Tan irresistible como Stanford Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—Cariño, llamamos a casa de tu hermano anoche y todo estaba bien —dijo Abby.

—Sean, no te preocupes, yo llamo a casa cada dos o tres horas —añadió Jack.

—Vale. Por cierto, hemos decidido que la bautizaremos en un par de meses —dijo Sean.

—¿Ya os habéis decidido por el nombre? —preguntó Nathan.

—Sí.

Jess y Ryan se reunieron con el grupo.

—Ya era hora, pensé que se quedaría con el nombre de niña, pequeñaja o bebé.

—¿Cómo se llamará? —preguntó Carter.

—Suzanne Louise, como la madre de Abby y la mía.

—A mi madre la llamaban Suzie —mencionó Abby.

—Me gusta ese diminutivo para mi sobrina, le queda bien —dijo Delaney.

—Es preciosa. Y a medida que pasan las semanas se parece más a su padre —mencionó Jess—. Desde luego, no puedes negar que es hija tuya.

—Tienes razón, son casi idénticos —dijo Abby.

—¿Qué vamos a hacer hoy? ¿Tenéis algo planeado? —preguntó Jess.

—Lo de ir caminando a algún sitio, descartado. Hay barro por todas partes —dijo Lauren.

—Yo creo que es un buen día para pescar —intervino Logan—. Esta mañana hemos echado un vistazo al río y está inmejorable.

—¿No está revuelto? —preguntó Ellie.

—Para nada. Además, hoy va a hacer sol y calor. Mañana ya no habrá barro.

—En ese caso, mañana iremos hasta los acantilados para que Jess vea las águilas. Y a la vuelta descansaremos en el remanso del río donde van los animales a beber.

—Buena idea. ¿Falta mucho para desayunar? —preguntó Delaney.

—Estamos en ello, señor —informó Abby.

—Muy amable, cuñada.

Poco después estaban desayunando, hablando de una cosa y otra.

—Yo no sé pescar —mencionó Jess.

—No te hace falta —dijo Kate—, los que pescan son ellos, y mientras, nosotras nos tumbamos en las hamacas a tomar el sol y nos bañamos.

—Estupendo.

—El próximo fin de semana aún estaremos aquí, pero el siguiente podríamos ir a ver a mi abuelo —mencionó Lauren—. Le he hablado de Jess y quiere conocerla.

—Esa sí es una buena idea —expresó Delaney.

—Además, no hemos ido desde que Abby tuvo el bebé —dijo Nathan.

—Es el único sitio que podremos llevar a los niños sin que molesten —comentó Sean.

—A Fred le gusta tenernos allí —añadió Carter.

—Así Delaney podrá suavizar el enfado de Brianna, porque estoy segura de que cuando volvamos estará tan enfadada porque no la hemos atraído a la acampada, que no le hablará —indicó Lauren.

—Puedes estar segura de ello. Siempre nos dice que la tratamos como a una niña. Por Dios, tiene siete años —dijo Tess.

Jess se rio.

Después de desayunar, las mujeres decidieron que ellas recogerían lo del desayuno, y los hombres comenzaron a preparar lo de la pesca.

—Ian, tú te quedarás con las mujeres y yo me iré río arriba con los hombres —señaló Jack.

—De acuerdo. Iré a echar otro vistazo por los alrededores, antes de que os marchéis.

—Bien. No las pierdas de vista ni un solo instante. A ninguna de ellas.

—No lo haré.

—¿Llevas el teléfono que te di?

—Sí.

—Llévalo siempre encima. Ese y el mío son los únicos que tienen cobertura aquí.

—Jack, ya me lo dijiste ayer.

—Si ocurre algo extraño, por insignificante que te parezca, llámame.

—Lo haré.

—No creas que insisto porque no confíe en ti. Es que esas mujeres son mi familia.

—También son la mía —proclamó Ian.

—Bien.

Ian se sentía un poco violento al estar cerca de esas mujeres, que iban prácticamente desnudas, porque no se podía decir que eso que llevaban fuera un biquini.

Pero media hora después se olvidó de ello.

A ratos permanecía sentado junto al río mientras las chicas hablaban, y otros momentos se levantaba y volvía a asegurarse de que no hubiera nadie alrededor, aunque sin perderlas de vista.

Solo hubo un momento que sintió tensión al ver acercarse un todoterreno. Pero se relajó cuando se dio cuenta de que eran guardas forestales. Además, las chicas se cubrieron y se acercaron a los dos hombres para saludarlos. Ellos les dijeron que irían río arriba a saludar a sus maridos.

Cuando los hombres se marcharon, ellas volvieron a echarse sobre las hamacas. Ian se sentó en un sillón algo alejado de las chicas, aunque no lo suficiente para no escucharlas.

—Entonces, ¿has decidido en qué momento hablarás con Ryan? —preguntó Kate a Jess.

—No estoy muy segura. Volveremos a casa el próximo sábado, supongo que a última hora de la tarde, ¿no?

—Sí, siempre aprovechamos hasta el último momento aquí.

—El domingo tendré que ir al supermercado para hacer la compra de la semana. No creo que hable con él ese día. Y según habéis mencionado, el fin de semana siguiente lo pasaremos en el rancho del abuelo de Lauren. Así que supongo que ese tampoco hablaré con él. Lo dejaré para el siguiente.

—¿Por qué no se lo dices aquí?

—Necesito pensar bien lo que voy a decirle. Además, si estoy en Nueva York, cuando me rechace, podré volver a casa. Pero si estoy aquí…

—Claro, aquí no podrás desaparecer —dijo Ellie.

—Sí, algo así.

—¿Y qué pasará si te rechaza estando en Nueva York? —preguntó Abby.

