Capítulo 37 #3
—Que eras un mujeriego y pensé que sería difícil pescarte.
Cuando te vi la primera vez me quedé prendada de ti, bueno, me enamoré de ti, aunque en aquel momento no lo sabía.
Pero cuando volvimos a encontrarnos pensaba que me iba a pillar de ti, si no lo estaba ya.
No quería que me gustases. Me decía a mí misma que no eras mi tipo y que no eras el hombre que quería para mí.
Pero cuando recapacitaba me decía a mí misma: con un ejemplar como ese, da igual lo que quiera.
Me decía que daba lo mismo lo que yo pensara o lo fuerte que creía ser.
Sabía que muchas mujeres habrían perdido la cabeza por ti, y me dije que, porqué no podía yo perderla también.
—¿Este es el momento de las confesiones?
—Es posible. Nunca había sabido que tenía un modelo de hombre.
La mujer de la agencia a la que fui para contratar a un hombre me preguntó qué tipo de hombre me gustaba, y le dije que no tenía un modelo en especial.
Pero cuando te vi por primera vez, supe que mi tipo de hombre eras tú.
Cuando me di cuenta de que estaba colgada de ti pensé que habría preferido que fueras un hombre más normalito, pero no, tenías que ser un hombre con una sonrisa de infarto, con un rostro de ensueño y un metro noventa de atractivo salvaje.
¿Crees que alguna mujer podría resistirse a algo así?
Ryan se giró hacia ella para poder mirarla a los ojos.
La estudió con aquella profunda mirada que siempre hacía que a Jess le temblaran las piernas y dio gracias por estar sentada.
Era un hombre seguro de sí mismo, que siempre la miraba a la cara.
A ella le costaba asimilar la confianza que se adivinaba en él.
—Hablas como si no te mereciera. Deberías verte como te veo yo. He estado mucho tiempo asustado pensando que no lograría que te enamorases de mí y que te perdería. Y quiero aclararte que me pescaste en Atlanta.
—Nunca hemos hablado de eso. ¿Puedes contarme qué ocurrió? Porque, a pesar de que yo estaba allí, no me enteré de nada.
—Entré en una cafetería a tomar un café.
Era la primera vez que iba, porque no estaba cerca de mi casa ni de mi trabajo.
Vi a una chica preciosa. Eras tú. Estaba sola y parecía perdida.
Ella no miró ni una sola vez en mi dirección.
Estuve contemplándola unos minutos, y en ese tiempo, algo ocurrió dentro de mí.
—¿Qué quieres decir?
—No me preguntes cómo, pero de alguna forma lo supe. Mi cuerpo te reconoció. Fue como una corazonada o un presentimiento, llámalo como quieras. De pronto me di cuenta de que tú eras mi media naranja, la mujer de mi vida.
—¿En serio?
—Totalmente. Pensé en acercarme a ti.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Creía que eras demasiado joven. No aparentabas mucho más de veinte años.
Sabía que si me acercaba a ti mi vida se complicaría más de lo que ya estaba.
Te aseguro que me costó mucho resistirme, porque eras preciosa.
Especulaba con que eras muy inteligente, cariñosa y divertida.
Sabía que eras una chica fascinante… y yo solo era un hombre.
—¿Estás insinuando que me viste como a alguien superior?
—Estás tan acostumbrada a no valorarte, que no te das cuenta de lo fascinante que eres.
—Te pasas la vida haciendo que me sonroje.
—Es lo más fácil y divertido que he hecho en mi vida —admitió él sin el menor rastro de vergüenza.
—Sigue contándome lo que sucedió.
—Recibí un mensaje en el teléfono y lo leí.
Cuando volví a levantar la cabeza ya no estabas.
Me sentí desconcertado y confuso por mi reacción.
Pero es que no sabía nada de ti y me asustaba no volver a verte.
Le pregunté por ti al camarero y me dijo que era la primera vez que habías ido a la cafetería.
Pagué el café y salí a la calle. Me sucedía algo extraño, algo que afligía mi corazón. Y me di cuenta de que estaba enamorado.
—Podría decirte que no es posible enamorarse de alguien la primera vez que lo ves, pero a mí me sucedió lo mismo contigo. Sigue con la historia.
—Bueno, pues… Volví por la cafetería unas cuantas veces para ver si te veía, pero no sucedió. De manera que volví a mi vida y te dejé de lado. O al menos lo intenté, porque no podía olvidarte.
—Antes has dicho que si te hubieras acercado a mí en la cafetería, tu vida se habría complicado más de lo que ya estaba. ¿Qué has querido decir?
