Capítulo 33 #2
—Desde luego, eres tímida —dijo con sarcasmo.
Jules se puso un pantalón de pijama y una camiseta y se echó junto a ella.
—¿Estás cómoda?
—No sé qué decirte. Es la primera vez que voy a dormir en el suelo y en una tienda de campaña. Mañana cuando me levante te diré si estoy descansada.
—No estamos en el suelo sino sobre una colchoneta.
—Tienes razón. Seguro que dormiré genial.
—Eso espero, porque quiero que vuelvas muchas veces con nosotros.
—No faltaré ni una sola vez. Voy a decirle a Ryan lo que siento por él —dijo ella de repente.
—¿Cuándo?
—Cuando volvamos a casa. Me habéis aconsejado que lo haga, y no podéis estar todos equivocados. Supongo que la equivocada soy yo. Aunque he de reconocer que tengo miedo.
—El miedo no es malo, lo que es malo es que te entorpezca para hacer lo que deseas hacer.
—Eso te ha quedado muy bonito, pero no te puedes imaginar cómo me siento. Tú no me conoces.
—¿Estás segura? Tienes una personalidad envidiable.
Eres fuerte y capaz de hacer cualquier cosa que te propongas.
Pero al mismo tiempo eres dulce, cariñosa, tierna y muy femenina.
No te importa mostrar tus emociones o tus sentimientos, y no te avergüenzas de ello.
Solucionas tú misma los problemas que se te presentan.
Eres desinhibida cuando estás con un hombre.
No tienes miedo a la intimidad, pero no te gustaría que un hombre te dominara.
—¿Crees que soy así?
—Sí.
—Pues me gusta la mujer que has descrito. Así y todo, estoy aterrada, porque de lo que le diga dependerá el resto de mi vida. Ryan es lo que más quiero en este mundo.
—Lo sé.
—Ese hombre es como el viento que sopla en todas direcciones, como una fuerza a la que no me puedo resistir.
La cremallera se abrió y entró el aludido.
—¿Estáis dormidos?
—No, estábamos hablando —dijo Jules.
—Me he entretenido comentando algunas cosas con Carter y Logan y se nos ha ido el tiempo sin darnos cuenta. Voy a ponerme el pijama.
—Tú no duermes con pijama —soltó Jess sin pensar.
—¿Prefieres que duerma desnudo?
—Mejor ponte el pijama —respondió ella, después de recapacitar.
Ryan se quitó el vaquero y se puso el pantalón de un pijama y una camiseta. Luego se echó junto a ella.
—No podrá entrar ninguna serpiente en la tienda, ¿verdad? —preguntó Jess.
—¿Por dónde quieres que entre? La cremallera está cerrada y no hay otra entrada.
—La tienda es de tela.
—No es de tela, es de lona impermeable, ¿crees que una serpiente podría desgarrarla?
—Logan me ha dicho que hay serpientes muy grandes.
—Logan estaba bromeando contigo. Puedes estar tranquila, aquí no va a entrar ni una hormiga.
—Duérmete, cielo, nosotros te protegeremos —añadió Jules de manera burlona.
—Buenas noches a los dos.
—Que descanses —dijeron ellos a la misma vez.
Ryan supo que Jess y Jules estaban dormidos, porque sus respiraciones se habían ralentizado y casi no se percibían.
Solo por saber que estaba acostado junto a ella le alteraba.
Cada vez que estaba cerca de Jess sentía la necesidad de acariciarla, de sosegar su piel con el contacto de ella.
Pensó con sorna, que no había nada que lo atrajera más que desear algo, como tenerlo al alcance de la mano y tener que contenerse.
Empezó a pensar en ella, en todos los momentos que habían pasado juntos.
La seguridad en sí misma que mostraba esa chica en todo momento era notable.
Se sentía maravillosamente bien teniéndola entre sus brazos; le gustaba escuchar aquellos suaves jadeos, casi imperceptibles, que lo volvían loco de deseo; lo ponía a cien ver cómo se retorcía cuando la acariciaba con las manos o con los labios. Pensando en ella se quedó dormido.
La tormenta rugía en el exterior. Los truenos retumbaban y los relámpagos iluminaban la tienda con su resplandor.
El cuerpo de Jess ardía con el mismo fuego abrasador, acuciado por el deseo.
Estaba teniendo un sueño húmedo con Ryan.
El corazón le palpitaba en las venas. Se acurrucó junto a él de forma inconsciente y Ryan le pasó el brazo por detrás, atrayéndola hacia él.
—Es la primera vez que llueve estando de acampada —dijo Jules en voz baja un par de horas después.
—No es la primera vez —susurró Ryan—. Hará unos diez años estuvo lloviendo dos días.
Jess se despertó, porque Ryan estaba tan cerca de ella, que parecía que le estuviera hablando al oído. Al darse cuenta de que estaba abrazada a él, se alejó con naturalidad, como si no se hubiera dado cuenta que estaba casi sobre él.
—Lo recuerdo. Aunque solo estuvo chispeando, ni siquiera nos impidió hacer lo que teníamos planeado. Pero ahí fuera hay una tormenta de un par de cojones.
—¿Creéis que corremos peligro de que la corriente arrastre las tiendas? —preguntó ella.
—No, cariño. Para eso tendría que desbordarse el río y en esta zona nunca se ha desbordado. Pronto amanecerá y podremos salir a ver cuál es la situación —dijo Jules.
—La tormenta no impedirá que disfrutemos del tiempo que estemos aquí. Lo único molesto será el barro. Supongo que habrás traído botas.
