Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

—Coco, ¿qué te parece? —pregunta mi mamá, apenas llegamos a nuestro nuevo hogar.

Por su tono de voz, está feliz, y lo confirmo con el apretón que siento cuando coloca sus manos sobre mis hombros.

—Bien…

No sé qué pensar.

—¿Es una broma? ¡Está genial! —grita Marcos emocionado.

Ni el frío puede con su emoción.

La casa tiene algo acogedor, incluso desde afuera.

No me quejo; es bonita y más grande que la que teníamos, pero prefiero esperar a entrar para tener una opinión más certera. No puedo sacar conclusiones solo por lo que veo desde aquí. Aunque el toque del ladrillo ya me gusta.

—Apresúrense, familia —dice mi papá muy sonriente.

Sujeta su maleta con una mano y con la otra prepara la llave para abrir la puerta.

Mi mamá y Marcos se apresuran a seguirle el paso, y yo prefiero quedarme unos segundos más, observando la casa.

El color y el material me agradan: es de color caoba, y su fachada combina ladrillo con madera. Es de dos niveles, con un estilo cálido, como de cabaña rústica. Probablemente fue lo que más les gustó.

—Coco, entra porque hace frío y no quiero que te enfermes —dice mi mamá, haciéndome señas con la mano para que entre—. Ya tendrás tiempo de verla mañana.

Al entrar, noto que tiene alfombra. Demasiada para mi gusto.

Aunque tiene tanta que, al final, me resulta reconfortante; especialmente porque nunca he sido amiga de los zapatos, y siempre he tenido la voz de mis papás detrás, regañándome para que no ande descalza.

Ahora ya no será un problema. Es más, será obligatorio si quieren mantenerla limpia.

—Ni lo pienses —dice mi papá.

Hace una mueca chistosa, como si supiera lo que estoy pensando.

—Termina de entrar, no actúes como si fueras una extraña. Esta es tu casa.

—¡Wow, wow! —grita Marcos, bajando las gradas—. ¡Esto es maravilloso, Coco! Tienes que verlo. ¡Ven, vamos a ver tu cuarto!

Mis hombros se entumecen un poco al mirar alrededor.

La casa está muy bonita por lo poco que he visto, pero es extraña.

Y aunque el frío desaparece gracias a la calefacción, no deja de sentirse raro.

Se supone que por la fecha no debería estar tan frío aún, y que tengamos que usar la calefacción ya me preocupa —no quiero imaginar los meses de invierno—.

Aun así, es un detalle que agradezco: mis papás se encargaron de pedirle a las personas que limpiaron la casa que la dejaran encendida.

La sala es lo primero que te encuentras al entrar.

A la izquierda está lo que supongo que será el comedor, separado de la cocina por un desayunador.

La cocina es de buen tamaño. Bajo las escaleras hay un baño completo y, a la par, casi frente a la cocina, una habitación con puertas corredizas de vidrio que creo usarán como oficina.

Detrás de la cocina hay un pequeño cuarto con una pileta y, además, la puerta que lleva al garaje. Al fondo hay otra habitación que supongo será la que usará mi tío Gael cuando venga de visita.

Cuando subo las escaleras, el crujido de la madera bajo mis pies, a pesar de la alfombra, me provoca un leve escalofrío, pero también me tranquiliza. Desde niña he escuchado a mis papás hablar sobre la idea de tener una casa rústica como esta.

Después de todo, esta casa es su sueño.

Al llegar arriba, a mano izquierda está la habitación que sin duda será la de mis papás.

A la derecha queda el cuarto de lavado. Frente a mí se extiende un pequeño pasillo.

A la izquierda está la habitación que sin duda será de Marcos —ya dejó su dinosaurio allí—.

A la par, casi al final del pasillo, está el baño, que tiene dos lavabos y una tina.

Creo que seguiré compartiendo baño con Marcos.

Justo enfrente del baño está la que supongo será mi habitación.

Al entrar no noto nada especial. Tiene una ventana grande que da al patio lateral, y una puerta que me emociona ver —¿será un baño?

—. La abro, pero resulta ser un armario de buen tamaño, lo cual me alegra un poco.

