Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1) Capítulo 1
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Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1)

Tan Solo Tú (Tan Solo Tú 1)

Por Paola Calderon

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Capítulo 1

En la vida hay cambios que resultan más importantes de lo que creemos. Cambios que, aunque no entendemos, terminan definiendo nuestro futuro de formas inimaginables... O bueno, con eso me intentaron convencer de que la mudanza era buena idea. Pero no.

No importa lo que hayan dicho ni cuántas veces intentaron hacerme cambiar de opinión. No lo consiguieron.

Incluso ahora, en el segundo día de viaje, sentada en la parte trasera del auto, siguen sin convencerme.

—Cosset, bájale el volumen a la música, por favor —dice mi papá, viéndome por el retrovisor.

—¡¿Por qué?!

Sé que no es muy fan de las bandas sonoras mientras maneja, pero después de tantas horas de camino, debería tener al menos derecho de escuchar lo que yo quiero.

—Vamos en carretera, y sabes bien que es una música que relaja. Por lo menos, ponte los audífonos, por favor —agrega mi mamá.

—¡Pero mamá!

—Coco, por favor. Ya sé que es un viaje largo y que no estás a gusto con la mudanza, pero ¿puedes tener consideración con nosotros? Esa música le puede dar sueño a tu papá —dice, aún con su tono calmado.

Sé que llevo las de perder, así que simplemente obedezco.

Usar audífonos no es precisamente algo que disfrute; la sensación de llevarlos puestos me incomoda, pero es preferible usarlos a seguir escuchando los griteríos de Marcos, mi hermano.

Bueno, tampoco mentiré. Tenía nueve años cuando nació, así que he sido testigo de todos los cambios que ha tenido hasta hoy, desde su primera risa hasta cuando comenzó a caminar y a hablar. Así que sus gritos no son el problema exactamente, sino el hecho de que cada vez estoy más lejos de casa.

Vuelvo a mirar la carretera, y no me gusta nada de lo que veo.

Nos estamos mudando a un pequeño pueblo del que nunca había escuchado, muy lejos de donde vivíamos y lejos de cualquier ciudad.

La más cercana está a dos horas y media.

No sé en qué momento tomaron esta decisión.

Ni siquiera sé cómo lo encontraron, aunque me lo imagino.

Y para mi mala suerte, aún no soy independiente financieramente como para elegir quedarme.

Los colores en la carretera me parecen opacos pese a que aún es verano y el paisaje es distinto.

Aunque mi papá me ha dicho más de una vez que seré feliz cuando pueda ver los cambios de las estaciones, yo no lo siento así.

Será un clima frío y no me gusta; siempre he preferido el calor para poder vestirme con un par de shorts y una blusa de tirantes que deje al descubierto las pocas pecas que tengo en los brazos.

—¿Ya vamos a llegar? —pregunta Marcos con su timbre de voz chillona típica de un niño consentido.

—No, aún no —responde mi papá.

Marcos lleva haciendo esa misma pregunta durante las seis horas que llevamos de camino.

Burro le diré ahora.

—Y bien, ¿qué te parece, Coco? ¿Te gusta?

Mi nombre es Cosset, pero desde que Marcos nació y comenzó a llamarme así, se convirtió en mi único nombre en casa. A menos que estén molestos o quieran algo en específico, ahí sí dicen: Cosset.

—No, mamá, tú sabes bien que no me gusta nada de esto —suspiro.

—Ya te acostumbrarás, verás —sonríe—. Les aseguro que les gustará.

No estoy de acuerdo con ella, pero tampoco tengo ganas de discutir.

Si tan solo comprendiera que lo único que quiero es quedarme en la ciudad porque ha sido mi hogar desde que nací, las cosas serían diferentes.

Y, para mi malestar, las razones que puedo dar no bastan y tampoco son lo suficientemente convincentes.

Claro que dejo amigos, pero ninguno es tan cercano como para poder usar nuestra separación como excusa.

—¡Tengo hambre! —grita Marcos, luchando contra el cinturón que lo sujeta.

—Lo sé, lo sé, tranquilo. Ya vamos a parar para comer algo —responde mi mamá, intentando calmarlo con un tono suave. Nunca he conocido a otra mamá con tanta paciencia como la suya.

Personalmente, y tomando en cuenta que no me dieron opción, al menos hubiera preferido viajar en avión, pero no, insistieron en que sería interesante el viaje en carretera.

