Capítulo 37 #2
Todas las amigas de Jess entraron en la habitación, al igual que las hermanas de Ryan y de Jules. Solo había mujeres, exceptuando al peluquero. Tomaron una copa de champán. Aunque Jess solo tomó media.
—Bien, ha llegado el momento —pronunció Louise—. Ahora subirá Ian, quien te ayudará a bajar la escalera. Dejémosla sola unos minutos.
Todos salieron del dormitorio. Jess se acercó a la ventana. Vio a los invitados colocados en sus asientos. Y a Ryan delante de todos junto a Jules, que sería su padrino. Cerca de ellos estaba el sacerdote que los casaría.
De pronto, como si supiera que Jess lo estaba mirando, Ryan elevó la vista hacia la ventana de su dormitorio y la vio.
La sonrisa que le dedicó hizo que el corazón de Jess se saltara un latido.
Una sonrisa que solo reservaba para ella y en la que le decía cuánto la quería.
Y Jess se la devolvió, consciente de que él apreciaría en ella todo el amor que le profesaba.
En ese momento supo que ese hombre la iba a hacer muy feliz.
Jess se acarició la gargantilla que él le había regalado.
Luego le echo un beso con la mano y él volvió a sonreír.
Ian entró en el dormitorio y ella se volvió.
—¡Joder! Estás preciosa.
—Gracias. Tú estás guapísimo, y muy elegante.
—Muchas gracias, cielo. No perdamos tiempo o a Ryan le dará un infarto. Me ha pedido que le asegure, y no solo una vez, que no te arrepentirás de casarte con él.
—¿Arrepentirme? Menuda tontería. Vamos, no le hagamos esperar más.
Abandonaron el dormitorio. Cath estaba fuera y le sujetó el velo para que bajara la escalera. Al llegar a la planta baja, Jack la besó en la mejilla antes de darle el ramo de flores y ella lo sujetó con manos temblorosas.
Todas las amigas salieron de la casa para ocupar sus sitios, excepto Louise que daba las últimas órdenes a los pequeños que irían delante de la novia.
Jess se sujetó del brazo de Ian para bajar los escalones del porche y se colocaron detrás de los niños, que estaban quietos al comienzo del pasillo que había entre las butacas. Louise le estiró el velo y luego se alejó para ocupar su sitio junto a su marido.
—¿Estás lista, tía Jess? —preguntó Brianna volviéndose a mirarla.
—Sí —dijo emocionada porque la niña la hubiera llamado tía.
La música comenzó a sonar. Las cuatro sobrinas de Nathan, con sus vestidos blancos, comenzaron a caminar lentamente por el pasillo.
Detrás de ellas iban Nathalie, que también vestía de blanco, y Liam, con pantalón gris y camisa blanca, uno al lado del otro.
Los seis iban esparciendo pétalos de rosa blancos.
Detrás de ellos aparecieron Brianna y su hermano Christian, vestidos como los niños que los precedían.
Llevaban cada uno una bandejita cubierta con un terciopelo oscuro acolchado donde reposaban los anillos y las arras.
Ryan miraba a los niños encantado. Parecían adultos y sonreían a todo el mundo.
Pero cuando Jess comenzó a caminar junto a Ian, los latidos del corazón se le descontrolaron.
Pensó que era la mujer más maravillosa con la que se había encontrado en la vida.
Brillaba como si fuera una luz resplandeciente, y no era a causa de los diamantes.
Era una mujer espectacular. Y en unos minutos sería suya para siempre.
Cuando los novios leyeron sus votos, a ambos se les llenaron los ojos de lágrimas. Y no solo a los novios, porque sus amigos se emocionaron.
Cuando el sacerdote dijo: Os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia. Ryan la sujetó de la nuca y la besó como deseaba besarla desde que la vio aparecer por el pasillo. Le devoró la boca, como si estuvieran solos. Hasta que escucharon los silbidos de sus amigos y se separaron avergonzados.
Todos se unieron a los novios para felicitarlos. Luego se acercaron a una mesa donde les esperaba alguien, y firmaron los papeles oficiales de la boda.
—Ya eres mía —dijo Ryan besándola de nuevo.
—Y tú mío —añadió ella sonriendo.
—Vayamos a divertirnos con nuestros amigos y familia.
La cena fue deliciosa, y la tarta espectacular.
Después de la cena pasaron a la estancia que había debajo de otra carpa, que estaba junto a la que habían cenado.
Mientras servían champán a los invitados, la gente que Louise había contratado retiró las mesas y las sillas de la cena y quedó un espacio inmenso para bailar, rodeado de sillones y sofás para sentarse, con mesitas delante para dejar las bebidas.
Jane y el peluquero le habían quitado el velo a Jess para que pudiera bailar y le habían dejado la diadema sujetando el recogido.
Ryan y Jess abrieron el baile, mientras los miraban apreciando la buena pareja que hacían. Luego Ryan bailó con su madre y Jess con Ian. A continuación Jess bailó con Jack.
A partir de ese momento, los guardaespaldas se dedicaron a hacer su trabajo, controlando lo que sucedía a su alrededor. Y acompañaron a los dos fotógrafos que habían cubierto la noticia a la puerta para que se marcharan, porque la fiesta seguiría sin ellos.
Ryan y Jess bailaron con el resto de los invitados. A Jess le gustaba ver a todas las asistentas vestidas de manera elegante.
