Tan irresistible como Stanford Capítulo 37
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Capítulo 37

Los padres de Jules llegaron a última hora de la tarde del día anterior a la boda.

Elizabeth, la madre de Ryan le dijo a Jess que esa noche no debería dormir con su hijo, porque no era correcto acostarse con el novio la noche antes de la boda, y Jess le dijo que no lo haría. Pero Ryan se presentó en la habitación de ella tan pronto todos se retiraron a sus dormitorios.

—No deberías estar aquí —le recriminó Jess cuando lo vio entrar.

—Te dije que no iba a dormir solo nunca más, a no ser que fuera un asunto de vida o muerte —dijo él cerrando la puerta con llave. Se sacó el pantalón de pijama y la camiseta y se metió en la cama.

—Tu madre se enfadará conmigo si se entera.

—No se va a enterar. ¿No quieres que duerma contigo?

—Por supuesto que sí. Estaba segura de que no conseguiría dormir si no hubieras venido. Me he acostumbrado a tenerte a mi lado.

—Yo también. Sácate el camisón.

—Pero no podemos hacer el amor —dijo ella haciendo lo que le pedía.

—¿Por qué?

—Porque nos pasaríamos media noche despiertos y quiero estar descansada y relajada el día de mi boda.

—Yo puedo hacer que te relajes.

—Lo sé. Y te aseguro que no hay nada que me apetezca más que hacer el amor contigo. Pero me sacrificaré.

—En ese caso, me sacrificaré contigo.

—De acuerdo. Pon la alarma temprano para que puedas marcharte a tu habitación, antes de que se levante alguien. No quiero que tu madre se enfade conmigo.

—Yo me encargaré de mi madre.

—Por favor…

—De acuerdo. ¿A las siete estará bien?

—Sí.

Ryan le pasó el brazo por detrás y ella se pegó a su cuerpo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Jess acariciando el vello de su pecho.

—¿Te refieres a la boda?

—Sí. Todavía tienes tiempo de arrepentirte.

—¿Arrepentirme? Cariño, llevo más de un año enamorado de ti. Ya no podría vivir sin ti.

—Menos mal, porque yo tampoco. Precisamente esta noche nuestro bebé cumple nueve semanas.

—Felicidades, preciosa —dijo Ryan acariciando con cariño el vientre de Jess.

—¿Le estás hablando al bebé?

—Sí.

—¿Y has dicho preciosa?

—Estoy seguro de que será una niña de ojos verdes tan guapa como su madre.

—Pues si quieres que te sea sincera, sea niño o niña, me gustaría que tuviera los ojos grises. Tus ojos son lo que más me gusta de ti.

—En ese caso, que así sea.

—El jardín está precioso.

—Louise es buena organizando bodas. Mi madre se quedó impresionada cuando lo vio, y te aseguro que no es fácil impresionarla.

—Me va a encantar casarme en casa.

—A mí también.

—Louise nos ha organizado incluso lo de la luna de miel.

—Sí. Aunque fue idea de Delaney.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Ryan.

—Porque hace unos días me preguntó si me había gustado ir a la isla. Le dije que me pareció un paraíso.

—Y para ti quiere lo mejor.

—Me encanta su isla.

—A mí también. Me va a gustar tenerte allí solo para mí.

—Allí fue donde hicimos el amor por segunda vez. Me encantó hacerlo en la playa. Vamos a follar en todas partes.

—Espero salir con vida después de dos semanas a solas contigo.

—Va a ser fantástico.

—No lo dudo.

—Ayer me divertí mucho cuando las niñas ensayaban lo de ir por el pasillo delante de mí. Aunque me sentí mal cuando no dejaron llevar los anillos ni las arras a las sobrinas mayores de Nathan.

—Ellas no son hijas de ninguno del grupo y solo las vemos de vez en cuando.

—Ya, pero las pequeñas no lo entendieron. Estaban muy tristes.

—Brianna nunca lo habría permitido.

—Lo sé. Les dijo a las niñas que ella había llevado los anillos a todos sus tíos y que llevaría también los nuestros. Y que su hermano Christian llevaría las arras. De todas formas, las cuatro sobrinas de Nathan irán junto con Liam y Nathalie echando pétalos al suelo.

—Brianna no puede negar que es hija de su padre. Jamás da su brazo a torcer.

—Tienes razón —dijo Jess sonriendo—. Me gusta que sean los hijos de Delaney quienes caminen delante de mí. Me siento algo culpable de que Delaney no sea quien me lleve al altar. Sé que le hubiera gustado.

—Él fue quien te aconsejo que se lo pidieras a Ian.

—Lo sé. Y estoy contenta de que sea él quien me lleve, pero...

—No pienses más en ello. Eres como una hermana para Ian y es lo correcto.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—Jamás habría imaginado que tendría una boda como la que voy a tener. Te aseguro que voy a sentirme abrumada.

—Yo me siento abrumado solo de pensar que en unas horas serás mi esposa. Doy gracias porque te mudaras a Nueva York. Y que alquilaras a un hombre para perder la virginidad. Y, sobre todo, que ese hombre no se presentara.

—Yo también doy gracias.

—No sé si te has dado cuenta, pero nuestra historia también es de película.

—Como la de todos nuestros amigos —dijo Jess.

—Y que lo digas. Durmamos para que mañana estés radiante.

—Buenas noches, Ryan.

—Buenas noches, cielo.

Ryan se despertó al amanecer. Jess abrió los ojos al darse cuenta de que estaba dentro de ella.

—Me gustaría despertarme siempre así, con un tío bueno en mi interior.

