Capítulo 35 #4
—Puede que no te alegres tanto cuando sepas que nos quedaremos en tu casa ocho días.
—Estoy al corriente. Y va a ser genial que volvamos a estar todos juntos. Por cierto, te sienta bien vestir de manera informal, estás mucho más joven.
—Eso dice tu madre. Aunque yo me siento raro. ¿Dónde está tu preciosa prometida?
—Por ahí viene —dijo Ryan mirando a Jess que se acercaba a ellos.
—Hola, Elizabeth. Me alegro de que hayáis venido —manifestó Jess besando a su suegra en las mejillas.
—Nosotros también.
—Estás estupenda.
—Eso me ha dicho mi hijo.
—Hola Ryan —dijo abrazando a su suegro.
—Hola, cielo. ¿Es posible que estés más guapa que la última vez que nos vimos?
—Gracias —expresó sonrojándose.
Ryan le rodeó los hombros con el brazo y la besó en el pelo.
—Olvidaste decirme que toda mi familia se quedaría con nosotros hasta la boda —dijo Ryan cuando sus padres se alejaron.
—¿No te lo había dicho?
—No. Pero me va a gustar tenerlos en nuestra casa.
—A mí también.
—Y tampoco me habías dicho que los hermanos de Jules también se quedarían con nosotros.
—¡Menuda memoria tengo! —dijo ella con descaro—. Lo vamos a pasar genial.
—Eso no lo dudo.
Poco después estaban las cuarenta personas sentadas a las mesas que habían unido formando un círculo para que todos pudieran verse.
La cena fue deliciosa y las dos horas que pasaron allí a Jess le parecieron las mejores de su vida.
Incluso estaban con ellos Ian, Jack y Peter, el guardaespaldas y chófer de Patrick.
Se oían risas por todas partes y Jess supo que todos lo estaban pasando bien.
En ese momento reconoció, sin lugar a dudas, que iba a tener una vida espectacular.
Cuando salieron del restaurante, todos estaban bastante alegres por el vino y el champán, excepto Jess y los tres guardaespaldas.
Aunque a nadie les preocupó, porque a la salida les esperaban las tres limusinas de los Stanford y dos más con chófer que habían alquilado para llevar al resto de los invitados.
Hubo una expectación increíble cuando las cinco limusinas pararon frente a la discoteca que habían elegido para continuar con la fiesta. La gente miraba a los que bajaban de los vehículos, preguntándose quienes serían.
Los tres guardaespaldas entraron en el local también, para asegurarse de que el grupo no tuviera problemas.
Si en el restaurante Jess lo había pasado bien, en la discoteca fue lo más. Era una maravilla ver a sus amigos bailar.
—Desde luego, esos hombres son unos bombones —dijo a Jess su suegra.
—Y que lo digas. Todas las mujeres que hay en el local están pendientes de ellos.
—Y bailan de maravilla.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Ryan acercándose a ellas.
—Contemplando el espectáculo —comentó su madre.
—Pues dejaros de contemplaciones y vamos a bailar —dijo cogiéndolas de la mano y arrastrándolas hasta la pista.
—Cariño, yo no sé bailar esto.
—Por supuesto que sabes. ¿Acaso has olvidado que cuando éramos pequeños bailábamos todos juntos?
—Tú lo has dicho, cuando erais pequeños.
—Mamá, bailar es como subir en bicicleta, nunca se olvida.
—De acuerdo.
Fue pisar la pista de baile y a Elizabeth se le olvidó que no sabía bailar.
El grupo de hombres rodeó a Louise, a Jane y a Elizabeth y bailaron todos con ellas.
El alcohol corría entre ellos como si fuera agua y no podían disimular que estaban achispados.
Hubo un chivatazo y pasadas las cuatro de la mañana empezaron a entrar fotógrafos. Unos minutos después, Ian, el guardaespaldas de Stanford, le dijo a su jefe que les estaban haciendo fotos, y decidieron poner fin a la fiesta, porque no querían que aparecieran en las revistas fotos comprometidas.
Cuando llegaron a casa de Ryan fue un verdadero caos, porque todos estaban borrachos, excepto Jess. Nadie sabía en qué habitación tenía que dormir, porque la familia de Ryan había ido a la cena de despedida directamente desde el aeropuerto. Al igual que los hermanos de Jules.
El chófer sacó los equipajes y los subió al porche de la mansión de Ryan. Cada uno se encargó de coger su maleta. Ryan cogió la de sus padres y subió la escalera.
—Ryan yo iré delante, tú estás un poco borracho —mencionó Jess.
—Vale.
Jess abrió la puerta del dormitorio donde dormirían sus suegros y Ryan entró la maleta.
—Elizabeth, ¿quieres que te ayude a colocar tus cosas en el armario?
—No, cariño. En este maletín llevamos todo lo que necesitamos para esta noche. Mañana me encargaré de deshacer la maleta.
—Vale. En ese caso os dejamos. Que paséis una buena noche.
—Gracias. Que descanséis.
Cada uno fue entrando en la habitación que Jess les indicaba y unos minutos después Ryan y ella entraron en su dormitorio.
—Qué ganas tenía de llegar a casa —pronunció Ryan—. Voy a follarte hasta dejarte sin sentido.
—Tu romanticismo es, sin duda, la razón de que aceptara casarme contigo —dijo ella con sarcasmo—. Cariño, estás tan borracho que casi no te mantienes en pie. No sé cómo has conseguido llegar hasta aquí con la maleta de tus padres.
—Soy fuerte.
—Lo sé. Y estás muy bueno. Y, además, borracho.
—No lo suficientemente borracho como para no poder follarte.
—Pronto lo comprobaremos —dijo ella quitándole la chaqueta y dejándola sobre la cama. Luego comenzó a desabrocharle la camisa.
—¿Vas a desnudarme tú?
—No creo que tú seas capaz de desabrocharte los botones. Primero te desnudaré yo y luego puedes desnudarme tú a mí —le explicó sacándole la camisa.
—Vale.
Jess le desabrochó el cinturón y el pantalón y se lo bajó junto con el bóxer.
Echó la ropa de cama a los pies de la misma.
Lo hizo sentarse sobre ella para quitarle los zapatos, los calcetines y el resto de la ropa.
Ryan se echó hacia atrás apoyando la cabeza en la almohada. Diez segundos después estaba dormido.
Jess sonrió, lo tapó y lo besó en la frente.