Tan irresistible como Stanford Capítulo 36 #2
97%

Capítulo 36 #2

Elena se dirigió a la escalera y comenzó a subirla.

Ian entró en el salón y lo examinó todo.

Había varias fotos sobre una cómoda. Supuso que sería de su familia.

Cogió el portarretratos donde estaba ella, muy joven, junto a un hombre que pensó sería su marido.

No había fotos de niños, ni de adolescentes, por lo que supuso que no tendría hijos.

Después de ver la planta baja, Ian subió a la primera planta. Echó un vistazo a las dos habitaciones que había en el pasillo y al baño. Luego se detuvo en la puerta del dormitorio principal, que era donde estaba Elena. Tenía una maleta sobre la cama y estaba metiendo ropa en ella.

—Su casa es muy bonita.

—Gracias.

—¿Tiene baño en la habitación?

—Sí, es esa puerta. Y esa otra es el vestidor —dijo señalándolas.

—Es una buena casa.

—Gracias.

—¿Le queda mucho?

—Ya le he dicho que no necesitaba ayuda. Debería haber venido sola. Si tiene prisa puede marcharse, cogeré un taxi.

—No tengo prisa. Tómese el tiempo que necesite —dijo entrando en la estancia y abriendo la puerta del baño para verlo. Luego se asomó al vestidor y vio que la ropa de su marido seguía allí.

—¿Cuando falleció su marido?

—Hace dos años.

—¿Por qué sigue su ropa en el vestidor?

—Es muy observador.

—Es lo más importante en un guardaespaldas. No ha contestado a mi pregunta.

Elena respiró profundamente antes de contestar. Sin duda no le gustaba que le hiciera tantas preguntas.

—No he sido capaz de sacar sus cosas. Mi marido compró esta casa antes de conocerme. Hay cosas de las que me gustaría deshacerme, pero pienso que como era su casa, sería como si lo traicionara.

—Pero él ya no está. Es usted quien tiene que vivir aquí y debería tenerlo todo a su gusto. Su ropa ya no la va a necesitar. Sin embargo, otras personas sí podrían aprovecharla.

—Lo sé. Siempre me digo que un día me pondré a ello, pero nunca lo hago.

—El día que vuelva a pensar en sacar sus cosas de la casa, llámeme y vendré a acompañarla.

—¿A acompañarme?

—Me refiero a que podrá hablarme de cada cosa de la que vaya a desprenderse, del recuerdo que tiene de su marido respecto a ella, ese tipo de cosas…

Ella le miró aturdida por lo que le había dicho. Pero no dijo nada al respecto.

—Creo que he terminado con la ropa —dijo poco después cerrando la maleta.

—¿Quiere que la baje?

—Sí, por favor. Voy a guardar las cosas de aseo y me reuniré con usted.

—La esperaré bajo.

—De acuerdo.

Ian estaba sentado en el salón cuando la oyó bajar. Se levantó y salió al recibidor.

—Voy a llevarme las cosas que tengo en la nevera, de lo contrario se echarán a perder.

La mujer comenzó a dejar los alimentos sobre la mesa.

—Deme unas bolsas e iré guardándolas.

—Gracias —dijo ella entregándole dos bolsas de la compra.

—Para vivir sola, tiene mucha comida.

—Me gusta cocinar y, sobre todo, comer bien. Creo que ya está todo. Podemos irnos.

Él cogió las dos bolsas con la comida, y ella su bolso y la pequeña maleta donde llevaba la ropa y las cosas de aseo.

Después de meter las cosas en el maletero, Ian le abrió la puerta del copiloto para que subiera.

—Gracias —dijo ella.

Ian se sentó al volante. Antes de que él lo mencionara, ella se puso el cinturón de seguridad.

—Jess me ha preguntado esta mañana si quería quedarme con ellos.

—Es lo que va a hacer, ¿no?

—Solo voy a quedarme hasta que sus invitados se marchen después de la boda. Lo que Jess me ha preguntado es si quiero vivir con ellos.

—¿Y usted qué quiere?

—No lo sé. Le he dicho que lo pensaría.

—Supongo que Jess no le habrá puesto una fecha límite.

—No. Esa chica es un cielo.

—Totalmente de acuerdo.

—Si me marcho de casa sería una desconsiderada con mi marido. Compró la casa con el esfuerzo de su trabajo.

—Puede pensarlo tranquilamente. Sopese las ventajas y los inconvenientes que tendrían para usted si se mudara con ellos. Tómese su tiempo, antes de decidirse.

—Eso haré. Gracias por el consejo.

—No las merece.

—¿Ha vivido siempre en Nueva York?

—No, vine a vivir aquí en abril. Antes vivía en Atlanta.

—Jess también vivía en Atlanta.

—Nos conocimos allí.

—¿Cómo se conocieron? Porque no creo que tenga mucho que ver su trabajo con el de ella.

—Es una larga historia. Puede que se la cuente en otra ocasión.

—Siento haberle hecho una pregunta tan personal.

—Yo también le he hecho preguntas personales.

—Es cierto.

Jess no estaba acostumbrada a estar rodeada por tanta gente y pensó que sería un fin de semana horrible, al tener tantos invitados en casa.

Pero se equivocó. Los padres de Ryan eran dos personas maravillosas.

Él le había dicho que eran un poco estirados, pero no era cierto, eso era lo que querían hacer creer a la gente.

En cuanto a sus hermanos y los hermanos de Jules, eran increíbles.

Se conocían de toda la vida porque habían ido juntos al colegio.

