Capítulo 34 #2
—A veces tengo la sensación de que todo está en mi imaginación, y que un día abriré los ojos y habrás desaparecido.
Me daba miedo hablarte de mis sentimientos por si me rechazabas, pero por una vez en mi vida, en lo que se refiere a los hombres, me daba mucho más miedo no intentarlo, por si hubiera la más mínima posibilidad de que sintieras algo por mí.
Jules estaba en su sillón, emocionado y con los ojos brillantes por las lágrimas que no había dejado escapar, con gran esfuerzo.
Ryan se quedó mirándola fijamente. No podía creer lo que había oído. Jess estaba enamorada de él, repitió en su mente.
Jess se intranquilizó, porque seguía mirándola sin decir nada.
—Esa ha sido toda una declaración de amor.
—Bueno… sí… Siento haberte obligado a escuchar este rollo. No debí decirte nada.
Él seguía mirándola.
—Te estás portando como si yo tuviera el control de lo que sucede entre nosotros. Pero eres tú eres quien dirige el espectáculo, y me llevas a mí de un lugar a otro —dijo ella.
—¿Eso es lo que hago?
—Desde el día que te conocí. Bueno, será mejor que me vaya.
—¿No vas a escuchar lo que tengo que decirte? —preguntó él levantándose y sentándose sobre la mesita de centro frente a ella.
—Si no te importa, preferiría que me lo dijeras a través de un mensaje.
Ryan no pudo evitar sonreír al verla nerviosa.
—No sabía que eras una cobarde.
—Y no lo soy. Estoy aquí, ¿no?
—¿Por qué no me dijiste antes lo que sentías por mí?
—Porque cuando estoy contigo me olvido de todo lo demás.
—Pues me has hecho sufrir de lo lindo —dijo él sonriendo por sus palabras.
—¿Yo te he hecho sufrir? Seguías saliendo con mujeres mientras te acostabas conmigo.
—No he estado con ninguna mujer desde que tú y yo estamos juntos.
De todas formas, aunque lo hubiera hecho, puede que cualquiera de ellas pudiera haber tenido un lugar en mi cama o en mi vida, pero te aseguro que ninguna habría podido entrar en mi corazón.
Porque tú estás en él desde hace mucho tiempo.
Jess se quedó mirándolo sin creer lo que acababa de escuchar.
—¿Cómo decís las mujeres a eso de las mariposas?
—Tener mariposas revoloteando en el estómago.
—Pues a mí me pasa eso cuando te veo o estás cerca.
—¿No será hambre?
Él se rio.
—Cielo, me tienes loco desde el primer día que te vi.
—¿Cómo es posible que alguien como tú se sintiera atraído por mí?
—Puede que fuera por lo delicada que eres. O por ese aire de inocencia que vi en ti, que, he de decir que me parece de lo más sexy. ¿Por qué no crees que eres una mujer maravillosa, en todos los sentidos?
—Yo… no sé qué decir.
—No tienes que decir nada, ya has dicho más que suficiente —dijo él cogiéndole las manos y llevándoselas a los labios para besarlas—. ¿Sabes? No sabía que me faltaba algo hasta que te conocí. Y jamás ninguna mujer me ha dejado tan satisfecho como lo haces tú.
—¿Hablas de sexo?
—Sí, también. Pero quiero decir satisfecho, en todos los sentidos. Dios mío, no pensé que se pudiera ser tan feliz.
—¿Estás hablando en serio?
—Por supuesto. No puedo creer que me hayas dicho que me quieres. Ya no podía esperar más y estaba pensando en hacerlo yo.
—Creo que me presionaste demasiado al no ir a verme a casa.
—Esa era la idea.
—¿Lo hacías a propósito?
—Más o menos —dijo él sonriéndole.
—Pensé que ya no querías volver a estar conmigo.
—Aquel día, cuando me viste por primera vez. Cuando abriste la puerta de tu casa y te vi, sentí una necesidad irresistible de que fueras mía. Te deseé desde el momento que puse por primera vez mis ojos sobre ti. Y he de decirte algo que no sabes.
—Parece que tú también tenías que sincerarte conmigo.
—Desde luego que sí. Esto te va a sorprender.
—Me gustan las sorpresas…, si son buenas.
—Yo creo que te va a gustar. ¿Recuerdas a la chica de Atlanta?
—¿Te refieres a esa de quien estabas enamorado? —preguntó ella intentando apartar las manos de las de él, pero Ryan no se lo permitió.
—Sigo estando enamorado de ella.
—¿Perdona?
—Esa chica eres tú.
—¡¿Esa chica soy yo?! —preguntó ella de forma insegura.
—Sí. Te reconocí cuando fui a tu casa la primera vez que me viste.
—Pero me dijiste que estabas enamorado de ella.
—De ti. Acabo de decirte que era tú. Me enamoré de ti tan pronto te vi. Hablaremos de ello en otro momento.
—De acuerdo. ¿Crees que el que nos encontráramos fue cosa del destino?
—Sin duda.
—No volveré a decir que no creo en el destino.
—Y harás bien. No te muevas de aquí, vuelvo enseguida.
—¿Dónde crees que ha ido? —preguntó ella a Jules cuando Ryan abandonó el salón.
—No me extrañaría que hubiera ido a tranquilizarse, te aseguro que estaba muy nervioso.
Oyeron que Ryan bajaba la escalera rápidamente. Entró en el salón, se acercó al sofá donde estaba Jess sentada y sin más, puso una rodilla en el suelo y abrió el estuche de la joyería que contenía un precioso anillo con un diamante.
Ella lo miró con cara de terror y Ryan le sonrió.
—¿Qué… qué haces?