En la antigua casa siempre me quejé de no tener suficiente espacio para guardar mis cosas y terminé llenando la habitación con gaveteros.

Desde la ventana se distinguen los árboles que rodean la casa, y uno más que está a la par: un pino. Si algún día aprendo a treparlo, podré salir y volver por allí sin problema.

—Poco a poco la decorarás a tu gusto —dice mi papá, dejando mi maleta junto a la puerta.

—Lo siento, eso lo tendría que haber subido yo.

—No te preocupes. Ya ayudarás cuando llegue el camión de la mudanza con todos los muebles.

—Sí, es cierto. Igual creo que la decoradora que contrataron tuvo buen gusto.

Lo digo más que todo por los colores. Solo hay una cama en el cuarto.

—Pienso igual. ¿Viste el cuarto de Marcos? Tiene estrellas en el techo.

—No, pero lo veo mañana. Quiero preparar la cama y descansar un poco. No olvides que mañana me toca ir a la escuela y no quiero llegar con ojeras.

—Si quieres, puedes ir hasta el martes.

—No, no. Ya me atrasé una semana y no sé cómo funcionan las cosas aquí.

—De acuerdo. Descansa entonces. Feliz noche, Coco.

—Feliz noche, papá. Y por favor, dile a Marcos que no entre a molestarme.

—Sí, yo me encargo de eso —agrega, cerrando la puerta tras de sí.

Un escalofrío me recorre la espalda.

La ventana está mal cerrada, así que me apresuro a ajustarla bien antes de arroparme con el cubrecama.

***

—¡Coco, despierta!

—¿Qué pasa? —pregunto desorientada.

—Te quedaste dormida —dice mi mamá—. Parece que venías tan cansada que ni tiempo de cambiarte te dio. Al menos lograste poner el cubrecama.

—¿Qué hora es?

—Las seis de la mañana.

No termino de escuchar a mi mamá y ya me estoy levantando para sacar la ropa de la maleta. Necesito vestirme para llegar a tiempo. El único detalle es que no tengo idea de dónde está la dichosa escuela.

—Sabes que no es obligación que vayas hoy. Solo vine a despertarte para que vayamos a desayunar, antes de que nos vayamos al hospital. La cocina es un desastre y aún no hemos comprado nada.

—Lo sé, pero quiero ir. Suficiente tengo con ser la nueva, como para ir hasta mañana. Hoy, lunes; al menos se verá mejor.

—Está bien, te esperamos abajo.

Siempre he sido bastante organizada, así que no tardo en encontrar qué ponerme. Y tomando en cuenta que aquí los suéteres cubren todo, tampoco es que deba preocuparme mucho.

—¡Épale! ¿Qué pasó? —exclama mi papá al verme bajar.

—Lo siento, me quedé dormida.

—Sí, lo noté.

—Coco se quedó dormida, eso es nuevo —dice Marcos, terminando de abrocharse la chaqueta.

Parece que también irá a estudiar hoy.

—¿Qué les parece si desayunamos pastel?

Está claro que mi mamá quiere que tengamos una buena mañana.

—¡Sí! —grita Marcos.

Es el único que todavía se emociona por eso.

Aún no comprendo cómo sigue cayendo en esas trampas. No nota que solamente es un truco para que no nos quejemos por la mudanza.

A su edad, ya no me emocionaba por esas cosas.

El desayuno se torna agradable.

Mi papá encontró una cafetería linda.

Tiene todas las paredes llenas de fotografías antiguas del pueblo, y las mesas son de madera. El olor de café inunda todo el local, tanto que me hace sentir incluso dentro de un episodio de Las chicas Gilmore , en la cafetería de Luke .

Y sobre la comida, solo diré que sí. Mi mamá ordenó pastel, pero la fruta y la avena van primero.

De camino a la escuela las calles se ven tranquilas, y me gusta lo que veo.

Hay bastantes negocios con letreros de madera gastada, bicicletas estacionadas sin cadenas, y los escaparates están llenos de tazas, libros o plantas.

Pareciera que estoy dentro de una postal…

o dentro de una serie de principios de los dos mil.

Es agradable después de todo.

Al llegar a la escuela, el ritmo cambia de golpe.