—No lo sé. Puede que desaparezca igualmente.

—Espero que no estés insinuando que te marcharás de la ciudad.

—No he pensado en ello.

—Me da la impresión de que estás completamente convencida de que Ryan va a rechazarte —dijo Lauren.

—Y no te equivocas. No quiero hacerme ilusiones. Así no me sorprenderá.

—Imaginemos que en vez de rechazarte te dice que él también te quiere, ¿qué sucedería entonces? —preguntó Tess.

—Sería como las historias esas románticas, que el príncipe se queda con la chica.

—¿Te parece que Ryan se asemeja a un príncipe?

—Sí, el príncipe de las tinieblas.

Todas se rieron.

Los siguiente días fueron para Jess tan fantásticos como ese. Disfrutó como nunca lo había hecho antes. A pesar de que Ryan y ella no volvieron a encontrar la oportunidad de hacer el amor, lo había pasado genial.

El siguiente sábado volvieron a la ciudad cuando estaba oscureciendo. Se despidieron en casa de Delaney y Jess volvió a casa con su coche.

Mientras sacaba las cosas de su pequeña maleta y las metía en la lavadora, pensó que posiblemente Ryan iría esa noche a verla. Pero él no apareció.

Al día siguiente Ian la llamó temprano, para preguntarle si quería pasar el día con él, y ella aceptó. Primero fueron a hacer la compra, porque él también tenía que ir al supermercado. Luego fueron a la playa y comieron unos bocadillos allí.

Jess le había dicho que Ryan no había ido a verla la noche anterior y decidió que no la dejaría sola el domingo. Al fin y al cabo, él lo tenía libre y no tenía nada que hacer.

Cuando volvieron a casa él le propuso ir al cine y luego a cenar. Y ella volvió a aceptar.

Ian la dejó en casa a los once de la noche, después de dar un paseo por el centro de la ciudad.

Había pasado un día fantástico con Ian. Pensó que, de haberse enamorado del guardaespaldas, no habría tenido ningún problema, porque Ian era un hombre tierno, comprensivo y cariñoso. Pero había tenido que enamorarse de ese hombre, que era arrogante y orgulloso, se dijo.

Preparó la ropa que se pondría al día siguiente para ir al trabajo, se desmaquilló y se puso el pijama.

Se metió en la cama y cogió el móvil para poner la alarma.

No había mirado el móvil en todo el día.

Pero, de todas formas, no tenía ni un mensaje de Ryan.

Seguramente habría pasado el día con su amor de Atlanta y habría estado muy ocupado, se dijo muerta de celos.

Jess tomó una decisión. No volvería a estar con él hasta que le hablara de sus sentimientos. Si la llamaba para quedar, le diría que estaba ocupada y punto.

Los siguientes días tampoco se vieron y ninguno de los dos envió al otro ningún mensaje.

El siguiente viernes quedaron en casa de Sean después del trabajo, para salir todos juntos hacia el rancho.

En esa ocasión iban con más coches, porque llevaban a todos los niños, que no eran pocos.

Además, les acompañaba Cath, el ama de llaves de Delaney y Carmen, la asistenta de Sean, que les ayudarían con los pequeños.

El abuelo de Lauren se alegró al ver llegar el convoy de vehículos. Desde que su nieta había aparecido, su vida había cambiado.

Lauren se acercó a él y lo abrazó muy fuerte.

—Me alegro de verte, abuelo.

—Y yo a ti, cariño.

Fred los miró a todos sonriendo. Se sentía mucho más joven al tener a todas esas personas en su casa, que para él eran su familia.

—Abuelo, quiero presentarte a Jess, ya te he hablado de ella.

—Hola, Jess —dijo el hombre abrazándola.

—Hola, señor.

—Nada de señor. Llámame Fred y tutéame, como hacen todos.

—De acuerdo.

Todos se acercaron a saludarlo.

—¿Qué tal, Ryan?

—Muy bien.

—¿Cómo te va la consulta?

—Genial.

—Me alegro. Vaya, Jules. No sabía que estabas por aquí.

—Les pedí a las chicas que no te lo dijeran. Quería hacerlo yo.

—¿Estás de visita?

—No, me mudé a Nueva York hace un par de meses.

—No sabes cuánto me alegro.

—Yo también.

Los niños fueron corriendo hacia él para abrazarlo. El hombre cogió a la más pequeña del grupo de los brazos de Sean.

—Está hecha una mujercita, ha crecido muchísimo desde que la vi en el hospital. Y no puedes negar que es tu hija —le dijo a Sean—. ¿Cómo estás, ¿Abby?

—Muy bien. Totalmente recuperada.

—He montado en vuestra habitación la cuna de uno de los niños, no sé de cual de ellos es. Estaba en él almacén, por lo que supuse que no la necesitaría ya.

—Estupendo.

—Un día deberíamos echar un vistazo a todo lo que hemos guardado en tu almacén y sacar lo que ya no necesitemos —dijo Delaney.

—Bah, no te preocupes. Hay suficiente espacio. Cuando los niños sean mayores y ya no necesitéis las cunas, las llevaremos a la iglesia y que el cura las reparta entre los más necesitados.

—Buena idea.

—¿Os ayudo con las maletas?

—No te preocupes, abuelo, no llevamos muchas cosas, excepto Abby, que lleva media casa con ella.

—Es porque he traído más cosas de las que necesito para dejarlas aquí, como hacíais vosotras, como una tonelada de pañales —dijo Abby sonriendo.

—Siempre dejamos aquí la ropa de los pequeños que traemos, pero cuando volvemos ya les viene pequeña —mencionó Tess.