Capítulo 36
Jess se despertó a las once de la mañana del día siguiente. Miró a Ryan, que seguía profundamente dormido. Se levantó y entró en el baño, se duchó y luego se vistió. Salió del dormitorio sin hacer ruido.
—Buenos días, Elena —dijo al entrar en la cocina.
—Buenos días, Jess. ¿Qué tal la fiesta?
—Fantástica. Volvimos casi a las cinco de la mañana.
—Pues no has dormido mucho.
—Ya dormiré hoy. Yo no bebí por lo del embarazo, pero los demás volvieron borrachos. Incluidos mis futuros suegros. La verdad es que lo pasamos genial.
—¿Quieres que vaya preparando desayuno para todos?
—No creo que ninguno de ellos quiera desayunar, pero yo sí. Y estoy muerta de hambre.
—Estupendo, te prepararé unos huevos con beicon y unas tostadas.
—Genial.
Mientras Elena le hacía el desayuno, Jess se preparó un café con leche y se sentó a la mesa para tomárselo. La mujer le puso el plato delante y se sentó a acompañarla.
Jess le contó lo sucedido la noche anterior.
—Si habían periodistas en la discoteca, seguro que saldrán en las revistas.
—No me gustaría aparecer en una revista.
—Sus amigos aparecen a menudo, sobre todo el señor Stanford.
—Lo sé.
—¿Cuánta gente hay durmiendo arriba?
—Además de Ryan y Jules, están mis suegros, los hermanos de Ryan y los de Jules.
—¿Cuándo se marcharán?
—Van a quedarse todos hasta la boda. Como el banquete será el sábado por la noche, supongo que se marcharán al día siguiente, domingo.
—La casa va a estar muy concurrida la próxima semana.
—De eso quería hablarte. ¿Sería posible que te quedaras con nosotros hasta entonces?
—No hay problema.
—Estupendo. Ryan y yo trabajaremos toda la semana y con tanta gente en la casa necesitaremos ayuda.
—¿Van a ir hoy a casa de alguno de sus amigos a pasar el día?
—Hoy no. Lo hemos dejado para mañana. Pero vendrán todos aquí, al tener en casa tantos invitados he creído que sería lo mejor.
—Claro. Supongo que habrá que preparar comida para todos.
—Sí, pero no te preocupes, vendrán Cath, Rosita, Clara, Caroline y Carmen, son las asistentas de todos los del grupo. Ellas te ayudarán con lo que necesites.
—Me gusta que vengan sus amigos aquí. Son todos tan guapos, tan simpáticos y tan amables… Bueno los dos médicos que viven aquí también lo son.
—Sí que lo son. Ryan y yo estuvimos hablando hace unos días sobre ti. Queríamos proponerte venir a casa cada día, ordenarla, poner la lavadora, planchar, preparar la cena e ir a la tintorería. Pero no sé si tendrás tiempo.
—Me encantaría. Ya te dije que no necesito trabajar, pero desde que trabajo para el doctor me siento mucho mejor, más activa. Me gusta trabajar para vosotros.
—Si quieres quedarte a vivir aquí, ya sabes que hay dos habitaciones en la planta baja. Una podrías dedicarla a dormitorio, como está ahora, y tiene su propio aseo. Y la otra podrías utilizarla de salón. Compraríamos todo lo que necesitases.
—Si no te importa, me gustaría pensarlo. Tengo una buena casa y es mía, quiero decir que no tengo que pagar alquiler. En ella tengo todos los recuerdos con mi marido.
—Lo entiendo.
—De todas formas, puedo quedarme a dormir cuando tengáis invitados o me necesitéis.
—Lo que tú decidas estará bien.
—Si en algún momento podéis prescindir de mí hoy, iré a casa a traer la ropa que necesite para pasar aquí unos días.
—Muy bien.
Ian llegó a la casa después de comer, cuando Elena estaba terminando de recoger la cocina.
La mujer abrió la verja para que entrara el vehículo.
Cuando vio el Mercedes blanco acercarse a la casa se puso nerviosa.
Ese era el coche que conducía ese amigo de Jess.
Siempre le pasaba lo mismo cuando ese hombre estaba cerca.
Abrió la puerta de la casa para que entrara y lo hizo esperar en el recibidor mientras iba a avisar a Jess.
Cuando Jess lo vio se acercó a él y lo abrazó.
—¿Qué haces aquí parado?
—Tu asistenta me ha ordenado que me quedara aquí mientras iba a avisarte.
—¿A qué has venido?
—Delaney me ha enviado por si necesitabas ayuda con algo.
—Tienes un jefe muy amable.
—Sí, es cierto.
—Pues, ahora que lo dices, sí necesitamos ayuda con algo. Elena se va a quedar unos días con nosotros mientras tenemos invitados y tiene que ir a su casa a coger algunas cosas. ¿Te importaría ayudarla? Me ha dicho que iría en algún momento hoy, y creo que este es el mejor.
—De acuerdo.
—¿Quieres tomar un café?
—No, gracias.
—Acompáñame a la cocina.
Elena estaba terminado de vaciar el lavavajillas.
—Elena, he de decirte que Ian es como un hermano para mí y no hace falta que le dejes esperando en el recibidor.
—De acuerdo —dijo la mujer, mirando al hombre que estaba junto a Jess, con cara de pocos amigos.
—Este es el mejor momento para que vayas a casa a coger tus cosas.
—Vale.
—Ian te llevará y te ayudara en lo que necesites.
—No necesito ayuda.
—Así y todo irá contigo.
Elena miró al guardaespaldas. Estaba muy serio y la miraba fijamente. Ese hombre la intimidaba, aunque no quería que él lo supiera.