—¡Serás descarada! —dijo besándola—. Procuraré hacerlo cada día del resto de nuestra vida.

—Eso me va a gustar.

—Tenía que follarte antes de la boda. Será la última vez que lo hagamos siendo solteros.

—Es verdad. Me encanta tenerte dentro.

Ryan le hizo el amor, entrando y saliendo lentamente y sin apartar la mirada de la de ella. No mencionaron ni una palabra, pero con sus miradas se decían cuánto se querían.

Después de que se corrieran al mismo tiempo permanecieron en la misma posición durante largo tiempo.

—Hemos recibido un montón de regalos, algunos ni siquiera los hemos abierto.

—Lo sé. Le he dicho a mi madre que se encargue de hacerlo mientras estamos de luna de miel y que envié tarjetas de agradecimiento, o que los llame. Al fin y al cabo, casi todos esos regalos son de amigos suyos.

—Todos nuestros amigos me han regalado joyas.

—Sabían que no quisiste quedarte las joyas de tu madre y que necesitarías algunas para cuando acudamos a fiestas.

—Ya me regalasteis joyas.

—No pasa nada porque tengas unas cuantas más. Hablando de regalos. Te he comprado un regalo de boda.

—¿En serio? No tenías que haberlo hecho. Yo no te he comprado nada a ti. Nadie me ha dicho que los novios se hacían regalos.

—El mejor regalo que podrías hacerme es casarte conmigo.

—Gracias. Bien, ¿qué me has comprado?

—Algo para que lleves puesto en la boda.

—Vale.

—Voy a mi cuarto a cogerlo —dijo saliendo de su interior.

—A ver si van a verte salir de aquí.

—Me aseguraré de que no haya nadie en el pasillo —mencionó mientras se ponía rápidamente el pantalón y la camiseta. Abrió la puerta y tras comprobar que el pasillo estaba desierto, salió y entró en su dormitorio, que era el de al lado.

—Espero que no te haya visto nadie —dijo ella cuando entró en su cuarto.

—Están todos durmiendo —señaló subiendo a la cama y sentándose frente a ella. Le entregó el estuche.

—Una joya. Todos los hombres del grupo sois muy previsibles.

—Espero que te guste. Ábrelo.

Jess lo abrio y se quedó embobada contemplando el collar, la pulsera y los pendientes de diamantes.

—Vaya. Son preciosos.

—Fui a la joyería con Delaney para que encargara la diadema que te iba a regalar. Le dije al joyero que quería algo para que llevaras el día de nuestra boda y que no desentonara con la diadema. Así que todo forma parte del juego.

—Es una maravilla.

—Me alegro de que te guste. Delaney me aseguró que te iría bien con el vestido de novia.

—Sí, irá genial. Gracias —dijo ella acercándose a él para besarlo—. Debería agradecértelo.

—Sí, deberías —declaró mirándola con una sonrisa seductora.

Y volvieron a hacer el amor.

La hora que pasaron desayunando con la familia de Ryan y con la de Jules, fue fantástica. Jess se sentía como si los conociera desde siempre.

Después de desayunar, Ryan y Jess salieron a pasear por el jardín.

Hacía un día espléndido, y todo estaba maravilloso.

Pero salieron de allí huyendo al ver a Louise, que estaba dando órdenes a los chicos que estaban colocando las sillas para la ceremonia y a los de la floristería, para que colocaran todo donde ella quería.

Entraron en la casa y se sentaron en el salón a hablar con los hermanos de Ryan y con los de Jules.

Una hora antes de la comida llegaron el grupo de amigos, acompañados por las mujeres del servicio, que se encargarían de la comida. A pesar de que eran muchos, no les importó estar apretados, con tal de estar juntos. Se podía ver que Ryan era feliz al tener a tanta gente en casa.

Las mujeres y las asistentas les dieron de comer a los niños y luego los subieron a las habitaciones para que durmieran la siesta. Y entonces, sirvieron la comida a los mayores.

Nada más terminar, Louise le dijo a Jess que subiera a tomar un baño. Así que se despidió de todos con pocas ganas. Y cuando terminó de bañarse llegaron el peluquero y la esteticista para encargarse de ella.

Jane, la dueña de la tienda de novias llegó a la hora acordada con el traje planchado para ayudarla a vestirse.

Llamaron a la puerta y Louise abrió a su hijo Delaney.

—Quiero darle algo a Jess.

—Pasa, hijo.

Jess se dio la vuelta, ya vestida de novia. Él la miró de arriba abajo.

—Hola, cielo.

—Hola.

—Estás fantástica, aunque supongo que te falta esto para terminar de vestirte —dijo él abriendo el estuche que contenía la diadema.

—¡Madre mía! —exclamó ella al ver esos diamantes que brillaban como si fueran rayos de sol—. Es una maravilla.

—Tú sí eres una maravilla. Estás increíblemente preciosa —dijo besándola en la mejilla.

—Gracias, Delaney. Y no solo por este increíble regalo —comentó abrazándolo muy fuerte.

—Será mejor que te vayas, de lo contrario la harás llorar y ya está maquillada —dijo Louise a su hijo.

—Sí, ya me voy.

—Delaney, no me pierdas de vista por si se me cae algún diamante de la diadema.

—No se caerá ninguno.

El peluquero le sujetó el velo con la diadema.

—¡Santa madre de Dios! Estás preciosa —dijo la madre de Ryan que acababa de entrar.

Cath llegó a la habitación acompañada de Jack. Llevaban una bandeja con copas y dos botellas de champán abiertas. Jack dejó las botellas, besó a Jess y se marchó.