Además, habían estado muchas veces en la casa de los otros, y habían jugado juntos en la calle.

Jess lo pasó muy bien con ellos y sabía que iba a echarlos de menos cuando se marcharan.

—Ha sido una lástima que los padres de Jules no pudieran venir con sus hijos.

—Su madre es una mujer muy ocupada. ¿Sabes cuándo vendrán?

—El día antes de la boda.

—Estaba en el salón mirando por la ventana cuando he visto llegar a Ian —dijo Ryan a Jess.

—Lo ha enviado Delaney por si necesitábamos ayuda.

—¿Tu amigo cree que no voy a ser capaz de satisfacerte en todo lo que necesites?

—Pensaba que Delaney te caía bien.

—Me cae muy bien.

—Sí, se nota —mencionó Jess sonriéndole.

—Es solo que siempre está pendiente de ti.

—No sé si te has dado cuenta, pero Delaney siempre está pendiente de todo y de todos. Es un controlador nato.

—Lo sé, pero a mí los demás no me importan.

—¿Otra vez estás celoso?

—Puede que un poco.

—No sé porqué te extraña que él esté pendiente de todo, cuando tú eres exactamente como él.

—Yo no soy así.

—Por supuesto que no, señor controlador —dijo ella besándolo en los labios.

—No sabes lo que echaba de menos estar a solas contigo —dijo Ryan cuando Jess y él entraron en su habitación esa noche.

—Me ha parecido que lo estabas pasando bien.

—Y lo he pasado bien, pero deseaba estar contigo. Llevo toda la tarde deseando besarte.

—Ahora tienes toda la noche para hacerlo.

—No voy solo a besarte.

—Eso espero.

La respiración de Jess se descontroló, como sucedía siempre cuando sabía que él iba a besarla, y su mente dejó de pensar con claridad. Lo único que deseaba era tener a ese hombre en su interior.

Ryan acercó los labios a los de ella, que abrió para él. Su lengua recorría su boca con maestría y Jess recordó las maravillas que hacía con esa lengua. Pensar en ello hizo que su cuerpo se ablandara y que sintiera una humedad caliente entre sus piernas.

—Te quiero, cielo.

Jess se mordió el labio inferior y él no pudo resistirse. Se lanzó de nuevo a besarla con un hambre animal. No fue un beso tímido ni amable, lo único que quería era saciarse de ella, como había deseado hacer durante todo el día.

El aire del dormitorio desapareció, al mismo tiempo que aumentaba la temperatura, que no tenía nada que ver con la calefacción, que estaba apagada.

Ryan la desnudó casi sin que ella se diera cuenta.

Retiró la ropa de cama hasta los pies de la misma.

Luego echó a Jess sobre la cama. Ella se incorporó apoyándose en los codos y observó cómo se desnudaba.

Era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

Verlo desnudándose hizo que la sangre le ardiera en las venas.

—Alguien me dijo una vez que la vida no se mide por los momentos que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento. Y eso me pasa contigo, siempre me dejas sin aliento, a veces, solo con verte —dijo Jess.

—Eso es lo que me sucede a mí cuando te veo —pronunció Ryan subiéndose a la cama y echándose sobre ella.

—Por fin eres mío. Tengo toda la noche para disfrutar contigo.

—Toda la noche y toda la vida.

—Sí, es cierto. Me voy a casar con un hombre serio y responsable, pero que tiene el punto justo de rebeldía y peligro para que la vida sea interesante.

—Vaya, eso es lo que pienso yo de ti. Desde el momento que hicimos el amor por primera vez supe que con una mujer como tú sería imposible aburrirse. Y no me equivoqué.

Jess lo miró a los ojos, que ese momento la observaban como si la penetrase con la mirada. Podía sentir su respiración sobre la de ella. Su vello se erizó y perdió todo el poder que tenía sobre su cuerpo. Se humedeció los labios, porque de pronto tenía la boca seca. Y él volvió a besarla.

Ryan le acarició cada milímetro de su cuerpo con los labios y la lengua, haciendo que su piel se calentara. Dedicó tiempo a jugar con su lengua en su sexo, haciendo que Jess se corriera.

Luego fue ella quien decidió que quería acariciarlo, y lo hizo durante mucho tiempo, antes de hacerle una mamada, que Ryan pensó que había sido la mamada de su vida.

Jess se echo en la cama a su lado.

—Tu pecho ha aumentado —dijo él acariciándole los pechos con delicadeza.

—Dímelo a mí, que todos los sujetadores me quedan pequeños. Ahora parezco una vaca.

—De eso nada, cielo. Tus pechos son tan bonitos como antes —dijo metiéndose un pezón en la boca mientras acariciaba el otro con los dedos.

—¿Crees que sentirás lo mismo por mí cuando esté gorda como una foca?

—Te querré todavía más. Vas a darme un hijo o una hija, y eso es lo más grande que nadie hará por mí.

—Volvamos a lo que estábamos haciendo. Quiero tenerte dentro. Quiero que me folles fuerte.

—Cariño, no seas tan tímida, dime lo que quieres directamente —mencionó con sarcasmo. Y no voy a follarte fuerte hasta que des a luz. Pero no te preocupes, me encargaré de dejarte completamente satisfecha.

—Vale.

Ryan se incorporó, le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Deslizó la polla por la entrada de su vagina, y seguidamente la penetró lentamente hasta llegar al fondo.

—¡Sí! Me gusta tenerte dentro, como si fueras mío.

—Soy tuyo, cielo.

—¿Te he dicho alguna vez que me llenas por completo?