—Pensaba que eras más lista. Eres lo que más quiero en esta vida y estoy enamorado de ti desde hace más de un año. Creo que es tiempo suficiente. ¿Quieres casarte conmigo?
—No puedes pedirme eso.
—¿Por qué no? Los dos hemos dejado claro que nos queremos.
—Pero…
—Jess, dí que sí, por favor.
—Es que…
—¡Jess! Llevas esperando esto desde hace meses. ¡Dile que sí, joder! —exclamó Jules.
Ella miró a Jules aterrada.
—De acuerdo. Me casaré contigo.
Ryan le puso el anillo en el dedo.
—Es precioso —dijo mirándose la mano.
Jess alzó los brazos y deslizó las manos alrededor de su cuello, entrelazando los dedos entre sus cabellos. Ryan gimió de puro placer al sentir la tímida caricia.
—Felicidades, cielo —mencionó Jules apartando a su amigo de ella para abrazarla.
—Gracias.
Luego abrazó a Ryan felicitándolo.
—Yo os dejo, que tengo que preparar la cena. Jess, supongo que te quedarás a cenar.
—Sí.
Cuando Jules abandonó el salón, Ryan volvió a sentarse frente a ella, ahora más cerca.
Tenía las piernas separada y las de ella se encontraban entre las de él.
Le cogió las manos y le acarició el dorso con los pulgares.
Ese contacto hizo que la sangre de Jess se calentara y se deslizara por sus venas fuera de control.
—Eres todo lo que necesito para ser feliz. Me has hecho pasar un infierno, porque pensaba que ibas a cortar conmigo.
—Es lo que pensaba hacer, pero antes tenía que decirte que te quería. Tú también me lo has hecho pasar muy mal.
—Lo sé. Pero voy a compensarte por ello. Y voy a darte toda la felicidad que no has recibido en tu corta vida. Te voy a querer hasta tu último aliento, y ese último aliento me lo dediques a mí.
—Estás dando por hecho que voy a morir antes que tú y no lo consentiré, porque ya no podría vivir sin ti.
Ryan introdujo una mano entre sus cabellos para sujetarla de la nuca y la besó con un beso apasionado, intenso y profundo.
Fue un beso demoledor. No hubo ninguna clase de delicadeza, solo exasperación.
No fue solo un intercambio de fluidos, sino una lucha de voluntades en la que ninguno de los dos se declaró vencedor ni vencido.
Si Jess había creído que la había hecho arder antes con uno de sus besos, en ese instante la consumió el fuego de la pasión.
Cuando se separaron los dos estaban sin aliento.
—Echaba de menos tus besos.
—Yo también.
—Debería irme a casa, mañana tenemos que trabajar.
—Jules está preparando la cena y le has dicho que te quedarías a cenar.
—Es cierto.
—Ya que estás aquí, deberías quedarte a pasar la noche conmigo. Pero si prefieres que la pasemos en tu casa, iremos allí.
—Tú no pasas la noche con las mujeres con quienes te acuestas.
—Eso era antes, cielo. Pero nuestra aventura sexual se acabó. Ahora eres mi prometida, y desde hoy dormiremos juntos cada noche.
—En ese caso, ya que estoy aquí, me quedaré.
—Sí, será lo mejor. Así no perderemos tiempo. Voy a follarte tantas veces y de tantas maneras distintas que no recordarás ningún nombre que no sea el mío.
—Eso no te será difícil, porque cuando estoy contigo todo lo demás desaparece.
Ryan le sonrió y la besó de nuevo.
Poco después estaban sentados los tres en la mesa de la cocina comiendo el salmón con espárragos que había preparado Jules.
—Bien, ¿qué planes tenéis para el futuro próximo? —preguntó Jules.
—¿Planes? —preguntó ella a su vez.
—Sí, ya sabes. Ahora estás prometida y el siguiente paso es la boda.
—Pero, que estemos prometidos no quiere decir que tengamos que casarnos... pronto. No tenemos prisa.
—Yo sí tengo prisa. No olvides que tengo treinta y ocho años y quiero tener unos cuantos niños. Y, sinceramente no me gustaría lidiar con ellos siendo un viejo.
—Bueno… A mí también me gustaría tener niños. Así y todo...
—Yo creo que deberíamos comenzar con la tarea esta misma noche —dijo Ryan sin mirarla.
—Pues, ¿sabes? Me va a gustar esa tarea de hacer niños —comentó ella sonriendo de forma descarada.
—En ese caso, ve pensando en la fecha de la boda, de lo contrario tendremos un bebé antes de casarnos.
—Lo pensaré.
—He de daros una noticia —dijo Jules—. Bueno, en realidad son dos.
—Espero que ninguna de ellas tenga que ver con Richard —mencionó Ryan.
—No tienen que ver con él. He encontrado un apartamento para la consulta. Creo que es perfecto. Está en el centro, muy cerca de tu consulta.
—Estupendo. ¿Para alquilar o comprar? —preguntó Ryan.
—Para comprar. No pienso marcharme nunca de Nueva York. Le dije a la agente inmobiliaria que me diera un par de días, porque quería que lo vieras tú.
—¿Quieres que vayamos mañana después del trabajo? —preguntó Ryan.
—Genial. Jess, ¿vendrás con nosotros?
—No creo que os sea de mucha ayuda. Mi trabajo no tiene nada que ver con el vuestro.
—Tienes razón —dijo Jules sonriendo.
—Jess, mañana después del trabajo prepara una maleta con algo de ropa y vienes aquí. Luego te daré las llaves de casa.
—¿Para qué voy a traer ropa?
—Porque desde mañana vas a vivir aquí. No pienso separarme de ti. A no ser que quieras que vivamos en tu casa.
—¿Quieres que vivamos juntos?
—Por supuesto.