—Iré a por mi bolso.
Jess se dio la vuelta para volver al salón, miró a su amigo y le guiñó un ojo. Aunque Ian no supo la razón de porqué lo hizo.
Ian esperaba junto al coche. Llevaba unas gafas de sol oscuras tipo aviador. Elena salió de la casa. La vez que la vio en casa de Jess no lo miró. Pero él sí la miró a ella de arriba abajo, sin perder detalle.
Cuando llegó al coche, Ian le abrió la puerta trasera del vehículo.
—¿Por qué cree que voy a subir detrás? Usted no es mi chófer.
Ian cerró la puerta sin decir ni una palabra, evitando mostrar la más mínima sonrisa, y abrió la del copiloto. Cuando Jess se la presentó cuando se fracturó el tobillo no apreció que fuera tan antipática.
Elena se sentó en el asiento y él cerró la puerta. Ian rodeó el coche por delante mientras ella lo miraba pensativa. Se preguntaba por qué era tan desagradable con ese hombre si no le había hecho nada. Ian se sentó al volante y arrancó el coche.
—Póngase el cinturón.
Ella lo hizo en silencio.
—Dígame su dirección para que la introduzca en el GPS.
Ella se la dio.
—Si no recuerdo mal cuando nos conocimos nos tuteábamos —dijo Ian sin mirarla.
—No lo recuerdo.
—¿En serio? No parece suficiente mayor para tener tan mala memoria.
—No tengo mala memoria, solo soy selectiva y lo que no me interesa lo olvido.
Entonces sí que giró la cabeza para mirarla, sorprendido por sus palabras.
—Las veces que la he visto se ha comportado con todos de forma agradable.
—Eso es porque soy agradable.
—¿Por qué no lo es conmigo?
—¿He de tener alguna razón?
—Supongo que no. Pero es la primera persona a quien le caigo mal.
—Siempre hay una primera vez para todo.
Él la miró dedicándole una preciosa sonrisa. Y ella le devolvió la mirada preocupada, porque encontrara su sonrisa fascinante.
—Entonces, ¿quiere que sigamos hablándonos de usted? —preguntó él.
—Será lo mejor.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—Que porqué cree que será lo mejor.
—No lo sé. ¿Tiene que hacer tantas preguntas?
—Estamos solos y de algo tenemos que hablar.
—A mí no me importa estar en silencio.
—¿Hace mucho tiempo que trabaja para Ryan?
Elena soltó un bufido muy poco femenino, porque le hubiera hecho otra pregunta, pero no quiso ser maleducada y le contestó.
—Ya trabajaba para el doctor antes de que se mudara a Atlanta.
—¿Trabaja en más casas?
—No. Empecé a trabajar para él cuando mi marido enfermó. En aquel entonces el doctor vivía en Manhattan en un ático precioso. Iba a su casa una vez a la semana. Y otro día iba a su consulta. Esas horas que pasaba a la semana fuera de casa eran una bendición.
—¿Por qué eran una bendición?
—Porque podía respirar y olvidarme de la enfermedad que estaba acabando poco a poco con la vida de mi marido.
En realidad, en aquel entonces no necesitaba el dinero, y tampoco ahora, porque tengo una pensión de viudedad con la que puedo vivir desahogadamente.
Pero me gusta estar ocupada. Y trabajar para el doctor es como trabajar en mi propia casa. Y Jess me cae muy bien.
—Sí, es una mujer fantástica —dijo Ian siguiendo las instrucciones que le daba el GPS—. Entonces, ¿es viuda?
—Vaya, además de guapo es inteligente. ¡Por supuesto que soy viuda! ¿Acaso no ha escuchado que tengo una pensión de viudedad? —mencionó ella volviéndose a mirarlo.
—Guapo, ¿eh? —comentó él sonriéndole de nuevo.
Elena apartó la mirada del chófer rápidamente. Pero no lo suficientemente rápida como para que él no viera el sonrojo en sus mejillas.
—Creo que la razón de que me trate como lo hace no es porque le caiga mal.
—¿Y cuál cree que es la razón?
—Creo que la intimido.
—¡Menuda tontería! Usted no me intimida.
—Y me pregunto cuál puede ser la razón de que se sienta así conmigo —siguió diciendo como si no hubiera escuchado sus palabras.
—¿Este coche es suyo? —preguntó ella para cambiar de tema.
—No podría comprar un coche como este. Al menos de momento. Es de mi jefe.
—Su jefe es Delaney Stanford, ¿verdad?
—El mismo.
—Supongo que es su chófer.
—Y su guardaespaldas.
—¿Es guardaespaldas?
—Sí.
—¿Lleva pistola como los de las películas?
—Sí.
—¿Sabe usarla?
—¿Para qué iba a llevar pistola si no supiera usarla?
—No lo sé, para intimidar.
—¿Por eso se siente intimidada conmigo? ¿Porque llevo pistola?
—No sabía que llevaba pistola. Y no me siento intimidada, ya se lo he dicho.
—Lo he oído, aunque creo que miente.
—No me importa lo que usted crea. Mi casa es esa de ladrillo rojo.
Ian apagó el GPS. Al llegar a la propiedad entró el coche y lo paró en la puerta del garaje. Bajó del coche y la siguió hacia la casa. Ella lo miró pensando por qué no se había quedado a esperarla en el coche, pero le dio vergüenza preguntárselo.
Entraron en el edificio. Ella dejó el bolso y las llaves en la entrada.
—Puede dar una vuelta por la casa, mientras preparo una maleta con mis cosas.
—De acuerdo.
—¿Quiere tomar algo?
—No, gracias.