Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Siempre he tenido una idea un poco loca sobre el amor…

O, mejor dicho, una ilusión. Nunca he tenido la oportunidad de salir con alguien el tiempo suficiente como para entablar una relación.

Casi siempre que lo he intentado, ha sucedido algo que no me termina de convencer, y prefiero dejarlo todo así antes de que avance hasta un punto en el que no me sienta cómoda.

Por eso, siempre he tenido la impresión de que el día que alguien me guste —o me enamore—, será un amor parecido al de las novelas que leo y veo.

Siendo sincera, todos fantaseamos con eso.

Y siendo aún más sincera, siempre me entusiasmo cuando veo una cara bonita.

Pero, francamente, ¿quién no?

Mis papás dicen que eso es normal cuando tienes dieciséis años, y que, conociendo a los equivocados, se llega al correcto.

Así que pensar —o siquiera imaginar— cómo sería una relación con William, el chico que acabo de conocer… no me parece tan raro después de todo.

—Hola, qué bueno que nos toque clases juntas —dice Susan.

Se me acerca cuando termina la clase; sus amigas se dispersan por el salón. No entiendo por qué sigue siendo amable conmigo, sobre todo después de que la ignoré cuando me presenté.

—Sí.

No puedo evitar voltear a ver al tal Theo cuando sale, aunque sigo sin poder ver bien su rostro.

—Theo Fedrick —agrega Susan, sentándose a mi lado—.

Es uno de los chicos más deseados de toda la escuela y capitán del equipo de fútbol.

Pero creo que vive tan ocupado que nadie es lo suficientemente buena para él.

Lo digo porque hay muchas deseando salir con él desde que volvió a estar soltero, y nada.

No puedo evitar sonreír.

Por un momento me siento parte de Crepúsculo: Edward, ¿eres tú?

—¿Te gusta? —pregunto, intentando entrar en confianza.

No soy introvertida, pero sí extrovertida selectiva, según mis papás. Significa que no hablo con todo el mundo, solo con quienes siento conexión. Y Susan, después de todo, me agrada.

—¡Sí! ¡¿A quién no?! —responde con una sonrisa de picardía.

—A mí —respondo entre dientes.

—Eso es porque creo que aún no lo has visto bien.

—Quizás. La verdad es que, solamente viendo su actitud, es… —dudo mi respuesta.

Tampoco quiero decir más de lo que debo. El pobre tipo solamente me chocó y no se disculpó, así que no puedo decir más que eso. No lo conozco.

—No es malo, simplemente es reservado. La mayoría piensa que es creído y todo, porque es el capitán del equipo de fútbol, el único campeón de natación que ha tenido la escuela y, además, cuenta con su propio círculo de amigos.

Pero cuando lo tratas, es incluso agradable.

Créeme, los capitanes de otros equipos son peores.

—Sabes mucho de él.

—No es eso, es solo que, cuando trabajas en un restaurante, conoces a todos. Y de Theo, en especial, vas a escuchar muchas cosas.

—¿Conoces a William, entonces? —pregunto con mucha curiosidad, aunque me arrepiento de inmediato de haberlo hecho.

—Ajá, ya entiendo por qué no te llamó la atención Theo. ¡Te gustó William! —dice con una sonrisa—. Y, aunque hay muchos chicos con ese nombre en la escuela, creo saber de cuál William me estás hablando —vuelve a sonreír—. Tu familia me parece agradable.

Por un momento me quedo callada. No entiendo por qué cambia de tema y menciona a mi familia. Pero tampoco voy a preguntar más; no quiero sonar demasiado interesada.

—Es un buen chico —dice.

—¿Quién?

—William, ¿quién más?

—Así me pareció.

—Tienes buenos gustos. Qué bueno que te guste mi hermano.

¿Qué? ¿¡Es su hermano?! No puede ser.

—No te preocupes, no se lo diré a nadie.

Mi boca está seca, no sé qué decir. Nunca he sido tan parlanchina, y justo ahora, con quién se me ocurre serlo, resulta ser la hermana del chico que me gustó.

Por fortuna, el profesor de Historia entra y pide que hagamos silencio.

Durante las siguientes clases, Susan se concentra en tomar nota de todo, así que no me pregunta nada. Parece ser bastante aplicada.

A la hora del almuerzo ya no la veo, y todo se siente más incómodo de lo que imaginé.

Cuando eres nueva en una escuela, es durante el almuerzo cuando más se nota, porque no tienes ni un solo grupo donde sentarte.

Busco lugar durante varios minutos, pero no encuentro ninguno.

Solo me miran con curiosidad, pero nadie se corre.

Hello, no soy un extraterrestre.

Sin embargo, es demasiada atención, así que, sin pensarlo dos veces —y a pesar del frío— prefiero buscar un espacio afuera.

El cielo está nublado.

Veo un árbol bastante frondoso cerca de las canchas de fútbol. No hay nadie allí, así que me parece un buen lugar para poder sentarme y comer más tranquila.

Me arrepiento de mi decisión cuando una pelota choca con mi jugo, causando una explosión que empapa por completo mi suéter.

—¡Lo siento, lo siento, fue un accidente!

Es Theo, corriendo hacia mí.