—Hacía semanas que no me sentía bien. Se me había pasado por la cabeza la idea de volver a Nueva York y mi mente era un caos.
Cuando los chicos me ofrecieron reunirme con ellos en Edimburgo, no me lo pensé dos veces.
Pensé que ellos me aconsejarían qué hacer.
Y lo hicieron. Todos estuvieron de acuerdo que que debía mudarme a Nueva York.
Cuando volví a Atlanta comencé con los preparativos de la mudanza.
Pero no te podía apartar de la cabeza. Y cuando llegó el día de marcharme me sentí aterrorizado.
Estaba totalmente convencido de que tú eras la mujer de mi vida, y si me marchaba nunca volvería a verte.
Porque, ¿qué posibilidad habría de que volviera a encontrarte en un futuro?
Pero, ¿qué podía hacer? En Atlanta no era feliz.
Así que, seguí con mi vida, aunque tú no estuvieras en ella.
—Vaya. Parece ser que el destino sí existe.
—Y tanto que sí. A veces obra de forma muy retorcida, pero siempre consigue lo que quiere.
Cuando nos vimos en tu casa por primera vez me sentí…
No tengo palabras para describir lo que sentí al verte y darme cuenta de que eras la chica de Atlanta.
¿Puedes imaginar lo sorprendido que me sentí al verte de nuevo?
—Supongo que sí.
—Cuando salí de tu casa esa noche fue como si te hubiera estado esperando largo tiempo y hubieras vuelto a mi vida.
Después de eso te tuve presente en muchos momentos del día y ocupabas todas mis noches.
No sabía si porque tenías un cuerpo para condenar al infierno al hombre más virtuoso y puro.
Soñaba contigo por las noches, sueños húmedos que no había tenido desde la adolescencia.
Sabía que había mucho más. Pero de lo que estaba seguro era de que no solo sentía por ti atracción sexual, aunque no tenía ninguna duda de que te deseaba.
Me gustó tu risa, que me producía un calor en el pecho.
Y me gustó hacerte sonrojar, era tan fácil…
—Bueno, ahora todo se ha solucionado. Y he de reconocer que el destino lo ha hecho genial.
—Tienes razón.
—Ahora voy a hacerte yo una confesión.
—Te escucho.
—Cuando te propuse la aventura sexual y me dijiste que lo pensarías, supuse que no estabas interesado. Esa noche pensé en llamarte para decirte que era la mujer que te contrató para que hicieras el amor conmigo y que te necesitaba de nuevo.
—¿En serio?
—Estaba aterrorizada por si te perdía para siempre.
—No me habrías perdido, porque estaba loco por ti. Y te aseguro que, si me hubieras llamado, habría aceptado ir a tu casa.
—Por cierto, ¿quién era la pelirroja y el niño con quienes estabas cuando nos vimos en la calle?
—Ellie y su hijo.
—Pensé que estabas casado y tenías un hijo.
—Las cosas no siempre son lo que parecen.
—Desde luego que no. Todavía no te he pagado la cena que te debo.
—Cierto, aunque tenemos toda la vida por delante.
—Es verdad. Supongo que no habrás olvidado que es nuestra noche de bodas.
—¡Cómo iba a olvidarlo!. Solo pensaba que estarías cansada. Ha sido un día agotador…
—Una puede estar cansada, pero no lo suficientemente cansada para no follar con un tío bueno como tú.
—Menuda descarada estás hecha. Apuesto a que no voy a aburrirme nunca contigo.
—Yo me encargaré de ello.
—Vamos a la habitación. Voy a follarte durante toda la noche —le murmuró al oído.
—Reserva fuerzas, porque en la isla voy a ser muy exigente contigo.
—De eso estoy seguro.
—Mi corazón es tuyo. Siempre lo ha sido. Incluso cuando estaba cabreada contigo, porque me habías engañado el día que nos conocimos y me hiciste el amor, solo podía pensar en ti. Le hablaba de ti a los fiambres con los que trabajaba.
—¿En serio?
—Sí. Tú eras mi mundo, y eso me daba fuerzas para seguir adelante, y ganas de vivir.
Me di cuenta de que el enfado que sentía contigo se iba evaporando poco a poco, dejando en mi interior este otro sentimiento, arraigado en mi corazón.
Ahora, mi hogar eres tú, Ryan Owens. Y donde tú estés, estaré yo.
Jamás imaginé que pudiera sentir algo así por otra persona.
Porque necesito verte cada día, necesito sentir tu piel en mis dedos, y dormir a tu lado, escuchando los latidos de tu corazón.
—Dices cosas muy bonitas.
—A veces me siento inspirada. Te quiero, Ryan.
—Y yo a ti, cielo.