Dudo mucho que en este momento sigan pensando lo mismo.

—¡¿Qué les parece si pasamos a comer ya saben qué…?! —pregunta mi papá, fingiendo estar emocionado.

Ya es sabido que, cuando hace ese tono de voz tonto, se refiere a una sola cosa: hamburguesas , y Marcos es fanático de la comida chatarra.

—¡Sí! —grita Marcos.

No puedo creer que siga cayendo en el truco de fingir emoción solo por comer hamburguesas.

***

—¿Siquiera puedes sonreír, Coco? Esa hamburguesa no se va a comer sola —dice mi mamá. Me ve con un gesto de frustración.

No sé cuánto llevamos en el restaurante, pero se me ha hecho eterno.

—Si no te la comes tú, ¿me la puedo comer yo? —pregunta Marcos, de goloso.

Ni siquiera se ha terminado la suya.

—¡Claro que no, jovencito! Deja que Cosset se coma la de ella —dice mi papá, viéndome fijamente y arrugando la frente.

Sé muy bien que cuando me llama por mi nombre, está hablando en serio y no me puedo negar a actuar según sus indicaciones.

—Papá, es que no tengo hambre —digo.

—Pídela para llevar entonces, no te compliques.

—Sabes que no quería mudarme.

—Lo sé, pero ya es un hecho. ¿Por qué mejor no piensas en que quizás en el pueblo conozcas al amor de tu vida? —sonríe y se lleva a la boca lo que le queda de su hamburguesa.

—¡Claro que no! —me sale del alma.

—Estiven, no la molestes —dice mi mamá apretando los labios para no reír.

—¡Mamá!

—Está bien, está bien, ya no digo más. Mujeres… mujeres —agrega entre dientes mientras se levanta para ir al baño y coloca la servilleta sucia sobre su plato vacío.

Está de más decir que nunca he tenido novio, y por eso el tema les causa gracia.

Quizás son demasiado liberales para una hija tan conservadora como yo. O, más que conservadora, miedosa.

Por eso, siempre bromean al respecto.

—Marcos, termínate eso de una buena vez o deja de jugar con la bebida, por favor —dice mi mamá.

Ya está algo molesta por el interminable jugueteo de Marcos con la pajilla y el hielo en su vaso. Lo sé porque sus redondos ojos color miel se han oscurecido, casi hasta volverse negros.

En otras circunstancias no dudo de que tendría más paciencia, pero supongo que por hoy ya ha llegado a su límite.

—¿Está todo bien? ¿Nos vamos? —pregunta mi papá muy sonriente al regresar del baño—. ¡Marcos! —le llama la atención al ver que botó la poca bebida que le quedaba en el vaso.

Eso representa peligro. En unas cuantas horas, cuando se aburra nuevamente de ir sentado, comenzará a quejarse de lo pegajosos que están sus pantalones.

***

Quince horas de carretera después de unas cuantas paradas. Y ahora soy yo quien está a punto de comenzar a preguntar si ya vamos a llegar. Si no fuera porque me dormí buena parte del camino, ya estaría gritando, muy molesta por lo largo del viaje.

Aún no ha oscurecido, pero las sombras de los árboles hacen que todo parezca más sombrío de lo que debería, sumando también que está nublado.

Por suerte empiezan a aparecer las primeras luces del pueblo. Me sorprende ver casas bonitas; aun así, no deja de ser un pueblo…

Oficialmente, estoy muy lejos de casa.

—¡Llegamos! Aprovechen para conocer su nuevo hogar —dice mi papá mientras se estaciona, un poco emocionado a pesar de lo cansado que seguramente está por el viaje y por haber manejado todo el trayecto él solo.

Aunque fue su decisión.

Mi mamá y yo nos ofrecimos a ayudarlo varias veces, pero siempre dijo que no, puso de excusa lo montañoso de la zona… como si no tuviéramos que aprender a manejar aquí tarde o temprano.

Marcos está totalmente dormido, así que desde la parte trasera del auto soy solo yo quien puede disfrutar de las bellezas del pueblo, como dice mi papá.

Pero vaya bellezas: son apenas las siete de la noche y, para ser domingo, no se ve ninguna actividad en ningún lado, a excepción del restaurante en el que comeremos algo antes de ir a nuestra nueva casa. Eso sí, está frío. Basta con bajar un poco la ventana del auto para notarlo.

—Marcos, despierta —digo moviéndolo, pero aparentemente tiene un sueño muy pesado—. Mami, no creo que Marcos despierte —bromeo.