No es tan guapo. Aunque sí alto, quizás igual que William, pero más corpulento. Es la primera vez que veo bien su rostro.

—Lo siento, en serio —dice.

Su voz es grave y tiene un gesto de pocos amigos. Sus ojos oscuros transmiten una mezcla de misterio y profundidad, como si guardara secretos que no comparte fácilmente. Así que, aunque dice que lo siente, parece que solo está diciendo lo que sabe que debe decir.

—Estoy bien.

—De acuerdo.

Mi respuesta le basta, porque agarra la pelota y vuelve a correr hacia la cancha, como si nada.

¡Baboso!

Trato de limpiarme el suéter lo más que puedo, pero es imposible. El jugo empapó una buena parte. No me queda más opción que quitármelo y quedarme solo con la blusa de manga larga que llevo debajo. El suéter está pegajoso y frío.

Así que entre soportar esa sensación o el aire helado que me cala los huesos, elijo soportar el frío.

Si el clima fuera cálido, podría lavarlo y dejar que el sol haga su trabajo; incluso sería algo refrescante usarlo húmedo. Pero aquí, lo único que lograría sería que terminara más mojado de lo que ya está.

Así que no me queda de otra que comerme el sándwich rápido e ir adentro; al menos en las aulas no sentiré tanto frío.

—Oye, tú en serio buscas enfermarte.

Es William. Me lo encuentro en el camino.

—No, es solo que…

Apenas puedo responder.

—¿Puedo ver? —pregunta, revisando mi suéter—. Ahora entiendo.

Estoy nerviosa. No sé qué decir.

—Si gustas, en mi casillero tengo un suéter que te puede servir. Es de hombre, pero creo que te servirá de algo. Claro, si quieres.

—Claro que sí, gracias —digo. Sería muy tonta si dijera que no, no solo por lo guapo y amable que es, sino también porque realmente tengo frío.

Cinco segundos después, estoy caminando tras él hacia su casillero porque va a prestarme su suéter.

Me siento como en un cuento.

Quizás suene tonto, pero hay personas que simplemente te agradan desde el primer momento.

William es una de esas personas.

—¿Puedo saber tu nombre? Hablamos en la mañana y olvidé preguntar —dice sin detener el paso.

—Cosset.

—¿Solo Cosset?

—Challer, es mi segundo nombre.

¿Por qué no le dije mi apellido? , pienso, como si fuera importante aclararlo.

—Bien, Cosset Challer, eres muy callada, por lo que veo —responde.

Por suerte, ya hemos llegado y se entretiene con su casillero.

Claro que soy callada, pero no precisamente muy ; es solo que no sé qué decir. Mi mente está en blanco, como si hubiese olvidado el idioma, así que aprieto mis labios tratando de sonreír.

Sonrisa que él me corresponde al instante.

—Mira, creo que sí te queda —dice, sacando de su casillero un suéter azul.

Es grande, propio para su altura. No soy tan bajita, pero dudo mucho que me quede bien. Es más, si lo hubiera visto en una tienda, jamás habría pensado en comprarlo ni en usarlo.

—Gracias —digo.

El frío ya me está afectando seriamente, así que más que preocuparme por cómo me queda, solo quiero estar abrigada.

—¿Te puedo ayudar?

—Sí, gracias —sonrío.

Me ayuda a sostener el libro y mi mochila.

El suéter pesa, así que me siento tonta mientras me lo intento poner. Ni siquiera puedo hacer eso bien.

Qué inútil eres, Coco.

Y justo mi cabello se enreda en la cinta del gorro.

Es un momento de desesperación y de vergüenza… hasta que siento cómo las manos de William toman el control de todo y, por fin, logro ponérmelo bien. Sus dedos apartan un mechón de mi cabello negro que cubre mi cara.

Y sí, allí está él, frente a mí, viéndome fijamente, con sus hermosos ojos color gris.

Siento mariposas en el estómago.

—Gracias —titubeo.

Intento ocultar mis pensamientos, como si los pudiera leer.

—De nada, estamos a la orden —dice, sonriendo.

Es la sonrisa más hermosa que he visto en toda mi vida. Siento cómo mis mejillas se sonrojan y desvío la mirada hacia cualquier otra cosa que no sea él. Por dentro, mis emociones y pensamientos son un completo caos.

—Te veo luego, Cosset.

—Sí. Gracias por el suéter otra vez.

—Con gusto. ¿Qué clase te toca?

—Arte.

—Cierto, ¿vamos? En esta estamos juntos —dice.

Recuerda mi horario.

Cada paso se siente como caminar sobre algodón.

Aún no creo que mi primer día esté siendo tan fascinante. Recuerdo que mencionó que estaríamos en dos clases juntos, pero que todo terminara conectándose de esta manera, en la que camino con él por toda la escuela hacia el salón 1A y usando su suéter, es pura poesía.

Pero, como bien dicen… Las cosas buenas no duran tanto.

Mis emociones caducan al entrar al salón y ser la chica nueva otra vez.

—Señorita Devon, ¿puede presentarse, por favor?

Y sí, ese es el señor Fritz, el maestro de Arte.

Pero ¿qué les pasa en esta escuela? ¿Qué es? ¿El kínder?