Los niños estuvieron durante la cena, vigilados por las mujeres del servicio del grupo.
Luego llevaron a la cama a los más pequeños, y permitieron a los más mayores permanecer unos minutos más en la fiesta, bailando con sus padres o madres.
Luego se los llevaron a la casa para que se acostaran, acompañados por las asistentas, que ya no volvieron a la fiesta.
A las once de la noche Jack se acercó a Ryan para decirle que se fueran preparando, que tendrían que salir para el aeropuerto en cuarenta y cinco minutos. Así que se despidieron de los invitados, de sus familiares y de sus amigos y subieron a su habitación a cambiarse.
—¿Me ayudas a sacarme el vestido? —preguntó Jess cuando entraron en el dormitorio.
—Será un placer —dijo él desabrochándoselo y besando la piel que iba quedando al descubierto—. Si no fuera porque tenemos el tiempo justo, te follaría en este momento. Llevo toda la noche pensando en ello.
—Pensaba que eras un creído, prepotente y arrogante —dijo ella dándose la vuelta para tenerlo de frente y sonriéndole—. Pero has resultado ser un hombre muy inteligente, con un gran sentido del humor y un insaciable apetito sexual.
—Creo que en lo referente al apetito sexual estamos igualados —mencionó él besándola en los labios.
—Es posible. Posible no, seguro. Porque tengo unas ganas tremendas de que me folles.
—Y deberías decir también que estoy loco por ti —dijo riendo por sus palabras.
—Eso es lo que más me sorprende, pero parece ser que te intereso de verdad.
—No lo dudes, cielo. Vamos a darnos prisa en cambiarnos o Jack subirá a buscarnos.
—Tienes razón —añadió ella saliendo de entre la seda del vestido.
—¡Joder! —dijo Ryan cuando la vio con ropa interior y con los zapatos de salón altos. Llevaba un conjunto color marfil que le sentaba de maravilla—. No sabes cuanto me gustaría en este momento terminar de desnudarte.
—Podrás hacerlo en el avión.
—Puedes estar segura de que lo haré.
—Me va a encantar estar de nuevo en la isla de Delaney —dijo ella mientras se ponía el vaquero y un suéter fino—. Me gustó cuando dijo que pasaríamos allí la luna de miel. En más de una ocasión estuve a punto de pedirle que nos la dejara, pero pensé que sería pasarme.
—Delaney nunca te dirá que no a nada.
—Me gusta mucho Delaney. Es un hombre irresistible.
—Espero que no más que yo.
—Tu eres tan irresistible como Stanford.
—Algo es algo.
—A él le quiero como un buen amigo. A ti te quiero porque eres mi vida.
—Vaya —dijo él mirándola fijamente.
Ryan no se pudo resistir al escuchar sus palabras y se acercó a ella para darle un beso brutal que la dejó medio mareada.
Cuando bajaron se encontraron en el recibidor de la casa a todos sus amigos. Ya se habían despedido de ellos, pero querían hacerlo de nuevo. Los abrazaron a todos.
—Ian os llevará al aeropuerto —dijo Jack a la pareja.
—De acuerdo.
—Ryan, si sucede cualquier contratiempo, llámame y lo solucionaré desde aquí.
—Lo haré. Gracias.
—Gracias por todo, Jack —expresó Jess abrazándolo muy fuerte.
—Divertíos. Y cuidad de vuestro bebé.
—Lo haremos.
Salieron a la calle. Ian abrió la puerta trasera del vehículo para que entraran. Pero solo lo hizo Jess, Ryan se sentó en el asiento del copiloto.
Los tres fueron hablando durante el trayecto, aunque quien más hablaba era Ian, dándole instrucciones sobre cualquier peligro que se les pudiera presentar.
—¿Haces todas esas preguntas porque no crees que pueda cuidar de Jess? —preguntó Ryan algo molesto.
—No, lo hago porque ella es mi única familia. Y porque vais a estar muy lejos en una isla, solos.
—La traeré de vuelta sana y salva.
—Eso espero, de lo contrario, no vivirás para contarlo —dijo el guardaespaldas sonriéndole.
Cuando llegaron al aeropuerto, Ian condujo hacia la zona que le había dicho Jack. Jess sonrió al ver el avión de Delaney con su apellido en la cola.
Ian sacó el equipaje del maletero. Llevaban dos maletas medianas. Los dos hombres las subieron.
Al entrar en el avión la azafata los saludó. Jess abrazó a Ian para despedirse. Luego caminó hacia el interior.
—Gracias por traernos —dijo Ryan dándole la mano al guardaespaldas.
—Ha sido un placer. Cuida de ella, por favor.
—Ian, es mi esposa y desde este momento, será mi prioridad hasta el fin de mis días.
—Lo sé. Y tú eres la prioridad de ella. Sabes que te quiere con locura, ¿verdad?
—Sí.
—Que os divirtáis. Y si hay algún contratiempo…
—Si sucede algo te llamaré.
—Bien. Hasta dentro de dos semanas.
Ryan se sentó junto a Jess en el sillón de dos plazas reclinable. La azafata les dijo que iban a despegar y les pidió que se abrocharan los cinturones.
Poco después estaban en el aire. Reclinaron un poco el sillón y ella apoyó la cabeza en su hombro.
—No puedo creerme que esté casada contigo —dijo Jess en voz baja.
—¿Qué quieres decir?