—Sí. Logan me dijo que las botas eran lo más importante.
—Entonces no hay problema. Durmamos un poco más.
Y como si hubiera sido una orden, dos minutos después, los tres estaban dormidos.
Cuando Jules se despertó ya había amanecido. Miró hacia el lado y vio a Ryan despierto.
—Parece que ha dejado de llover. Voy a salir a echar un vistazo —dijo Jules en voz baja.
—Jess y yo saldremos en unos minutos.
—Tomaos vuestro tiempo. Luego nos vemos —susurró, saliendo de la tienda sin hacer ruido.
Ryan se giró para mirar a Jess. Estaba de cara a él profundamente dormida.
Retiró un mechón de pelo que le caía sobre el rostro y le acarició al mismo tiempo la mejilla.
A continuación le pasó la yema de un dedo por encima de los labios con una suave caricia.
Se incorporó y entonces se los acarició con la lengua.
Tenía ganas de comérsela, se dijo a sí mismo sonriendo.
Volvió a echarse a su lado. Deslizó una mano por debajo de la camiseta del pijama y le acarició los pechos.
Le subió la prenda para poder ver lo que estaba haciendo.
Le acarició un pezón y se puso duro. Seguidamente lo pellizcó con suavidad, pero con la suficiente intensidad para que ella fuera consciente de ello.
Y desde luego que fue consciente de ello.
—Estoy empapada —dijo Jess en un murmullo—. ¿Crees que podríamos follar aquí y ahora?
—No hay nada que nos lo impida —habló él sacando un condón de la mochila. Le bajó el pantalón corto del pijama y cubrió su cuerpo de besos.
—Ryan, olvídate de los preliminares. Quiero tenerte dentro ya.
Él se colocó entre sus piernas sin decir nada. Desde luego, esa mujer sabía lo que quería, pensó sonriendo. Rasgó el envoltorio con los dientes y se lo puso en un suspiro. Rozó su sexo con la polla. Estaba resbaladizo. Entró en ella lentamente hasta que estuvo en el fondo de su ser.
Hicieron el amor despacio y en silencio, intentando prolongar al máximo posible el placer que sentían. Ninguno de los dos apartaba la mirad del otro, con la clara satisfacción de tenerse, después de días sin disfrutar de sus cuerpos.
Ryan se detuvo para besarla, recogiendo en su boca el grito que supuso daría al correrse. Poco después él siguió con sus acometidas. Y en tres embestidas más se dejó llevar.
Ryan se echó sobre ella y estuvieron así, abrazados durante unos minutos. Parecía que ninguno de los dos quisiera separarse del otro. Pero Ryan sabía que ella estaba manteniendo todo su peso. Se incorporó y salió de su interior. Se sentó para sacarse el condón, y luego volvió a acostarse.
Ryan se giró para mirarla y le pareció la mujer más preciosa y sexy que había visto en su vida. Estaba despeinada. Tenía los labios rojos e hinchados por los besos compartidos, y los ojos le brillaban de forma espectacular. Y todo eso lo había conseguido él, se dijo sonriendo.
—Deberíamos salir, por las voces que se oyen, están todos levantados.
—Sí, vamos —aceptó Ryan, aunque hubiera preferido quedarse allí con ella durante el resto de su vida—. Ponte las botas antes de poner un pie fuera de la tienda.
—Vale.
—Y antes de ponértelas, mira a ver si hay algo dentro.
—¿Algo?
—Puede haber una serpiente, una araña, un ciempiés…
—Tal vez sea mejor que me quede aquí dentro.
—Vamos, cielo, no seas cobarde.
—Creo que no volveré a dejar las botas fuera de la tienda.
—Buenos días a todos —dijo Jess.
—Pensábamos que no saldríais nunca —mencionó Delaney.
—Ninguno de los tres hemos dormido bien. La tormenta ha sido muy ruidosa.
—Todos la hemos escuchado. Y Jules hace rato que está aquí.
—Jules ha salido antes para dejarnos un poco de intimidad —dijo Ryan sin más, lo que hizo que Jess se sonrojara y todos sonrieran al verla.
—¿Tenías que decirlo?
—Cariño, todos saben que nos acostamos.
—¡No hace falta que lo digas en voz alta!
—Vale, no volveré a decirlo.
—Ahora vuelvo, voy al aseo —dijo Jess.
—Presta atención por donde pisas —le aconsejó Ryan.
—¿Crees que soy una niña a quien hay que repetirle las cosas una y otra vez? —le reprochó encarándose a él.
—Sé que no eres una niña. Te acompañaré, yo también tengo que orinar.
—Entonces, mejor vas tú delante, así vas espantando a las bestias salvajes que nos encontremos.
—Muy bien.
—Pero date prisa, no puedo aguantar más.
—¿Te han dicho alguna vez que eres un poco mandona.
—No soy mandona.
El grupo siguió escuchándolos cada vez más flojo.
—¿Cuándo dijo Jess que iba a decirle a Ryan que está enamorada de él? —preguntó Tess.
—Cuando volvamos a casa —contestó Lauren.
—Hemos dado por hecho que ha de ser ella quien lo diga primero, pero también podría decírselo él —dijo Ellie.
—Ryan es demasiado orgulloso para hacerlo —explicó Jules.
—Supongo que aún no ha superado que Jess rechazara salir con él —dijo Kate sonriendo.
—Son tal para cual —proclamó Abby.
—¿Crees que la niña estará bien? —preguntó Sean a su mujer.
—Ya salió el padrazo —dijo Delaney.
—Mira quien habló, el hombre que no podía separarse de su princesita —bromeó Tess.