Todos caminan con prisa, como si, de un momento a otro, hubiese salido de principios de los dos mil para caer en la actualidad.

—Que tengas un excelente día —dicen mis papás.

Ambos se despiden con una sonrisa que me genera un poco de alivio. Marcos, apenas me ve, está concentrado en otra cosa.

Es mi último año y soy nueva, así que no me emociona mucho. Aunque me sorprende ver la cantidad de personas que hay: ayer parecía un pueblo desolado.

—¡Hey, hola! —escucho una voz familiar—. ¿Tú eres la del novio?

Es la chica del restaurante.

Sonrío intentando ser cortés, pero sin detener el paso, dejándola atrás.

No me interesa hablar con ella, y mucho menos por su pregunta fuera de lugar.

De pronto, alguien choca conmigo haciéndome tirar el libro que traigo en la mano. Apenas veo su espalda, se aleja como si nada hubiera pasado.

—¿Estás bien? —pregunta un chico, ayudándome a levantar mi libro.

Por suerte, las hojas con la información no se salieron.

—Sí, gracias. Al menos hay alguien amable aquí.

Sonrío, un poco nerviosa.

Es alto, delgado, su cabello es castaño claro ligeramente ondulado. Parece estar un poco despeinado, pero se ve bien.

Y sus ojos son de un color gris, que destaca.

Es guapo.

—Hola, mi nombre es William. ¿Eres nueva, cierto? —pregunta bastante sonriente.

—Sí, muy nueva.

Estoy prácticamente congelada.

—¿A qué salón vas?

Ni siquiera sé qué decir, estoy perdida viéndolo.

Así que solo le muestro la hoja con mis horarios que está dentro del libro.

—¡Qué bien! Parece que tenemos dos clases juntos —dice, sonriendo.

—¿En serio? Saber eso me da alivio.

—¿Por qué?

—No lo sé… quizás porque eres la primera persona amable que conozco.

Muerdo mis labios. No puedo creer que haya dicho eso. ¡Cosset, tú no eres así!

—Imagino que lo dices por Theo.

—¿Theo?

—El que te golpeó. Y en serio lo siento, porque parece que tendrás una clase con él. Lunes, miércoles y viernes —dice frunciendo el ceño, mientras termina de ver mis horarios.

—Al menos no son todas.

Sonrío.

El timbre de inicio de clase interrumpe nuestra conversación, así que el hermoso William se despide muy amablemente y se va. Me quedo observándolo mientras camina por el pasillo.

—Coco, te gustó ese chico —susurro, con una sonrisa ridículamente grande.

Bien, si está soltero, creo que las palabras de la tal Susan podrían ser ciertas.

¡Ay, no! ¿Qué estoy diciendo? Creo que el frío me está congelando el cerebro.

Cuando entro al salón, intento pasar desapercibida, pero gracias al catedrático no funciona:

—Señorita Devon, ¿puede levantarse y presentarse, por favor? —dice el profesor de física.

Odio la física y, ahora que me hace presentarme como si estuviera en primaria, la tolero aún menos.

Me encantaría negarme, pero tampoco quiero comenzar con el pie izquierdo, así que accedo. No tengo opción.

—Buenos días. Mi nombre es Cosset Challer Devon. Acabo de llegar al pueblo, y según tengo entendido, mis papás estarán a cargo del hospital —digo con cierta dificultad.

¿Por qué dije lo de mis papás?

Hablar frente a otros nunca ha sido lo mío, y a estas alturas dudo mucho que algún día se convierta en una destreza. Me arde la cara cuando me siento, pero me distraigo al ver una chaqueta negra conocida.

Sorpresa: es el chico que chocó conmigo, y me hizo tirar el libro.

Lo que me faltaba.

Está sentado en las filas de adelante.

No alcanzo a ver su rostro, pero no dudo de que sea altanero. Aunque tampoco me importa.

No tengo tiempo para prestarle atención al grosero ese: William ya tiene toda mi atención.

¡Vamos, Cosset, no puedes andar de ilusa así de pronto!, pienso mientras intento concentrarme en lo que el maestro está diciendo y escribiendo en el pizarrón.