—Marcos, amor, llegamos —dice, sacudiéndolo con suavidad.

Le habla con ternura.

Mientras lo despierta, me bajo del auto para hacerle compañía a mi papá y entrar al restaurante.

—¡Qué frío! —exclamo al sentir el cambio de clima al salir del auto.

No se compara ni un poco con lo que sentí cuando bajé la ventana.

¡Hay un frío del carajo! Y se supone que aún estamos en verano.

—Abrígate bien, Coco —dice con una sonrisa, arreglándose la gorra que siempre lo acompaña—. Amor, ¿los esperamos adentro? —pregunta.

Ella asiente.

Mi mamá se llama Nadia, pero nunca le dice así. A veces creo que Marcos ni siquiera lo recuerda.

Cuando entramos al restaurante, la calefacción del lugar ayuda a calmar y esconder el frío tan fuerte y penetrante que hay afuera; es como olvidarlo.

Pero es la decoración del lugar la que me grita: Bienvenida a un nuevo mundo.

—Ya te acostumbrarás —dice mi papá.

Coloca sus manos sobre mis hombros y me guía levemente hacia una mesa para sentarnos.

—¡Buenas noches, bienvenidos! —saluda una chica muy sonriente, acercándose.

Susan, leo en el gafete que cuelga de su delantal.

Es de estatura media-alta y figura delgada. Tiene el rostro alargado, la piel blanca y unos ojos claros que contrastan con su cabello castaño claro, recogido en una trenza larga.

—Buenas noches, gracias. Somos cuatro personas, vamos a esperar a los demás para ordenar —dice mi papá.

—Está bien, les dejo por acá el menú. Yo regreso cuando estén listos —agrega.

Y luego de dejar los menús, tal como dijo, se aleja.

Mi mamá y Marcos se suman unos minutos después, y por la cara de mi hermano, aún no termina de despertar.

—Cosset…

—Papá, perdón, pero es que… es tan diferente todo. Incluso la gente se viste y se ve diferente —suspiro.

—Es normal, hace frío —dice, con un tono burlón.

Sabe que no me refiero a eso—. Créeme que te entiendo, pero tienes dieciséis años —casi diecisiete, interrumpo—, Coco, tu vida está comenzando; así que tienes muchas cosas por hacer y mucho camino por delante.

Cuando seas mayor, que no falta mucho para eso, puedes elegir si quieres quedarte aquí o irte a la ciudad.

Nosotros te apoyaremos en lo que decidas, pero por ahora intenta disfrutar —añade, apretando sus labios y tomando la mano de mi mamá y la de Marcos en señal de apoyo.

Se aprovecha de que sabe que los quiero.

Aunque tiene razón, después de todo, solo me queda un año; el otro tendré que ir a la universidad y, sí o sí, me iré del pueblo.

No había pensado en eso, así que logro ponerme de buen humor y, ya sea por el viaje o el cansancio, lo que está en el menú no se ve tan mal.

—¿Están listos? —pregunta la chica, después de que mi papá le hace señas para que se acerque.

Tiene una libreta en la mano, lista para tomar la orden. Hace tiempo que no veía a alguien tomar la orden de esa manera.

—Sí, ¿puedes traerme un novio para mi hija, por favor? ¿Cómo lo quieres, Coco? —pregunta mi papá, volteándome a ver mientras se ríe.

—Papá.

—Lamentablemente, acá no le ofrezco ese platillo, pero le puedo asegurar que el pueblo cumple con cualquier requerimiento de ese tipo. ¿Están de visita?

Se ve un poco divertida.

—No, recién hoy nos estamos mudando para acá, buscando un poco de la tranquilidad que la ciudad no te da —responde mi mamá un tanto alegre.

—Venimos del otro lado del mundo —susurro, pero no lo suficientemente bajo como para evitar que me escuchen.

—No te preocupes. Sé que el pueblo está un poco lejos de todo, pero créeme que acá hay chicos lindos, así que no extrañarás la ciudad por esa parte —agrega la mesera, enseñándome su perfecta dentadura—. Quizás uno de ellos sea el amor de tu vida.

Sonríe cuando lo dice, y yo siento que la odio, sobre todo por lo divertidos que se ven todos con su comentario. Incluso a Marcos parece hacerle gracia.

Ni siquiera es mayor como para dar consejos; si mucho, tiene mi edad o es un año mayor. Metida.