Capítulo 34
El siguiente sábado Jess y Ryan no se vieron porque ella tuvo que trabajar todo el día. Eso la fastidió, porque había pensado hablar con él esa noche.
Al día siguiente se levantó tarde. Estuvo haciendo tiempo, porque estaba nerviosa, pero a las cuatro y media decidió llamar a Ryan.
—Hola, Jess.
Jules, que estaba sentado en el sofá, levantó la vista y miro a su amigo.
—Hola, Ryan. ¿Vas a salir hoy?
—He quedado con alguien para tomar una copa a última hora de la tarde. ¿Por qué lo preguntas?
Ryan vio que su amigo movía la cabeza de un lado al otro.
—Quería hablarte de algo. Pero no tiene importancia, puedo hacerlo cualquier otro día.
—No volveré a casa muy tarde. ¿Quieres que vaya a verte cuando termine?
—¡No! Prefiero ir yo a tu casa.
—Está bien, ¿te espero sobre las ocho?
—Allí estaré. Hasta luego —dijo ella colgando sin darle tiempo a que él se despidiera.
—¿Va a venir Jess?
—Eso parece. ¿Sabes de qué quiere hablarme?
—Ni idea.
—Seguro que no quiere decirme nada bueno.
—La vez que habló contigo el día que se marchó de aquí fue para proponerte una aventura sexual. Pero parece que ya no estás interesado en ella. Puede que lo que quiera decirte, de forma oficial, es que la da por terminada.
—¿Crees que será para eso?
—Ryan, no soy adivino. ¿Quieres que cuando venga me marche?
—Si quieres que te sea sincero, prefiero que estés presente. A no ser que a ella no le parezca bien.
—En ese caso, se lo preguntaré cuando venga.
Ryan volvió a casa antes de las ocho. Había quedado con un compañero de trabajo para tomar un café, pero había procurado no demorarse demasiado, porque estaba intrigado por saber de qué quería hablarle Jess.
Cuando oyó el interfono se tensó. Jules estaba bajo y sabía que abriría la puerta. Pensó en cambiarse, pero no lo hizo.
Cuando Ryan bajo a la planta baja encontró a su amigo y a Jess sentados en el salón.
—Hola, Jess.
—Hola —dijo ella volviéndose para mirarlo.
Allí estaba ese hombre: la peor de sus pesadillas, y la mejor de sus fantasías.
Ryan se adentró en la estancia. Jess lo miró a los ojos, esos ojos grises del color del acero que la miraban de manera intensa. Casi se podía palpar la fuerza de su mirada, y ella sintió que podía leerle el pensamiento.
—Jules, ahora sí me apetece tomar algo. ¿Crees que podría tomar un coñac… doble?
—Por supuesto —dijo levantándose y acercándose adonde estaban las botellas y las copas.
—¿Te encuentras bien, Jess? —preguntó Ryan.
Pronunció el nombre de ella de manera suave y casi se derritió al escucharlo.
—Jess.
—¿Sí?
—Te he preguntado si estás bien.
—Sí, estoy bien.
Jules se acercó a ella y le dio la copa de coñac.
—Gracias.
—Me serviré yo uno también —dijo Ryan dirigiéndose hacia las bebidas.
Jess lo observó. Caminaba con una elegancia pasmosa y su paso desprendía una sexualidad inconfundible. Apartó la mirada de él y se bebió la mitad del coñac de un trago. Notó que la garganta le ardía, pero no lo mencionó.
Ryan dejó la copa sobre la mesita de centro, se sacó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de uno de los sillones.
Se detuvo frente a ella, esperando a que dijera algo, pero Jess permaneció en silencio.
Comenzó a subirse las mangas de la camisa, tomándose su tiempo para ir doblándolas, hasta que quedaron por debajo de los codos.
Jess se preguntó si sería consciente de lo atractivo que estaba con la camisa y el pantalón del traje.
Mostraba los definidos músculos de los antebrazos y las venas que sobresalían y, sin saber la razón, se le hizo la boca agua.
Le pareció una imagen de lo más tentadora.
Jess lo miró de arriba abajo sin ningún disimulo.
Los ojos que la contemplaban no tenían nada de amables. Parecían analizarla por dentro. Jess se sintió desnuda bajo el intenso escrutinio y se intranquilizó más de lo que ya estaba.
Se mantuvo firme bajo la impasible mirada de Ryan, esforzándose para no apartar la mirada de la de él. A pesar de que estaba temblando, consiguió mostrar una apariencia de serenidad, aunque fuera falsa.
Ryan se sentó en uno de los sofás frente a ella.
Estaba aterrado. Jules le había metido en la cabeza que quería cortar con él y no lo soportaría.
Que Dios lo ayudara, pensó Ryan, no podía permitir que ella descubriera el poder que ejercía sobre él.
Los pensamientos daban vueltas en su cabeza como luciérnagas en la oscuridad de un bosque.
—Jess, ¿quieres que os deje solos? —preguntó Jules.
—No tengo inconveniente en que escuches lo que voy a decirle.
—Entonces me quedaré.
—¿No tienes curiosidad por saber de qué quiero hablarte? —le preguntó a Ryan.
—Hace muchos años que aprendí a controlar mi curiosidad.
Ryan también deslizó la mirada por su rostro y por su cuerpo.
