Tan irresistible como Stanford Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

—En ese caso, prefiero vivir aquí. Así disfrutaré de la piscina —dijo ella con una sonrisa traviesa.

—Estupendo. ¿Cuándo quieres que les digamos a todos que estamos comprometidos?

—El sábado cuando nos reunamos. Es mejor decírselo en persona. Aunque mañana le diré a Ian que vaya a mi casa después del trabajo y se lo diré a él. Y mientras hablamos prepararé la maleta. Él no mencionará nada.

—De acuerdo.

—Jules, has dicho que tenías que decirnos dos cosas, pero solo nos has dicho una. ¿Cuál es la otra? —preguntó Jess.

—Esta tarde me ha llamado Charles, es el director del hospital donde trabaja Ryan y Carter, y donde trabajaba yo —le aclaró a Jess—.

Peter, uno de los traumatólogos va a casarse.

Su prometida es también traumatólogo y van a montar una pequeña clínica de traumatología en otro estado.

Me ha preguntado si quería ocupar su puesto y he aceptado. Empezaré el 1 de octubre.

—¡Eso es estupendo! —exclamó Ryan apretándole el hombro.

—Sí. Estoy contento.

—¡Felicidades! —dijo ella levantándose para abrazarlo.

—Mi vida se está encauzando y pronto volverá a la normalidad. Cuando tenga la consulta montada comenzaré a buscar casa.

—Ya sabes que puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.

—Lo sé. Pero me hace ilusión tener mi propia casa.

—No te puedes marchar ahora que voy a venir a vivir aquí. No puedes dejarme sola con Ryan —mencionó Jess señalando a su prometido con una expresión fingida de terror en el rostro, que hizo que los dos sonrieran.

—Me va a gustar tenerte aquí. Podrás ayudarme con lo de la consulta en tus ratos libres. Y también a buscar una casa.

—Ahora que mencionas la casa. Jess, deberías hablar con tu casero para decirle que vas a dejar la tuya.

—Lo haré tan pronto traiga todas mis cosas. Por cierto, Jack guardó todos los cuadros que estaban en las propiedades de mis padres, ¿te importaría que los trajera?

—Por supuesto que no. Como habrás comprobado, faltan muchas cosas de decoración en la casa y los cuadros nos irán bien.

—Fantástico. El sábado le diré a Jack que nos los envíe.

—Bien, así Jules y yo los colgaremos donde tú decidas durante el fin de semana.

—Ahora tendrás que follarme como has mencionado en el salón —dijo Jess cuando entraron en el dormitorio de Ryan, con una sonrisa en los labios—. Voy al aseo.

—Cuando vuelvas vas a ver lo que hago con esa descarada sonrisa.

—Estoy temblando. Ve desnudándote.

Ryan se rio cuando se cerró la puerta del baño. Pensó que no solo se complementaban en la cama sino que, además, se divertían juntos. Ella era una amiga, una compañera y una amante. Eran tres cualidades que nunca podría haber imaginado que encontraría en una misma mujer.

—Vas un poco lento desnudándote —remarcó ella cuando salió del baño.

—Tú aún estás vestida.

—Me gusta que me desnudes tú.

—Oh, Dios mío. Cada día eres más descarada. Pensaba que eras una novata en el juego del flirteo.

—Lo era, pero soy una alumna muy aplicada y no he perdido ni un solo detalle de la explicaciones de mi excelente profesor.

Ryan se acercó a ella y comenzó a desabrocharle la blusa. Ella lo miraba a los ojos.

—Me has puesto a cien en el salón mientras te subías las mangas de la camisa.

—¿Y eso?

—No puedo decirte la razón, pero ver todas esas venas de sus antebrazos… Mmm.

—Nunca me habían dicho nada igual —dijo sacándole la blusa y mirándole el sujetador de encaje color marfil.

—Las mujeres con las que has salido son raras.

—¿No serás tú la rara?

—Es posible. Todo en ti me parece sexy y excepcional.

Ryan no pudo resistirse más y la besó. La sujetó del trasero y la pegó a él para que notara cuánto la deseaba. Ella le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con desesperación.

—¿Es cierto lo que has dicho en el salón?

—¿Respecto a qué? —preguntó él sacándose los zapatos y los calcetines.

—Sobre lo de tener hijos —respondió ella desabrochándole el pantalón y metiendo la mano en su interior.

—Sí. Siempre que estés de acuerdo.

—Yo también quiero tener hijos… cuanto antes.

—Entonces, pongámonos manos a la obra —dijo él desabrochándole el pantalón y bajándoselo hasta los muslos. La echó sobre la cama, le sacó las sandalias y a continuación el vaquero—. Me encanta tu ropa interior, aunque me gustas más sin ella.

—Si me quedara embarazada ahora tendríamos el bebé para mayo. Es un buen mes, ¿no te parece? —preguntó mientras se desabrochaba el sujetador y lo dejaba en el suelo sobre la ropa

—Sí. Ahora que recuerdo, la noche de la fiesta de los Muller follamos sin condón.

—Es cierto. Lo había olvidado. Lo siento.

—Yo no lo sentí, me encantó hacerlo sin protección. ¿Has tenido la regla desde entonces?

—Pues, así de pronto no lo recuerdo. ¿Qué día fue? —preguntó mientras se quitaba las bragas y se colocaba en el centro de la cama.

—El 25 del mes pasado. Hace un mes.

