Justo nos sacaron un periodo de receso porque los profesores están en reunión.

—Gracias por la invitación —respondo—. Le preguntaré a mis papás.

—Avísame si puedes o no. Y disculpa que no te había preguntado antes, pero recién hoy en la mañana mis papás me dijeron que sí.

—No te preocupes, y está bien. Yo te aviso.

—Hola, Susan —interrumpe Theo.

No me mira ni por accidente.

Ni un gesto, ni una palabra. Nada. Como si no existiera.

—Hola —responde ella, algo desorientada, como si no esperara que Theo le hablara.

—¿Tienes los apuntes de física? ¿Me los puedes prestar?

—Sí, yo te los paso.

—Gracias, te buscaré luego.

Theo se aleja con la misma indiferencia con la que se acercó.

—¿A eso le llamas agradable? —digo, molesta por su actitud.

—Tranquila. Tú también lo viste. Se veía preocupado, quizás por eso no te saludó.

Susan está loca. Lo último que parecía era preocupado.

—No lo defiendas.

—No lo hago, es solo que creo que estás confundida respecto a su forma de ser.

—Solo digo lo que pienso y veo.

—Y está bien, no digo que no, pero podrías ser un poco más tolerante. En algún momento tendrás la oportunidad de conocerlo mejor y verás que tengo razón —dice bastante convencida.

En realidad, nada de Theo me molesta demasiado.

Quizás un poco su actitud de macho alfa, porque nunca me ha saludado ni ha sido amable conmigo, a pesar de las muchas veces que ha tenido la oportunidad para serlo. Pero tampoco puedo culparlo; después de todo, nadie está obligado a ser amable con todos, aunque eso se llame educación.

Aun así, me sigue intrigando.

Tiene una actitud un poco extraña.

Sé que muchos hablan de él, pero tampoco quiero preguntar.

La última vez que lo hice, terminé hablando con la hermana de la persona en cuestión. No vaya a ser que esta vez le pregunte a la prima, y no, no. Tampoco me interesa tanto.

—Al fin las encuentro —dice William casi sin aire.

Está ruborizado y, por el énfasis con el que dijo al fin las encuentro , supongo que fue literal y que llevaba buen rato buscándonos.

—¿Qué pasó? —cuestiona Susan.

—Solo quiero saber si… ¿ya almorzaron?

—¿Estás bromeando? Son las diez —responde Susan.

Frunce el ceño al decirlo.

—Lo sé, pero es que tengo hambre.

Sonríe y me pierdo.

Mi relación con William es un poco extraña; es decir, me gusta, pero al mismo tiempo… no sé cómo explicarlo. Susan me dijo que cree que él está interesado en mí, y no me molesta saberlo, pero tampoco me emociona.

Amé cuando me felicitó por mi cumpleaños, pero sentí extraño cuando me abrazó.

Sinceramente, es algo complicado. Especialmente porque es el pensamiento que más revolotea en mi cabeza.

***

—Coco, creo que te estás complicando demasiado y estás pensando cosas que no deberías pensar —dice mi mamá.

Está ayudándome a elegir la ropa que me llevaré a la reunión. No dudaron en darme permiso cuando les pregunté. Supongo que quiere que me integre y deje de quejarme por la mudanza.

—¿Tú crees? —le pregunto.

—Sí, además, apenas lo conoces. Quince días son muy pocos, igual puedes conocer a alguien más —responde con una sonrisa.

Le comenté algo sobre la confusión de sentimientos que tengo por William.

—Es que sí me gusta, pero no siento la emoción que espero sentir; tampoco me parece interesante del todo —confieso.

—Por eso mismo, porque no lo conoces bien.

Relájate, disfruta la fiesta y no pienses tanto —dice, mientras coloca sus manos sobre mis hombros y me besa la cabeza—.

Ve y disfruta la supuesta reunión, que sé muy bien es una fiesta, y no pienses tanto.

Tener novio no es una necesidad. Es solo algo que pasará y llegará en su momento.

No pienses mucho en eso, solo date la oportunidad de conocer chicos.

Que tu papá y yo bromeemos con eso no quiere decir que creamos que tener novio es solamente algo de: vi a uno, me gustó y ahora estamos juntos.

No, al contrario; debe haber algo más, y ese algo más , cuando lo encuentres, será lo que te dé la respuesta a todas tus preguntas.

Pienso en sus palabras, mientras mi papá me lleva a casa de Susan.

Al llegar, es una fiesta, tal como dijo mi mamá.

Todo está muy animado, y por lo que parece, todos los alumnos de último año están aquí. Entre ellos, el grupo de los Pos, una abreviatura que todos usan para referirse al grupo de Theo y evitar llamarlos guapos.

Trato de pasar desapercibida, pero me es imposible cuando tropiezo con una botella.

—¿Estás bien? —pregunta William, con una sonrisa que intenta ser atenta, aunque no oculta del todo su tono burlón.

—No te rías, casi me caigo.

¡Qué vergüenza!

—Me alegra que hayas venido —dice, intentando suavizar el momento.

—Gracias.

—¿Quieres algo de tomar?

—Sí, agua.

—¡¿Agua?! —suelta una carcajada—. Pensé que pedirías algo más fuerte… o al menos chocolate caliente. Está haciendo frío.

—No, no, gracias.

—De acuerdo, pequeña bien portada.

Sonríe, se da la vuelta y se va a buscar el agua.

Y sí, William vuelve a tener toda mi atención. Otra vez.