Esa chica era una preciosidad, se dijo. Era alta y delgada, con unas piernas fantásticas y un rostro como salido de un sueño erótico.
El pelo castaño claro le caía sobre los hombros.
Su piel contrastaba con sus preciosos ojos verdes y sus espesas pestañas.
Sus labios eran una delicia, carnosos y apetecibles. Y sus pómulos altos…
—Creo que ha llegado el momento de ser sincera —pronunció Jess interrumpiendo sus pensamientos—. Estoy cansada de tener secretos emocionales. Me he propuesto afrontar la vida con franqueza.
—Muy bien.
—Me gustaría que no abrieras la boca hasta que termine de hablar.
—De acuerdo —dijo dejando la copa en la mesita frente a él.
Jules estaba sentado en el sillón que había entre los dos sofás mirándolos, mientras daba pequeños sorbos de su coñac. Conocía muy bien a su amigo y sabía que estaba asustado, aunque lo disimulaba bien.
—He estado pensando en cuando te propuse mantener una relación sexual conmigo.
Jamás pensé que pudiera hacer algo así. Pero, a veces, cuando estás desesperado, la capacidad de entendimiento se desconecta y nos lleva a cometer los disparates más insospechados.
¿Sabes? Dentro de mí sigue esa niña que espera a que su príncipe azul la rescate de su soledad.
Jess sonrió.
—¿Por qué sonríes?
—Porque veo en tus ojos nerviosismo.
—No estoy nervioso.
—Aunque lo estuvieras, puedes estar tranquilo, no estoy insinuando nada relacionado con el matrimonio. Solo estoy exponiendo los hechos, y lo que siento. Y no estás obligado a corresponderme. No creo que hubiera venido a hablar contigo por mí misma, pero me lo han aconsejado muchas personas.
Jess respiró hondo.
—Criticas y dices cosas que a mí me habría gustado decir a ciertas personas a la cara.
Me gusta que te disculpes cuando te pasas de la raya, a pesar de ser un arrogante.
Eso demuestra madurez. Y en el fondo eres vulnerable.
He llegado a pensar que tu arrogancia es una fachada, porque eres una buena persona.
Se te da bien escuchar, y eres divertido, inteligente y equilibrado.
Jess permaneció unos segundos en silencio ordenando sus ideas. Luego continuó.
—Nunca me he sentido así de despierta. El odio y el dolor que me rodeaban el alma eran lo que hacía que pudiera seguir adelante, a pesar del cansancio mental.
Pero todo eso se esfumó hace un tiempo, consumido por un extraño y palpitante dolor.
Siento hormigueo en el estómago y cosquilleo en los brazos, y una corriente de atracción me corre por las venas y consigue que mi corazón se acelere.
Aunque he de admitir que no estoy segura de si todos estos estremecimientos y sensaciones que experimento son de excitación o de pánico.
Jess hizo otra corta pausa. Ryan no sabía de qué estaba hablando, pero no quería interrumpirla.
—A veces, tomamos decisiones sin pensar. Y no hay que martirizarse por no saber qué hacer, o por equivocarse una y otra vez. Porque caer no es malo, lo importante es levantarse y seguir adelante. He pasado por ese proceso demasiadas veces a lo largo de mi vida. Espero no estar aburriéndote.
—Para nada.
—En esta vida, si no te arriesgas, siempre sales perdiendo.
Por eso estoy aquí. Contigo me he permitido sentir.
He disfrutado del exquisito sabor de tus palabras y me he dejado llevar, porque tú has hecho que me sienta especial.
Al cruzarte en mi vida has calmado las tormentas de mi pasado, pero al mismo tiempo has desatado tempestades, consiguiendo que me sintiera viva.
Con tus manos has saciado mi cuerpo, y con tus cariñosas palabras has salvado mi alma.
Hasta hacía unos segundos Ryan no sabía de qué hablaba, pero empezaba a comprender.
—En fin. No tiene sentido ocultarlo por más tiempo. Te quiero —dijo ella, aunque su voz estaba llena de impotencia y frustración—. Te quiero desde el mismo momento que abrí la puerta de mi casa y te vi frente a mí. No tiene sentido, ¿verdad?
Ryan la miraba, observándola atentamente.
La conocía bien y notaba la tensión de su cuerpo.
Se preguntó cuánto tiempo le habría llevado pensar todo lo que le estaba diciendo y decidir cuando decirlo.
Para una mujer no era fácil hacer una confesión como esa, pero sabía que ella no era una mujer cualquiera.
Era la mujer más franca y sincera que había conocido en su vida.
No le daba vueltas a las cosas, decía claramente lo que pensaba y lo que sentía.
Aunque también sabía que todo lo que estaba diciéndole lo habría pensado detenidamente.
—Soy consciente de que en esto estoy sola.
Estoy irrevocablemente enamorada de ti. Y te lo digo, a pesar de saber que no compartes mis sentimientos.
Parece ser que el destino se ha encargado de que la mujer de quien te enamoraste en Atlanta se cruce de nuevo en tu camino, y sé que estás viéndote con ella.
También sé que conseguir que te enamores de mí es como tratar de convencer a un pez para que salga del agua.
Llevas mucho tiempo colgado de esa mujer, para que ahora cambies tus sentimientos.
Jess suspiró y siguió hablando.