—En ese caso, sin duda debería haberme venido, pero no lo recuerdo. Siempre lo apunto en la agenda. Lo comprobaré mañana cuando vaya a casa. Sácate el bóxer y ven aquí.

—¿No recuerdas si lo has apuntado? Solo ha pasado un mes.

—No, no lo recuerdo. ¿Cuándo vas a dejar de hablar?

—Puede que estés embarazada.

—No irás a decirme que no vas a follarme hasta que lo compruebe. Esta noche tienes que esmerarte, así si aún no estoy embarazada, posiblemente lo consigas hoy. ¿En qué postura me vas a follar para empezar la noche?

Ryan no pudo evitar reírse.

—De todas formas, ¿no crees que es un poco presuntuoso por tu parte pensar que me hubieras dejado embarazada... con una sola vez?

—Tu amigo Delaney dejó a Tess embarazada el primer fin de semana que lo hizo sin condón.

—¿Se puede saber por qué siempre que me hablas de él lo dices con ese tono?

—Porque me jode que sienta tanto cariño por ti. Siempre está tocándote o abrazándote.

—¿Tocándome? ¿Eres tonto? ¿En serio estás celoso de él?

—¿Qué pasa si lo estoy?

—Pues que me parece ridículo. Para mí, Delaney es un buen amigo. Puede que él sea algo más que los demás, pero porque me ayudó con lo de la herencia de mi padre.

—Lo sé, pero no puedo evitar lo que siento cuando os veo juntos.

—Y no sé si te has dado cuenta que nuestros otros amigos también me abrazan.

—Por supuesto que me he dado cuenta, y no puedo decir que me guste.

—Tú también abrazas a las chicas.

—Es cierto. Bien. A partir de ahora no estaré celoso de ninguno de ellos.

—Te quiero, Ryan. Te quiero como no he querido a nadie jamás. Eres la persona más importante de mi vida.

—Yo también te quiero, cielo, muchísimo. Bien, centrémonos en fabricar un bebé —dijo colocándose entre sus piernas.

Jess soltó una carcajada.

Ryan se lanzó a su boca y se la comió.

—Pareces aturdida. ¿Qué pasa? —preguntó cuando dejó de besarla.

—Esa palabra no es suficiente para definir lo que siento. Supongo que eres consciente de que eres muy bueno en esto del sexo.

—He de admitir que hace tiempo que no practico. Puede que haya perdido facultades.

—Es evidente que en cuanto a los besos lo has recordado todo.

—Espero que suceda lo mismo con el resto del proceso.

Esa vez no le hizo el amor con prisas, sino que se tomó su tiempo con los preliminares.

Jess lo abrazó muy fuerte cuando se corrieron y se echó sobre ella agotado.

—Ahora te pertenezco —le susurró al oído—. Y tú me perteneces a mí.

Ryan se concentró en el significado que encerraban sus palabras. Se sorprendió, porque él había pensado lo mismo hacía unos minutos. En ese momento se dio cuenta de que su vida y su cordura estaban en manos de una mujer.

—Completamente de acuerdo. Eres la amante más extraordinaria que he tenido nunca.

—Vaya, viniendo de ti, eso es un halago.

—Eres cariñosa, sexy, divertida, dulce, descarada y receptiva, hasta el punto de convertirte en un arma letal. Me encanta follar contigo.

—Y a mí contigo.

—¿Hay algo que hayas deseado en tu vida?

—Sí. Siempre he querido enamorarme una sola vez y para siempre.

—Entonces se ha cumplido tu deseo, porque no vas a enamorarte de nadie más.

Estuvieron haciendo el amor y follando durante horas.

La intimidad que había entre ellos era tan primitiva y la follaba de tantas maneras diferentes, que Jess pensaba que no sería capaz de mirarlo a la cara a plena luz del día, por la vergüenza que sentiría.

Él no le permitía reservarse nada. Le enseñó cosas que una buena chica no debería saber.

Ryan era la clase de hombre que ella jamás habría imaginado que pudiera necesitar, pero lo necesitaba. Él conseguía que sus inhibiciones desaparecieran y se comportara como ella misma. Y hacía que olvidara la amargura y la soledad que había arrastrado durante toda su vida.

Al día siguiente Ian llegó a casa de Jess a las ocho y media de la tarde. Entró en el edificio con su propia llave, pero llamó al timbre del apartamento. Jess abrió y lo dejó pasar.

—Hola.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿No tienes la llave de aquí arriba?

—Sí, pero no sabía si estarías sola.

—Aunque no estuviera sola, no me importaría que entraras —dijo ella caminando hacia el dormitorio. Él la siguió.

—¿Te vas de viaje?

—No, me mudo a casa de Ryan.

—¿Otra vez? ¿No te sientes bien?

—Me siento genial.

—¿Qué me he perdido?

—Te he dicho que vinieras porque quería contártelo.

—Estás tardando.

—Anoche fui a hablar con él y le dije que lo quería.

—Bien hecho. ¿Cómo reaccionó?

—Tenías razón. Está enamorado de mí —dijo mostrándole la mano para que viera el anillo.

—¿Eso es lo que creo?

—Sí. Me ha pedido que me case con él.

—¿Tenía el anillo preparado?

—Eso parece. Está enamorado de mí desde hace mucho. En realidad, desde que ambos vivíamos en Atlanta.

—Me dijiste que os conocisteis aquí.

—¿Recuerdas que te conté que estaba enamorado de una chica que vio en una cafetería?

—Sí.